Felipe Portales
La situación de los trabajadores se agravó aún más en 1921 cuando el Gobierno de Alessandri “comenzó a usar
los típicos instrumentos de represión, incluyendo allanamientos policiales, cateos, arrestos y violencias para
subyugar a un movimiento obrero que se negaba a respetar la voluntad de su ‘padre’” (Peter DeShazo.- Urban
Workers and Labor Unions in Chile; The University of Wisconsin Press, Madison, 1983; p. 188). A ello se
sumaron las iniciativas patronales para responder a las huelgas con lock-outs, es decir, con despidos colectivos
de trabajadores.
Así, la represión se expresó en Viña del Mar y Valparaíso en el invierno de ese año con ocasión de una huelga
de cerca de 2.000 trabajadores de la Compañía Chilena de Tabacos que, luego de dieciocho días, suscitó una
huelga de respaldo de la International Workers of the World (IWW), de la Federación Obrera de Chile (FOCH) y
de la mayoría de las federaciones anarco-sindicalistas. Como resultado de ello las actividades en Valparaíso y
Viña cesaron y el Gobierno envió tropas adicionales a dichas ciudades y un choque entre huelguistas y la
policía dejó un trabajador muerto. Y luego de cinco días de huelga general “finalmente el Intendente de
Valparaíso medió un acuerdo entre los trabajadores y la Compañía Chilena de Tabacos que elevó los salarios
pero sin reconocer a la FOCH” (Ibid.; p. 189).
Asimismo, cuando los conductores y choferes de tranvías de Santiago llamaron a una huelga el 18 de julio, la
compañía despidió a todos los miembros de la FOCH y “la policía condujo los carros y protegió a todos los
trabajadores que permanecieron trabajando. Y pese a las amenazas de un paro general de la FOCH, la huelga
rápidamente colapsó y cerca de 400 fochistas quedaron sin trabajo” (Ibid.). Pero el golpe mayor lo recibieron
ese año los trabajadores portuarios afiliados a la IWW que incluso llegaron a perder el sistema de “redondilla”
por el cual la organización de los trabajadores portuarios asignaba equitativamente los contingentes de
trabajadores a las labores requeridas cada día “entre todos los trabajadores portuarios de manera que
ninguno fuera dejado fuera del trabajo por largos períodos de tiempo” (Ibid.; p. 24). Fue tal la presión con
amenazas de lockouts de las asociaciones de empleadores de los diversos puertos del país que “Alessandri
finalmente promulgó un decreto aboliendo la redondilla el 24 de octubre, sólo pocos días después de que el
Gobierno había prometido preservarla” (Ibid.; p. 191).
Este éxito empresarial fue acompañado de la creación de la Asociación del Trabajo el mismo mes de octubre;
una organización que agrupó a muchas de las más grandes empresas y organizaciones de empleadores del
país, y cuya declaración de principios planteaba que su objetivo “es la defensa por la unión, de todos los
patrones contra las imposiciones irritantes e injustas de los obreros que obedecen a federaciones” (Arturo
Olavarría Bravo.- La Cuestión Social en Chile; Impr. Fiscal de la Penitenciaría; Santiago, 1923; p. 26); y que
planteó una política rompehuelgas y de persecución a quienes las propiciaban: “La Asociación lo informará a
Ud. respecto de los antecedentes de las personas que Ud. desee u ocupe en sus labores (…) ¿Sus obreros se
han declarado en huelga? Comuníquelo Ud. inmediatamente a la Asociación del Trabajo; en el día pasará un
empleado de la misma a visitarlo, con el que se concertarán todas las medidas necesarias para: 1° Proveerlo de
empleados u operarios aptos y competentes; 2° De elementos de transporte para la recepción o reparto de
mercaderías; 3° De personal de control para los talleres y carros, a fin de que los trabajos se efectúen en orden
y sin tropiezos; 4° De los elementos necesarios para impedir, ya sea en los talleres o en la calle, que sus
operarios fieles sean molestados por torpes amenazas o desvío del cumplimiento de sus obligaciones. Tal es el
programa que se propone realizar la Asociación del Trabajo y que sin duda lo conseguirá si Ud. ingresa en ella”
(Ibid.; pp. 27-8).
Además, los Estatutos de la Asociación señalaban los siguientes beneficios para sus miembros: 1) Defensa de
sus intereses por medio del esfuerzo conjunto, la propaganda y el estudio de los problemas que afectaban al
trabajo; 2) Mantenimiento de una lista negra para toda la asociación, lo que permitiría la contratación exclusivamente de aquellos obreros y empleados cuya lealtad estuviese garantizada por anticipado; 3)’Mediación’ inmediata en caso de conflicto; y 4) Representación de sus intereses ante las autoridades públicas” (James Morris.- Las élites, los intelectuales y el consenso; Edit. del Pacífico, Santiago, 1967; p. 168). Y la postura antisindical de la Asociación era tan fuerte que sólo permitía actividades mutualistas de los trabajadores, con exclusión de toda “presentación de demandas a los patrones” (Ibid.).
Y la política de lockouts de la Asociación fue muy efectiva: “La historia fue la misma en casi todas partes.
Cuando los despidos ocurrían, los hombres y mujeres sindicalizados eran los primeros en irse. A menudo les
seguían la disminución de los salarios y el establecimiento de sindicatos creados por las empresas. Sólo en la
industria de imprentas y de tejas y adoquines afiliados a la IWW los trabajadores tuvieron éxito en derrotar los
lockouts y ganar ulteriores beneficios” (DeShazo; p. 193).
Asimismo, “el éxito de la contraofensiva empresarial de 1921 a 1923 se debió en parte al empeoramiento de
las relaciones entre Alessandri y las grandes federaciones laborales. Después de julio de 1921, los trabajadores
no pudieron contar más con la ayuda o siquiera la neutralidad del régimen de Alessandri. La policía y
carabineros recibieron luz verde para reprimir las manifestaciones y llevar adelante sus tradicionales
actividades en contra de los sindicatos” (Ibid.).
Por otro lado, como resultado de la crisis económica mundial, llegaron a Santiago en 1921 más de 20.000
trabajadores desempleados del salitre; y su mantención en albergues gubernamentales en condiciones
deplorables constituyó otra grave fuente de fricción. Así, estos participaron en múltiples mítines de protesta
organizados por la FOCH. “En una de estas ocasiones, el 23 de noviembre de 1921, una multitud de varios
miles de desempleados (…) marcharon por calle Santa Rosa hacia los límites de la ciudad al fundo de Eliodoro
Yáñez para unirse a los campesinos que estaban en huelga allí. Setenta carabineros a caballo bloquearon su
camino y abrieron fuego, matando a un trabajador e hiriendo a varios otros. Los tranviarios afiliados a la FOCH
efectuaron un paro de protesta el 25 y en represalia la policía allanó la sede central de la FOCH.
Posteriormente, hubo violentos enfrentamientos entre los residentes de los albergues y la policía, que actuó
con órdenes de buscar armas y de limitar los desplazamientos de los trabajadores” (Ibid.; p. 194).
Y es impresionante, al contar aquel conflicto en sus Memorias, la mala disposición demostrada por Alessandri
hacia los trabajadores: “Desde el 23 de noviembre hasta el 28 del mismo mes del año 1921, don Eliodoro
Yáñez, dueño del fundo ‘Lo Herrera’, tuvo dificultades graves con sus trabajadores, por cuya razón hubo de
despachar unos cuantos, que vinieron a solicitar amparo y ayuda a sus compañeros de los albergues, para
dirigirse a ‘Lo Herrera’ y asaltar las casas. El Ministro del Interior, don Ismael Tocornal, en cumplimiento del
deber de defender las personas y sus bienes, ordenó a la fuerza pública que impidiera la salida de los obreros
que iban a realizar un crimen. Hubo en las afueras de Santiago un choque entre la policía y los obreros. Resultó
de ese choque un muerto, que desearon sus compañeros enterrar con gran pompa y solemnidad, fijando un
recorrido contrario al establecido por la autoridad, circunstancia que motivó la postergación del sepelio del
fallecido. De orden del Director de Sanidad, tratándose de un cadáver en franca descomposición en el edificio
de la Federación Obrera en calle Tenderini, la policía extrajo a la mañana siguiente el cadáver del obrero y lo
llevó al cementerio. Por la tarde hicieron una romería de poca importancia los compañeros del fallecido, y
quedó así terminado el incidente” (Arturo Alessandri.- Recuerdos de Gobierno, Tomo I; Edit. Nascimento,
Santiago, 1967; p. 78).
Posteriormente, “durante la huelga del carbón de enero-marzo de 1922, Alessandri envió tropas a la zona de
Lota y Coronel, y permitió que los empleadores formaran comités de vigilancia armados. Su respuesta a la
huelga general del 10 de febrero (convocada por la FOCH) fue básicamente la misma que la de sus
predecesores: Santiago se convirtió en un campamento armado. El 11 de febrero, un joven fue muerto por la
policía mientras trataba de parar un tranvía en Santiago. Otra manifestación de residentes de albergues en
mayo resultó en la muerte de un trabajador y en la herida de varios otros por la policía” (Ibid.). Y “Carabineros
fue crecientemente colocado al servicio de los empleadores como rompehuelgas en Santiago en 1923” (Ibid.).
Incluso cuando en marzo de ese año “Alessandri personalmente dirigió a la policía al disolver una multitud que
protestaba por un alza en las tarifas de los tranvías, los trabajadores involucrados lo insultaron furiosamente”
(Ibid.).
De este modo, de acuerdo a DeShazo, “los trabajadores pronto aprendieron que Alessandri ya no deseaba
tomar en consideración sus reivindicaciones ni resolver sus conflictos con los empresarios” (Ibid.). Y que,
consecuentemente, “su apoyo de la clase trabajadora quedó reducido y que cualquier plan que él y la Oficina del Trabajo hubiesen tenido en conformar un movimiento laboral reformista y controlable se desvaneció” (Ibid.).











