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La destrucción deliberada de la academia palestina por parte de Israel

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UNA ENTREVISTA CON

Ibrahem Hanafi

Traducción: Natalia López

Gaza solía tener doce instituciones de educación superior. En los últimos dos años, Israel destruyó parcial o totalmente cada una de ellas en su campaña para aplastar la vida pública palestina y arruinar sus posibilidades de recuperación.

Imagen: Vista aérea de la demolida Universidad Al-Aqsa, luego de que el ejército israelí la atacara directamente, obligando a miles de estudiantes a suspender sus estudios en la ciudad de Gaza el 29 de noviembre de 2025. (Mohammed Eslayeh / Anadolu vía Getty Images)

Entrevista de Alberto Mazzoni[1]

Los vínculos entre el ejército israelí y las universidades están bien documentados. Por ejemplo, existen programas de formación específicos para soldados, como Talpiot y Brakim, que apuntan explícitamente a desarrollar nuevas tecnologías para uso militar.

No todas las universidades siguen ese camino. En Europa, y todavía más en Estados Unidos, estudiantes e investigadores universitarios jugaron un rol importante en los movimientos de apoyo a Gaza. Incluso algunos académicos afiliados a instituciones israelíes se pronunciaron públicamente. A su vez, el activismo en los campus universitarios sirvió de pretexto para que gobiernos de todo Occidente recortaran la libertad de expresión y de investigación dentro de las universidades.

Sin embargo, mientras la atención suele centrarse en las universidades del extranjero, la academia palestina rara vez ocupa un lugar central en el debate. Si esto puede parecer una preocupación menor en medio de atrocidades tan masivas, también encaja en una deshumanización mediática más amplia de los palestinos, en la que sus vidas deben aparecer como lo más distintas posible de las occidentales. Comprender la academia palestina no solo va a contramano de esa simplificación, sino que también puede abrir posibilidades de cooperación política y académica futura.

El estudiante de doctorado en neurociencias Ibrahem Hanafi abordó recientemente estos temas en una conferencia titulada «Science in Palestine», realizada en la Scuola Superiore Sant’Anna de Pisa. Luego del evento, Alberto Mazzoni conversó con él sobre las luchas que enfrenta la academia palestina.

 

AM

En el evento te presentaste como un «refugiado palestino de tercera generación». ¿Qué significa eso para vos?

IH

Significa que el exilio no es un episodio, sino la arquitectura de la vida de mi familia. Mi abuelo fue expulsado de Haifa, Palestina, durante la Nakba de 1948, convirtiéndose en uno de los más de setecientos mil palestinos forzados a abandonar sus hogares. Desde entonces, el desplazamiento fue nuestra única constante. Cuatro generaciones después, hoy mi familia está dispersa en cuatro continentes. Ninguno de nosotros eligió esa geografía; fue impuesta por la guerra, la ocupación y la violencia lenta del borramiento burocrático.

La familia de mi madre también fue desplazada por la fuerza durante la Naksa de 1967 desde los Altos del Golán sirios, de modo que mis padres se conocieron en Damasco como personas cuya conexión con su tierra ya había sido interrumpida mucho antes de tener edad suficiente para comprender qué les habían quitado. Yo nací en el campo de refugiados de Al Yarmouk, cerca de Damasco, que era el campo de refugiados palestinos más grande. Eso lo convirtió —a pesar de haber sido establecido como un campo no oficial— en un centro vibrante de la vida palestina fuera de Palestina. Más tarde fue sitiado y en gran parte destruido durante la revolución siria (2013), cuando la mayoría de sus habitantes fue expulsada de su propio lugar de desplazamiento.

Como refugiado, me otorgaron un permiso de residencia temporal para vivir en Siria y un documento de viaje similar a un pasaporte, que debía servir como prueba de identidad fuera del país. Con esos documentos me gradué en la facultad de medicina en la Damasco devastada por la guerra y planifiqué continuar mis estudios en el extranjero. Fue entonces cuando entendí que el término formal que se utilizaba para mi estatus legal fuera de Siria era «apátrida». Cuando postulé a posgrados en el Reino Unido, Alemania y China, me negaron las visas repetidamente, a pesar de haber recibido admisiones incondicionales y contar con financiamiento garantizado. Luego, cuando logré llegar a Alemania para cursar una maestría en neurociencias, mis documentos no consignaban ninguna nacionalidad, o a veces marcaban ese campo como «indefinido» o «XXX». Con el tiempo aprendí que la apatridia no es solo una condición legal, sino un estigma global que te acompaña en aeropuertos, embajadas y pasos fronterizos. Recuerdo decenas de veces parado durante horas en la frontera sirio-libanesa, esperando permiso para entrar al Líbano, muchas veces por no más de veinticuatro horas, solo para asistir a una entrevista de visa o rendir un examen internacional que no se ofrecía en Siria. La incertidumbre en esos puestos de control, la negación arbitraria del ingreso, los pilones de documentos que cargábamos como frágiles pruebas de nuestra existencia, todo eso recordaba que el movimiento, incluso para el paso académico más simple, nunca fue un derecho para nosotros, sino algo que debía negociarse. Acá siento la necesidad de mencionar a un oficial de inmigración japonés que conocí a principios de este año, cuando viajé a Japón para un congreso. Estaba agonizando sobre si clasificarme como sirio, palestino o simplemente como una anomalía burocrática. Después de dos horas de preguntas y consultas con sus superiores, con cierta duda estampó la palabra «palestino», sin saber que ese pequeño reconocimiento significaba para mí más de lo que podía imaginar. Fue la primera vez en toda mi vida que vi la palabra Palestina en mis documentos sin que estuviera acompañada por «refugiado».

Paradójicamente, cuanto más lejos me empujan de la tierra de mi origen, más profunda se vuelve mi conexión con Palestina. Desde que me mudé a Alemania, colaboré como voluntario en dos organizaciones de apoyo a científicos palestinos, acompaño a estudiantes palestinos de medicina más jóvenes y formo un vínculo inmediato con cualquier palestino que encuentro en la diáspora. Creo que nos aferramos unos a otros porque nuestras vidas dispersas son los fragmentos a partir de los cuales sentimos nuestra pertenencia a una misma nación. Recuerdo que un mentor en Alemania me preguntó una vez por qué insistía en llamarme palestino cuando ni yo ni ningún miembro de mi familia —ni, en realidad, ningún refugiado palestino— había podido jamás poner un pie en Palestina, la tierra de nuestras raíces. No respondí de inmediato. Tal vez porque en las familias palestinas, lo segundo que enseñamos a nuestros hijos, justo después de sus nombres, es su pertenencia a esa tierra cercana pero lejana. No es simplemente una identidad personal; es una herencia colectiva, una carga política y una responsabilidad de mantener viva la memoria.

Como refugiado palestino de tercera generación, cargo no solo con el orgullo y la resiliencia de mi familia, sino también con el trauma heredado del desplazamiento. Es una cuenta abierta de sufrimiento emitida hace setenta y siete años, que pasa de una generación a la siguiente.

 

AM

Vimos las imágenes de la destrucción de edificios universitarios en Gaza. ¿Cuál era la situación de las universidades antes de 2023 y cuál es ahora?

IH

Antes de hablar de la destrucción, es importante recordar qué existía. Antes de la guerra, Gaza tenía doce instituciones de educación superior que atendían a alrededor de noventa mil estudiantes. Estas instituciones no eran meros campus; eran líneas de vida en un lugar que estuvo sometido a un asedio intensificado desde 2007 y a severas restricciones desde la década de 1990.

En las primeras etapas de la guerra, todas y cada una de esas universidades fueron destruidas parcial o completamente. Hoy, bibliotecas, laboratorios y campus enteros quedaron completamente arrasados. Uno de los ejemplos más dolorosos es la universidad más nueva de Gaza, la Universidad Israa, fundada hace apenas una década. Durante meses permaneció en pie, como si hubiera sido perdonada temporalmente, y luego fue aplanada en un solo ataque, en una escena más propia de una demolición hollywoodense que de una operación militar.

Aunque el número exacto de víctimas humanas es difícil de documentar con precisión, al menos noventa y cuatro profesores universitarios murieron en los primeros tres meses de la guerra, a menudo junto a sus familias. En ese momento se contaban entre ellos tres profesores universitarios y cuatro decanos. Luego la guerra continuó durante otros veintiún meses, con Israel matando, mutilando o deteniendo a cientos de profesores, docentes, personal universitario y estudiantes, en una escala completamente desproporcionada en comparación con otros sectores de la sociedad gazatí. Los ataques no se limitaron a las universidades. Incluso la UNRWA, que brinda educación escolar a niños palestinos en toda la región, fue objeto de una campaña coordinada de deslegitimación. Destruir y desfinanciar escuelas no es un subproducto de la guerra; es un ataque a los cimientos mismos de los que surge la educación superior.

Expertos de Naciones Unidas expresaron una profunda preocupación por este patrón de «escolasticidio», señalando que no es incidental, sino deliberado. La educación en Gaza quedó en gran medida suspendida durante casi dos años. Aunque los bombardeos disminuyeron ahora en términos relativos, las universidades carecen de la infraestructura física y del personal sobreviviente necesarios para retomar la mayoría de los programas. Sin embargo, pese a la magnitud de la destrucción, el espíritu académico persiste. Como escribieron tres rectores universitarios de Gaza en un mensaje publicado y dirigido a la comunidad académica internacional: «Nuestros campus pueden haber sido arrasados… pero nuestras universidades siguen existiendo… somos más que edificios, somos comunidades académicas, compuestas por estudiantes, docentes y personal, todavía vivas y decididas a seguir adelante con nuestra misión». No son palabras vacías. Algunas actividades de enseñanza continuaron en línea en Gaza, a pesar de las condiciones increíblemente precarias.

 

AM

Usaste el término «escolasticidio». ¿Podés explicar qué significa y por qué se aplica en este caso?

IH

El término escolasticidio fue acuñado por la académica palestina Karma Nabulsi durante el ataque israelí a Gaza en 2009, para describir la destrucción sistemática de instituciones educativas y el asesinato y detención de personal académico y estudiantes. Desde entonces, el término siguió siendo pertinente debido a las restricciones y ataques recurrentes destinados a asfixiar el sistema de educación superior en Palestina. Sin embargo, cobró mayor relevancia durante la guerra genocida actual, ya que estamos presenciando no simples daños colaterales, sino un ataque sostenido e intencional contra la educación misma.

Según expertos de la ONU, lo que está ocurriendo podría constituir «un esfuerzo intencional por destruir de manera integral el sistema educativo palestino». Incluso el historiador judío-israelí Avi Shlaim concluyó en uno de sus artículos recientes que «contrariamente a las creencias predominantes sobre la naturaleza y la legitimidad de los ataques israelíes al sistema educativo de Gaza y a la infraestructura en general… las acciones israelíes fueron desproporcionadas, injustificadas y, lo que es crucial, ilegales».

No se trata solo de edificios físicos. Cuando académicos, profesores, investigadores y estudiantes son atacados deliberadamente, y cuando aulas, laboratorios y bibliotecas se convierten en ruinas, no solo se mata gente: se borra la conciencia de una sociedad, su potencial futuro y la posibilidad misma de reconstrucción.

 

AM

Marcaste con claridad que, incluso antes del genocidio en curso, la academia palestina ya enfrentaba enormes desafíos. ¿Cómo era la situación en Cisjordania?

IH

El panorama académico en Cisjordania siempre existió bajo presión, no bajo la aniquilación súbita y total que vemos hoy en Gaza, sino bajo una forma de violencia más silenciosa y desgastante, que se acumula durante décadas. Las universidades allí viven bajo la amenaza constante de redadas, incursiones armadas, arrestos de estudiantes y disrupciones administrativas. Uno de los ejemplos más claros es el caso de la Universidad de Birzeit, la universidad palestina más antigua: durante los primeros años de la primera intifada, las autoridades israelíes exigieron su cierre. Cuando la administración se negó, el ejército la cerró por la fuerza, no durante una semana o un semestre, sino durante cuatro años. Su presidente, el doctor Hanna Nasser, con un doctorado en física nuclear, fue forzado al exilio durante diecinueve años. Eso por sí solo dice mucho sobre el entorno intelectual que se les negaba a los palestinos.

Pero la presión sobre la academia cisjordana no se limita al cierre de puertas. Se extiende a todos los aspectos de la vida científica. Introducir los materiales de investigación más básicos, una centrífuga, un reactivo químico o incluso un conjunto de libros de texto, exige atravesar un laberinto de restricciones, controles de seguridad, prohibiciones de importación y doble imposición fiscal por parte de israelíes y palestinos. Estos obstáculos no solo ralentizan la investigación; la asfixian. Son la razón por la cual los programas de posgrado en Palestina surgieron tan tarde: las maestrías en humanidades recién aparecieron en la década de 1980, y los programas de posgrado en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas comenzaron apenas en las últimas dos décadas.

Y después está la movilidad, o más precisamente, su ausencia. El traslado entre Gaza y Cisjordania no es un viaje, sino una carrera de obstáculos diseñada para quebrar la voluntad de quienes lo intentan. En 2010, Hillary Clinton anunció un programa de becas para ayudar a estudiantes de Gaza a estudiar en Cisjordania. Pero en 2012, luego de que Israel se negara a emitir los permisos de viaje, la administración Obama lo canceló discretamente. Incluso dentro de Cisjordania, estudiantes o académicos que se desplazan de una ciudad a otra deben atravesar múltiples puestos de control militarizados y enfrentar interrogatorios impredecibles, lo que convierte el trayecto en una experiencia agotadora. Esto se extiende al plano internacional, el corazón mismo de la academia contemporánea, que queda casi por completo bloqueado. Las universidades palestinas tienen enormes dificultades para atraer docentes extranjeros o investigadores visitantes, porque a los académicos se les puede negar el ingreso o conceder permisos breves e impredecibles. Esta puerta giratoria de incertidumbre socava directamente tanto la calidad de la investigación como el desarrollo institucional.

A pesar del peso de la ocupación, una gran cohorte de estudiantes hace todo lo posible por permanecer en la academia. Sin embargo, las oportunidades de financiamiento limitadas y la falta de inversión en ciencia implican que muchos académicos prometedores simplemente no puedan sostener los largos años necesarios para avanzar en su carrera. Incluso cuando abandonan, ingresan a una economía asfixiada por el alto desempleo y con perspectivas mínimas de innovación o inversión. En estas condiciones, el resultado es previsible: una dolorosa fuga de cerebros. Académicos palestinos talentosos migran finalmente a Europa, el Golfo u otros destinos, no porque quieran irse, sino porque el sistema no les deja otra opción.

 

AM

Mencionaste antes el surgimiento y desarrollo de una cultura académica palestina. ¿Cómo se dio ese proceso y qué obstáculos enfrentó incluso antes de 2023?

IH

El compromiso palestino con la academia siempre fue extraordinario. La educación superior se entendió históricamente tanto como camino hacia el liderazgo colectivo como una vía de movilidad social, especialmente para los refugiados que viven en países anfitriones con menores niveles socioeconómicos y derechos civiles limitados. Esto ayuda a explicar por qué tanto Palestina como Jordania —este último con una población en la que se estima que más de la mitad es de origen palestino debido al desplazamiento durante la Nakba— registran las tasas de alfabetización más altas del mundo árabe y de la región en general.

Sin embargo, también debemos ser honestos: la vida académica en Gaza y Cisjordania no florecía antes de que comenzara el genocidio. Más bien, sobrevivía. La historia de la academia palestina es la de construir instituciones en circunstancias en las que las instituciones no están destinadas a existir. Bajo el Mandato Británico, a pesar de que los palestinos constituían la abrumadora mayoría de la población, las únicas universidades que se establecieron fueron instituciones judías. Los palestinos tuvieron que formar su comunidad académica estudiando en el extranjero, principalmente en El Cairo y Damasco.

Después de la Nakba de 1948, los palestinos quedaron desposeídos, fragmentados y más tarde sometidos a la ocupación militar tras la Naksa de 1967. No existió una universidad nacional hasta 1972. A partir de ese momento, las universidades en los territorios ocupados soportaron una crónica falta de inversión, cierres, redadas e inestabilidad. En esas condiciones, la investigación científica nunca recibió el oxígeno que necesitaba. El financiamiento era escaso, la infraestructura débil y la movilidad restringida. Esto hizo que ciertos campos, especialmente las ciencias experimentales y básicas, que requieren laboratorios estables, equipamiento y colaboración, tuvieran enormes dificultades para echar raíces. Allí donde la producción académica palestina prosperó, lo hizo a menudo en las humanidades, la medicina y la salud pública, apoyada en alianzas internacionales que ayudaban a sortear el bloqueo de recursos.

Aun así, pese a las restricciones, el apego a la educación nunca se debilitó. Muchos palestinos que obtuvieron títulos avanzados en el extranjero tomaron la decisión deliberada de regresar a Palestina, plenamente conscientes de los obstáculos que los esperaban. Su elección no fue simplemente profesional; fue política, incluso existencial. Volvieron porque creían que la educación superior era esencial para la supervivencia comunitaria y la soberanía futura. Su trabajo continuó bajo asedio, bajo ocupación y ahora, para algunos, bajo escombros literales.

A todo esto se suma una forma más sutil de ataque contra la academia palestina: la censura académica. Un ejemplo contundente es el destino de Education and Palestine, un número especial encargado por la revista Harvard Educational Review. El número fue completamente editado, evaluado por pares y los contratos con los autores ya estaban firmados. Sin embargo, en la etapa final, la editorial canceló abruptamente la publicación sin una justificación académica transparente. Los académicos involucrados describieron luego la decisión como un claro acto de presión política, un intento de impedir que investigaciones rigurosas sobre la educación palestina ingresaran al discurso académico dominante.

Este no fue un caso aislado. Se inscribe en un patrón prolongado de supresión del conocimiento palestino: desde universidades que retiran invitaciones a conferencistas palestinos, hasta organismos de financiamiento que retiran silenciosamente su apoyo a proyectos considerados políticamente «sensibles». Otro ejemplo es la supresión de investigaciones sobre testimonios de soldados acerca de hechos como la masacre de Tantura en 1948. Cuando el investigador israelí Teddy Katz documentó relatos de testigos presenciales como parte de su tesis de maestría en la Universidad de Haifa, su trabajo fue rápidamente desacreditado bajo presión política. Katz fue arrastrado a una causa por difamación, enfrentó una intensa reacción pública y finalmente fue presionado para firmar una declaración retractándose de sus hallazgos, algo de lo que luego dijo arrepentirse profundamente. Su investigación no fue refutada; fue silenciada. Estos episodios revelan un bloqueo intelectual que refleja el bloqueo físico. No solo se restringen la tierra y el movimiento palestinos, sino también la producción, circulación y legitimidad del conocimiento palestino.

 

AM

¿Qué pueden hacer hoy las academias europeas y estadounidenses para apoyar de manera más efectiva a las universidades y académicos palestinos?

IH

Hay muchísimo por hacer, de manera urgente, colectiva y con claridad moral. En mi opinión, no debería tratarse solo de una reacción a la guerra genocida actual, sino de una respuesta a décadas de supresión e invisibilización intelectual de los palestinos. Esto nos recuerda que la violencia contra los palestinos no es nueva: solo entre enero y septiembre de 2023 murieron más de 223 palestinos, y según un informe de la UN OCHA, 6.412 palestinos murieron en los veinte años previos a los ataques actuales. El conflicto en curso debe entenderse como una escalada de una violencia continua que persiste al menos desde la Nakba, con las hostilidades recientes atravesando los límites impuestos por la censura en los medios internacionales, que también alcanza al ámbito científico.

A nivel institucional, las universidades de Europa y América del Norte deben reconocer el escolasticidio como un fenómeno real y en curso, no simplemente como un daño colateral. Deberían:

1. establecer alianzas formales con universidades palestinas para ayudar a reconstruir infraestructura, intercambiar planes de estudio y ofrecer módulos de enseñanza remotos o híbridos;

2. ofrecer estadías de investigación, becas y apoyos académicos específicamente dirigidos a docentes y estudiantes palestinos, con regímenes de visado flexibles y apoyo para quienes no pueden viajar fácilmente;

3. aplicar boicots académicos cuando sea necesario: hay universidades cómplices de la ocupación o de la infraestructura de la violencia (la Declaración de Uppsala, por ejemplo, insta a investigadores e instituciones a reconsiderar inversiones y asociaciones con organizaciones que sean cómplices o contribuyan a la violencia sistémica);

4. impulsar cambios de política: colectivamente, las instituciones académicas tienen peso político. Pueden presionar a gobiernos, financiadores y organismos internacionales para garantizar la reconstrucción humanitaria y educativa, el apoyo a programas de becas y la protección de los académicos palestinos.

A nivel individual, cada investigador tiene un rol que cumplir: codirigir una tesis, apoyar una postulación a un subsidio, ofrecer un curso extracurricular virtual o dar visibilidad a trabajos académicos silenciados. La solidaridad que construyamos ahora puede ayudar a reconstruir algo más que edificios: puede reconstruir comunidades, esperanza y la base intelectual del futuro de Palestina.

 

AM

Por último, ¿cómo sostienes la esperanza, en lo personal, como científico y como palestino?

IH

La respuesta es simple. Como palestinos en Gaza, Cisjordania y la diáspora, que cargamos el peso de una pérdida colectiva a lo largo de cuatro generaciones, no podemos darnos el lujo de perder la esperanza. Como científico en formación, veo al conocimiento mismo como un acto de resistencia. Cada experimento que realizo, cada artículo que escribo, cada investigador con el que colaboro es un pequeño acto de sanación y reconstrucción. El reconocimiento moral del mundo hacia los palestinos creció en los últimos dos años, pero no debemos ser vistos solo como víctimas. Los palestinos son académicos, científicos, artistas y soñadores. Esa verdad no puede ser borrada.

 

Notas

 
1 Alberto Mazzoni es profesor asociado de bioingeniería en la Scuola Superiore Sant’Anna de Pisa, Italia.

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