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A propósito de la violencia

A propósito de la violencia

Por Claudio Espinoza A.

LE MONDE DIPLOMATIQUE – EDICIÓN CHILENA 9 de noviembre de 2019

Como en otros momentos y lugares, el surgimiento de la protesta social viene acompañado por la discusión acerca de la violencia. A tres semanas de iniciado el octubre chileno, se ha instalado en el debate público cierto consenso respecto de la necesidad de condenar la violencia. Se trató de una estrategia imperativa del gobierno que obligó a la clase política a pronunciarse transversalmente contra ella. Primaron en dichos pronunciamientos posturas que iban desde la identificación de alienígenas incendiando hospitales hasta relatos más moderados que, aludiendo también, aunque de manera tibia, a la violencia policial, llamaban a condenar la violencia provenga de donde provenga, levantando, en el mejor de los casos, la idea de que toda forma de violencia es condenable.

Creo importante reflexionar en torno al fenómeno de la violencia a la luz de lo ocurrido en Chile estas últimas semanas. Para este ejercicio he elegido dos relatos, dos escenas bien preparadas por sus protagonistas. El primero apunta a la instalación, sin cuestionamiento, de una idea consensuada, forzadamente transversal y en extremo peligrosa. Una idea hegemónica acerca de la violencia, que identifica/construye, una vez más, a un enemigo público y abre las puertas para su control y sujeción. Dicha escena tiene como protagonista al gobierno a través de la ministra Karla Rubilar. El segundo relato, difundido solo a través de redes sociales, corresponde a una protesta callejera ocurrida en Antofagasta y reivindica el recurso de la violencia. Creo que revisando estos mensajes nos podemos aproximar a una comprensión de la violencia política.

Primera escena

En la tarde del lunes 28 de octubre, la recién nombrada ministra Karla Rubilar señalaba, a propósito de las manifestaciones que estaban ocurriendo en ese mismo instante en el centro de Santiago y en otras ciudades del país que, a diferencia de la multitudinaria marcha del 25 de octubre, “esta no es la gente que quiere justicia social, no es la gente que quiere un Chile mejor, estamos viendo gente que quiere destrucción y caos (…) estamos viendo a santiaguinos y chilenos que están viendo cómo su lugar de trabajo está destruido (…), que sienten miedo de poder estar en el centro de Santiago”. Luego señaló que, gracias a esos manifestantes violentos los noticieros no mostraban los temas de fondo: mejores pensiones, mejor acceso a salud, trabajo, sueldos, etc., sino que, por el contrario, “Lo único que estamos viendo en los medios de comunicación por culpa de este grupo pequeño que cree en la violencia (…) es finalmente violencia y caos y tapan lo importante”. Luego agregó: “La gente está cansada, la gente entiende que su voz fue escuchada”.

En resumen, se desprende del mensaje de la ministra que existiría una demanda legítima, apoyada por una enorme cantidad de personas, pero que esta es empañada por un grupo pequeño que lo único que quiere es caos y destrucción. Estos violentistas atentarían contra la propia población, generando destrozos en los bienes de uso público y sembrando el temor en ella. En este escenario, los medios de comunicación, espontáneamente, se alejarían del verdadero mensaje reivindicativo –compartido, supuestamente, por el gobierno-– y, por culpa de estos energúmenos, solo terminarían mostrando los actos violentos por la televisión. Estas acciones, si acaso tuvieran algún fin reivindicativo, estarían, además, fuera de lugar porque el gobierno ya escuchó la voz de la calle.

Lo sostenido por la ministra no es novedoso, ni en Chile ni en otras latitudes. En un reciente artículo publicado en el diario francés Mediapart, el periodista Christophe Gueugneau, escribe sobre el debate que el tema de las protestas violentas trae consigo. Recuerda, entre otras cosas, que en ocasiones esta violencia es condenada no tan solo por las autoridades y las fuerzas de seguridad, sino también por los mismos manifestantes autoconsiderados como pacifistas.

Entre las principales críticas que se hacen a la protesta violenta es que sus protagonistas serían el cáncer del movimiento social, puesto que representan un regalo, la excusa perfecta, para que el Estado y las fuerzas de seguridad repriman las manifestaciones callejeras; que la protesta violenta desvía el foco de atención y oculta las reivindicaciones profundas y, que el accionar de los violentistas impediría la masividad del movimiento.

Se trata, sin duda, de críticas que permanecen en los intersticios del sentido común y que, por lo mismo, son escasamente cuestionadas. Pero, a la luz de lo ocurrido en Chile, parece ser que, en primer lugar, la masividad o no de un determinado movimiento social no tiene que ver con la violencia, sino con el nivel de hastío de sus manifestantes. A pesar de los fuertes episodios vividos el primer fin de semana del estallido, una semana después fuimos testigos de la que, tal vez, ha sido la marcha más grande la historia de Chile. En paralelo se observa que, salvo en muy contadas ocasiones, en esa y las siguientes marchas no se ha visto una condena de los manifestantes hacia los jóvenes encapuchados. Al contrario, mucha gente ha señalado sentirse protegida por ellos frente al accionar de carabineros y se ha levantado, incluso, una especie de épica asociada a los encapuchados.

En cuanto a desviar el foco de atención, sin duda que se trata de un argumento poderoso, puesto que cuenta de su lado con el accionar de una buena parte de los medios de comunicación, sobre todo ciertos canales de televisión que han bombardeado al telespectador con los males de la violencia –cuántas horas de transmisión tuvimos que soportar sobre los chalecos amarillos que defendían sus barrios de supuestas hordas de saqueadores que cercaban su tranquilidad, para al final no tener un solo antecedente de que algo así haya ocurrido en algún lugar–.

A pesar de ello, las movilizaciones han logrado, si no modificar, sí cuestionar tales mensajes. Lentamente algunos canales se han abierto a mostrar otros rasgos de las protestas y denunciar, tibiamente, los abusos policiales. Lo han hecho tal vez por el peso abrumador de las redes sociales que conectan e informan –a pesar de las fake news– a mucha gente, lo que ha permitido relativizar seriamente el relato televisivo. No es menor el hecho de que solo unos pocos reporteros pueden informar desde el interior mismo de las marchas. El resto ha sido encarado por los manifestantes.

Pero sin duda la crítica más fuerte es que se trataría de gente sin pensamiento político, que solo quieren caos y destrucción, y que, por lo mismo, desatarían la inevitable represión policial.

David Graeber, antropólogo estadounidense, ha señalado, a propósito de los black bloc, que criminalizar la protesta violenta es en sí violento y, sobre todo, un cheque en blanco al Estado y las fuerzas del orden para legitimar la represión permanente. De manera que caracterizar a estos manifestantes como gente que solo quiere caos y destrucción no es solo inexacto –como veremos a partir de la segunda escena-, sino también peligroso. Es el tipo de afirmación que puede hacer matar gente.

Las palabras de la ministra, y afirmaciones como las del presidente Piñera respecto del estado de guerra, son de una enorme gravedad, puesto que identifican/construyen a un sujeto peligroso, situado fuera de toda racionalidad y adscrito a cierto perfil visible. Cuando la policía o los militares salen a la calle ya saben a quien apuntar; justo hoy, cuando hay toda una estética “anarquista” que se despliega entre nuestros jóvenes y la policía parece tener vía libre para tirar del gatillo. En un sentido similar, otras afirmaciones son peligrosas cuando señalan que esta explosión corresponde a adolescentes prisioneros de sus pulsiones, irresponsables en su conducta, puesto que los sitúa, de una vez, en situación de control y tutelaje. Estos sujetos que no son dueños de sí mismos, que solo quieren el caos y la destrucción y, por tanto, hay que sujetarlos, controlarlos, reprimirlos, puede llevar a alguien, como ya sucedió, a herirlos, torturarlos o matarlos.

Desde esta perspectiva, entonces, los manifestantes violentos, manipulados por su tendencia al caos y la destrucción, no constituirían un actor político. Es más, estarían fuera de la política. Curiosa sentencia, porque un examen histórico nos obliga a constatar que, por el contrario, la violencia parece un elemento inherente a lo social. El antropólogo Pierre Clastres ha sostenido que incluso en la sociedades sin Estado –contra el Estado, según su análisis– la violencia es un poderoso mecanismo sociológico de carácter pol

ítico. Pero, sobre todo, la historia nos muestra que las grandes transformaciones sociales y de reivindicaciones populares han estado acompañadas de estallidos violentos.

Para decirlo de otro modo: las revoluciones requieren de cierto tipo de violencia. No habrían cambios sin ella. Habría que preguntarse si la agenda política –aún muy distante del sentir popular– estaría hoy en vías de discusión sin el estallido violento iniciado el 18 de octubre. Probablemente no. En las revoluciones la violencia aparece siempre como necesaria e inevitable. Así, entonces, parece ser que si bien el camino de la violencia no es el único camino, la alianza entre manifestantes violentos y pacifistas explica en gran parte el motor y la fuerza del movimiento.

Es necesario entonces aproximarse al trasfondo de la protesta violenta. Una buena puerta de entrada es a través de la segunda escena.

Segunda escena

Se trata de un video que ha circulado en Facebook y que muestra una protesta callejera en la ciudad de Antofagasta. La escena, musicalizada con un tema ad hoc, comienza con una vecina relatando una actuación represiva a manos de carabineros. Las bombas lacrimógenas obligaron a los vecinos a arrancar de sus casas, con muchos niños a cuesta. Uno de ellos fue quemado por, precisamente, una lacrimógena. Otra vecina señala que fueron los propios manifestantes los que ayudaron a socorrer a familias y niños. El video continúa con múltiples imágenes de la protesta, gente saltando y gritando con banderas en mano, juegos de futbol callejero, barricadas, destrucción de señalética y una batalla campal con las fuerzas policiales.

Luego aparece un sujeto que tapa su rostro con un pañuelo, quien señala que a pesar de todo el humo lanzado por carabineros “jamás nos derrotaron. Esta es la victoria del pueblo. Llevamos dos horas haciendo lo que queremos. Lo único que queremos es que se vaya Piñera y todos sus secuaces. Esta es la fiesta del pueblo. Aquí les vamos a ganar a los pacos. Y vengan cuando quieran, les sacamos la cresta cuando quieran (…) la única forma que esto se calme es que se vaya Piñera, que tengamos una asamblea constituyente y podamos construir nosotros, el propio pueblo, una mejor constitución y una mejor estabilidad solamente para el pueblo. Que los ricos se vayan a la mierda porque ya han tenido 30 o 40 años chupando sangre. Esta es la fiesta del pueblo”.

El que habla no es un energúmeno. Todo lo contrario, hay detrás una posición política, compartida o no, pero que parece contundente. Por supuesto, nadie quiere la violencia, pero es necesario distinguir los tipos de violencia. No es lo mismo la violencia dominante de los opresores que la violencia defensiva de los oprimidos. Hay, primero, en el origen, una violencia estructural, sistémica que, creo, queda muy bien sintetizada en las recientes palabras del sacerdote Mariano Puga: “Este pueblo tiene derecho a saquearlo todo, porque ha sido saqueado”.

Como bien ha sostenido la filósofa belga Chantall Mouffe, esa enorme cantidad de jóvenes que protestan violentamente en diversos rincones del planeta, entre ellos Chile, pueden ser considerados como parte de un movimiento antisistema consecuencia de treinta años de hegemonía neoliberal. En un escenario, además, que ha cercado fuertemente la participación política de la población y donde se ha expandido la creciente y abismante brecha que separa a un pequeño grupo que se hace cada vez más rico del grueso de la población que debe lidiar a diario con una vida más y más precarizada.

Esa es la violencia estructural o sistémica que se ha expandido, de manera más bien oculta, en nuestra sociedad. En palabras del filósofo esloveno Slavoj Žižek, este tipo de violencia corresponde a las consecuencias, mayormente catastróficas, del funcionamiento de nuestros sistemas políticos y económicos. Esta violencia sistémica es la clave para entender la protesta violenta. Si no es tomada en cuenta, esta última aparece tal como nos la quieren mostrar, como explosiones irracionales en manos de energúmenos.

Como es evidente, existe una clara insensibilidad entre las clases dominantes sobre la violencia sistémica, es decir, sobre las condiciones de enorme vulnerabilidad y violencia en que vive el grueso de los chilenos. Y esto es así porque justamente esa violencia sistémica es necesaria para hacer posible su confort. Se trata, entonces, de una violencia que es inherente al sistema y que no solo aparece como violencia física, sino que adquiere formas más sutiles de coerción, necesarias para imponer las actuales relaciones de dominación y explotación.

En este sentido, y tal cual lo han manifestado otros sectores sociales –la Coordinadora Arauco-Malleco, por ejemplo-, la violencia mostrada por parte de los manifestantes es una respuesta física de autodefensa de personas que se resisten a formas de violencias cotidianas y permanentes. No es que la violencia haya comenzado el 18 de octubre, sino que ese día un grupo de jóvenes la visibilizó y le recordó al país la violencia estructural en la que vivimos. Se trata de una violencia defensiva que se rebela contra un sistema amenazante. Se trata de una lógica similar a la expresada en 1980 por el filósofo polaco Gunter Anders: si un conjunto de personas ha construido una máquina destinada a destruir a la humanidad, entonces más vale destruir esa máquina y, en caso de ser necesario, destruir también a quienes la han inventado.

De este modo, los manifestantes no son los creadores de la violencia, sino más bien son producto de ella. Es como la anécdota de Picasso relatada por Žižek y que cuenta que cuando un oficial alemán visitó al afamado pintor en su estudio de París pudo observar la monumental obra Guernica y, sorprendido por el estilo vanguardista del cuadro, le preguntó a Picasso: “¿Usted lo ha hecho?”, a lo que Picasso respondió: “No, ¡ustedes lo han hecho!”

La protesta violenta, por lo tanto, no hace otra cosa que visibilizar la violencia estructural en la que viven cotidianamente millones de chilenos. Quiere romper la injusticia y los abusos, quiere, en palabras de Walter Benjamin, introducir la justicia más allá de la ley. Esta violencia, que Benjamin llamó divina, es tan solo el signo de la injusticia del mundo, y se trata, por tanto, de una violencia emancipatoria.

Dentro de los escasos márgenes de incidencia que hoy tienen los jóvenes, la violencia emancipatoria permite romper la tranquilidad de la vida civil, visibilizando y recordando la violencia estructural, desplazándola desde las periferias al centro de la ciudad, respondiéndole a la clase dominante con su mismo mensaje. Los jóvenes que protestan rechazan el sistema porque ese sistema es profundamente violento. Por eso quieren cambiarlo y lo hacen, ya que no hay posibilidad política, desde el único lugar posible: la violencia. Atacando no a personas, sino a los símbolos de ese sistema.

En los últimos días hemos sido testigos de una enorme alerta sobre la violencia en las protestas, pero de una ceguera abrumadora sobre la violencia estructural. Esto no es casual y resulta más bien altamente sospechoso. Parece un intento por distraer la atención del verdadero problema, la violencia estructural y, por tanto, se sitúa en complicidad con ella. Hay una hipocresía en aquellos que, al condenar la protesta violenta, hacen uso oculto de la violencia sistémica, que es la que generadora de los propios hechos que reprueban. Detrás hay una opción ideológica que colabora con la invisibilización de las formas fundamentales de la violencia social.

Por otra parte, en estos días, la condena de la protesta violenta y la aceptación de la protesta pacífica, no es en verdad una condena de la violencia en sí, sino que resulta en una legitimación de la violencia unilateral de las fuerzas de seguridad, la que es tolerada por los protestantes pacíficos sobre la base de su propio sacrificio.

De manera que si analizamos la puesta en escena de la ministra Rubilar, constatamos que hay tres elementos en juego: inexactitud, hipocrecía y peligrosidad. Es inexacto el relato, porque no es verdad que los jóvenes quieran solo caos y destrucción. Puestos en una posición estructural, ellos se rebelan y apelan a un retorno de la política desde el último lugar donde parece posible: la violencia emancipatoria. Es hipócrita, no tan solo porque, al igual que el ministro Blumel, condena la agresión a las fuerzas policiales y calla cuando el asunto es al revés, sino porque en el fondo reproduce la negación de la verdadera violencia, la social. Y, por último, es peligroso, porque construye un sujeto identificado como el enemigo público y genera con ello las condiciones para su represión. Al término de este texto, el presidente Piñera anuncia por cadena nacional un endurecimiento contra la protesta social. Las palabras sobran.

Claudio Espinoza A.
Escuela de Antropología
Universidad Academia de Humanismo Cristiano

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