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Adios a mi inolvidable compañero y amigo, Juan Azúa y su hermana Ana

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Hernán Coloma Andrews

Ayer asistí al entierro de mi inolvidable compañero y amigo, Juan Azúa. Juan siempre me sorprendía por su sorprendente vida. Lo conocí en el puerto en tiempos de la Reforma Universitaria, el 68; nos encontramos durante la Unidad Popular; luego en el exilio  cubano, más tarde en Suecia y, de vuelta en Chile, mantuvimos contacto corriente hasta la semana pasada.

Juan era un porteño bien parecido, de verbo ágil, hablar calmado, carismático, en que la pasión de sus convicciones armonizaba con una lógica racional, siempre bien informada. De buen vivir. Siempre se las arreglaba para tener lo que necesitaba para vestir bien o invitar un buen trago.

Ese buen vivir sólo se vio interrumpido cuando estuvo preso en la Esmeralda y el Lebu, los buques cárcel de la Armada, luego del golpe de Estado. Sobrevivió porque el grupo de socialistas porteños presos allí murieron piola. Nadie denunció.

Juan donde iba, hacía amigos. Aduanero, cruzó la frontera ayudado por aduaneros peruanos. De allí viajó a Cuba, donde fue bien recibido como amigo del gobierno cubano que, rápidamente lo incorporó como asesor del trabajo aduanero, donde dio una buena contribución.

Viajó a Italia, donde su costumbre de hacer buenos amigos lo traicionó, porque Juan era un tipo abierto. Allá hizo amistad con un grupo de latinoamericanos, sin saber que éstos tenían contactos con la Brigadas Rojas, así que se vio involucrado en algo que no  tenía arte ni parte. Nuevo destino: Suecia.

En Suecia ancló su exilio. Fue líder sindical y ocupó toda su energía en ayudar a la causa chilena. Estableció una buena relación con Olof Palme, el primer ministro sueco.

De regreso a Chile, terminó instalado en Valpo, su ciudad de origen. Toda la ciudad era su casa. Siempre socialista, junto a su partner de todas estas historias, Arnaldo Torres, tuvo una participación muy activa: levantaron un programa de radio, establecieron  relaciones políticas con otras fuerzas, tuvieron buen espacio para la juventud, hasta que llegó la lucha por el Apruebo.

El sábado pasado, de paso en Santiago por exámenes médicos donde su hija Ximena, salieron a volantear juntos por el Apruebo. De vuelta en casa, Juan compró un buen vino, lo conversaron y luego se fue a acostar. Al poco rato, llamaron a Ximena para avisarle que su tía Ana, la hermana mayor de Juan, había fallecido. Ximena fue a darle la triste noticia y lo encontró muerto.

Ana y Juan era inseparables. Ella comunista, Juan socialista. Al mediodía, en el cementerio de Playa Ancha, convivían dos ataúdes: uno con la bandera socialista y la del apruebo y la otra con la bandera comunista. El hecho concitó una emoción mayor a la de cualquier funeral. Ambos hacían campaña por el Apruebo, aunque Ana estaba el último tiempo gravemente enferma. No llegaron al 4 en donde tenían la esperanza de ver otra vez, triunfar al pueblo. Las palabras emocionadas de parientes, compañeros y amigos, deslizaban a su fin el Apruebo. Cantaron la Marsellesa y la Internacional.

Y, en fin, Ana y Juan descansaron para siempre, mirando al Pacífico, el mar que los vio nacer, uno junto al otro, inseparables.

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