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A Meza le duele un pape, al trabajador le desangran la vida en horas

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por Jano Ramírez

A Meza le duele un pape
al trabajador le desangran la vida en horas

Tras la funa y el “pape” recibido por el diputado republicano Meza, el debate público volvió a desviarse, como casi siempre, hacia el terreno que más le acomoda a la derecha, la condena abstracta de la violencia, cuidadosamente separada de cualquier análisis de clase.
De pronto, quienes votan sin pudor contra la reducción de la jornada laboral, contra las 40 horas, pasan a ser presentados como víctimas. Mientras tanto, millones de trabajadoras y trabajadores siguen entregando la mayor parte de su vida al trabajo asalariado, con sueldos que no alcanzan, tiempos familiares mutilados y cuerpos agotados. Esa violencia, cotidiana, legal y perfectamente institucionalizada, no escandaliza a nadie.
Conviene decirlo sin rodeos. Estar en contra de la reducción de la jornada laboral, votar contra las 40 horas y además justificarlo con argumentos como:
“¿Qué saco yo con decirle a la gente: mire, usted tiene una jornada de 40 horas, se va a ir más temprano a la casa… ¿a qué? ¡A encerrarse! Si nadie puede salir con los hijos ni a la plaza de la esquina”,
no es una simple diferencia de opinión. Es un acto de violencia de clase. Es decidir que el trabajador siga llegando de noche a su casa, que vea a sus hijos solo antes de dormir, que viva cansado, endeudado y sin tiempo. Es desangrar tiempo de vida para sostener la ganancia del capital.
Frente a eso, cuando un trabajador increpa a un parlamentario y estalla una reacción física mínima, se levanta de inmediato el coro de los bienpensantes: “no podemos validar la violencia”. Pero aquí está el punto que muchos se niegan a ver, o prefieren ocultar, no toda violencia tiene el mismo origen ni cumple la misma función social.
El trabajador explotado no siempre tiene lenguaje académico, ni columnas en diarios, ni micrófonos. Pero siente la explotación en el cuerpo, en el cansancio acumulado, en el sueldo que se esfuma antes de fin de mes, en la frustración de vivir para trabajar. Exigirle que exprese esa rabia de manera “correcta” o “civilizada” es pedirle que modere su indignación mientras lo están aplastando.
Algunos dicen, “esto le sirve a la derecha, se victimizan”. Esa crítica, aunque a veces bien intencionada, es profundamente equivocada. La derecha se victimiza siempre, con o sin pape. Es parte de su libreto histórico. Culpar al trabajador por ese relato es trasladar la responsabilidad desde el poder hacia abajo, desde el explotador hacia el explotado.
Más aún, el miedo permanente a “no darle argumentos a la derecha” funciona como un mecanismo de disciplinamiento político. Calla la rabia popular, modera el conflicto y deja intacta la raíz del problema. Así, se condena la reacción, pero se normaliza la explotación.
No se trata de glorificar el golpe ni de convertirlo en método político. Se trata de rechazar la inversión moral que pone al mismo nivel una reacción desesperada y una estructura que roba años de vida. Se trata de volver a poner el foco donde corresponde, en la violencia estructural del capitalismo, ejercida todos los días desde el Parlamento, las empresas y las leyes.
Porque el verdadero escándalo no es un “pape”.
El verdadero escándalo es que trabajar siga siendo sinónimo de vivir cansado. 

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