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Diario electrónico POLITIKA

Luis Casado


Tocqueville

“A los 50 uno no reconoce las letras de cerca, pero reconoce a los weones de lejos…” (Jean Gabin)

Te preguntarás qué viene a hacer aquí este tío, cuya memoria se esfuma y se desvanece con el tiempo, mientras la realidad desmiente sistemáticamente sus muy aclamadas teorías a la tócame el perineo.

Si no fuese que periódicamente recibe el homenaje de distinguidos enteraos, claustros eminentes, seculares instituciones y refinados areópagos, amén de ser enseñado en las reputadas academias paridoras de las elites que nos gobiernan… no valdría la pena perder el tiempo con Alexis-Henri-Charles Clérel, conde de Tocqueville, nacido en París el año 1805 y muerto en Cannes en 1859.

El tipo pasa por ser un filósofo político y un precursor de la sociología, lo que –con el perdón de mis amigos sociólogos– es la prefiguración indesmentible de un jeropa de mucho cuidado, beneficiario ex qualitès de la Ley de Brandolini –o principio de asimetría de los chamullos– que establece de manera irredargüible que la cantidad de energía necesaria para refutar imbecilidades es superior de un orden de magnitud a la necesaria para producirlas.

Hasta ahí no hay de qué declararle la guerra a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia, 23 Quai de Conti, 75270 París 06, gran organizadora ante el Eterno del brillo y relumbre de algunas nulidades como Alexis.

Mas –infaustamente– habiendo alcanzado la dignidad de magistrado en 1827, Tocqueville obtuvo tres años más tarde una misión del ministerio de Justicia francés para ir a estudiar el sistema penitenciario yanqui. Esta sinecura le permitió descubrir los Estados Unidos y redactar su ópera magna, un panegírico a sus estrafalarias ideas titulado De la democracia en América.

El libro ha sido descrito como el análisis del sistema democrático, de sus virtudes, de sus riesgos y de su dinámica.

Sin haber logrado cerrar la boca –que les abrió muy grande la admiración– quienes en adelante serían sus pares le eligieron miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas a la tierna edad de sólo 33 años. Me dirás que a esa edad Jesucristo la palmó para “mostrar su amor por nosotros en la edad perfecta de la vida” y ascendió al cielo, pero Alexis fue aún más lejos: a los 36 años fue elegido miembro de la Academia Francesa, sácate el sombrero y saluda.

El genio de Tocqueville queda en evidencia cuando afirma que la democracia no es sólo la igualdad de derechos. También pasa por la igualdad de oportunidades –el estatuto social ya no es hereditario– y por la igualdad de las condiciones de existencia mediante la reducción de las diferencias de ingresos entre las categorías extremas.

Basta con examinar la realidad socioeconómica francesa actual para constatar a qué punto Tocqueville tenía el don de la adivinación, de la premonición y los presagios:

En un informe publicado el martes 18 de noviembre –en pleno debate presupuestario en el Parlamento–, el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (Insee) muestra que el 0,1% de los franceses más pudientes ganan en promedio 167 veces más que el 25% de hogares que declaran los más modestos ingresos. Esta diferencia se ha profundizado mucho en veinte años: en el año 2003 los más ricos sólo ganaban 95 veces más. Otro dato significativo: entre 2003 y 2022, los ingresos medios de los muy ricos –declaraban al menos 463.000 euros anuales en 2023– más que doblaron (+110%).” (Fuente: diario Le Monde, 20 nov 2025).

En cuanto a la igualdad de derechos, los ex-presidentes, ministros y políticos de renombre suelen ser condenados con penas remitidas, y no van a la cárcel visto que la Justicia les regala un brazalete electrónico para permitirles vagar a sus augustas ocupaciones en casa, y/o en el lugar de su preferencia, amén de autorizarles entrevistas en TV, radios y prensa en general.

El colmo de la igualdad de derechos –versión francesa– la dio Nicolas Sarkozy, condenado tres veces entre otros por criminalidad en banda organizada, corrupción y chantaje a testigos clave, quién pasó 21 días en prisión, acompañado día y noche de dos guardaespaldas, recibiendo visitas de cortesía todos los días incluyendo la del ministro de Justicia.

Liberté, Egalité, Fraternité, que le llaman… ¿No es linda la democracia descrita por Tocqueville?

En cuanto a los EEUU, Alexis de Tocqueville no menciona ni una sola vez el genocidio de los habitantes originales, es decir la masacre de 40 millones de seres humanos –pidiendo por lo bajo– que en esos años aún no terminaba. ¿Pieles rojas? Connais pas

Tocqueville escribe en su libro:

Confieso que en América vi más que América; busqué allí una imagen de la democracia misma, de sus inclinaciones, de su carácter, de sus prejuicios y su pasiones”.

Aparte llamar lo que vio “América”, despojando así a todo un continente de su gentilicio, Alexis de Tocqueville no vio ningún muskogi (creek, choctaw, chickasaw, seminola, alibamu, apalachee, hitchiti), ningún cherokee, catawba, waccamaw, sioux, caddo y otros grupos allegados como los houma, natchez, tunica, ofo, chitimacha, biloxi, chackchiuma, tohome, mobile, chatot, ais, timucua, calusa tekesta, yamasee, cusabo ni tacobega.

Tampoco vio esclavos africanos… aún cuando unos años más tarde –supuestamente– el esclavismo sería una de las causas de la Guerra Civil, o Guerra de Secesión que causó cientos de miles de víctimas para no hablar de la destrucción masiva de ciertos Estados. La realidad era más compleja, y hoy sabemos que Abraham Lincoln no fue el benefactor de la Humanidad que describe la Historia oficial. Pero este será el tema de otra parida destinada a describir la mitología yanqui.

Lo cierto es que nuestro fino observador, Alexis de Tocqueville, calificado de “filósofo político”“clásico de la sociología” y otras lindezas por Philippe Raynaud, profesor emérito de Ciencias Políticas en la universidad de Paris-Pantheon-Assas, miró los EEUU con el microscopio al revés.

Sus epígonos destacan que Alexis de Tocqueville sostuvo que el progreso sociopolítico de su época estaba fundamentalmente enraizado en la idea de igualdad. Y que su filosofía principal loaba la igualdad de condiciones en una sociedad que –a su juicio– podía ser realizada mucho más fácilmente gracias a un sistema democrático liberal.

En ese sistema, ciudadanos comunes –como Elon Musk– pueden y deben negociar salarios de un billón de dólares mientras destruyen los empleos de los funcionarios públicos. Y mientras 40 millones de jubilados yanquis viven en roulottes (casa rodante) porque no pueden pagar un alquiler.

   

Como solemos decir en la dulce Francia: “Hay patadas en el culo que se pierden…”

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