Inicio Nacional ¡¡La “Pseudo izquierda” esquizofrénica… y la derecha “sicópata”!!

¡¡La “Pseudo izquierda” esquizofrénica… y la derecha “sicópata”!!

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por Franco Machiavelo

En el escenario político contemporáneo se despliega una paradoja que bordea lo clínico. Por un lado, aparece una “seudo izquierda” que padece una suerte de desdoblamiento de personalidad política. En el discurso se proclama defensora del pueblo, habla de justicia social, de dignidad y de igualdad; pero en la práctica cotidiana administra con obediencia el mismo orden que reproduce la desigualdad. Se arrodilla ante la lógica del mercado, negocia con los poderes económicos y luego intenta tranquilizar su conciencia repitiendo consignas emancipadoras.

Ese comportamiento recuerda a una esquizofrenia política: dos discursos que conviven en un mismo cuerpo. Uno dirigido al pueblo, lleno de promesas y símbolos populares; y otro dirigido a las élites, cargado de disciplina fiscal, moderación y obediencia estructural. Así, esta izquierda domesticada termina funcionando como un amortiguador del conflicto social, una fuerza que administra la indignación popular para que el sistema no cambie realmente.

En términos de hegemonía, su papel es profundamente funcional: legitima el orden existente mientras simula cuestionarlo. Habla de reformas, pero dentro de límites cuidadosamente definidos por los mismos poderes que concentran la riqueza y la decisión política. Es el arte de administrar la esperanza para evitar que se transforme en transformación real.

Mientras tanto, la derecha opera desde otra lógica psicológica y política. Si la pseudo izquierda padece el síndrome del doble discurso, la derecha actúa como una personalidad política de rasgos sicopáticos: fría frente al sufrimiento social, incapaz de empatía con los sectores vulnerables y obsesionada con el control y la disciplina.

Para ese proyecto, los problemas sociales no se resuelven con derechos ni con redistribución, sino con orden, castigo y represión. Allí donde el pueblo exige dignidad, la respuesta es más policía; donde se demandan derechos sociales, se anuncian recortes; donde se pide participación, se levantan discursos de autoridad y seguridad.

La ecuación termina siendo perversa:
Una izquierda domesticada que habla como pueblo pero gobierna para las élites.

Una derecha que ni siquiera disimula su desprecio por las mayorías y propone abiertamente un orden disciplinario.
Entre ambas posiciones se configura un campo político donde el conflicto social es administrado o reprimido, pero raramente transformado.

La tragedia histórica es que, cuando la política se reduce a ese juego, el pueblo queda atrapado entre la simulación reformista y el autoritarismo explícito. Y en ese espacio estrecho se intenta domesticar la memoria de las luchas sociales, reducir los sueños colectivos a simples gestos simbólicos y convencer a las mayorías de que no hay alternativas.

Sin embargo, la historia demuestra algo distinto: cuando los pueblos recuperan su conciencia y su organización, las máscaras caen. Entonces se vuelve evidente quién administra el sistema, quién lo defiende con represión y quién está dispuesto realmente a transformarlo 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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