.La guerra de España coincide con el apogeo del intelectual comprometido, un término “intelectual” que fue empleado por primera vez en relación al “affaire Dreyfus. La misma agresión militar-fascista de julio del 36 causó una expansiva toma de conciencia como resulta patente en el caso británico e incluso norteamericano.

En medio de una auténtica crisis civilizatoria de los años treinta (crack del 29, ascenso del nazi-fascismo, del estalinismo oculto por la lejanía, la necesidad y el mito de Octubre), el intelectual de izquierdas desarrollará un creciente protagonismo público que se va a concretar en una praxis comprometida con el pueblo, con las izquierdas y primordialmente con el área comunista oficial, expresándose a través de obras polémicas, de manifiestos, congresos, compromisos organizativos, llegando hasta la lucha en el frente español, en donde murieron no pocos escritores, anónimos o poco conocidos en el momento, como Christopher Caudwell, Ralph Fox o Pablo de la Torriente, entre una lista casi interminable.

La grave coyuntura les llevaba a cuestionar el cuadro decadente de las democracias burguesas liberales incapaces según la opinión generalizada de contener el avance fascista-, y con ello el papel’ tradicional de los intelectuales pequeños burgueses que se sienten convocados por su mala conciencia” a un puesto de lucha que ya ha sido ocupado por una avanzada del proletariado militante.

En el ambiente parecía evidente que se preparaba una nueva guerra, y el intelectual buscaba a la izquierda en espera de la Ciudad Ideal, el sueño de un mundo nuevo, tal como lo expresa W. H. Auden en su célebre poema “Spain” (1937). Este poema fue considerado como la gran llamada a las armas en favor de la República, aunque años más tarde su autor, convertido al cristianismo, lo considerara despectivamente.

Este desplazamiento de los intelectuales desde el individualismo o el conformismo hacia el antifascismo, o hacia posiciones más netamente revolucionarias -como será el caso notorio de los surrealistas-, se había fraguado como una respuesta a un proceso de crisis que el escritor ruso-francés Víctor Serge definió como de “medianoche en el siglo”.

Los datos son bastante dramáticos e ilustrativos: crack económico capitalista de 1929 -con su secuela de paro y miseria-, guerra chino-japonesa, ascenso de Hitler con la consiguiente derrota del más potente movimiento obrero de Europa y la destrucción de la democracia y de la socialdemocracia en Austria, incendio del Reichstag, proceso de Leipzig, invasión italiana de Abisinia, ascenso de los movimientos obreros en Francia y en España, radicalización de las izquierdas en los EE.UU. y Gran Bretaña, “procesos de Moscú” y giro político hacia los Frentes Populares… Sólo una minoría de escritores -Serge, Ignazio Silone, Panait Istrati, Marcel Martinet, etcétera- estuvieron al corriente del complejo curso que tomaba la URSS, y muy pocos supieron diferenciar entre el legado de 1917 y el estalinismo. Por eso fueron contados los que tomaron partido a favor de la vieja guardia bolchevique inculpada durante’ los “procesos de Moscú”. La mayoría de los intelectuales que se habían mostrado adversos a la revolución, aceptaban ahora el curso “moderado” de Stalin frente al “utopismo” de Trotsky.

Este contexto provocará entre la “intelligentzia” una nueva configuración moral e ideológica en la que confluyen numerosos factores, de los que cabe al menos reseñar el desencanto y alejamiento del bloque dominante, con el descubrimiento de los desastres del capitalismo y del colonialismo, un horror que autores como Gide (“Viaje al Congo”), George Orwell (“La marca”, que transcurre en Birmania), o Foster (“Pasaje a la India”), pero también y quizás sobre todo, la fascinación idealizada hacia las nuevas formas de vida del socialismo, imaginariamente representada por la URSS descrita por escritores cuyos derechos eran comprados por el Estado soviético, la seducción por las potenciales capacidades alternativas de una nueva sociedad que aparece en el cine -Einsenstein, Pudovkin, Dovjenko, etcétera-, la literatura -Babel, Pilniak, Maikovski, etcétera- más la propia necesidad de contar con un contrapunto opuesto al mundo que rechazaban.

Esta época idílica cambiará radicalmente, sobre todo en los años cincuenta, cuando los USA consiguen ganar la “batalla cultural” en una alianza con liberales, socialdemócratas y renegados diversos.