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Chile 1983: Una historia del 1 de mayo

Chile 1983: Una historia del 1 de mayo

 Por Juanita y Jaimito

Ya llevábamos 10 años de Dictadura. Yo vivía con Juanita mi compañera y mi amor. Con 18 años ya teníamos dos hijos, uno de 2 años y el mayor de 4. Vivíamos tiempos difíciles. No solo para nosotros sino para todo aquel que se atrevía a seguir viviendo en esta franja de tierra olvidada por dios y por el diablo. Con la recesión, la falta de trabajo y la “repre” no nos quedaba otra que empeñar nuestra vida en trabajos de pacotilla como lo era el POJH (Plan Ocupacional de Jefes de Hogar). Este era un plan de empleo miserable, levantado por Pinochet y sus secuaces, en el que trabajaba yo y el PEM (Plan de empleo Mínimo), en el que trabajaba ella. Pero esto no nos desalentó a pesar de que muchos amores y hogares se derrumbaban en esos días de oscuridad y miseria. Juanita luchadora, audaz y decidida se mantenía como una lucecita entre tanto fiasco.

Nos organizábamos con los vecinos, los amigos y los compañeros de la población, para no hacérsela tan fácil a los milicos que mandaban por esos días. Hacíamos talleres, cursos de distintas cosas, organizamos también un “comprando juntos”, trabajamos en conjunto con otros compañeros en grupos de autodefensa. Nos cuidábamos eso sí, porque la CNI tenía sapos, huevones infiltrando las organizaciones. A pesar de que nos habían quitado todo, todavía nos tenían miedo.

Habíamos conocido con la Juanita, antes del ’73 a algunas personas que después se convirtieron en amigos y compañeros. Varios de ellos habían sido exiliados y ahora andaban de vuelta por estas tierras, venían a luchar en la clandestinidad.

Fue en una marcha del 1 de mayo, cuando nos encontramos con el “Elías”, que venía llegando a Chile, cuando la cosa se estaba poniendo más caliente, en plena “Rebelión Popular”, como nos gustaba decirle. Había movimiento en las poblaciones, en las universidades, huelgas con el apoyo de los sindicatos, en todas partes la gente estaba revolucionada peleándosela a los pacos y milicos. Elías nos invitó a conversar un rato y nos propuso pasarnos algunos materiales para las protestas. Nosotros le dijimos que necesitábamos pinturas y plantillas para hacer propaganda porque a la noche en la casa también había protesta. Nos pasó lo que le pedimos y le dijimos chao. Teníamos todo lo que necesitábamos. Habíamos formado grupos de autodefensa con los cabros del barrio, teníamos hondas, molotovs, miguelitos y uno que otro fierro por ahí.

Llegó la noche, dejamos a los niños con mi suegra y partimos. Ya estaba todo listo y dispuesto, los miguelitos desperdigados en los puntos precisos, los implementos para la barricada en los lugares estratégicos, la gente, los vigilantes, todo calculado para combatir esa noche y para que, ojalá, no cayera nadie en las manos de los carniceros. En la plaza los cabros de la Vicaría daban un discurso, para que la gente se acercara a la olla común a compartir, pero sobre todo, a resistir. La olla común era y es, creo, una acción que tenemos los pobres para mostrar nuestra fuerza, nuestra hermandad, para decirle a los poderosos que no nos importa que nos dejen sin plata o sin pan; que tanto, nos juntamos y cocinamos entre todos no más, cada uno con lo que tiene.

De repente se empezaron a ver rostros extraños merodeando por ahí cerca de nosotros. Creían que no nos dábamos cuenta, ni que fuéramos giles, si tenían toda la pinta de ser “chanchos”. Se escuchó un disparo al aire, un gas pestilente se nos metió en las entrañas y nos hizo lagrimear. Unas sirenas sonaron con su bulla ensordecedora, todos corren menos nosotros. Mi compañera más fiera que cualquiera corre, pero no para la casa, si no que a la primera línea de combate. Los compañeros que hace un rato estaban escondidos salen de los rincones y toman sus posiciones, la calle es nuestra, somos nosotros los combatientes de la vida. Todo se vuelve mudo. Esa calma tensa antes del combate, esos instantes en los que el cuerpo quiere salir corriendo pero el espíritu lo domina. El momento en que la vida se vuelve frágil, casi un segundo, una chispa, un suspiro.

Fue duro ese 1° de mayo de 1983. Nos levantamos temprano para armar barricadas; a las 7 de la mañana ya estaban ardiendo. Al mediodía bautizamos la plaza de la “pobla” con el nombre de Víctor Jara y a las 17:00 horas nos acuartelamos para la batalla nocturna. Eran tiempos difíciles, pero a la Juanita y a mí no se nos iba la sonrisa, porque creíamos en otras cosas, creíamos en la lucha, teníamos compromiso, consecuencia, creíamos en la vida, en el pueblo, en las y los trabajadores, en los combatientes de la vida diaria, y en las y los que resisten.

[Publicado en la edición N°33 de Solidaridad].

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