Inicio Nacional ¡¡ La clase defiende la clase !!

¡¡ La clase defiende la clase !!

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por Franco Machiavelo
 
Cuando uno mira con calma —y también con rabia— la historia política reciente de Chile, la pregunta no es por qué traicionan, sino a quién son realmente leales. Y ahí aparece la verdad incómoda: no hay traición cuando cada uno defiende exactamente los intereses de la clase a la que pertenece.
 
Por eso Frei, Kast, Kaiser, Evelyn Matthei y la derecha completa no se contradicen: ellos nunca han ocultado su proyecto, nunca han pretendido representar al pueblo trabajador, nunca han prometido desmontar el orden económico heredado de la dictadura. Al contrario: lo administran con orgullo, lo perfeccionan y lo blindan. Ellos defienden a su clase —a la minoría que concentra la riqueza— con disciplina casi militar. Ellos sí entienden que el poder económico necesita un poder político dócil, alineado, dispuesto a proteger sus privilegios incluso a costa de la vida, los derechos y la dignidad de millones.
 
Lo más doloroso viene después: ¿quiénes son los que sí prometieron defender al pueblo y no lo hacen?
Son aquellos que se autoproclamaron “progresistas”, “centristas”, “renovadores democráticos”, “modernos”, pero que al llegar al poder terminaron convertidos en administradores eficientes de un modelo que dijeron combatir. Son los que transformaron la política en gestión empresarial; los que hablaron de justicia social mientras firmaban tratados y pactaban con las élites; los que vaciaron de contenido las palabras “cambio”, “transformación”, “derechos sociales”.
 
Son los mismos que, en lugar de construir poder popular, domesticaron la rabia justa del pueblo, convirtiéndola en trámites, mesas técnicas, comisiones eternas y leyes descafeinadas.
Los mismos que se acobardaron frente a los poderes fácticos, que bajaron la cabeza ante los grupos económicos, que dejaron intactas las AFP, el negocio del agua, la tercerización de la vida y la represión en los territorios.
Los mismos que criminalizan la protesta pero se arrodillan ante los directorios empresariales.
Los mismos que se dicen herederos de las luchas populares, pero viven obsesionados con no incomodar a los dueños del país.
 
Mientras la derecha actúa como un bloque de hierro defendiendo su proyecto histórico, los que deberían defender al pueblo se comportan como administradores culposos del neoliberalismo, temerosos de romper el orden, siempre agradecidos ante la élite que les permite gobernar un ratito mientras no molesten demasiado. Esa es la verdadera traición: la traición de quienes sí prometieron ponerse del lado del pueblo, pero acabaron reforzando el mismo modelo que reproduce desigualdad, concentración de riqueza y disciplinamiento social.
 
Porque cuando los que dicen representar al pueblo se pliegan al orden dominante, la dominación se vuelve más sofisticada, más silenciosa, más profunda. Ya no necesita tanques: basta con partidos convertidos en oficinas técnicas, líderes obsesionados con la respetabilidad institucional, y discursos llenos de palabras vacías que anestesian en lugar de emancipar.
 
La derecha defiende su clase.
¿Quién defiende al pueblo?
La respuesta es brutal: solo el propio pueblo.
Cuando crea sus espacios, cuando recupera su voz, cuando deja de delegar lo que le pertenece. Cuando reconoce que el poder no se pide: se construye.
 
Porque el día en que el pueblo vuelva a organizarse sin pedir permiso, el día en que recupere la fuerza colectiva que las élites temen, ese día se derrumbará la mentira de que este modelo es inevitable.
Y entonces, como siempre en la historia, quedará claro que la dignidad nace desde abajo —jamás desde los salones alfombrados donde la élite se protege entre sí.
 
Arriba los que luchan.
A crear poder popular.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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