“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.
Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.
Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”
— Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973
por Franco Machiavelo
Ese grito de dignidad sigue siendo un espejo implacable frente al Chile de hoy. La voz de Allende fue silenciada por el plomo y el fuego, pero no por la historia. Sin embargo, medio siglo después, lo que persiste no es la radicalidad de su proyecto, sino la cómoda domesticación de una clase política que se viste de progresismo mientras administra obedientemente el mismo modelo neoliberal impuesto a sangre y fuego.
La seudo izquierda, envuelta en discursos de modernidad y derechos humanos, se arrodilla día a día ante los dictados del capital. Son gestores serviles de la acumulación privada, burócratas que maquillan la explotación con reformas cosméticas y pactos de gobernabilidad. Se autoproclaman herederos de la democracia, pero lo que han heredado en verdad es el mandato de la oligarquía: garantizar que nada cambie en lo esencial.
La dialéctica histórica muestra la diferencia entre aquel proyecto popular —que buscaba socializar el poder, democratizar la riqueza y construir una soberanía auténtica— y este presente vergonzante, donde los mismos que se dicen “progresistas” pactan con las grandes corporaciones, entregan el cobre y el litio, privatizan el agua, y reprimen a los pueblos originarios en nombre del orden y la seguridad.
Allende habló de semillas que no podían ser segadas. La contradicción está en que quienes deberían cuidarlas hoy actúan como jardineros del neoliberalismo, asegurando que el terreno nunca germine más allá de los límites tolerados por el mercado. No son traidores ingenuos: son funcionarios conscientes de un poder que exige subordinación, y que premia la obediencia con cuotas de administración del Estado.
La tragedia de Chile no está solo en el golpe militar que apagó un proceso revolucionario; está también en la prolongación interminable de un consenso neoliberal en el que la izquierda domesticada participa con entusiasmo. La derecha ya no necesita golpear puertas con fusiles: la rendición vino disfrazada de institucionalidad y democracia.
Por eso hoy, rescatar las palabras de Allende no es un acto conmemorativo vacío: es un arma crítica. Es denunciar que el presente neoliberal no tiene nada de inevitable, que las cadenas de la servidumbre voluntaria pueden romperse, y que la dignidad de los pueblos no se negocia ni se administra: se conquista.
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