por Patricio Arenas
Paris Francia
Un partido político no existe para dar testimonio de su virtud, sino para conquistar el poder y conservarlo. La crisis actual de la izquierda francesa puede resumirse en esa verdad elemental. A medida que se acerca la elección presidencial de 2027, la cuestión ya no es solamente quién encarnará su candidatura, sino qué izquierda pretende todavía hablar en nombre de las clases populares, de los asalariados precarizados y de una promesa de transformación social que desde hace años oscila entre la desfiguración y la impotencia.
Las elecciones municipales de marzo de 2026 han reactivado ese debate. No porque ofrezcan una respuesta concluyente, sino porque han puesto de relieve la fractura central de la izquierda francesa contemporánea: por un lado, una izquierda de gobierno local, arraigada, administradora, capaz de conservar ciudades y de tejer alianzas territoriales, y finalmente neoliberal; por otro, una izquierda de vocación nacional, más apta para polarizar el conflicto social que para construir una implantación municipal duradera.
A primera vista, las municipales parecen haber beneficiado al Partido Socialista. Y sería absurdo negarlo. Aun debilitado en el plano nacional, el socialismo francés conserva algo que ninguna otra fuerza de izquierda posee en igual medida: una geografía del poder. Alcaldes, concejales, ejecutivos locales, redes militantes y hábitos de gestión forman un aparato territorial heredado de décadas de institucionalización. En ese terreno, el PS sigue siendo la principal fuerza de la izquierda.
Pero conviene no equivocarse de escala. En Francia, las municipales no pueden leerse como una presidencial en pequeño. Su lógica es distinta. El propio repertorio oficial del Ministerio del Interior distingue entre listas socialistas, comunistas, ecologistas o de La Francia Insumisa, pero también entre “unión de la izquierda” e “izquierda diversa”. Una parte importante del voto progresista se agrupa, por tanto, en coaliciones municipales cuya lógica es territorial antes que doctrinal. De ahí que resulte engañoso sumar mecánicamente los votos del PS, de LFI, de los Ecologistas y del PCF como si se tratara de cuatro bloques nacionales homogéneos.
Con todo, la lección principal del escrutinio es clara: el vencedor dentro de la izquierda ha sido el socialismo municipal y su ecosistema de alianzas. Las municipales premian la notoriedad del saliente, la capacidad de gestión, la densidad de los entramados militantes y la aptitud para forjar compromisos pragmáticos entre fuerzas a veces enfrentadas en el plano nacional. En ese juego, el Partido Socialista conserva una ventaja estructural evidente. LFI, más reciente, más vertical y nacionalizada, progresa en algunos espacios, pero no dispone todavía del mismo entramado territorial.
Sin embargo, ese mismo éxito local revela el límite de la lectura socialista de las municipales: una superioridad territorial no equivale a una centralidad presidencial. Desde la implosión del ciclo social-liberal, el socialismo francés ha dejado de aparecer, para una parte decisiva del electorado popular y de los sectores politizados de la izquierda, como portador de una alternativa al orden neoliberal. Ya no se lo percibe como una fuerza de ruptura, ni siquiera como una socialdemocracia robusta, sino como una fuerza de administración adaptativa, hábil en la negociación institucional, pero incapaz de reabrir un horizonte histórico.
Los precedentes presidenciales son, en este sentido, elocuentes. En la primera vuelta de 2017, el candidato socialista Benoît Hamon obtuvo apenas 6,36 % de los votos, mientras Jean-Luc Mélenchon alcanzó 19,58 %. En 2022, la candidata socialista Anne Hidalgo cayó hasta 1,75 %, mientras Mélenchon volvió a rozar la clasificación para la segunda vuelta con 21,95 %. Dicho de otro modo: mientras el PS conserva una musculatura territorial, su capacidad para agregar un bloque electoral nacional se ha erosionado de forma persistente; por el contrario, LFI no domina el poder local, pero sí ha demostrado que puede concentrar en torno a un nombre y a un discurso gran parte del voto de ruptura en la izquierda.
De esa disyunción nace la crisis estratégica actual. Si la izquierda escoge a una figura procedente del socialismo municipal, corre el riesgo de reproducir el divorcio entre respetabilidad local y esterilidad presidencial. Si privilegia a la fuerza que ha demostrado mayor potencia nacional en la última década, corre el riesgo de acentuar las resistencias internas de los sectores moderados, de las élites locales y de quienes prefieren la gobernabilidad sin ruptura a la confrontación con el bloque dominante. El problema no es solamente organizativo: es político e histórico. Remite a dos concepciones distintas de la izquierda.
La primera concibe la izquierda como administración razonable del orden existente, con correcciones redistributivas limitadas, sensibilidad social y cultura de coalición y conversión al liberalismo económico. La segunda la concibe como instrumento de reapertura del conflicto, de reconstitución de un bloque popular y de cuestionamiento más frontal de las estructuras del poder económico y político. La una es fuerte en las instituciones locales; la otra, en la interpelación nacional. La una puede gobernar ciudades; la otra puede todavía hacer creer que otra política es posible. Pero ninguna basta por sí sola.
Ésa es la verdadera enseñanza del momento. A la izquierda francesa no le falta únicamente un candidato; le falta una articulación entre sus dos fuentes de legitimidad. No ha resuelto la tensión entre gestión y transformación, entre anclaje territorial e impulso nacional, entre aparato y movimiento. Mientras esta fractura permanezca abierta, cada victoria local contendrá una derrota potencial en el plano nacional, y cada impulso presidencial se estrellará contra la insuficiencia organizativa de su propia base municipal.
La campaña presidencial de 2027, en ese sentido, ya ha comenzado. No lo hizó con un congreso, ni con una primaria, ni con la aparición de una figura providencial. Comenzó cuando las municipales confirmaron que la izquierda sigue partida entre dos racionalidades difícilmente reconciliables. Una administra el presente; la otra promete romperlo. Una conserva posiciones; la otra aspira a conquistar el poder central.
Pero la conclusión política es más simple que todas las sutilezas tácticas: para ganar, la izquierda necesitará unión. No una unión puramente aritmética, improvisada a última hora para repartir circunscripciones y puestos, sino una unión capaz de articular implantación territorial y fuerza nacional, credibilidad de gobierno y voluntad de transformación, arraigo municipal y horizonte popular. El PS por sí solo no ha demostrado poder ganar una presidencial; LFI por sí sola no ha demostrado poder construir la mayoría política y territorial suficiente para gobernar el país. Si la victoria llega, no vendrá de la hegemonía aislada de una de esas dos izquierdas, sino de su capacidad de construir una estrategia común. Sin esa unión, la izquierda francesa seguirá siendo doblemente insuficiente: demasiado fragmentada para conquistar el poder, demasiado dividida para conservarlo.











