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FIDEL CASTRO: LA GLORIA DE LOS PUEBLOS

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“Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”

Por Esteban Silva Cuadra

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El presente artículo, escrito como homenaje a Fidel Castro Ruz en el centenario de su nacimiento, recoge y sintetiza algunos de los capítulos y reflexiones de un trabajo más extenso que me encuentro escribiendo sobre su legado histórico, político e internacionalista y sobre su vínculo con las luchas de liberación, soberanía y justicia social de los pueblos de Nuestra América, África, Asia y del Sur Global. Estas páginas no pretenden agotar su trayectoria, sino ofrecer una síntesis de sus principales ejes, interrogando su pensamiento desde los desafíos que enfrentan los pueblos del Sur.

El 13 de agosto de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Fidel Castro Ruz. A casi una década de su desaparición física, su figura no es un monumento del pasado, sino un interrogante vigente. Fidel fue mucho más que el conductor de la Revolución Cubana; fue un revolucionario latinoamericano y un estadista mundial cuya vida se entrelazó con las grandes luchas por la descolonización, la justicia social y el socialismo en el Tercer Mundo y el Sur Global. Su pensamiento atravesó el siglo XX y se proyecta con fuerza en el XXI, desafiándonos desde las contradicciones del presente: el guerrerismo de un imperialismo mortífero pero en crisis, la agresión imperialista contra Irán, el conflicto de la OTAN contra Rusia en territorio ucraniano, el genocidio que perpetra el sionismo en Palestina, la ocupación ilegal y colonial del Sáhara Occidental, la persistencia del colonialismo en Puerto Rico, la crisis climática global y la guerra de aranceles de Trump y los TLC en favor de las grandes transnacionales, la ofensiva neoliberal y fascista en América Latina y el Caribe y en el mundo.

Recordar a Fidel no es congelarlo en una imagen mítica, sino interrogar su legado desde nuestras realidades. Su amistad con Salvador Allende demuestra que fue capaz de comprender caminos distintos hacia el socialismo, respetando la vía chilena sin pretender imponer la suya. Esa capacidad de diálogo, sustentada en principios y no en intereses, es la clave de su autoridad moral, una autoridad que se sustentaba en un verdadero «chaleco antibalas» hecho de moral y principios, que explica su influencia continental incluso sobre dirigentes que no compartían plenamente sus posiciones.

Tres conceptos atraviesan y dan sentido a toda la trayectoria de Fidel: el internacionalismo como práctica solidaria sin fronteras, el antiimperialismo como confrontación frontal al dominio de las grandes potencias sobre los pueblos, y el anticolonialismo como lucha permanente contra todas las formas de dominación, ocupación y despojo territorial. Estos tres pilares, profundamente entrelazados, constituyen el eje vertebrador de su pensamiento y de su acción política a lo largo de más de medio siglo.

Internacionalismo y antiimperialismo: los pilares de una vida

La Revolución Cubana, profundamente martiana, adquirió desde su victoria en 1959 una dimensión continental e internacional. La relación entre Fidel y el Che Guevara encarnó esa convicción de que la liberación de Cuba era inseparable de la emancipación de América Latina y el Caribe y el mundo. La figura de Jorge Ricardo Masetti, periodista argentino fundador de Prensa Latina, ilustra esa temprana proyección. Fidel lo envió a Argelia en 1961 para ofrecer solidaridad concreta al Frente de Liberación Nacional, iniciando una política de cooperación que no respondía a intereses económicos, sino a una definición ética: la liberación conquistada solo adquiere sentido cuando contribuye a la libertad de otros pueblos.

Esa solidaridad se institucionalizó en la Tricontinental (1966) y la OLAS (1967), convirtiendo a La Habana en un punto de encuentro de las luchas anticoloniales de África, Asia y América Latina y el Caribe. Fidel, aunque provenía de una revolución armada, supo reconocer que las transformaciones revolucionarias y la construcción del poder popular podían seguir vías institucionales democráticas, como la de Allende en Chile en 1970, o años después con el Socialismo del Siglo XXI del Comandante Hugo Chávez, demostrando un internacionalismo creador y libre de dogmatismos.

El antiimperialismo de Fidel no fue una consigna retórica, sino una brújula política que guió sus decisiones internacionales. Comprendió que el imperialismo no se manifestaba solo en invasiones militares, sino también en el control financiero, la deuda externa, la imposición de modelos económicos y la subordinación cultural. Por eso su lucha fue siempre contra el dominio de Estados Unidos y las grandes potencias, denunciando sin tregua el bloqueo a Cuba, las intervenciones en América Latina y el Caribe y las guerras de agresión en el mundo.

El anticolonialismo, por su parte, fue la matriz desde la cual Fidel leyó la historia del siglo XX. No se limitó a la descolonización formal de los territorios africanos y asiáticos; comprendió que el colonialismo perduraba bajo nuevas formas: ocupaciones territoriales como las de Palestina y el Sáhara Occidental, estatus coloniales como el de Puerto Rico, y relaciones económicas que reproducían la dependencia y el saqueo. Por eso su solidaridad con los pueblos colonizados fue siempre una prioridad estratégica y ética.

De la Sierra Maestra a África y Vietnam

La solidaridad con África fue uno de los capítulos más heroicos del internacionalismo de Fidel. El apoyo a la Revolución Argelina, incluso antes de su independencia en 1962, prefiguró una relación que se extendería a todo el continente. Cuba no condicionó su ayuda a recursos naturales ni ventajas económicas. Su intervención en Angola, culminando en la batalla de Cuito Cuanavale (1987-1988), fue decisiva para derrotar al régimen del apartheid sudafricano, allanando el camino para la independencia de Namibia y el debilitamiento estratégico del racismo institucionalizado. Nelson Mandela reconoció que Cuito Cuanavale fue un punto de inflexión en la lucha por la liberación de África Austral. Para Fidel, las luchas en Angola, Namibia, Sudáfrica y Vietnam eran parte de un mismo proceso: la confrontación contra el colonialismo y el imperialismo, donde la autodeterminación exigía solidaridad concreta.

Fidel convirtió al Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) en una tribuna para denunciar las desigualdades estructurales entre el Norte y el Sur. Como presidente del MNOAL en 1979, defendió en la ONU la necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional, cuestionando las estructuras que condenaban a millones al hambre. Esas demandas resuenan hoy bajo el concepto de Sur Global: democratización de instituciones, reforma financiera, soberanía sobre recursos estratégicos y rechazo a las nuevas formas de colonialismo.

La solidaridad como política de Estado: salud, ciencia y cooperación

Una de las dimensiones más profundas del legado de Fidel fue transformar la solidaridad en políticas concretas. Miles de médicos, maestros y técnicos cubanos llevaron salud y educación a los rincones más pobres del mundo. La creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina y el desarrollo de un polo biotecnológico propio, con vacunas como las contra la meningitis y la hepatitis B, revelan una visión estratégica: la soberanía se defiende también con conocimiento científico.

Durante el Período Especial, Fidel protegió esas capacidades, demostrando que un país pequeño puede ser grande en ciencia, solidaridad y humanidad. Esa política se evidenció durante la pandemia de COVID-19 con el desarrollo de vacunas propias para la inmunización de la población cubana y para su utilización y cooperación con otros países. Más allá de la evaluación específica de cada producto o de las difíciles condiciones económicas en que se desarrollaron, aquella capacidad no surgió improvisadamente en medio de la pandemia: era el resultado de una política científica sostenida durante décadas, que Fidel impulsó personalmente desde los años ochenta.

Tuve la suerte de encontrar por segunda vez al Comandante en Jefe, los días 18 y 19 de octubre de 1999, en un encuentro internacional sobre salud en La Habana. Fidel realizó una extensa reflexión sobre los desafíos de la salud ante el capitalismo depredador, los avances biotecnológicos y la necesidad de garantizar que medicamentos y vacunas estuvieran al alcance de todos los pueblos. Pero lo que más me impresionó fue su extraordinario dominio de las estadísticas, los conceptos médicos y su enorme curiosidad por conocer detalles de pacientes, tratamientos y tecnologías sanitarias. Escuchándolo, quedaba la impresión de que Fidel sabía más de salud pública que todos los ministros y funcionarios internacionales que participamos en aquella inolvidable conversación.

Tres causas pendientes: Palestina, Sáhara Occidental y Puerto Rico

La solidaridad de Fidel con estas tres causas expresa la inconclusa tarea descolonizadora. Para él, Palestina era «la médula del problema de Oriente Medio». Cuba rompió relaciones con Israel en 1973 y mantuvo un respaldo constante a la OLP. De manera análoga, reconoció a la República Árabe Saharaui Democrática en 1980, apoyando su justa lucha en el marco de la descolonización africana. He podido constatar personalmente, tanto en los campamentos de refugiados saharauis como en mis intercambios con mis hermanos del Frente Polisario, el profundo recuerdo y agradecimiento que existe respecto de Fidel y de la formación recibida en Cuba. Para muchos de ellos Cuba no constituye solamente una referencia política y cultural, sino parte de su propia historia personal. Y en Puerto Rico, Fidel recogió la tradición martiana: la independencia de ambas islas formaba parte de una misma batalla. Fidel y Cuba mantuvieron la cuestión puertorriqueña en la agenda de la ONU, defendiendo el derecho del pueblo boricua a la autodeterminación, una lucha que sigue vigente.

Allende, Chávez, Lula y la unidad de Nuestra América

La relación con Salvador Allende es uno de los capítulos más significativos de la historia latinoamericana. Fidel respetó la especificidad de la vía chilena al socialismo, entendiendo que no podía ser un calco de la experiencia cubana. Su visita a Chile en 1971 y la amistad que construyó con Allende sobrevivió a las diferencias estratégicas. Durante aquella visita, Fidel mantuvo un importante encuentro con sectores cristianos comprometidos con la transformación socialista. En aquella conversación Fidel expresó una idea que adquirió gran importancia para la convergencia entre cristianos revolucionarios y marxistas: «me siento aliado de ustedes».

Tras el golpe de 1973, Fidel proyectó la memoria del Presidente mártir en un referente de consecuencia, heroísmo y dignidad y mantuvo una solidaridad inquebrantable con la resistencia a la dictadura de Pinochet.

La primera vez que conocí personalmente a Fidel fue en octubre de 1986, cuando tenía 22 años. Aquel encuentro se prolongó durante toda una noche. En la delegación clandestina de las principales fuerzas de la izquierda chilena que viajó a Cuba estábamos Jecar Neghme, Germán Correa, José Sanfuentes, Sergio Wartenberg, Jaime Cataldo, Jorge Heler y yo. Jecar, vocero del MIR, quien años después sería asesinado por la dictadura, y yo éramos los más jóvenes. Junto a Fidel estuvieron también el recordado comandante Manuel Piñeiro, «Barbarroja», y Armando Campos. Ese encuentro marcó profundamente mi vida y mi compromiso militante.

La llegada de Hugo Chávez a la Presidencia de Venezuela abrió un nuevo ciclo. La relación entre Fidel y Chávez fue extraordinariamente estrecha y fecunda, encontrando un lenguaje común en Bolívar y Martí. La cooperación en salud, como la Misión Milagro, y proyectos de integración como ALBA y Petrocaribe, revitalizaron el sueño de la unidad latinoamericana y caribeña. Fidel apoyó con entusiasmo y solidaridad concreta la Revolución Popular Sandinista que triunfó en Nicaragua en 1979, considerando aquella gesta del FSLN una continuación de las luchas emancipadoras de Nuestra América. Fidel vio también en Lula da Silva y en los nuevos gobiernos progresistas y de izquierda de Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y El Salvador una oportunidad para construir espacios autónomos frente a Washington, como UNASUR y la CELAC.

Fue precisamente junto a Lula, en los años posteriores a la caída del Muro de Berlín, que Fidel comprendió la necesidad de articular un espacio que permitiera a las izquierdas latinoamericanas debatir y construir acuerdos en medio de un escenario adverso. Así nació el Foro de São Paulo en 1990. No se trataba de imponer una línea única, sino de generar un espacio de unidad —unidad en la diversidad— donde partidos y movimientos de distintas tradiciones pudieran encontrarse, reconocerse y trazar estrategias comunes frente al neoliberalismo y el imperialismo. La unidad no era para Fidel una consigna vacía, sino una necesidad histórica y estratégica.

La deuda, el capitalismo depredador y la crisis ecológica

Fidel se identificó profundamente con la visión de «los condenados de la Tierra» de Frantz Fanon, comprendiendo que el colonialismo perduraba bajo nuevas formas de subordinación económica. La teoría de la dependencia encontró en Fidel un interlocutor y un líder político; las reflexiones de Theotônio dos Santos, Ruy Mauro Marini, Vânia Bambirra y André Gunder Frank sobre dependencia, imperialismo y subordinación económica convergieron con muchas de sus preocupaciones sobre la soberanía del Tercer Mundo. En 1985, impulsó un gran encuentro para denunciar la transferencia de recursos de los países pobres a los ricos, cuestionando la legitimidad de un sistema que sacrificaba el desarrollo social.

Fidel el revolucionario y el socialista comprendió que la autodeterminación y la soberanía de los pueblos no podían reducirse a declaraciones formales de independencia política. Exigían, por el contrario, una transformación profunda de las estructuras económicas que perpetuaban la dependencia y el saqueo. Por eso su lucha por la soberanía fue siempre también una lucha por el socialismo, entendido como la única alternativa capaz de devolver a los pueblos el control sobre sus recursos, sus economías y su destino.

Esa batalla se vincula directamente con su advertencia ecológica en la Cumbre de Río de 1992: «Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre». Fidel acuñó el concepto de deuda ecológica, estableciendo una continuidad entre la lucha contra la deuda financiera y la defensa de la vida. Para él, la crisis climática no era un fenómeno natural, sino el resultado del capitalismo depredador, de un modelo de producción y consumo que sacrificaba la supervivencia del planeta en aras de la acumulación ilimitada de riqueza. Enfrentar esa crisis exigía, por tanto, no meros ajustes técnicos, sino una transformación civilizatoria que solo podía ser socialista.

Treinta años después, durante la COP27 en Egipto y en medio de una crisis climática cada vez más visible, resultaba difícil no recordar aquellas palabras. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la desertificación, los incendios, la crisis del agua y los desplazamientos humanos confirman que la cuestión ecológica es inseparable de la justicia social y de las relaciones entre Norte y Sur.

Cuando un revolucionario muere, nunca muere

Cuando Fidel falleció en 2016, escribí que un revolucionario nunca muere. Y diez años después, en su centenario, esa afirmación se mantiene. Fidel está presente en las luchas actuales: en Palestina, en el Sáhara Occidental, en la resistencia por la independencia de Puerto Rico, en la defensa de Cuba y Venezuela, en la lucha contra la deuda y la especulación, en la defensa de los territorios y comunidades indígenas y en la batalla contra la crisis climática. Su legado es un formidable acervo de principios, ideas y propuestas para transformar el mundo. Nos preguntamos hoy qué significan la soberanía, el internacionalismo, la solidaridad entre los trabajadores y los pueblos y el socialismo en un mundo asediado por guerras, saqueos, explotación, genocidios y profundas desigualdades.

Fidel Castro, citando a José Martí, decía que «Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz». Esa sentencia, tan humilde como profunda, encierra la esencia misma de su vida y su obra. No buscó la gloria personal ni la vanidad de los monumentos; supo que la verdadera grandeza reside en la pequeñez de lo colectivo, en la fuerza del pueblo organizado, en la semilla que germina en tierra fértil. Por eso, podemos afirmar con plena convicción que toda la gloria de los pueblos del mundo entero que lucharon y luchan por Otro Mundo Posible cabe en la lucha y el legado del Comandante Fidel Castro Ruz.

En ese grano de maíz está el pueblo, la única fuente de legitimidad y horizonte de emancipación. Por eso, a cien años de su nacimiento, el Comandante sigue presente, y el compromiso con la liberación de Nuestra América y del Sur Global se reafirma como su herencia más viva.

¡Hasta la victoria siempre!                             17 de agosto de 2026 

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