Retorno de la derecha en Bolivia
Si la traición vino desde arriba
La resistencia nacerá desde abajo
por Jano Ramírez
Este 8 de noviembre de 2025, Bolivia asistirá al cambio de mando presidencial más contradictorio de su historia reciente. Rodrigo Paz Pereira asumirá el poder en medio de un clima de polarización, crisis económica e incertidumbre social. Su discurso, centrado en la promesa de un “capitalismo para todos”, busca proyectar una imagen de renovación y moderación, sin embargo, lo que realmente se inaugura es una nueva etapa de ofensiva en contra de las mayorías oprimidas, bajo la tutela del Fondo Monetario Internacional (FMI) y los organismos del capital financiero internacional.
A este hecho se suma la reciente anulación de la sentencia de 10 años de cárcel contra Jeanine Áñez, símbolo del golpe de 2019, que marca una señal inequívoca de la restauración conservadora y de la recomposición del poder judicial al servicio de la clase dominante. Ambos acontecimientos expresan la profundidad del giro a la derecha en Bolivia, el agotamiento del ciclo progresista y el cierre de una etapa del llamado “proceso de cambio”.
El Colapso del Reformismo y la Derrota Electoral del MAS
Las elecciones de 2025 fueron el reflejo del derrumbe de un proyecto que, durante casi dos décadas, pretendió conciliar lo inconciliable, el capitalismo con justicia social. El Movimiento al Socialismo (MAS) que nació como la expresión política de los levantamientos obreros, campesinos e indígenas de comienzos de siglo, llegó a estas elecciones dividido, desgastado y sin horizonte político.
La fractura entre Evo Morales y Luis Arce terminó de descomponer al partido, generando candidaturas separadas, pugnas judiciales por la sigla y, finalmente, un voto castigo de dimensiones históricas. Ninguno de los dos sectores logró superar el 3 %, mientras que el voto nulo, llamado por Evo Morales como una forma de resistencia política, alcanzó casi el 20 %, mostrando el nivel de desconfianza hacia todas las opciones en disputa.
Sin embargo, sería un error reducir esta derrota a un simple conflicto personal. Lo que se derrumba es un modelo, el del capitalismo andino-amazónico, un proyecto que nunca buscó destruir las bases del sistema capitalista, sino administrarlo bajo control estatal parcial. La “nacionalización” de los hidrocarburos en 2006 fue en realidad una renegociación de contratos, el latifundio se mantuvo protegido en la Constitución de 2009, y la política económica, dependiente de la renta gasífera, funcionó mientras los precios internacionales estuvieron altos.
Cuando esa bonanza se agotó, también se agotó el reformismo. La inflación, que llegó al 25 % en 2025, la escasez de combustibles y la caída de reservas internacionales provocaron un rápido deterioro de las condiciones de vida. El MAS, en lugar de radicalizar el proceso, lo administró, mantuvo subsidios sin planificación productiva, reprimió movilizaciones como la del TIPNIS (2011) y aplicó medidas neoliberales como el “gasolinazo”. La distancia entre su discurso antiimperialista y su práctica de gobierno se hizo insostenible.
El error histórico del MAS fue no haber abandonado el capitalismo. No es que haya traicionado principios marxistas, nunca los tuvo como eje. Desde su fundación, su dirección, particularmente a través de Álvaro García Linera, reemplazó la lucha de clases por un discurso de “reconstrucción nacional” y de “armonía entre los sectores productivos”. Bajo la tesis del “capitalismo andino-amazónico”, se defendía que Bolivia debía fortalecer primero un capitalismo regulado con participación indígena, antes de plantearse el socialismo. En otras palabras, se renunciaba a la revolución y se optaba por la gestión.
El Nuevo Gobierno, Máscara Populista, Agenda del Capital
El triunfo de Rodrigo Paz y Edman Lara es la expresión más reciente del reciclaje político de la derecha latinoamericana. Paz, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, se presenta como un populista “moderno”, contrario al neoliberalismo clásico de Tuto Quiroga, pero defensor de la “iniciativa privada”. Durante la campaña, prometió mantener los subsidios que garantizan estabilidad en el costo de vida, consciente de que cualquier intento de eliminarlos provocaría una reacción inmediata del pueblo boliviano. Pero esa promesa choca de frente con la realidad.
Faltando pocos días antes de asumir el poder, Paz viajó a Washington para reunirse con representantes del FMI, quienes anunciaron su “disposición a ayudar” al nuevo gobierno. La historia latinoamericana es clara, cada vez que el FMI “ayuda”, impone condiciones que destruyen conquistas sociales y soberanía. Bolivia no será la excepción.
Las medidas que se preparan son las mismas de siempre:
1. Eliminación progresiva de subsidios a combustibles y alimentos, lo que encarecerá el costo de vida.
2. Recortes del gasto público, afectando salud, educación y programas sociales como la Renta Dignidad o el Bono Juancito Pinto.
3. Privatización de empresas estatales y apertura a capitales extranjeros, especialmente en energía y litio.
4. Flexibilización laboral, atacando la estabilidad y el salario real.
El gobierno de Paz, como todos los que se subordinaron al capital financiero, actuará como un gerente del FMI, encargado de garantizar el pago de la deuda externa a costa del pueblo trabajador.
La Anulación de la Condena a Jeanine Áñez, Señal de Impunidad y Restauración Conservadora
El fallo del Tribunal Constitucional que anuló la sentencia de 10 años de cárcel contra Jeanine Áñez, responsable política del golpe de 2019 y de las masacres de Sacaba y Senkata, es un golpe directo a la memoria del pueblo boliviano. No se trata de un error jurídico, sino de una decisión política que expresa el nuevo equilibrio de poder tras la victoria de la derecha.
Este hecho consagra la impunidad y reabre la puerta a la legitimación del golpe, bajo la narrativa de la “reconciliación nacional”. Es el mismo libreto que vimos en Chile tras la dictadura y en Argentina tras los indultos de Menem, la clase dominante necesita cerrar los procesos judiciales que la comprometen, para consolidar su restauración política.
Que Áñez recupere su libertad mientras continúan presos decenas de luchadores sociales es un síntoma de época, el Estado burgués se reacomoda, limpiando su fachada “democrática” mientras prepara un nuevo ciclo de represión contra quienes resistan el ajuste.
Crisis de Representatividad y Reconfiguración Parlamentaria
El nuevo Congreso Plurinacional, la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), refleja con nitidez la crisis de representatividad. Ninguna fuerza política tiene mayoría propia. El MAS, otrora hegemónico, quedó reducido a una bancada testimonial, las alianzas de derecha se dividen entre el populismo conservador y el neoliberalismo ortodoxo y emergen sectores “independientes” que no representan más que intereses empresariales regionales.
Este escenario reproduce, bajo nuevos nombres, la vieja “Democracia Pactada” de los años 90, un parlamento burgués que negocia cuotas de poder y reproduce las reglas del capital, mientras el pueblo queda excluido de las decisiones fundamentales.
Perspectivas, Tradición de Lucha y Tareas del Momento
Bolivia no es un país derrotado. Su pueblo tiene una de las tradiciones de lucha más ricas de América Latina. Desde la insurrección de 1952 hasta la Guerra del Gas, el pueblo Boliviano ha demostrado que, cuando la clase trabajadora y el campesinado se movilizan, pueden derribar gobiernos enteros.
El nuevo escenario abre un periodo de inestabilidad. La derecha gobernará en medio de una crisis económica, sin mayoría parlamentaria, enfrentando a un pueblo que no aceptará pasivamente la pérdida de conquistas. Los trabajadores y campesinos defenderán los bonos, los subsidios, y los derechos sociales conquistados durante el ciclo anterior. Las condiciones objetivas para un nuevo ascenso de levantamientos populares están madurando.
Pero la experiencia histórica enseña que sin una dirección revolucionaria, las movilizaciones pueden ser desviadas hacia el reformismo o derrotadas por la represión. Por eso, la tarea central no es reconstruir el MAS, sino construir un partido, que levante un programa de ruptura con el capitalismo y exprese los intereses históricos de trabajadores y campesinos.
Programa de Ruptura Revolucionaria
1. Expropiación y Control Obrero. Nacionalización inmediata y sin indemnización de todos los recursos estratégicos (hidrocarburos, minería, grandes industrias, banca) bajo el control obrero y campesino. Esto implica que la gestión de la producción y la distribución debe estar en manos de los propios trabajadores, a través de sus organizaciones democráticas (sindicatos, federaciones, comités).
2. No Pago de la Deuda Externa. Rechazo categórico a las imposiciones del FMI y declaración de la moratoria unilateral de la deuda externa. Esos recursos deben ser destinados a financiar un plan de emergencia social y un programa de industrialización soberana.
3. Reforma Agraria Radical. Expropiación de los latifundios y entrega de la tierra a las comunidades campesinas e indígenas, acabando con la herencia colonial y la concesión hecha por el MAS a la derecha terrateniente.
4. Plan Económico de los Trabajadores. Implementación de un plan de industrialización soberana y diversificación económica, que ponga la tecnología al servicio de las necesidades sociales y del cuidado de la naturaleza, y no de la ganancia capitalista. Este plan debe ser elaborado y supervisado por las organizaciones de trabajadores y campesinos.
5. Gobierno de los Trabajadores. Sustitución del Estado capitalista por un Gobierno de los Trabajadores y Campesinos, basado en organismos de poder popular (asambleas, comités) que garanticen la más amplia democracia obrera y popular sobre los dueños del capital.
El nuevo gobierno de Rodrigo Paz no representa una renovación, sino la continuidad del poder capitalista con un nuevo rostro. Aunque el ciclo del MAS nunca rompió con el capitalismo, logró conquistas sociales parciales y una redistribución limitada de la renta nacional que hoy están amenazadas. La diferencia esencial es que el nuevo gobierno en la práctica no mantendrá esas mejoras, su programa es el del retorno pleno del ajuste, la privatización y la restauración abierta del poder capitalista. La anulación de la condena a Áñez, la inminente intervención del FMI y el retorno de las viejas prácticas parlamentarias confirman el cierre de un ciclo histórico, el del progresismo reformista que intentó humanizar el capitalismo.
Pero Bolivia no ha dicho su última palabra. La memoria insurreccional del pueblo, forjada en las calles de El Alto, Cochabamba y Potosí, volverá a expresarse cuando el ajuste golpee el bolsillo de los trabajadores.
La tarea inmediata de las y los que luchamos por la emancipación social es transformar la resistencia en poder, la indignación en organización, y la lucha en una perspectiva de clase. Solo un Gobierno Obrero y Campesino, apoyado en la autoorganización de las mayorías oprimidas, podrá romper con el dominio capitalista y abrir el camino al socialismo.
Las tareas de los pueblos de América Latina
El giro a la derecha que atraviesa Bolivia no se da en forma aislada, es parte de una ofensiva regional del capital y el imperialismo que recobra impulso en América Latina. Pero esta restauración tampoco es estable ni pasiva. Al contrario, está siendo confrontada por una amenaza concreta y militar desde Estados Unidos frente a las costas venezolanas, lo que demuestra que los pueblos de la región enfrentan no sólo ajustes económicos, sino también presión geopolítica directa.
La escalada de buques, submarinos, destructores y tropas estadounidenses en el Caribe, muy cerca de la costa venezolana, no es un acto meramente disuasivo, representa una demostración de fuerza que habilita al capital internacional y a las oligarquías locales a reordenar América Latina bajo nuevos términos. Esta amenaza militar refuerza la agenda del ajuste, mientras en Bolivia entra un gobierno de “capitalismo para todos”, hay una operación de mayor escala para imponer capitalismo del libre mercado más disciplinado y represión de abajo hacia arriba.
Pero esta coyuntura abre también un escenario de resistencia continental. Las mayorías oprimidas, trabajadores, campesinos, indígenas, jóvenes, aunque momentáneamente contenidas, se preparan para retomar la iniciativa. Porque la combinación entre ajuste interno, ofensiva del capital y amenaza imperialista exige una respuesta política de clase a escala continental. No basta con resistir localmente, el enemigo actúa globalmente, y la lucha de los pueblos latinoamericanos debe articularse como tal.
La emancipación de los pueblos de América Latina no vendrá de nuevos administradores del capitalismo sino de la unidad consciente de la clase trabajadora y campesina del continente, enfrentando tanto las burguesías locales como la intervención estadounidense. Bolivia es un nodo estratégico de esta batalla, si aquí triunfa la restauración, el ajuste se afianza, si aquí crece la resistencia autónoma, se abre un nuevo ciclo revolucionario.
La amenaza de Estados Unidos en Venezuela nos recuerda que la clase dominante no respeta fronteras y que los mecanismos de subordinación se perfeccionan con ajuste fiscal, militarización y represión. Pero del otro lado está la tradición insurreccional de América Latina, vivida en Bolivia, en Ecuador, en Chile, en Colombia. Esa tradición debe transformarse hoy en poder organizado, en fuerzas de bloque obrero-campesino-indígena, en una dirección revolucionaria, capaz de consolidar las transformaciones sin vuelta atrás.
En última instancia, la tarea es continental, la perspectiva es socialista, y no hay margen para perder. Porque cuando el capital ataca, cuando el imperialismo despliega sus buques, cuando la deuda y los subsidios se tambalean, solo la organización de las clases populares y su unidad continental puede romper la cadena del ajuste y abrir el camino hacia una Federación Socialista de Repúblicas de América Latina.











