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Richard Avedon y el Oeste que Reagan quiso ocultar

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por Rodrigo Romaneli 

POLITIKA


   

Con la llegada de ‘In the American West’ a la Fundación Mapfre dentro de PhotoEspaña, recuperamos la obra que desnudó la cara B de EEUU. Un acta notarial de cómo el neoliberalismo grabó la precariedad en el cuerpo de la clase trabajadora

A finales de los años 70, Richard Avedon era el hombre que le ponía rostro al éxito. Fotógrafo de gran reconocimiento, sus fotos en Vogue y Harper’s Bazaar definían el canon de la belleza y el poder, moviéndose entre la aristocracia de Manhattan y las estrellas de Hollywood. Pero tras ese brillo se escondía un hombre quebrado. Avedon acababa de salir de una inflamación cardíaca grave que le obligó a mirar de frente su propia muerte. Esa crisis personal, sumada al duelo por el fallecimiento de su padre y al dolor de ver a su hermana consumida por la esquizofrenia, le generó un asco profundo por el brillo del papel couché. Necesitaba enfrentarse a lo que le aterraba: la fragilidad humana y la vida sin el maquillaje del consumo.

Fue en este estado de vulnerabilidad cuando recibió la propuesta del Museo Amon Carter de Fort Worth, Texas. El encargo era un cheque en blanco conceptual: capturar su visión del Oeste americano contemporáneo. El museo probablemente esperaba una actualización del mito de la frontera, algo de épica texana. Lo que no sabían es que Avedon iba a dedicar los siguientes seis veranos (de 1979 a 1984) a levantar las alfombras del Imperio para mostrar el polvo y la sangre que el sistema quería barrer culminando en uno libro publicado en 1985 titulado “In the American West”.

Mientras Avedon recorría las carreteras de Wyoming, Texas o Colorado, Ronald Reagan aterrizaba en la Casa Blanca con su sonrisa de actor de serie B y una promesa: “It’s morning again in America”. Era el inicio de la Reaganomics, esa apisonadora neoliberal que predicaba recortes salvajes, desregulación de la industria y un individualismo feroz. Mientras la propaganda oficial vendía una nación de ganadores, Avedon se dedicó a fotografiar a los perdedores del banquete.

La decisión de usar un fondo de papel blanco inmaculado para los retratos de este proyecto fue su mejor maniobra política. Aunque este encuadre era habitual en sus retratos de celebrities, decidió buscarle otro enfoque. En la fotografía tradicional o en las películas de vaqueros, el paisaje del Oeste servía para romantizar la pobreza: un minero bajo un cielo infinito parece un héroe; un desempleado frente a una montaña parece parte de la naturaleza. Avedon con su clásico fondo blanco rompió ese truco. Al quitar el contexto, dejó al sujeto solo frente al espectador, sin paisajes que suavizaran la escena. El blanco actuaría como un paredón de fusilamiento visual. Lo único que queda es el cuerpo humano como registro del castigo económico al que se ve sometido la clase trabajadora.

En la serie de fotografías Vemos el hollín incrustado hasta el alma en los poros de los mineros de carbón, la sangre fresca en el delantal de un adolescente de 13 años que se dedica s desollar a serpientes o la piel cuarteada de los obreros del petróleo que, tras años de dejarse la espalda en las torres, empezaban a ser desechados por la crisis del sector provocada por la Revolución iraní. No son retratos, son pruebas periciales de cómo el capital mastica y escupe a las personas.

Avedon en sus retratos no utilizó una cámara ligera de fotoperiodista. Se plantó en medio de las ferias de ganado y los pozos petrolíferos con una Deardoff de 8×10 pulgadas, una cámara de madera gigantesca que obligaba a un proceso lento, casi ritual. Esta cámara produce negativos tan grandes que el nivel de detalle es casi violento.

En cada retrato, esa nitidez te golpea: puedes ver cada uña sucia, cada cicatriz mal curada y el cansancio crónico en las ojeras de gente que no sabía lo que era una semana de vacaciones. Esta técnica exige que el retratado se quede absolutamente quieto, mirando directamente al objetivo. No hay momentos robados, ni naturalidad fingida como en la fotografía de moda habitual de Avedon, hay una confrontación.

Un ejemplo claro de esta visión es el retrato de Ronald Fisher, el apicultor. Avedon puso un anuncio buscando a alguien que se dejara cubrir por cientos de abejas. El resultado es una imagen que resume la condición obrera bajo el neoliberalismo: una calma tensa, una resiliencia mística mientras el entorno te está picando y consumiendo. Es la dignidad del que aguanta porque no le queda otra.

Cuando las fotografías finalmente se exhibieron, el resultado no estuvo exento de polémica. Muchos tacharon a Avedon de “turista de la miseria” ¿Qué derecho tenía un fotógrafo millonario de Nueva York para capturar las desgracias del Oeste y colgarlas en museos caros? Sin embargo, para muchos de los protagonistas, verse en esas fotos fue un choque de realidad. Billy Mudd, un camionero que fue fotografiado en un momento de autodestrucción por el alcohol y la carretera confesó que ver su retrato gigante en el museo le aterrorizó tanto que le obligó a cambiar de vida. La foto de Avedon no era un adorno; era un espejo que el sistema les negaba.

Que esta exposición aterrice ahora en España, bajo el paraguas de PhotoEspaña, no es una casualidad estética sino una necesidad política en tiempos de reacción. En un tiempo donde nos intentan vender la precariedad como “emprendimiento” y donde la extrema derecha intenta apropiarse del concepto de clase para sus guerras culturales, los rostros de Avedon nos devuelven a la cruda realidad.

Avedon realizó 17.000 fotos para quedarse únicamente con 123 espejos incómodos. Fue su forma de asegurar que el mensaje no se diluyera. ‘In the American West’ es la radiografía de aquello que la euforia neoliberal de los 80 quiso enterrar. Hoy, esos rostros nos siguen gritando desde el silencio de un fondo blanco que permanece impoluto, como si el tiempo no se atreviera a tocar la verdad de quienes pusieron el cuerpo para que otros construyeran su paraíso.

   
   
   

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