por Franco Machiavelo
El fascismo, por otra parte, históricamente ha mostrado otra cara de la misma crisis: cuando las tensiones sociales aumentan, pueden aparecer movimientos autoritarios que convierten al adversario político en enemigo absoluto, presentan la obediencia como virtud y transforman el miedo en instrumento de dominación.
Pero aquí aparece una de las grandes trampas de la política: confundir el ruido con el conflicto fundamental.
Una sociedad puede pasar meses discutiendo sobre personajes, declaraciones, peleas internas, controversias menores y disputas entre dirigentes, mientras las cuestiones estructurales permanecen prácticamente intactas.
Es como discutir apasionadamente sobre quién mueve las cortinas mientras nadie pregunta quién posee la casa.
En Chile, esta observación resulta particularmente relevante cuando el debate público se concentra exclusivamente en las disputas inmediatas. Las diferencias políticas son reales y algunas son profundas; sin embargo, analizarlas únicamente como enfrentamientos personales puede ocultar factores económicos y sociales más amplios.
La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de cómo la fragmentación de los sectores populares puede facilitar la conservación de estructuras de poder. Pero también enseña algo más incómodo: la unidad no significa necesariamente uniformidad.
Una sociedad democrática puede contener diferencias profundas entre trabajadores, movimientos sociales, organizaciones territoriales, sindicatos, estudiantes, intelectuales y distintas corrientes políticas. Pretender que todos piensen exactamente igual sería reemplazar una forma de dogmatismo por otra.
La verdadera cuestión es comprender qué intereses coinciden, cuáles divergen y cuáles son las consecuencias de esas diferencias.
Porque incluso un ejército perfectamente disciplinado puede caminar con enorme entusiasmo en la dirección equivocada.
La cultura también desempeña aquí un papel fundamental. El poder no se mantiene solamente mediante leyes, dinero o fuerza. También necesita ideas, discursos, símbolos y relatos capaces de presentar determinado orden social como natural, inevitable o eterno.
Cuando alguien dice: «Siempre ha sido así», convendría preguntarse quién se beneficia de que siga siendo así.
Cuando alguien afirma: «No existe alternativa», también conviene preguntar quién tiene interés en convencer a los demás de que imaginar alternativas es una pérdida de tiempo.
Y cuando una sociedad empieza a aceptar la desigualdad como si fuera una ley de la naturaleza, quizá sea necesario recordar que las leyes sociales fueron construidas por seres humanos y, por lo tanto, también pueden ser discutidas y transformadas democráticamente.
El gato que quiere convertirse en león debe dejar de mirar únicamente al ratón.











