por Franco Machiavelo
Se autodenominan izquierda, se visten con palabras heredadas de luchas ajenas y aún pronuncian, con cierta nostalgia impostada, conceptos como pueblo, justicia social o derechos. Pero en la práctica piensan, hablan y actúan como administradores obedientes del neoliberalismo y voceros menores del imperialismo. No es una contradicción accidental: es disonancia cognitiva convertida en método político.
Estos pseudoizquierdistas han hecho del acomodo una ideología. Defienden privatizaciones “responsables”, extractivismo “verde”, tratados de libre comercio “inevitables” y sumisiones geopolíticas “realistas”. Cuando el capital manda, obedecen; cuando el imperio presiona, justifican; cuando el pueblo protesta, sermonean. Luego, para calmar su conciencia, ejecutan una gimnasia verbal interminable: volteretas retóricas, tecnicismos vacíos y moralinas contra su propia clase social.
Su argumento central siempre es el mismo: no hay alternativa. Esa frase —aparentemente racional— es en realidad la rendición total del pensamiento crítico. Con ella legitiman el saqueo, normalizan la desigualdad y criminalizan la resistencia popular. Se colocan por encima del pueblo, lo infantilizan, lo culpan de su propia miseria y lo acusan de no “entender la complejidad del mundo moderno”.
Aquí la disonancia cognitiva cumple su función histórica:
permite defender un sistema que oprime, mientras se conserva una identidad “progresista” para consumo personal. Es el autoengaño elevado a discurso público. Para no reconocerse como aliados del poder económico, atacan a quienes aún se atreven a cuestionarlo. El traidor siempre necesita desacreditar al que resiste.
Han reemplazado la lucha de clases por la gestión de indicadores, la soberanía por la subordinación diplomática y la solidaridad por el cálculo electoral. Hablan de derechos humanos con selectividad quirúrgica y denuncian autoritarismos lejanos mientras callan —o aplauden— la violencia estructural que padecen sus propios pueblos.
No es ignorancia. Es elección.
No es ingenuidad. Es conveniencia.
Arrodillados ante el capital y atrapados en su disonancia cognitiva, necesitan justificar cada renuncia atacando la memoria histórica, ridiculizando la dignidad popular y despreciando a la clase social de la que provienen —y a la que ya no quieren pertenecer—.
Porque enfrentar la verdad sería más doloroso que seguir mintiéndose.











