Inicio Historia y Teoria Una gran y valiente mujer… Fanny Pollarolo

Una gran y valiente mujer… Fanny Pollarolo

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Anécdota inolvidable vivida en dictadura que los dirigentes sindicales de entonces jamás olvidaremos

Arturo Alejandro Muñoz

Con Rodolfo Seguel y Manuel Bustos encarcelados por orden de la dictadura, el Comando Nacional de Trabajadores, para la Tercera Protesta Social (12 de julio de 1983), quedó en manos de la CEPCH (Confederación de Empleados Particulares de Chile), con su presidente, Federico Mujica, a la cabeza, mientras yo participaba junto a él como uno de los directores CEPCH.

Realizamos histórica marcha por las calles céntricas, saliendo en caravana desde la sede de la Confederación de Trabajadores del Cobre, ubicada en las cercanías del Paseo Huérfanos. La idea era entregar una carta a Pinochet en La Moneda. En ella solicitábamos un reajuste salarial, el término del exilio y de la censura, la fijación de plazos claros para el retorno a la democracia y el derecho a mantener organizaciones de libre pensamiento.

Esa carta también tuvo su historia interna, y vaya qué historia. Los dirigentes sindicales nos reunimos en una amplia asamblea con los representantes de los partidos políticos (que tenían prohibición de existir y actuar), de las organizaciones estudiantiles y de las poblacionales. Se nos unieron también las directivas de algunos colegios profesionales, como el de médicos y abogados.

La carta (en parte redactada por quien suscribe) fue leída por Mujica y aprobada por la mayoría de los asistentes, pero hubo una persona que se opuso a firmarla. Era el representante del MAPU, un hombre joven, de luenga barba negra y pelo largo. Adujo que no firmaría nada que pudiera ratificar la oficialización de Pinochet como jefe de estado.

Se produjo una batahola de discusiones, gritos y manoteos. Pregunté a Federico por aquel individuo. “Es un exiliado –me respondió- parece que regresó al país hace pocas semanas”.

Fue entonces que la doctora Fanny Pollarolo alzó su voz y pronunció un pequeño discursillo que debió tener mejor público, porque quienes estábamos ahí asumimos que ella hablaba a contra pelo, a “contra voluntad”, empujada oprobiosamente por las circunstancias vigentes, las que mostraban a un grupo de trabajadores organizando una parranda política que bien merecía haber contado con la presencia y aporte de los partidos populares.

Doña Fanny habló y con ello se produjo el arrastre del resto de los políticos disidentes e incrédulos.

 “Las mujeres no podemos aún entender por qué hay quienes gritan contra la dictadura pero no hacen mucho por terminarla, salvo hablar. Yo no he consultado a mi partido respecto de firmar o no la carta que el Comando de Trabajadores enviará a La Moneda, pero mi conciencia y mi compromiso son avales suficientes. Voy a firmar la carta ahora mismo, e invito a todos los compañeros de los otros partidos a sumarse”.

Nadie se atrevió a dejar en blanco el espacio reservado en la carta para su respectivo partido o movimiento. En desordenada fila, los representantes de las organizaciones políticas estampaban sus rúbricas a la vez que gritaban a los cuatro vientos que “el partido tanto, o el movimiento cuánto, compañeros, acaba de firmar”, mostrando sus caras a las cámaras de televisión y a las lentes de los fotógrafos.

Pero, no nos acompañaron en la marcha hacia La Moneda. El valor no les alcanzó para tanto despliegue de coherencia y consecuencia. Así, los trabajadores salimos una vez más a las calles, con el pecho al frente y sin otras armas que nuestras conciencias y voluntades. Solamente Fanny Pollarolo estuvo junto a nosotros en esa marcha. Honor y gloria, querida Fanny…honor y gloria. Fuiste gran ejemplo de lucha.

Llegamos a La Moneda a mediodía, rodeados de fuerzas policiales. Recibimos aplausos y gritos de apoyo en el centro. En la Plaza de la Constitución, en cambio, nos esperaba el “guanaco”, el “zorrillo” y muchos lumazos.

Federico Mujica ingresó al palacio de gobierno acompañado de Hernol Flores y Jorge Millán. A la salida, carabineros detuvieron a Millán junto a otros cinco trabajadores. Se produjo un pugilato fenomenal.

Los policías no se atrevieron a usar gases lacrimógenos frente a la casa de Toesca y eso les fue fatal. Nosotros superábamos las quinientas personas. Nos trenzamos a palos y puñetazos con ellos. Para los fotógrafos y camarógrafos era una fiesta. Recibí un fuerte golpe en la espalda, pero me desquité dándole un puntapié en la rodilla a un Carabinero. Fuimos finalmente rodeados por los policías y Federico Mujica llegó a feliz acuerdo con el oficial a cargo de las fuerzas de orden.

Nos retiramos del lugar y gastamos más de una hora en dar entrevistas a reporteros de la televisión argentina e italiana en la esquina de Agustinas con Morandé, a un costado del Banco Central. Después nos dirigimos hacia la comisaría cercana para sacar a Jorge Millán, tarea que fue rápida y exitosa, ya que bastó que Mujica firmara un documento en el que se garantizaba que Jorge se presentaría en el Juzgado de Policía Local de la Municipalidad de Santiago, para que la policía lo dejara en libertad.

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