Imagen: Elon Musk, fundador y director ejecutivo de SpaceX, habla por video antes del toque de campana de apertura en el Nasdaq Marketsite durante el lanzamiento de la oferta pública inicial (OPI) de la empresa el 12 de junio de 2026 en la ciudad de Nueva York. (Spencer Platt / Getty Images)
JACOBIN
Los inversores y allegados de Elon Musk se apropiaron de las enormes ganancias de la oferta pública inicial de SpaceX, que batió todos los récords, mientras los hogares comunes quedan expuestos a un riesgo que nunca eligieron asumir y enfrentan las consecuencias de la desigualdad extrema.
Hace algunos días Space X, la empresa de Elon Musk, salió a bolsa. La compañía protagonizó la mayor oferta pública inicial (OPI) de la historia, alcanzando una valuación de mercado público de 2,1 billones de dólares y convirtiéndose de la noche a la mañana en la sexta empresa estadounidense más valiosa, para ascender luego incluso al cuarto puesto. Hasta el momento, SpaceX recaudó casi 86.000 millones de dólares, es decir, el triple del récord anterior de OPI, que pertenecía a la empresa de comercio electrónico Alibaba, en 2014. Musk se convirtió en el primer billonario del mundo, más de cuatro mil empleados actuales y exempleados de SpaceX pasaron a ser millonarios y más de veinte inversores institucionales poseen participaciones valoradas en más de 1.000 millones de dólares.
Todo esto a pesar de que la empresa acumuló una pérdida neta de 4.900 millones de dólares el año pasado y más de 41.000 millones en pérdidas desde su fundación. Aproximadamente 75.000 millones de dólares del balance de la empresa representan un caballo de Troya de deuda heredada de xAI y X, otras compañías propiedad de Musk que transfirió a los libros de SpaceX apenas unos meses antes de la OPI. Por cada dólar de ingresos que generó el segmento de inteligencia artificial en 2025, perdió dos. Para usar las métricas de la industria financiera, las acciones de SpaceX tienen actualmente una relación precio-beneficio de -61,09 (frente a un promedio sectorial de 11,51).
La magnitud de la OPI de SpaceX no es resultado de las ilimitadas posibilidades del libre mercado ni de hazañas notables en materia de innovación, sino de una iniciativa compleja y sofisticada de ingeniería financiera y redistribución de riqueza hacia arriba. La operación fue estructurada, en todos sus niveles, para permitir que los allegados financieros y los seguidores de larga data de Musk capturaran las ganancias y salieran del negocio con tiempo suficiente antes de que la valuación tenga oportunidad de volver a la tierra, mientras los hogares comunes quedan expuestos a un riesgo que nunca eligieron asumir y deben enfrentar las consecuencias de una desigualdad que se profundiza.
¿Qué es «SpaceX»?
Hasta hace poco, SpaceX estaba organizada en torno a tres segmentos operativos. El primero es el de Starlink y Starshield, que lanzan satélites para proveer acceso a internet de banda ancha y servicios de comunicación para la defensa. Con alrededor de diez mil satélites en órbita, Starlink es la operación más rentable de la empresa, pero enfrenta importantes desafíos técnicos y regulatorios si pretende escalar al tamaño que Musk imagina.
El segundo segmento es la parte propiamente espacial de la empresa, que diseña y lanza cohetes. Gran parte de su futuro depende de Starship, un vehículo de lanzamiento reutilizable que aún está en desarrollo. El tercero es xAI, que, tras la adquisición de X por parte de Musk mediante un intercambio puro de acciones, comprende la plataforma de redes sociales (y el negocio publicitario), Grok (el tristemente célebre chatbot) y los centros de datos de inteligencia artificial. En palabras de Elizabeth Warren: «Elon Musk entró a una sala con Elon Musk y negoció cuánto debería valer la fusión». xAI está perdiendo dinero a raudales (solo el año pasado perdió 6.400 millones de dólares), pero representa también la apuesta más grande de la empresa.
Oculto detrás de una serie de declaraciones descabelladas sobre colonias en Marte y viajes gratuitos a la Luna, el plan principal de SpaceX para estar a la altura de su valuación es en realidad la «infraestructura de IA orbital». Los centros de datos, que entrenan y ejecutan inferencias para los modelos de IA, son la parte tecnológica más costosa desde el punto de vista medioambiental y financiero. Musk quiere abordar esto creando una constelación de hasta un millón de satélites en el espacio que ejecutarían cargas de trabajo de IA con energía solar.
Sobre la base de los obstáculos que Starlink encontró hasta ahora, los investigadores tienen dudas tanto sobre la complejidad como sobre la escala de este proyecto. El profesor de física de la Universidad de Rice Doug Natelson dijo que los centros no tenían «ningún sentido para él» y los calificó de «pensamiento mágico». Pero las preguntas sobre viabilidad científica, viabilidad económica y prioridad social (¿queremos realmente que un contratista militar construya centros de datos en gravedad cero cuando millones de personas en Estados Unidos tienen dificultades para pagar la comida y el combustible?) parecen dejarse de lado.
La ingeniería financiera singular de la OPI de SpaceX
Históricamente, una empresa que sale a bolsa debe demostrar su solidez durante meses, a veces años, antes de ser incorporada a un fondo de índice bursátil importante. Los fondos indexados, que son un tipo de inversor pasivo en «piloto automático» que sigue automáticamente un índice determinado, están entonces obligados a comprar la acción. Musk negoció un camino inusualmente rápido hacia la inclusión en los índices. La Comisión de Bolsa y Valores (SEC) acordó dispensar este requisito de protección al consumidor, y dos índices importantes, el Nasdaq-100 y el fondo Russell, comprimieron su cronograma a apenas quince días (el S&P 500 declinó hacerlo).
Esto significa que para julio, los fondos estarán obligados a comprar acciones de SpaceX independientemente de su valuación. Esto expondrá directamente a millones de accionistas y titulares de fondos de pensión a la volatilidad de la empresa, al tiempo que generará entre 22.000 y 27.000 millones de dólares de demanda automática en el mercado bursátil.
Además de eso, Musk solo hizo flotar entre el 3 y el 4 por ciento de la empresa en el mercado público, reservando la gran mayoría de las acciones para sí mismo o para otros allegados que están bloqueados y no pueden vender (una regla estándar para quienes adquieren partes de una empresa antes de la OPI). También recompensó a seguidores de larga data (a quienes Mihir Desai, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, definió como parte de su «culto financiero») asignando alrededor del 30 por ciento de la oferta a inversores minoristas, unas tres veces más de lo habitual. Estos accionistas tienen menos probabilidades o capacidad de vender sus acciones en comparación con sus contrapartes institucionales (como los fondos de cobertura).
En conjunto, esto genera una oferta escasa y una demanda forzada. Los vendedores superarán en número a los compradores durante bastante tiempo, y los precios de las acciones no caerán cuando deberían hacerlo. Esto amplía el margen de tiempo para los compradores que entraron temprano y les permitirá vender mientras las compras automáticas de los fondos indexados sigan aislando el valor para que no vuelva a la tierra. Mientras tanto, una gran parte de las cuentas de pensión de los estadounidenses, los ahorros para el retiro, los fondos de dotación universitarios y muchos otros quedarán atados al valor de largo plazo de SpaceX.
También es notable el desproporcionado control de Musk. Retuvo el 42 por ciento de las acciones de SpaceX y el 85 por ciento del poder de voto a través de sus «acciones de supervoto». Los expertos reconocieron que «nunca habían oído hablar» de una estructura tan concentrada y la calificaron como «una locura». En comparación, el segundo mayor propietario es Valor Management, una firma de capital de riesgo perteneciente a Fidelity Investments (que casualmente también redujo sus requisitos de gestión de riesgos para la OPI en el caso de los inversores minoristas), con el 3,8 por ciento.
Por lo general, en una OPI también existe un rango de precio y tamaño para permitir que las fuerzas del mercado tengan flexibilidad el día de la valuación pública, pero Musk decidió que SpaceX vendería sus acciones a 135 dólares pase lo que pase. En otras palabras: tómalo o déjalo. Cuando SpaceX publicó sus documentos de presentación la semana pasada, revelando los 75.000 millones de dólares en deuda antigua proveniente de xAI y X, los inversores tuvieron un anticipo temprano de lo que exactamente eso podría significar.
Financiamiento circular
Los documentos de presentación también revelaron el alcance del financiamiento circular entre SpaceX y sus pares que caracteriza al sector de la IA y hace que su valor real sea aún más difícil de determinar. Anthropic le paga a SpaceX 1.250 millones de dólares por mes hasta mayo de 2029 (es decir, 15.000 millones de dólares por año) por acceso a capacidad de cómputo, en particular al supercomputador Colossus de SpaceX en Memphis, Tennessee (que en su punto máximo consume casi 19 millones de litros de agua por día), y por acceso a más de 220.000 GPU de Nvidia. También tiene previsto invertir en los centros de datos espaciales de Musk. Google se comprometió a pagar 920 millones de dólares por mes, también hasta 2029, por acceso a recursos informáticos y 111.000 GPU. En teoría, ambas empresas son competidoras directas de xAI, pero debido a la necesidad insaciable de recursos de cómputo, también están financiando la infraestructura de la que dependen las ambiciones de IA de SpaceX.
Días después de su OPI, Musk utilizó las acciones para comprar a un «competidor directo» de OpenAI y Anthropic, Cursor (una plataforma que también le permite a los usuarios alternar entre modelos), por 60.000 millones de dólares. Anthropic y OpenAI también se preparan para una OPI en 2026. Aquí hay una contradicción central: las mismas empresas compiten cada vez más entre sí mientras también se financian, se abastecen y se venden mutuamente en un circuito cerrado. El resultado es una red interconectada de capital mutuamente reforzado.
Luego está Wall Street. Los bancos que suscribieron la OPI cobraron 500 millones de dólares en honorarios y luego recibieron el derecho de comprar acciones adicionales a través de lo que se conoce como la opción «greenshoe». Goldman Sachs y Morgan Stanley se llevaron la mayor parte en esta operación y compraron 8,3 millones de acciones adicionales unos días después, lo que aumentó el valor inicial de la OPI en 10.000 millones de dólares. Si bien los acuerdos greenshoe son relativamente estándar, la escala fue extraordinaria. En palabras de un representante de Wells Fargo, los bancos ven esta operación como la apertura de un «superciclo de mercados de capitales impulsado por la IA» y una «oleada de grandes OPI por venir». Goldman Sachs y Morgan Stanley también ocupan posiciones de liderazgo para las anticipadas OPI de Anthropic y OpenAI. Las firmas de inversión seguirán actuando como arquitectas de la fiebre del oro de la IA al facilitar transacciones financieras masivas, crear vehículos innovadores y proveer liquidez para esta estructura financiera de la IA que se autofortifica.
¿Progreso para quién?
Para Elizabeth Warren, esta OPI tiene «suficientes señales de alarma como para detener a cualquiera». La cobertura mediática dominante que glorifica al soldador o al trabajador de la cafetería de SpaceX que se convirtió en millonario de la noche a la mañana, o que alaba a Elon Musk como un visionario genial e incomparable vendedor, está realizando un trabajo ideológico fundamental para vender la OPI como prueba de que, en Estados Unidos, cualquiera que sueñe y trabaje lo suficiente puede ganar.
En realidad, SpaceX es simplemente la prueba de que las finanzas modernas se volvieron extraordinariamente eficaces para concentrar enormes recompensas hacia arriba, trasladar el riesgo hacia abajo y agravar la desigualdad bajo el disfraz del «progreso».











