El Clarín de Chile
Félix Montano
La aprobación presidencial cayó a 28,9%, su nivel más bajo desde el inicio del mandato, mientras el rechazo supera el 56%. El deterioro coincide con la aprobación de la megarreforma, el creciente cuestionamiento a «Escucha su corazón» y la dificultad del Gobierno para convertir sus triunfos legislativos en respaldo ciudadano.
Las encuestas no gobiernan un país. Tampoco anticipan por sí solas el desenlace de un mandato presidencial. Pero sí cumplen una función política esencial: registran el momento en que comienza a modificarse la relación entre un gobierno y la ciudadanía. La última medición de Pulso Ciudadano parece marcar precisamente ese punto de inflexión.
La aprobación del presidente José Antonio Kast cayó al 28,9%, el nivel más bajo desde que asumió La Moneda, mientras la desaprobación escaló al 56,6%. Más que un descenso estadístico, el resultado refleja un desgaste sostenido que coincide con dos de las principales apuestas políticas del Ejecutivo: la aprobación de la megarreforma económica y el impulso de una agenda cultural que ha situado al proyecto «Escucha su corazón» como uno de los emblemas del actual Gobierno.
La coincidencia no deja de ser llamativa. Mientras el oficialismo celebraba la aprobación de la megarreforma en el Congreso como el mayor triunfo legislativo de la administración Kast, la encuesta mostraba que ese éxito parlamentario no había fortalecido la posición política del Ejecutivo. Por el contrario, la aprobación presidencial descendía a su nivel más bajo y la desaprobación consolidaba una mayoría ciudadana.
Ese contexto vuelve particularmente significativo el contraste entre el triunfo legislativo y la evolución de la opinión pública. El Gobierno consiguió aprobar una de sus reformas más importantes, pero no logró convertir ese éxito institucional en un aumento de respaldo ciudadano. Es una diferencia que suele pasar inadvertida en el debate cotidiano, aunque resulta decisiva para comprender la estabilidad de cualquier administración.
Las democracias no se sostienen únicamente sobre mayorías parlamentarias. También requieren legitimidad social. Un gobierno puede aprobar leyes y, al mismo tiempo, comenzar a perder la capacidad de persuadir a una parte creciente de la ciudadanía de que esas reformas responden efectivamente a sus preocupaciones. La encuesta Pulso Ciudadano sugiere que ese proceso podría estar comenzando.
Durante meses, La Moneda impulsó una estrategia que buscó convertir los llamados temas valóricos en uno de los ejes centrales de la confrontación política. La apuesta respondía a una lógica conocida en las nuevas derechas internacionales: consolidar una identidad política fuerte a través de las llamadas guerras culturales. Sin embargo, la encuesta sugiere que esa estrategia podría estar encontrando sus límites. El proyecto que buscaba movilizar a la base política del oficialismo comienza, al mismo tiempo, a generar un amplio rechazo fuera de ella.
No se trata únicamente de un problema comunicacional. Tampoco de un episodio coyuntural. Lo que empieza a observarse es una creciente distancia entre las prioridades que el Gobierno intenta instalar y las preocupaciones que predominan entre la ciudadanía. Mientras el Ejecutivo insiste en profundizar una agenda ideológica, una parte importante del país continúa concentrada en la seguridad, el empleo, el costo de la vida y la incertidumbre económica.
La paradoja resulta evidente. Kast llega a mediados de su primer año de mandato habiendo conseguido avances relevantes en el Congreso, pero enfrentando un deterioro constante de su evaluación pública. Es una situación distinta a la de gobiernos que pierden capacidad legislativa. En este caso, el Ejecutivo conserva la posibilidad de aprobar proyectos gracias a su mayoría parlamentaria, pero comienza a mostrar dificultades para ampliar la legitimidad política de esas decisiones.
Este escenario adquiere un significado adicional al observar la situación de la oposición. El deterioro del Gobierno no ha encontrado todavía una alternativa política capaz de capitalizarlo plenamente. La derrota electoral de la centroizquierda y la izquierda dejó abierto un proceso de reconfiguración que aún no concluye. La discusión sobre la megarreforma, las tensiones internas y la ausencia de un proyecto común muestran que el desgaste oficialista convive con una oposición que todavía busca reconstruir su propio relato.
Eso explica que la caída presidencial no se traduzca automáticamente en un fortalecimiento de sus adversarios. La política chilena comienza a transitar un escenario más complejo: un Gobierno que pierde respaldo ciudadano mientras la oposición aún no consigue presentarse como una alternativa plenamente articulada.
Las próximas semanas permitirán evaluar si la encuesta representa un episodio aislado o el inicio de una tendencia más profunda. Por ahora, el dato político parece claro. El Gobierno de José Antonio Kast mantiene la capacidad de ganar votaciones en el Congreso. Lo que comienza a ponerse en duda es algo más difícil de construir y mucho más complejo de recuperar: la capacidad de convertir esas victorias legislativas en consenso social y legitimidad política.
Félix Montano











