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¡SE SIENTE, SE SIENTE… EL DEDO EN EL OJO POR LAS ALZAS DE LUZ ESTÁ PRESENTE!

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por Franco Machiavelo

!»El dedo neoliberal en el ojo del pueblo»!

Aparte de una nueva alza y que el costo de la electricidad en chile sea una de las mas caras del mundo, siendo muy malo, porque las empresas electricas ganan mucho dinero, encuentro injusto la subida de 1.450 por cuatro años, porque hay familias y hogares humildes que por ejemplo consumen 50 mil al mes de energia, versus empresas que consumen 5 millones al mes en energiaa quienes tambien les sube $ 1.450 pesos al mes, lo que hace  que sea un sistema perverso porque los mas pobres terminan pagando parte de la deuda de las empresas mas ricas de este pais y que consumen mucho mas energia y que mas encima tienen utilidades millonarias.

No es una metáfora exagerada ni una consigna vacía: las nuevas alzas de la luz son una bofetada directa, seca y cotidiana al rostro de las familias chilenas. Golpea sin distinción al hogar popular, a la clase media empobrecida y a quienes ya viven al borde del colapso económico. La electricidad —condición básica para una vida digna en el siglo XXI— ha sido degradada a mercancía de lujo, administrada por un puñado de empresas que lucran con una necesidad vital.

Aquí no estamos frente a un fenómeno “técnico”, ni a una fatalidad del mercado internacional, como se nos quiere hacer creer. Estamos frente a una decisión política. Una estructura de poder que protege a los grandes capitales energéticos y traslada el costo del negocio directamente a los bolsillos de la población. El relato oficial habla de “ajustes”, “sinceramientos” y “normalizaciones”, pero en la práctica eso significa lo mismo de siempre: socializar el sacrificio y privatizar la ganancia.

El Estado, que debiera ser un escudo frente al abuso, actúa como intermediario dócil de los usureros eléctricos. No regula con firmeza, no cuestiona las utilidades obscenas, no rompe los contratos heredados de un modelo diseñado para beneficiar a unos pocos. Se limita a administrar el descontento, a pedir paciencia, a ofrecer explicaciones tecnocráticas que no pagan la cuenta a fin de mes. Esa pasividad no es neutralidad: es complicidad.

La hegemonía opera también en el plano simbólico. Se nos educa para aceptar que “no hay alternativa”, que la energía debe someterse a la lógica del lucro, que cualquier intento de control social es “irresponsable” o “populista”. Así, el abuso se naturaliza y la indignación se fragmenta. Cada familia enfrenta sola la boleta inflada, mientras las empresas celebran balances récord.

Pero la electricidad no es un favor, es un derecho social. Cuando se encarece deliberadamente, se encarece la vida entera: el pan, el transporte, la salud, la educación, el descanso. La luz que debería iluminar los hogares termina apagando la esperanza. Y cuando un gobierno acepta ese orden sin confrontarlo, deja de representar al pueblo para convertirse en garante del negocio.

Las alzas de la luz no son solo números en una boleta: son una señal clara de quién manda y para quién se gobierna. Y mientras el dedo en el ojo siga siendo la respuesta oficial al malestar social, la rabia seguirá acumulándose en silencio, esperando transformarse en conciencia y organización. Porque la dignidad, tarde o temprano, también exige energía. 

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