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¡¡¡ NO IMPORTA EL COLOR DEL GATO: MIENTRAS TENGA EL TALENTO DE CAZAR RATONES !!!

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por Franco Machiavelo

La llamada “ley miscelánea” siempre llega disfrazada de tecnocracia inocente. Un pequeño paquete de “ajustes”, “modernizaciones”, “incentivos”, “flexibilizaciones” y otras palabras que en televisión suenan tan elegantes como un perfume francés… pero que, curiosamente, terminan oliendo a transferencia de riqueza hacia arriba.
Porque claro, según los sacerdotes del mercado, el problema de Chile nunca ha sido la concentración económica, los monopolios disfrazados de libre competencia o los salarios que apenas sobreviven a mitad de mes. No. El verdadero drama nacional, aparentemente, es que al gran capital todavía le quedan demasiadas reglas, demasiados impuestos y demasiadas molestias democráticas.
Entonces aparece la receta mágica: reducir controles, entregar beneficios tributarios, debilitar regulaciones, “estimular” inversiones, y esperar el milagro de la prosperidad derramándose desde los penthouse hacia los campamentos… como si la historia económica no hubiese demostrado mil veces que el chorreo siempre se evapora antes de llegar abajo.
El discurso es brillante: “si ayudamos a los grandes empresarios, ellos generarán bienestar”. Y ahí está la genialidad del espectáculo: el interés privado es presentado como amor patriótico. La rentabilidad se convierte en heroísmo nacional. Y el multimillonario pasa a ser tratado como una especie en peligro de extinción que necesita urgente protección estatal.
Porque para los defensores de estas leyes, el pobre siempre “cuesta plata”, pero el rico jamás. El subsidio al jubilado es populismo irresponsable. La ayuda social es gasto excesivo. Pero las exenciones tributarias, las franquicias especiales y los beneficios al gran inversionista son llamadas “incentivos al crecimiento”. Qué poesía neoliberal más conmovedora.
Y mientras tanto, los medios explican que todo sacrificio social es necesario “para dar confianza a los mercados”, esa entidad mística superior que jamás duerme, jamás vota y jamás pierde. Si sube el pan: es culpa internacional. Si sube la luz: es ajuste técnico. Si sube la ganancia bancaria: admirable eficiencia.
La ley miscelánea no necesita declararse enemiga de los pobres. Le basta con gobernar como si no existieran. Porque el verdadero poder moderno ya no necesita botas ni tanques: le alcanza con economistas sonrientes, panelistas obedientes y titulares cuidadosamente maquillados.
Al final, el famoso gato sí importa. Y mucho. Porque algunos cazan ratones… y otros administran el queso, la trampa, el granero y hasta el discurso que convence a los ratones de agradecer el privilegio de ser devorado. 
 

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