por Franco Machiavelo
Las elecciones presidenciales, en apariencia, prometen cambio, participación y soberanía popular. Sin embargo, detrás del espectáculo mediático, de los debates cuidadosamente coreografiados y de los rostros renovados, se esconde un mecanismo perverso de control social. Se genera un fetichismo de pertenencias, donde la ciudadanía se identifica con partidos, candidatos o símbolos como si su lealtad pudiera transformar la realidad. Se crea una conciencia falsa, una ilusión de poder que anestesia la capacidad crítica y sustituye la acción directa por la espera pasiva de un salvador electoral.
En la superficie, los programas y discursos parecen distintos; en la práctica, los grandes intereses económicos, la perpetuación del modelo neoliberal y la defensa de las estructuras de poder permanecen intactos. Lo que se vende como “alternativa” no es más que un continuismo depredador, que mantiene intacta la lógica clasista y excluyente contra los más vulnerables. Las promesas se convierten en esperanza estéril, un opio que adormece la rebeldía y desvía la lucha real hacia urnas que legitiman lo que debería cuestionarse.
Este encandilamiento electoral funciona como una máquina de consenso invisible: mientras se debate sobre nombres y slogans, se evita que la gente cuestione de raíz las relaciones de poder, la desigualdad estructural y la concentración de riqueza. La democracia representativa se convierte en un espectáculo que domestica y neutraliza, disfrazando la perpetuación del sistema como participación activa.
Es hora de despertar del encandilamiento. La salida no está en las urnas, sino en la construcción de democracia horizontal, participativa y desde abajo, donde la comunidad, la organización popular y la solidaridad se conviertan en motores de transformación real. No más fetiches, no más esperanza vacía: arriba los que luchan, los que se niegan a dormir mientras el mundo se organiza para el beneficio de unos pocos.











