por Franco Machiavelo
Las elecciones presidenciales que hoy se presentan como “fiesta democrática” no son más que un ritual vacío, una puesta en escena cuidadosamente diseñada por la élite y la oligarquía para legitimar el mismo modelo que lleva décadas saqueando al pueblo. Cambian los nombres, se alteran los colores de los partidos, se juega con las promesas y las frases efectistas, pero el producto final es idéntico: el continuismo neoliberal.
El capitalismo salvaje que se impuso con sangre y fuego en Chile, y que se consolidó con las reformas maquilladas de la transición, sigue intacto. Los candidatos —ya sean de derecha explícita o de una centroizquierda domesticada— no hacen más que administrar la desigualdad. No gobiernan para el pueblo trabajador, sino para los grandes grupos económicos, para las forestales, las mineras, las AFP, la banca. El orden de los factores no altera el producto porque todos se mueven dentro del mismo marco: el neoliberalismo como dogma incuestionable.
Lo que venden como “libertad” es la libertad del mercado para devorar vidas y territorios; lo que llaman “modernización” es privatización; lo que bautizan como “gobernabilidad” es la sumisión del pueblo a un orden injusto. Esa es la verdadera democracia de la oligarquía: elegir quién administrará el saqueo.
Como bien enseñan las voces críticas del pensamiento emancipador, la estrategia del poder es convertir la política en espectáculo, en un simulacro de opciones donde todas llevan al mismo destino: mantener intacta la arquitectura económica que concentra la riqueza en unos pocos y reparte miseria a las mayorías.
El problema no es solo qué candidato gana, sino que todos son funcionales al mismo modelo. Y mientras el pueblo sea reducido a mero espectador y consumidor de promesas electorales, el orden seguirá siendo inalterado. Porque cuando los factores son neoliberales, el producto es siempre desigualdad, explotación y obediencia al capital.











