por Franco Machiavelo
No fue un accidente histórico ni una anomalía pasajera. Fue el resultado de una acumulación de renuncias, claudicaciones y vacíos políticos que terminaron por abrirle la puerta —de par en par— a un proyecto reaccionario que supo leer mejor el malestar social que quienes decían representarlo.
La ultraderecha no conquista el poder solo por su propia fuerza; lo hace, sobre todo, cuando sus adversarios dejan de ser una alternativa real. Y eso fue precisamente lo que ocurrió: amplios sectores de la llamada “izquierda institucional” abandonaron el terreno de la transformación para instalarse cómodamente en la administración del modelo. Se volvieron gestores de lo existente, no constructores de lo nuevo. En vez de tensionar las estructuras de poder, las legitimaron con reformas cosméticas, tecnocráticas, cuidadosamente diseñadas para no incomodar a los grandes intereses económicos.
Ese desplazamiento no fue neutro. Al desdibujar su horizonte, esa pseudoizquierda burguesa terminó hablando un lenguaje que no conectaba con la vida cotidiana del pueblo. Mientras en los territorios crecía la precariedad, la inseguridad material y la sensación de abandono, desde las élites políticas se ofrecían diagnósticos abstractos y soluciones graduales que nunca llegaban a tocar el núcleo del problema: la desigualdad estructural y la concentración del poder.
Ahí aparece una contradicción clave: cuando las fuerzas que dicen representar a las mayorías dejan de canalizar su malestar, ese malestar no desaparece. Se desplaza. Y muchas veces es capturado por proyectos autoritarios que lo reinterpretan, lo simplifican y lo convierten en rabia dirigida contra chivos expiatorios. La ultraderecha entendió eso con claridad brutal: no necesitaba resolver los problemas, solo necesitaba nombrarlos de manera directa, aunque fuera distorsionada.
Por otro lado, la desconexión con los movimientos sociales fue decisiva. Las luchas territoriales, feministas, estudiantiles, indígenas y laborales fueron vistas más como incomodidades que como fuentes legítimas de poder político. En lugar de construir una articulación orgánica con esas fuerzas vivas, se las subordinó a lógicas electorales de corto plazo o se las ignoró cuando desbordaban los márgenes institucionales. Se perdió así algo fundamental: la capacidad de construir hegemonía desde abajo, de convertir demandas sociales en proyecto histórico.
Sin esa base, la política se volvió un ejercicio de élites que hablan entre sí, mientras el pueblo observa desde fuera. Y cuando el pueblo deja de sentirse parte, aparece el terreno fértil para discursos que prometen orden, identidad y respuestas simples frente a una realidad compleja.
La ultraderecha no llenó un vacío cualquiera; llenó el vacío dejado por una izquierda que dejó de creer en sí misma como fuerza transformadora. Donde antes había horizonte, hubo gestión. Donde antes había conflicto político real, hubo consenso administrado. Y donde antes había pueblo organizado, quedó fragmentación y desencanto.
En ese escenario, el avance de Kast no es una causa, sino un síntoma. El síntoma de una crisis más profunda: la pérdida de un proyecto político capaz de interpretar, organizar y proyectar las aspiraciones de las mayorías.
La pregunta de fondo, entonces, no es solo cómo llegó la ultraderecha, sino por qué nadie fue capaz de impedirlo construyendo algo mejor. Y ahí la respuesta es incómoda pero necesaria: porque quienes debían hacerlo eligieron no hacerlo.











