por Gustavo Burgos
El ataque militar de Estados Unidos e Israel contra la República de Irán, desatado el sábado 28 de febrero con bombardeos sobre Teherán y otras ciudades, no es un “episodio” de la diplomacia: es una pieza coherente de una secuencia de guerra imperialista que, en el último período, ha ido sustituyendo el lenguaje de las “reglas” por la gramática desnuda de la fuerza. La prensa internacional lo describe ya como una operación conjunta que abrió una escalada regional inmediata —con respuesta iraní contra blancos en Israel y contra instalaciones militares estadounidenses en el Golfo— y con un horizonte de conflicto extendido que ni siquiera la Casa Blanca se atreve a presentar como controlable. Con la sangre de los explotados se escribe en estos días una sentencia absolutamente indiscutible: el capitalismo es barbarie.
La misma potencia que pretende hablarle al mundo en nombre de la “civilización” sostiene, arma y blinda a su gendarme regional mientras éste ha convertido Gaza en laboratorio del castigo colectivo: decenas de miles de muertos verificados y una catástrofe humanitaria sostenida, donde el hambre y la destrucción de infraestructura sanitaria y civil no aparecen como “daños colaterales”, sino como método. En febrero de 2026, diversas fuentes sitúan la cifra de muertos palestinos por sobre las setenta mil personas —y hay estudios revisados por pares que plantean recuentos más altos, con advertencias sobre subregistro y muertes indirectas—, mientras organismos humanitarios describen condiciones catastróficas y la necesidad de ayuda masiva y urgente.
A comienzos de este año, la intervención sobre Venezuela —presentada bajo el ropaje acostumbrado del “combate” a un enemigo moral— se expresó en el secuestro de Nicolás Maduro y en la instalación de un dispositivo político servil, cuyo resultado declarado por voces de la región ha sido reabrir el país como botín energético en la disputa de recursos. No hace falta una teoría conspirativa para entenderlo: el petróleo aparece, una y otra vez, como el dios verdadero ante el cual se postran los piratas del orden “liberal”. Y Cuba, mientras tanto, sigue siendo sometida a un estrangulamiento energético que desorganiza la vida cotidiana y empuja a la sociedad a planes de contingencia permanentes: hospitales en mínimos, transporte pulverizado, combustible racionado.
Si alguien insiste en leer esta cadena de actos como prueba de fortaleza estadounidense, confunde el volumen del estruendo con la solidez del edificio. Lo que se vuelve visible es lo contrario: la ferocidad militar —y el matonaje retórico— como lenguaje de una potencia declinante, incapaz de imponer por medios políticos estables lo que en otros tiempos impuso como “orden”. El imperio que emergió de Yalta y Potsdam, que administró el planeta con instituciones, dólares, bases y “consensos”, hoy se ve forzado a reemplazar la hegemonía por el golpe: cuando la autoridad se agota, queda el garrote. Y ese garrote se blande con la histeria propia de quien presiente que la historia se le escapa entre los dedos.
La propia dinámica militar que estalla con Irán ilumina esta decadencia. El ataque se produce después de una escenificación diplomática que, según múltiples relatos, prometía acuerdos y supervisiones; y, sin embargo, el resultado fue la lluvia de misiles. La respuesta iraní —con impactos y ofensivas sobre blancos regionales y estadounidenses— muestra que no estamos ante un “paseo” colonial, sino ante un conflicto donde el agresor puede iniciar el incendio pero no garantizar su extinción. Europa, reducida a recitar frases vacías sobre moderación y legalidad, confirma otro rasgo de época: el centro imperial histórico ya no conduce, acompaña.
En este punto conviene despejar una confusión deliberadamente cultivada por el progresismo domesticado: la defensa incondicional de la nación oprimida iraní no es un ejercicio moral, humanitario o jurídico; es una conclusión política. Para los revolucionarios, la cuestión no se decide en el tribunal —siempre selectivo— del derecho internacional, sino en la necesidad de levantar una trinchera efectiva contra el orden imperialista, precisamente porque esa trinchera contribuye a reagrupar a la clase trabajadora como sujeto mundial frente a la guerra, el saqueo y la reacción. Defender a Irán contra la agresión de Washington y Tel Aviv no significa, ni por un segundo, bendecir el régimen teocrático: significa negar al imperialismo el derecho a reordenar por fuego y exterminio el destino de los pueblos.
Más todavía: la propia posibilidad de una revolución iraní real —democrática y social— se desprende de la bancarrota histórica del régimen clerical, de su carácter reaccionario y de su incapacidad para resolver los problemas nacionales y democráticos de la nación persa. La emancipación de las mujeres, la libertad política, el pan y el trabajo, el derecho de las nacionalidades oprimidas dentro de Irán, la ruptura con la miseria y la corrupción: nada de eso lo traerán los bombarderos que hoy deciden sobre Teherán. Los mismos que convierten Gaza en un matadero y a Venezuela en botín no “liberan”: colonizan. Solo la clase trabajadora iraní —y su alianza con los explotados del campo y la juventud— puede resolver esas tareas, y solo puede hacerlo en lucha simultánea contra su propia casta dominante y contra el imperialismo.
En Chile, el gobierno saliente de Boric ha optado por la coartada de la equidistancia: condenar “ataques” y sugerir que no debemos “elegir entre barbaries”. Es la fórmula perfecta para eludir la definición antiimperialista en el conflicto decisivo de la época. No se trata de “barbaries simétricas”: hay una potencia que invade, bloquea, sanciona, financia genocidios, instala gobiernos, y pretende decidir quién gobierna en cada nación estratégica; y hay pueblos que, con todos sus dramas internos, sufren esa maquinaria. La neutralidad aquí es una forma de colaboración pasiva. Y si esa pusilanimidad ya era grave, lo que viene con Kast es peor: una alineación abierta. El presidente electo viajará a Miami el 7 de marzo a una cumbre convocada por Trump, en un gesto que no es turismo diplomático sino señal de subordinación, con la política exterior chilena amarrada al carro de quienes hoy bombardean Irán.
Desconocemos el desenlace de este brutal ataque. Las bravatas babosas de Trump hablan más de su impotencia que de un plan político serio y previsible. Por otro lado, es evidente que no hay salida por la vía de las cancillerías, y menos aún por la diplomacia cobarde de los BRICS, cuya prudencia, en los hechos, funciona como coartada de la agresión: declaraciones impotentes, llamados a la “moderación” y negocios que conviven con el incendio. La respuesta, una vez más, no está fuera de la lucha de clases. La solidaridad efectiva con el pueblo iraní —y con el pueblo palestino, el cubano y el venezolano— no es una liturgia de comunicados: es organización y movilización contra las instituciones, los aparatos y los intereses que en nuestro país representan al gran capital imperialista. Es la denuncia activa de la subordinación estratégica, la construcción de comités de base, la coordinación sindical y territorial, la lucha contra la militarización y el alineamiento colonial. En tiempos de decadencia imperial, el “realismo” consiste en comprender que la guerra externa y la reacción interna son una sola cosa; y que solo una política independiente de la clase trabajadora puede romper el círculo de la barbarie.











