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PERU – LA DIGNIDAD NACIONAL

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Por Gustavo Espinoza M.

Cuando un día como hoy, el 9 de octubre de 1968, y por decisión del Gobierno Militar encabezado por el general Juan Velasco Alvarado, las tropas de la Primera Región Militar con sede en Piura a órdenes del general Fermín Málaga Prado tomaron las instalaciones de la Internacional Petroleum Cómpany en Talara, arriaron la bandera de los Estados Unidos, que flameara allí durante varias décadas, e izaron el Pabellón Nacional;  los peruanos pudimos decir que estábamos recuperando la dignidad nacional.

Este es un concepto que no todos comprenden, ni asumen. Cuando un ex Canciller, señalado probadamente como agente de los servicios secretos yanquis, asegura que el Presidente Castillo no debió tocar en la ONU el tema de Malvinas porque estábamos afectando a un país muy poderoso -Inglaterra-  da muestra inequívoca que no tiene un ápice de dignidad, y que supedita los valores y principios a intereses ciertamente subalternos. No hace lo que está bien, sino lo que “conviene”.

Cuando un demencial columnista de Perú 21 asegura que no debemos reconocer a la República Saharaui, porque eso agravia a un país más poderoso -Marruecos- que cuenta con el apoyo de los Estados Unidos en el Norte de África; tenemos otra muestra clara de lo mismo. 

Hay quienes, en efecto, no tienen idea de lo que es la Dignidad, y no entienden que se trata de un valor y de un principio que no tiene precio, y que no es tampoco objeto de negociación. Es verdad que –sobre todo en materia de política- la lucha por los valores y los principios no es fácil, y que siempre existe la tentación de hacer “lo que conviene” más que lo que se requiere para afirmar una causa.

En el caso peruano estas pequeñas figuras de la politiquería criolla, estuvieron siempre al lado de los poderosos, y no al servicio del país ni de los pueblos. Por eso se dice que el primero trabajó para el amo extranjero desde sus años mozos aprovechando su vínculo familiar con el Presidente Velasco; y el segundo reivindica como suyo el apellido de su abuelo para darse ínfulas de “intelectual” que no tiene por aquello de que “lo que Natura non da, Salamanca non presta”.

Y es que, en efecto, la dignidad es un bien tangible que asoma en el horizonte de los hombres y de los pueblos, y que se expresa en cada recodo del camino cuando fuerzas oscurantistas y reaccionarias buscan perpetuar modelos de iniquidad e injusticia.

En esa circunstancia es que las gentes más conscientes perciben que oponerse a tales designios, constituye un deber inabdicable. Se levantan, entonces ante lo que juzgan una afrenta y luchan firmemente al margen incluso de sus posibilidades de victoria.

Saben, finalmente que la razón les asiste y que, tarde o temprano, primará la justicia como norma y relación entre hombres y pueblos. Prima así, el optimismo histórico

En el escenario latinoamericano, la más viva encarnación de la dignidad, como norma en la ejecución de la política y el trato entre Estados y Naciones, la ha dado Cuba. Nunca negoció principios, ni renunció a valores. Por encima de todo, puso siempre sus más altos ideales y por eso mira con coraje a un mundo que, a su vez, la mira con respeto. Todos saben que con Cuba, no se juega. No se amilana ante la adversidad y enfrenta con vigor todos los retos.

Hoy, que en Lima acaba de concluir la 52 Asamblea General de la Organización de Estados Americano, inaugurada con un “mensaje” de Zelensky cabe subrayar la importancia de la dignidad en materia de política y en el trato entre Estados que, por lo menos en el papel, son igualmente libres y soberanos. Esa soberanía, en el caso de Ucrania, quedó en el suelo. En el tema, la OTAN manda. 

La OEA, que surgió América en los años del auge de los Estados Unidos, asumió desde su nacimiento el lenguaje violento de la confrontación y la violencia.  Buscó alinear a sus miembros a la luz de la guerra de Corea y luego en la satanización del Gobierno de Jacobo Árbenz, en la Guatemala del 54.  Pero asomó prepotente y siniestra cuando busco, en agosto de 1960, humillar a Cuba por el rumbo que asumió desde enero del 59.

El gesto de Raúl Porras Barrenechea -el Canciller de la Dignidad- le dio la lección correspondiente. Sus palabras fueron el sustento que cimentó la esencia de un vínculo que une entre Estados y Pueblos y que –por lo menos en la letra- tiene vigencia en nuestros días.

En Porras se cumplió lo que dijera Martí: “Cuando hay muchos hombres sin. Hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”.

 Y es así para escarnio de quienes -por no conocer la palabra dignidad, ni su contenido- la consideran como el extremo procaz de la candidez y la ingenuidad.

En su reciente evento, la OEA ha buscado condenar a Venezuela y a Nicaragua, como si sus gobiernos no hubiesen sido democráticamente electos y como si no representaran legítimamente la voluntad de sus pueblos; y ha buscado “dar tribuna” a golpistas de Bolivia y a terroristas y delincuentes, excrecencias de las Patrias de Sandino y de Bolívar.

Siguiendo una línea elemental de dignidad, y que asomara tenuemente en el discurso del Presidente Castillo, cuando en el acto inaugural de la cita habló contra las “desigualdades y discriminaciones”; el Gobierno Peruano debió hacer honor a los principios de No Intervención en los Asuntos Internos de los Estados y la Libre Determinación de los Pueblos; negándose a actuar como furgón de cola del Imperio.

La dignidad no es, por cierto, una palabra. Es un contenido al que hay que nutrir de manera cotidiana con una política exterior independiente y soberana. 

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