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Los funerales de Neruda

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 Virginia Vidal: una narrativa para el Chile de hoy]. Por Víctor Quezada |  La calle Passy 061 - Literatura actualVirginia Vidal

Aquella mañana del funeral en La Chascona, acudía gente pisando vidrios y se metía en el lodazal; nos detuvimos ante un montón humeante: un colchón roto; destrozado un arco de medio punto, gran abanico de madera con antiguas tarjetas postales, espejitos, vidrios de colores que estuvo en el bar, libros, pedazos de cerámica, vidrio, porcelana.

Al subir la escalera que lleva al living, se veía a Matilde, de palidez severa, los inmensos ojos desolados, junto al ataúd. Bajo el cristal de la urna, el cadáver se veía quieto, bajos los pesados párpados, la boca como dispuesta a la sonrisa, vestía camisa deportiva a cuadros, la chaqueta de tweed. El rostro inmóvil parecía expresar irónica tranquilidad.

A los pies del ataúd, la corona con cinta celeste y amarilla con la leyenda: “Al gran poeta Pablo Neruda, Premio Nobel. Gustavo Adolfo, Rey de Suecia”; esos mismos colores decoraban el salón donde recibió el premio.

 Entre los presentes, estaban Gonzalo Martínez Corbalá, embajador de México, Harald Edelstam, el inolvidable embajador de Suecia, años después asesinado; Kazimir Brunovic, consejero cultural de la Embajada de Yugoslavia. Roland Husson, consejero cultural de la Embajada de Francia, nos dice que, la noche anterior, su gobierno había conferido a Neruda la orden Gran Oficial de la Legión de Honor.

Llegó la TV sueca. Matilde me pide: “Que filmen, muéstrales todo. Muéstrales esta casa que era de paz, de trabajo, de alegría, de amistad. Muéstrales cómo la han dejado”.

La Chascona está construida en tres planos, sobre la falda del San Cristóbal. A nivel de la calle, dos dormitorios, el comedor, la cocina. Voy mostrando. Todo inundado por efecto de la canal atorada con tanta cosa que le metieron. El viejo quinqué cuelga desarmado sobre la mesa, rota la pantalla de opalina. Me inclino a recoger una virgencita de arcilla, lo único que sobra intacto del inmenso “árbol de la vida”, una de esas esculturas del arte popular mexicano que tienen desde Adán y Eva hasta frutos, animales, figuritas; está hecho añicos. Rotos los platos, los vasos, las jarras. Ha desaparecido de los muros la colección de pintores primitivos chilenos, que era uno de los orgullos de Neruda; serían encontrados más tarde dentro de la canal, las telas podridas por la acción del agua.

Subimos otra vez al living, han arrancado el teléfono; pasamos por el único acceso al dormitorio de los esposos. Una chimenea con campana de cobre sobre la que están entrelazadas las letras P y M. Desvencijada la ancha cama. Sobre el colchón, estampadas las huellas fangosas de grandes botas militares.

Salimos al patio pisando vidrios. Inés Valenzuela, mujer de Diego Muñoz, barre y amontona los escombros. Matilde le dice: “No debías haberlo hecho. Que todo esté tal como lo han dejado”.

Por los escalones de piedra subimos a la biblioteca semiescondida por los árboles. Ese era el cuarto de trabajo de Pablo, en la pieza contigua trabajaba Matilde; allí fue donde el poeta escribió muchas de sus obras. En el umbral, Roberto Parada sostiene una hoja chamuscada de papel. Le corren las lágrimas por la cara. Con su voz, conocida por todo el público teatral de Chile, lee como no creyéndolo y moviendo la cabeza: “Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida. Estira la hojita y la guarda en el bolsillo interior de su chaqueta.

En la biblioteca, el reloj de pedestal, de antigua marquetería, parece sacado de una película de Bergman; ni punteros le quedan. Le destriparon péndulos y pesas. Un óleo, retrato de una dama antañona, acuchillado. Ni un cuadro, ni un libro sanos. Sólo restos del pillaje.

La escritora Teresa Hamel acompañó a Matilde en la Clínica Santa María hasta el último momento; ahora, me cuenta adolorida: “Lo último que dijo Pablo, antes de morir, fue ‘¡Los están fusilando, los están fusilando! Después de haber conversado con Matilde, se sumió en el sueño. Poco le duró la quietud. Se agitó y se puso a gritar esas palabras, como angustiado por una intensa pesadilla…”

No sabemos cómo pasa el tiempo en ese día frío y oscuro de septiembre. Todos acoquinados, sin poder guarecernos, junto al ataúd: el viento se cuela por las ventanas sin vidrios.

Queta, la viuda del fotógrafo Antonio Quintana, vecina de Matilde, la invita a servirse algo caliente a su casa. Matilde no quiere nada. Sigue de guardia junto a su compañero. Queta se lleva a la hermana de Matilde. Nos ofrece que vayamos a tomar un plato de sopa, café. Entra, sale gente. Hace rato que ya ha pasado el mediodía. Ahí están las abogadas Chela Álvarez y Aída Figueroa; Homero Arce, el secretario del poeta; Laurita Reyes, su hermana.

De pronto, Matilde, siempre alerta, dice: “Ahí vienen. No los recibiré”. Se dirige a su dormitorio con agilidad de pájaro y cierra la puerta.

Los vemos avanzar. Un grupo de uniformados y civiles con metralletas cruzadas en el pecho. Irrumpen sin quitarse ni gorras ni cascos. Un oficial se presenta como Jefe de Plaza. Es Herman Brady. Alto, enjuto, felino, en uniforme de campaña con manchas ocres, verdosas. Casco militar. Sólo un oficial no armado: Enrique Morel, en uniforme de gala. Habla. Comienza a recitar un discurso aprendido de memoria:

“Soy el edecán del general Pinochet. Quiero hablar con la viuda y familiares del gran poeta Pablo Neruda, gloria de las letras nacionales, para expresar las condolencias…” —se interrumpe—“¿Dónde está la viuda, dónde hay un pariente del señor Neruda?”

Graciela Álvarez lo interpela, con voz vibrante: “¡Todos los presentes somos familia de Neruda. Exigimos respeto a nuestro duelo!”

El Edecán comienza a repetir su discurso. Aída Figueroa le dice: “La viuda está reposando y no lo recibirá”.

Otra vez, el oficial intenta repetir el párrafo. Chela Álvarez lo apostrofa: “En estas ruinas que ustedes han dejado, estamos velando a Neruda. Queremos respeto y tranquilidad para rendirle el último homenaje. Y garantía para que esta noche podamos estar en paz”.

Ahora, habla el Jefe de Plaza: “Nosotros no hemos hecho esto. El Ejército de Chile es respetuoso con las glorias nacionales”.

Chela le dice que esa casa ha sido sistemáticamente destruida y que se ha visto como lo hicieron. El militar pide que se hagan presentes los testigos. “¿Cómo puede decir eso, oficial? ¿Cree usted que la gente se atrevería a atestiguar? La gente tiene miedo”.

A continuación, le da a conocer en qué estado fue encontrada la casa y qué “operativo” —usa esta palabra— hubo de hacerse para poder entrar el ataúd. Eso que Patricio Manns, Ramiro Insunza y Guillermo de la Parra trabajaron duro para permitir el acceso en la casa inundada. Uno y otro de los presentes da detalles de los destrozos. Se adelanta el Edecán demostrando interés en ver los daños. Rápidamente se desplazan los hombres armados. Nosotros rodeamos el féretro en gesto instintivo para impedir que ellos lo vean. Para impedir que Pablo sufra otra afrenta.

Los militares y los civiles armados dan una vuelta, miran con caras de circunstancias, asegurando que ni soldados ni carabineros pueden haber cometido semejante barbaridad.

Pocos días más tarde, va a aparecer una información oficial en la que se acusa a una banda infantil, capitaneada por un niño de diez años de edad como autora del delito de destruir la casa del poeta. A medida que se vaya destapando el canal, se sacarán los más heterogéneos objetos destrozados: piezas de vajilla, cuadros, bandejas, maderas, cerámicas, copas rotas.

Antes de retirarse, sin que nadie haga amago de acompañarlos, los militares anuncian que el Gobierno decretará duelo oficial de tres días por la muerte del poeta. De acuerdo con el comunicado, el duelo se considera a partir del día del fallecimiento de Neruda y se anunciará el día de los funerales. ¡De modo que han decretado un duelo retroactivo!

Seguirá llegando gente. Un grupo de obreros hará una guardia de honor con los puños en alto. Hasta gente que ha sido llamada por los bandos de la Junta se ha atrevido a llegar a La Chascona, a darle el último adiós al poeta.

La proximidad del tiránico toque de queda nos obliga, a muchos, a partir. A la salida, nos detenemos a mirar el mural pintado sobre la tapia que hace ángulo con la casa de Pablo; en su cumpleaños se lo habían hecho los muchachos de la Brigada Ramona Parra (BRP). Los rojos, amarillos y azules puros fileteados de negro evocan algo a Fernand Léger. Banderas, palomas, representantes de la juventud obrera y campesina se mezclan cantando, estudiando, construyendo: parte de la temática que cubrió los muros de Chile. Este movimiento plástico juvenil llamó la atención de los críticos de arte por su pujanza, originalidad y decisión de llevar el arte a la calle, para todo el pueblo. A Roberto Matta también le atrajo la labor de la BRP y había estado pintando con ella un mural en la comuna de La Granja. En estos días tenía que inaugurarse una muestra de la BRP en el Museo de Arte Contemporáneo de París. A Matilde no la dejarán vivir por ese mural; la acosarán para que lo haga borrar. Ella se defenderá con la verdad, aduciendo que es un obsequio de la juventud a Pablo. No hay caso. Muy a su pesar, tendrá que hacerlo borrar, después de unos meses.

A la mañana siguiente, día de los funerales, va desfilando una masa humana por la casa muerta. Modestas mujeres, hombres de trabajo, escritores, artistas, periodistas, hombres de ciencia, políticos. El poeta Juvencio Valle más silencioso que nunca. El poeta Guillermo Trejo, jefe de la sección científica de El Mercurio, toma notas aceleradas. Entre tanta gente, diviso a Nicanor Parra. En esos días ha salido en un diario mercurial un gran elogio a este poeta, mostrándolo como incomprendido o víctima de la Unidad Popular. Nicanor Parra me dice: “Pretenden convertirme en el poeta oficial del Régimen. No lo conseguirán”. Esta frase mesurada suena como juramento ante los despojos de Neruda. (No pasaría demasiado tiempo hasta que su obra teatral Hojas de Parra, cuyo protagonista sería un poeta, provocara las iras de los fascistas y harían incendiar la carpa del circo en que se había puesto en escena)

Momento dramático. Será preciso sacar la urna por la puerta cochera. La maniobra se hace con gran esfuerzo, venciendo las dificultades resultantes del pillaje. Iremos avanzando a pie, rumbo al cementerio. No es muy grande el cortejo. La ciudad está silenciosa. En cada ventana se ven rostros fijos o visillos corridos a medias, sujetos por manos tímidas. Piquetes de soldados armados hacen guardia en distintos puntos. El silencio se quiebra. Una voz varonil estalla y se expande en oleadas cuando toda la procesión que avanza, repite la consigna:

“Juramos que la libertad

levantará su flor desnuda

sobre la arena deshonrada”

El grito cobra más cuerpo. A nadie le importan los camarógrafos de la TV extranjera que enfocan los rostros, las bocas, como pretendiendo eternizarlo. Surge otro verso:

“Juramos continuar tu camino hasta la victoria del pueblo”

Más versos del poeta serán nuevas consignas coreadas con decisión, fervor, conciencia plena:

“…y como el trigo,

el pueblo innumerable

junta raíces,

acumula espigas,

y en la tormenta desencadenada sube

a la claridad del universo”

A medida que nos acercamos a la puerta principal del Cementerio General, distinguimos la multitud silenciosa, a la espera. Esa multitud irá deglutiendo nuestra columna hasta que toda la gente no sea sino una masa móvil expresando contrita su dolor. El ataúd es depositado en una plataforma rodante. Otro hombre abrirá un libro de Pablo para lanzar un verso que restalle como un grito de combate:

“Aquí tenéis

como un montón de espadas

mi corazón

dispuesto a la batalla…”

La gente llora. Surge, tembloroso por el llanto, el primer verso de La Internacional. Se van alzando los puños, muy apretados: “Arriba los pobres del mundo…” Las voces pugnan por abrirse paso y romper el nudo que aprieta las gargantas. Será la última vez que ese himno se cante en público.

El cortejo avanza hasta el mausoleo de la familia de la escritora Adriana Dittborn (calle central O’Higgins, entre Lima y Los Tilos), quien lo ofreció a Matilde, ante la imposibilidad de cumplir de inmediato el deseo de Pablo:

“Compañeros, enterradme en la Isla Negra

frente al mar que conozco a cada área rugosa

de piedras y de olas que mis ojos perdidos

no volverán a ver”

Ha crecido la marea humana. Podemos ver a Fernando Castillo Velasco, ex rector de la Universidad Católica, al anciano crítico literario Hernán Díaz Arrieta, Alone; a Juvencio Valle; al pintor Nemesio Antúnez, quien ahora no tiene expresión afable. Esta vez sus ojos echan chispas. Me cuenta el atroz vandalismo: los militares rompieron a bayonetazos los cajones de embalaje que contenían una colección prestada por un museo mexicano al Museo Nacional de Bellas Artes del que Nemesio es director desde el gobierno de Eduardo Frei. Ha renunciado. Dice: “Tengo vergüenza”. Inútiles fueron sus protestas y horadaron las telas. Antúnez transformó un mausoleo del arte nacional en un museo vivo. Allí, aplicó su talento de arquitecto dotando al museo de la Sala Matta, al hacerlo crecer “hacia abajo”, mediante la construcción de un magnífico subterráneo. El museo ya no fue sólo para ocasionales exposiciones de artes plásticas. También fue para la música, para la danza, para el cine. Se llenó de público de todos los sectores. Un museo que salió a la calle y llevó sus exposiciones a las fábricas, a las escuelas. Recién asumido su cargo, Nemesio debió enfrentar la acción de un monstruo que taladró con un lápiz de pasta los pechos de La perla del mercader, cuadro de Valenzuela Puelma, el primer desnudo de un artista nacional. Antúnez estaba espantado. Libró una campaña para denunciar el atentado y dijo entonces: “He llevado las obras de arte a los sindicatos, a un público que nunca había visto una exposición, y los obreros han cuidado con religioso respeto estas pinturas; pero, aquí, un señorito ‘culto’ ha osado cometer este ultraje…”

El escritor Francisco Coloane, de imponente estatura, con su aspecto de capitán de un antiguo barco echado a pique, cojea apoyado en un bastón; él hablará a nombre de los escritores.

De pronto, reconocemos una cabeza rubia, unos hombros agitados por los sollozos. Me acerco. Joan Turner, directora del Ballet Popular, tiene el rostro hinchado por el llanto. Llora por Víctor Jara, su marido, por Pablo, por todos nuestros muertos. La rodeo. Le pregunto por las niñas. Sin dejar de llorar, nos dice que aún no se dan cuenta de todo lo que pasa. Días atrás, alguien nos avisó que había sido encontrado el cadáver de Víctor. Enseguida, la llamamos por teléfono: “Dime, Joan, ¿es cierto?”. Me respondió contenida: “Sí. No te puedo decir más”. Otra vez le hacemos una pregunta cruel: “Sé que te hago sufrir más, pero dilo: ¿es verdad que le cortaron las manos?”“No. Pero hubieras visto su cuerpo tan hermoso…Una sola masa negra, morada, machacada, desgarrada…Me costó hallarlo entre tanto cadáver. Irreconocible…”. Los sollozos le impiden continuar. Entretanto, se suceden los discursos funerarios.

Imposible describir los rostros de la multitud congregada, representantes del arte, la cultura, la política, obreros, estudiantes, las madres jóvenes, los ancianos encogidos. Algo nos impresiona: son las caras de los hombres que se han cortado la barba y que muestran la parte superior como antifaz dorado.

Comienza a circular, de boca a oreja, la recomendación: “Salir en orden, con calma, sin aglomerarse. Dispersarse enseguida”.

Vamos desplazándonos con lentitud. Me asombro al ver, ahora, toda la plazoleta del cementerio rodeada de soldados. Soldados por todas partes, sus piernas semiabiertas para sostener mejor al cuerpo, sujetan la metralleta con las dos manos, ante el pecho. Soberbias actitudes de combate ante un pueblo inerme, sin más coraza que su dolor. Caminamos despacio.

Algo nos obliga a detenernos ante unas hojas de papel blanco pegadas en los muros, en los zócalos en torno a la rotonda donde habitualmente las floristas ofrecen sus ramos frescos y coloridos. Leemos esas hojas tamaño oficio, escritas a máquina: “NN, sexo masculino, aproximadamente 30 años”“NN, sexo femenino, 20 años”. Listas y más listas de NN. ¡Son listas de muertos, de asesinados, para ir a identificar a la morgue! Se congela la sangre1.

Para el aniversario, volveremos al cementerio. Matilde ya está viviendo en Chile. En la imposibilidad de cumplir el deseo de Pablo de enterrarlo en Isla Negra, ella ha hecho trasladar sus restos a un nicho en un nuevo pabellón; este es como un vasto muro de nichos, el de Pablo lleva el nombre México.

Pablo aún no está frente al mar. No es este el paisaje que imaginó para su descanso eterno. No el salvaje y rumoroso océano, símbolo de movimiento y vida, sino un mar de cruces. En ese mismo pabellón yacen los despojos del cantante Víctor Jara, del dirigente del MIR Miguel Enríquez y de decenas de jóvenes chilenos (mientras escribo estos recuerdos tan lejos de Chile, casi en las antípodas, maldigo mi mala memoria por no poder recordar todos esos nombres grabados en el mármol ni las frases escuetas esculpidas junto a ellos: “A mi querido hijo que cayó defendiendo a sus ideales”“Aquí reposan los hermanos X y Z que murieron por la justicia”“Querido esposo: tus hijos y yo proseguiremos tu tarea”; frases estremecedoras, lacónicas, pero elocuentes, no habituales en las losas de los cementerios; frases dolorosamente nuevas al lado de unas cifras: nacimiento y muerte; la mayor parte de las fechas de nacimiento corresponden a gente que estaba en la flor de la juventud cuando fue asesinada; el grueso de las muertes se aglomera entre septiembre de 1973 y todo el 74).

Estoy tentada de sacar lápiz y papel para escribir los textos de esas lápidas, pero no me atrevo: mientras voy recorriendo ese muro, no deja de rondar un siniestro ángel de la muerte en su motocicleta: un oficial de la DINA que anda de civil. Da vueltas y vueltas, como tratando de grabar en su retina los rostros de la gente que hasta allí va llegando. Escritores, periodistas, juventud.

Matilde ha estado toda la mañana de pie junto al nicho. Desfile de gente de todas las edades. Cada uno trae en la mano un clavel rojo. Las flores se van amontonando frente al nicho. De pronto, comienzan a aparecer grupos juveniles. No más de tres. Actúan con agilidad increíble. Ordenan las flores. Ponen un recorte de periódico con foto de Pablo y un texto de homenaje. Clavan un clavel en cada punta. Con plumones negros escriben consignas sobre los mármoles: “Pablo Neruda ¡presente! ¡Muera la Junta fascista!”. Una R de “resistencia” encerrada en un círculo. Corren también a poner claveles a Víctor, a Miguel Enríquez, a otros caídos. El ángel de la muerte sigue rondando. Los chiquillos se relevan. Llegan unas niñas de pelo suelto, pantalones, blusas bordadas, un sinnúmero de collares, con un clavel en la mano. Se ponen en acción. Hacen volar sus manos sobre los bordes de las lápidas. Muchachos esbeltos las rodean. También dejan cartas. Hojas de cuaderno, esquelas blancas, rosadas, celestes, cuidadosamente dobladas, se van amontonando. Tienen copiados poemas de Pablo, o mensajes: “Pablo, tu adorada Matilde no está sola, nosotros la cuidaremos”“Pablo, tu lucha continúa. Nosotros seguiremos hacia la victoria”“Pablo, o vencer o morir. La Junta caerᔓPablo, combatiremos hasta liberar nuestra patria del fascismo”. Son docenas los mensajes acumulados y Matilde los colecciona.

En esto, se acerca un viejo panteonero muy pobre, de traje pardusco, desteñido por soles y lluvias. Todo él, color tierra. Pelo grisáceo. Rostro arrugado, inmóvil, como sin expresión. Empieza a contar mirando para adelante, casi sin mover los labios. Dice que muchos de esos nichos contienen más de un cadáver, que es imposible saber cuántos muertos están por ahí enterrados. Dice que él se escondía entre las tumbas y veía llegar los camiones cargados de muertos. Los enterraban los soldados sin permitir que se acercaran los sepultureros. Sigue el relato de pesadilla mientras amaga ordenar las flores, limpiar vasos de ramas secas2. Ronda el ángel de la muerte. El sepulturero recoge sus tarros y se aleja, mimetizándose con las tumbas… No lejos está el mausoleo de la familia Tohá donde yacen los restos del ex ministro José Tohá, muerto al ser sacado de su prisión en la Isla Dawson. La verja queda entrelazada de claveles rojos…

Días después de los funerales de Pablo Neruda, se le rinde un homenaje en la Casa del Escritor, en su sede de calle Almirante Simpson n° 7. Aquella tarde ya no está en su lugar, en un muro de la sala de reuniones, un óleo que regaló el escritor Joaquín Edwards Bello, pintado por él, copia fiel de una fotografía de los funerales de Lenin… Hay varios escritores detenidos, entre ellos Floridor Pérez en la Isla Quiriquina, y Omar Lara, el director de Trilce, una de las revistas de poesía de más larga vida.

Entre los asistentes, vemos a Máximo Pacheco, ex-ministro de Educación. Me dice, consternado: “Han destruido el mural de Julio Escámez en la Municipalidad de Chillán”. Le pregunto si lo pintaron para cubrirlo. “¡No! Lo picaron…”. En ese mural, el pintor Escámez expresó su aversión a las consignas y a la obra plástica falsamente revolucionaria tratando de aprisionar toda la lucha de América desde la conquista hasta ahora, la deshumanización del sistema capitalista, el hombre disminuido dentro del aparato mecánico; en un área estaban representadas las imágenes de la enajenación que oprimen el alma; el poderío militar donde las fuerzas represivas del conquistador se funden con las modernas. La riqueza de símbolos de esta obra resume el intento de expresar el conflicto entre la vida y la muerte, entre las nuevas formas de nobles relaciones que establecerán los hombres y las viejas formas caducas e inhumanas… Ahora, oigo a Máximo Pacheco y me cuesta creer. Es tan lento el cerebro humano para adaptarse al horror y a la imbecilidad3.

Cumpliendo el viejo ritual, nos iremos después del homenaje a beber vino al Refugio López Velarde, la cantina de la Casa del Escritor que, años atrás, inauguró Neruda en una noche de alegría y de homenaje al poeta mexicano. Esta vez son muchos los ausentes. Se hace una colecta para ayudar a los familiares de los escritores detenidos. Un gran número de cesantes averigua sin mucha esperanza dónde conseguir algún trabajo. Ya no es esta la reunión discutidora de arte y poesía, ya no es la apariencia bohemia para encubrir el trabajo creador de unos o el meramente imaginativo de otros. La poetisa Irma Astorga, mujer morena, muy enjoyada, deja caer lágrimas silenciosas. No ha podido ver a su padre, porque él vive en una población obrera que está acordonada y no dejan entrar a nadie. Cuenta con espanto que uno de sus parientes trabaja en la Textil Sumar. Cuando volvieron al trabajo, después de esa negra semana de septiembre, los obreros encontraron arrimados a los telares los cadáveres descompuestos de muchos de sus compañeros… Ellos mismos fueron obligados a sacarlos.

Le pregunto a Luis Sánchez Latorre, a quien habíamos elegido presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, inmediatamente después del Golpe: “¿Qué podemos hacer?”. Responde con decisión, el rostro ensombrecido: “Escribir. Escribir. Aunque sea como Curzio Malaparte, escondiendo los papeles en los huecos de los árboles, debajo de las piedras”.

Moscú, 1979

(1) Al mirar los nichos del Pabellón México del Cementerio General y al leer las listas de NN de la morgue, no fuimos capaces de comprender a cabalidad que esos muertos eran los caídos en la guerra declarada por la Junta Militar. Al no ser reconocida por los partidos de izquierda y organismos de derechos humanos, principalmente, su condición de combatientes caídos en la guerra, se les negó a ellos y, sobre todo, a los detenidos desaparecidos la posibilidad de aplicárseles los tratados internacionales para los casos de guerra, que prohíben aplicar vejámenes y torturas a los rehenes, a los rendidos, a los capturados. Se optó por dejarlos, simplemente, transformados en mártires. Al mismo tiempo, con esta actitud no sólo se habría de desproteger a los ulteriores combatientes, sino también a borrarles su calidad de tales.

(2) En 1994, se corroboraría el aserto de este anciano cuidador de tumbas en el Cementerio General y, en ese patio, se hallarían los restos de muchos desaparecidos, entre ellos los de los doctores Enrique Paris y, más tarde, Eduardo Paredes.

(3) No se conformaron con picar el mural de Julio Escames, pues demolieron el muro mismo y reformaron ese recinto de la Municipalidad de Chillán.

Publicado bajo título Los héroes no están cansados y subtítuloNeruda evocación de su muerte, en Araucaria n° 24, 1983. Capítulo de Neruda memoria crepitante, Ediciones Tilde, Colección Gorgona, Valencia 2003, España.

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