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Lecciones tecnológicas desde los setenta

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EDEN MEDINA

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

La innovación tecnológica por sí sola no hará del mundo un lugar mejor. Cybersyn, el proyecto informático del gobierno de Salvador Allende en Chile, nos deja cinco valiosas lecciones para (re)pensar las tecnologías de hoy.

A pesar de que suele decirse que las lecciones del pasado son importantes para el presente, rara vez miramos a las viejas tecnologías para buscar inspiración. Más raro todavía es sugerir que las experiencias históricas de los países menos desarrollados pueden enseñarnos algo acerca de los problemas tecnológicos actuales (y mucho menos, que un proyecto socialista de hace décadas podría aportar algo a las formas en que pensamos las tecnologías que nos venden las empresas de Silicon Valley).

Sin embargo, un sistema informático construido en el Chile socialista de los años setenta –el proyecto Cybersyn– puede servirnos de inspiración para pensar la tecnología y la información de hoy.

El Proyecto Cybersyn fue un proyecto tecnológico audaz, ligado a un proyecto político audaz. Emergió en el contexto de la vía pacífica al socialismo de Chile: Salvador Allende había ganado las elecciones a la presidencia en 1970 con la promesa de construir una sociedad radicalmente distinta. Su programa político convertiría a Chile en un Estado socialista democrático, respetando la constitución del país y las libertades individuales.

El eje central de la plataforma de Allende era proveer al Estado del control sobre las industrias más importantes de Chile. Pero esto planteaba problemas de gestión. El gobierno tenía una experiencia limitada en esta área. Sin embargo, hacia finales de 1971, había tomado el control de más de ciento cincuenta empresas, entre las cuales se contaban veinte de las más grandes de Chile.

El problema de cómo gestionar estas empresas recientemente socializadas llevó a un joven ingeniero chileno, llamado Fernando Flores, a contactar a un especialista en informática inglés, Stafford Beer, para pedirle asesoramiento. Flores trabajaba para la agencia del gobierno encargada de las tareas de nacionalización; Beer era un consultor de negocios internacional conocido por su trabajo en el área de cibernética de la gestión, que él definía como la «cibernética de la organización efectiva».

Juntos formaron un equipo de ingeniería que incluía a personas de Chile y de Gran Bretaña, y desarrollaron el plan de un nuevo sistema tecnológico que mejoraría la capacidad del gobierno para coordinar la economía dirigida por el Estado.

El sistema proveería acceso cotidiano a información sobre la producción fabril y un conjunto de herramientas computarizadas que el gobierno podía utilizar para predecir el comportamiento económico futuro. También incluía una sala de operaciones futurista que facilitaría la toma de decisiones a través del diálogo y de una mejor comprensión de la información. Beer previó formas para incrementar la participación obrera en la economía mientras preservaba, al mismo tiempo, la autonomía de las gestiones fabriles, aun en el marco de una mayor influencia estatal.

La gente del gobierno chileno pensó que el sistema reforzaría el éxito del programa económico de Allende y, por extensión, la revolución socialista en Chile. Beer llamó al sistema Cybersyn, componiendo las palabras inglesas cybernetics (disciplina que proveyó los principios científicos que guiaron su desarrollo) y synergy, la idea de que todo el sistema era más que la suma de sus partes tecnológicas.

Aunque pasaron muchas décadas desde que fue concebido, el Proyecto Cybersyn todavía nos brinda lecciones valiosas en la actualidad. En primer lugar, nos recuerda que el Estado juega un rol importante en el diseño técnico, y que puede ayudar a dirigir la innovación de forma tal que apunte a beneficiar a la sociedad y a apoyar a los grupos marginados, en lugar de guiarse simplemente por las metas estrechas y unilaterales que imponen la eficiencia y el incremento de las ganancias. También nos pone en alerta acerca de las formas en las cuales los prejuicios del diseño pueden limitar la eficacia de las tecnologías para incrementar la participación democrática y la inclusión.

En tercer lugar, a pesar de que el flujo actual de nuevos productos sugiere que las tecnologías se vuelven rápidamente obsoletas, Cybersyn nos recuerda que el uso de tecnologías viejas puede solucionar algunos problemas de forma efectiva, disminuyendo los costos y generando menos derroche. Cuarto, nos recuerda que la protección de la privacidad es necesaria para prevenir abusos potenciales del control centralizado de la información. Y, por último, nos indica que tenemos que pensar de forma creativa cómo cambiar los sistemas sociales y organizativos si queremos sacar el máximo provecho de la tecnología. La innovación tecnológica por sí sola no hará del mundo un lugar mejor.

El Estado y sus prioridades moldean las formas en que se diseña y se utiliza la tecnología

El Estado juega un rol importante al dar forma a la relación entre el trabajo y la tecnología, y puede presionar para que se diseñen sistemas que beneficien a la gente común. Pero también puede generar el efecto opuesto. La historia de la informática en Estados Unidos ha estado estrechamente atada al comando del gobierno, al control y a los esfuerzos de automatización.

Pero esto no tiene que ser necesariamente así. Y para comprobarlo puede considerarse la forma en que el gobierno de Allende abordó la cuestión de la tecnología y del trabajo en el diseño del Proyecto Cybersyn. Allende hizo de la creación de empleo tanto su plan económico como su estrategia general para ayudar al pueblo chileno. Su gobierno impulsó nuevas formas de participación obrera en los lugares de trabajo y la integración del saber obrero en la toma de decisiones económicas.

Este ambiente político permitió que Beer, el cibernético británico que asistió a Chile, perciba en la tecnología informática una forma de empoderar al movimiento obrero. En 1972 publicó un informe para el gobierno de Chile que proponía dejar el control del proyecto Cybersyn en manos del movimiento obrero en lugar de otorgárselo a las gestiones empresariales o a la tecnocracia estatal. De forma todavía más radical, Beer previó una alternativa para que el movimiento obrero participara en el diseño de Cybersyn.

Recomendó que el gobierno permitiera que quienes trabajaban en las fábricas –y no el plantel de ingeniería– construyan los modelos de estas fábricas controladas por el Estado, dado que estaban en una mejor posición para entender las operaciones. De esta manera, quienes realmente iban a usar y a poner en marcha el sistema eran quienes participaban de su diseño. Permitiendo que utilicen tanto sus manos como sus cabezas, esto iba a limitar la alienación que definía sus relaciones con el trabajo.

La idea de Beer de la participación democrática tenía sus fallas: por ejemplo, no consideró que la codificación del saber obrero en el programa de una computadora podría resultar en una eventual pérdida de poder, especialmente si el contexto político cambiaba.

Pero Beer mostró una gran capacidad para prever cómo la informatización de la organización de una fábrica podría llevar a un resultado distinto de la aceleración del ritmo de trabajo y la descalificación laboral, que fueron los resultados del desarrollo capitalista que algunos académicos como Harry Braverman registraron en Estados Unidos, donde el gobierno no tuvo el mismo compromiso para limitar activamente el desempleo ni para impulsar la participación obrera.

Braverman publicó su clásico texto Trabajo y capital monopolista en 1974, casi al mismo tiempo en que Beer estaba trabajando para el gobierno de Allende. En este libro, observó la forma en que tanto las tecnologías como la maquinaría controlada por computadoras contribuían a la automatización del trabajo y llevaban a la descalificación de los trabajadores y de las trabajadoras, aun en campos altamente especializados como la ingeniería.

Descubrió que este mismo proceso estaba en marcha en la utilización de computadoras en el contexto del trabajo de oficina. Las computadoras hacen que el trabajo de oficina sea cada vez más rutinario y le dan a las gestiones una forma fácil de supervisar la cantidad de trabajo que cada individuo aporta. La velocidad creciente del trabajo tiene el potencial de incrementar los despidos.

Beer percibía otra cosa en la informatización, sobre todo porque el Estado chileno insistía en que su sistema computarizado socialista había sido diseñado para fines distintos de los que describió Braverman. Esto le dio a Beer la libertad para reconceptualizar cómo las tecnologías podrían moldear el trabajo en las fábricas y ver las computadoras como medios para dar más poder a quienes trabajaban con ellas.

El proyecto Cybersyn muestra que el Estado puede crear las condiciones para cambiar la dirección del diseño tecnológico. Puede exigir e inspirar a que quienes desarrollan la tecnología tengan en consideración las formas en las cuales los sistemas benefician los intereses de la mayoría de la población, lo cual puede adecuarse o no a la persecución de las ganancias, a la eficiencia, a la elegancia técnica o a la frescura en el diseño de un sistema. La innovación informática no nació con las startups de Silicon Valley, y puede desarrollarse según patrones de diseño que caen por fuera del alcance del mercado.

Los sistemas del futuro deben estar libres de los sesgos actuales

No nos libraremos de la noche a la mañana de los prejuicios heredados. Por eso tenemos que mantenernos alerta sobre las formas en las cuales estos prejuicios pueden introducirse y dar forma al diseño de los sistemas. Sin control, las tecnologías diseñadas para incrementar la participación democrática y el mejoramiento de la interacción entre los factores humanos y las máquinas, también pueden excluir y marginar a algunos sectores de la población. El proyecto Cybersyn tiene mucho que enseñarnos sobre este punto.

Cybersyn es mejor conocido por su sala de operaciones, un espacio de apariencia futurista que fue diseñado para facilitar la toma de decisiones de manera democrática. Tenía siete sillas organizadas en círculo al interior de una sala hexagonal. El equipo de diseño insistió en un número impar de sillas para prevenir los empates en el momento de votar. No incluyeron una mesa, dado que suponían que esto alentaría a que se llenara de papeles revueltos en vez de promover el debate.

Una serie de pantallas revestía las paredes de la habitación. Estas mostraban información acerca del estado de la economía y señales de alerta que indicaban las áreas que requerían de atención urgente por parte del gobierno. Las pantallas utilizaban colores, luces y diseños gráficos para ayudar a que quienes las miraran comprendieran rápidamente las complejidades del sector industrial de Chile. Los planos iniciales de la sala incluían hasta un espacio para colocar un minibar.

Las sillas en la habitación exhibían las marcas de un cuidadoso trabajo de diseño. Por ejemplo, quienes se reunieran en la sala serían capaces de navegar las pantallas utilizando unos grandes botones situados en los apoyabrazos de las sillas. Estos botones de diseño geométrico reemplazaban al tradicional teclado y reflejaban la conciencia de clase del equipo de diseño. El equipo suponía que quienes trabajaban en las fábricas no tendrían experiencia utilizando un teclado, y que los botones ofrecían una alternativa de uso fácil que permitiría la participación obrera.

El equipo tuvo en consideración que las altas autoridades del gobierno utilizarían la sala en conjunto con otras personas. Las autoridades del gobierno también tenían una experiencia limitada con el teclado, pero por un motivo diferente: tenían secretarias. Tal como notó Beer, adoptar un teclado «insinuaría la presencia de una muchacha entre ellos y la máquina […] [cuando en realidad] es fundamental que interactúen directamente con la máquina, y entre ellos».

Por lo tanto, los botones también eran una forma de mantener a distancia a las mujeres de este espacio de toma de decisiones. También alentaban formas de expresión masculinas. Como escribió Beer, los botones podían ser golpeados cuando alguien en la sala quería insistir sobre algún punto.

Estas decisiones de diseño no eran neutrales. Reflejaban lo que el equipo pensaba acerca de quién tendría el poder en el contexto revolucionario de Chile y fortalecían esa visión. Los obreros fabriles y los burócratas del gobierno ejercerían el poder de decisión. En cambio, no lo ejercerían otro tipo de trabajadores, como los empleados de oficina y las mujeres en general.

Estas decisiones de diseño ilustran un defecto de la imaginación revolucionaria de Chile. También ilustran cómo nuestros supuestos acerca del género y la clase nos acechan, incluso cuando imaginamos un futuro más igualitario y justo.

Podemos hacer más con menos, y cuidar el medioambiente en el proceso

Las nuevas tecnologías conllevan costos medioambientales significativos si se tienen en cuenta el consumo y el deshecho de dispositivos electrónicos. Las ventas globales de dispositivos electrónicos se duplicaron entre 1997 y 2009. De acuerdo a la Agencia de Protección Ambiental, en 2009 la población norteamericana se deshizo de 29,4 millones de computadoras y 129 millones de teléfonos celulares. En 2012, EE. UU. alcanzó los niveles más altos de derroche electrónico del mundo, reportando la generación de 9,4 millones de toneladas de basura tecnológica. Buena parte de estos deshechos termina en lugares como China, India y Pakistán, donde la recuperación de materiales valiosos como el oro puede exponer a trabajadores y a trabajadoras al plomo y a otros metales tóxicos.

El mercado actual de productos electrónicos depende de la obsolescencia planificada: los viejos productos rápidamente se vuelven anticuados y pasan de moda. Pero extender la vida de nuestros dispositivos electrónicos puede ayudar a abordar el problema del derroche electrónico. El proyecto Cybersyn mostró que es posible crear un sistema de vanguardia utilizando tecnologías que no son las más novedosas en un momento determinado. Demuestra que el futuro puede estar ligado al pasado tecnológico.

Cuando el proyecto Cybersyn fue construido durante la década del setenta, en todo Chile había aproximadamente cincuenta computadoras y la mayoría eran anticuadas para la época. Chile no podía pedirle ayuda a IBM. IBM disminuyó sus operaciones en el país sudamericano luego de la elección de Allende porque temía que el gobierno nacionalizara sus empresas. La gestión de Nixon instauró un «bloqueo invisible» para desestabilizar la economía chilena y prevenir que América Latina se convierta en un «sándwich rojo», con Cuba de un lado y Chile del otro. Esto limitó todavía más la capacidad de Chile para importar tecnología estadounidense.

Como resultado, Beer y el equipo chileno inventaron una forma ingeniosa de crear la red de procesamiento de información que necesitaban para vincular las empresas del país al centro de comando: conectarían la computadora anticuada de la que disponían para el proyecto con otra tecnología que tampoco era la más novedosa en el momento: el teletipo. Y funcionó.

En 1972, una huelga nacional que creció hasta incluir a cuarenta mil camioneros, llevó al país a un estado de emergencia y afectó la distribución de alimentos, combustible y materias primas para la producción fabril. El gobierno utilizó la red de teletipos creada para el proyecto Cybersyn para determinar cuáles rutas estaban abiertas, coordinar la distribución de recursos fundamentales y sostener la producción fabril.

La red Cybersyn mejoró la comunicación del gobierno e incrementó sustancialmente la velocidad y la frecuencia en la que el gobierno podía enviar y recibir mensajes a lo largo y ancho del país. No era tan sofisticada como ARPANET, el sistema de comunicaciones del ejército estadounidense que fue precursor de Internet y contemporáneo al sistema de teletipos de Chile. Pero, aunque utilizaba menos recursos técnicos, de costos más bajos, la red chilena probó ser muy funcional. Las tecnologías anticuadas fueron reinventadas y combinadas con otras formas de innovación social y organizativa.

La nueva tecnología no es tan inmaterial como se tiende a pensar. Muchas veces hablamos de que los datos están guardados «en la nube» (una noción que implica la falta de materialidad). Pero los centros de datos dependen de cantidades considerables de recursos naturales. Un centro de datos de 15 megavatios puede consumir hasta 1 300 000 litros de agua por día, y el Centro de Datos NSA de Utah, construido recientemente, requiere alrededor de cuatro millones de litros de agua y 65 megavatios de energía por día. Una transformación progresiva de las nuevas tecnologías alentaría a una mayor selectividad en la recopilación de información y desafiaría la práctica de almacenar una vasta cantidad de datos simplemente porque es posible.

Cybersyn también demostró que se puede hacer más con menos. El proyecto chileno no intentó copiar la cibernética económica soviética, que recopilaba datos de las fábricas en abundancia y los enviaba a centros de computación jerarquizados para su procesamiento. Realizó la misma tarea transmitiendo cotidianamente solo de diez a doce índices de producción de cada fábrica, y quienes se encargaban de modelar la información en cada fábrica utilizaban más tiempo para identificar cuidadosamente cuáles eran los índices más importantes.

La protección de la privacidad hace la diferencia 

Proteger la privacidad es fundamental para prevenir el abuso de cualquier control centralizado. Las nuevas innovaciones tecnológicas como los smartphones, el creciente uso de la analítica de datos y la presión para crear ciudades inteligentes y el «Internet de las cosas», facilitan la recopilación de datos y permiten registrar vastas cantidades de actividad humana y no humana.

En los años setenta, mucha gente criticaba al proyecto Cybersyn como si se tratara de una forma de control central autoritario porque recopilaba datos de las actividades fabriles y se los enviaba al gobierno chileno. Por ejemplo, la revista New Scientist escribió una editorial que decía que «si tiene éxito [el proyecto Cybersyn], Beer habrá creado una de las armas más poderosas de la historia».

Pero estas interpretaciones no entendían cómo funcionaba realmente el sistema. En muchos casos se trataba de una tergiversación ideológica. En Chile, lecturas como estas estaban vinculadas a críticas más generales de la oposición de derecha al gobierno de Allende, que sostenía que el gobierno estaba destruyendo las libertades civiles.

De hecho, el proyecto Cybersyn no funcionaba como una forma abusiva de control centralizado porque incluía mecanismos para proteger y preservar la autonomía de las fábricas. Estas protecciones estaban incluidas en el diseño del sistema. Por ejemplo, el gobierno podía intervenir en las actividades fabriles solo luego de que el programa detectara una anomalía en la producción y la fábrica fracasaba a la hora de solucionarla en un tiempo predeterminado.

Las limitaciones humanas y tecnológicas fueron un impedimento adicional para la intervención gubernamental. Por ejemplo, los operadores en la fábrica no podían supervisar miles de índices de producción por día, pero podían rastrear los diez o doce más importantes. El límite en el número de indicadores también hizo más fácil que el software detectara las situaciones que requerían con mayor urgencia la intervención del gobierno. Sin embargo, esto hizo que quienes diseñaron el sistema tomaran decisiones acerca de qué información era realmente necesaria para el gobierno.

Estos límites hicieron invisible para el gobierno chileno la mayor parte de la actividad fabril, preservaron la libertad y protegieron a quienes trabajaban en las fábricas de cualquier abuso orwelliano. Crearon una capa de privacidad que podría haber permitido al movimiento obrero participar en la gestión económica sin el control autoritario de la burocracia estatal.

El diseño del proyecto Cybersyn de Beer también brindaba a quienes trabajaban una forma de entender cómo funcionaba este tipo de regulación por medio de los datos, permitiéndoles crear los modelos fabriles que estaban a la base del programa de Cybersyn. Teóricamente, esto les permitía abrir la caja negra de la computadora y entender la operación de procesamiento analítico que se desarrollaba en su interior.

Sin embargo, esto fue así solo teóricamente: el gobierno de Allende fue derrocado por un golpe militar que terminó con la muerte del presidente, poniendo fin a la democracia chilena por diecisiete años. La dictadura militar y las políticas económicas descritas frecuentemente como «terapias de shock neoliberal» le pusieron fin al proyecto Cybersyn antes de que este alcanzara su perfección. Para quienes defendían el liberalismo económico, no tenía sentido disponer de un sistema de computadoras que ayudaba al Estado a regular la producción industrial.

Sin embargo, el marco general del diseño de Beer sigue siendo útil: nos recuerda la importancia que tiene no solo la transparencia informática sino también el control democrático. Si –como dijo Lawrence Lessig en una frase célebre– el código es la ley, entonces el código utilizado en las nuevas tecnologías que moldean nuestras vidas no debería ser el dominio exclusivo de un conjunto de especialistas en programación e ingeniería.

La tecnología, por sí misma, no creará un mundo mejor

Necesitamos pensar en términos de sistemas en lugar de pensar en mejoras tecnológicas rápidas. Por ejemplo, las discusiones acerca de las ciudades inteligentes se concentran regularmente en mejorar la infraestructura de redes y el uso de las tecnologías de información y comunicación tales como los sensores integrados, las aplicaciones de teléfonos móviles y los servicios de internet. Frecuentemente, lo que subyace a todo esto es la idea de que las intervenciones mejorarán automáticamente la calidad de la vida urbana, haciendo que sea más fácil que quienes residen en las ciudades accedan a los servicios del gobierno y provean información para mejorar el mantenimiento de la ciudad.

Pero este determinismo tecnológico no incluye una comprensión holística de las formas en que estas tecnologías podrían impactar negativamente sobre aspectos críticos de la vida en las ciudades. Por ejemplo, el sociólogo Robert Hollands argumenta que las iniciativas en torno a las ciudades inteligentes centradas en la tecnología podrían producir la afluencia de personas trabajadoras con altos niveles de alfabetización y desplazar al resto de la población. También podrían desviar los recursos de la ciudad hacia la construcción de infraestructuras informáticas, dejando de lado otras áreas importantes de la vida en las ciudades.

Sostiene que las ciudades inteligentes progresistas deberían intentar comprender mejor la interacción humana en los ambientes urbanos y las formas en las que esta produce sistemáticamente desigualdades de poder. Las tecnologías deberían estar integradas a los ambientes urbanos de una forma que sirva para nivelar estas diferencias.

Beer compartía la perspectiva de Holland. Mientras desarrollaba el proyecto Cybersyn, manifestó en muchas ocasiones la frustración que le producía el hecho de que se considerara al sistema simplemente como un conjunto de mejoras tecnológicas –una sala de operaciones, una red de teletipos, un simulador económico, programas para rastrear información sobre la producción– en lugar de considerarlo como una forma de reestructurar la gestión económica chilena.

Beer estaba interesado en comprender el sistema de la gestión económica chilena y cómo las instituciones del gobierno podrían ser transformadas para mejorar los procesos de coordinación. Percibía a la tecnología como una forma de cambiar la organización interna del gobierno de Chile.

Si estuviese vivo hoy, Beer sin dudas lamentaría que las iniciativas tecnológicas de los gobiernos simplemente se encarguen de digitalizar las formas existentes o computarizar los procesos existentes, perdiendo la oportunidad de hacer que las organizaciones mismas sean más efectivas.

Debemos resistir a este tipo de «determinismo de la innovación» apolítico, que percibe en la creación de la próxima aplicación, servicio de internet o dispositivo de red la mejor manera de hacer avanzar a la sociedad. En cambio, debemos esforzarnos para pensar creativamente cómo transformar la estructura de nuestras organizaciones, procesos políticos y sociedades para mejorarlas y cómo las tecnologías pueden contribuir a este objetivo.

Los desafíos que enfrentaron quienes protagonizaron el proyecto Cybersyn no fueron exclusivos de su época: enfrentaremos desafíos similares. A pesar de que el proyecto estuvo lejos de ser perfecto, las lecciones que nos brinda su estudio no deben ser ignoradas por quienes buscamos un futuro en el cual la tecnología sea aprovechada de forma democrática para el bien común.

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