Sin Permiso
Miguel Salas
04/07/2026
Noventa años después siguen presentes los acontecimientos que tanta influencia han tenido en la historia de España e incluso de Europa. Se siguen publicando o reeditando estudios y novelas, algunas con un enorme éxito como La península de las casas vacías de David Uclés, y en los debates políticos no faltan referencias a las experiencias de los años 30 del siglo XX. Si noventa años después seguimos hablando de la revolución y la guerra civil es porque todavía tenemos cosas que aprender o, al menos, que reflexionar en la lucha por la emancipación de las clases trabajadoras. Muy diversas son las actividades previstas. La Fundació Andreu Nin ha convocado un acto-debate para el 14 de julio en Barcelona. El 19, la Organización Juvenil Socialista reúne una jornada política, también en Barcelona y, en la misma ciudad, el movimiento anarquista organiza unas jornadas del 10 al 20 de julio. En la comarca de los Monegros (Zaragoza) están convocadas diversas actividades sobre la llegada de la Columna Durruti en julio de 1936.
Hay diferentes enfoques a la hora de conmemorar este aniversario. Hay quien pone el énfasis en la defensa de la república de 1931, o del Frente Popular que había ganado las elecciones en febrero de 1936, o quien sitúa la revolución social como el hecho decisivo en la respuesta al golpe militar. Fue la determinación de las clases trabajadoras quien impidió en amplias zonas la victoria de los militares y fascistas.
Las revoluciones no surgen del vacío. Todas tienen un proceso preparatorio, de acumulación de experiencias de lucha, de crisis económica y/o política, de trabajo paciente del viejo topo que va excavando los cimientos del capitalismo. La república de 1931 concitó las esperanzas del pueblo trabajador, pero muy rápidamente se vieron frustradas por su incapacidad de dar respuesta a las necesidades urgentes: tierra para los campesinos, libertad para las naciones, limpieza del ejército y la magistratura, todos los derechos para las mujeres, mejora de las condiciones de vida de la clase obrera. Desde el día siguiente al 14 de abril de 1931 la reacción empezó a conspirar contra la república. En agosto de 1932 se produjo el primer intento de golpe militar encabezado por el general Sanjurjo. La respuesta de las organizaciones obreras lo hizo fracasar. En 1934, ante la amenaza de un gobierno con las derechas pro-fascistas, se inició un levantamiento obrero y popular en Asturias y Catalunya. La durísima represión, centenares de muertos y más de 30.000 detenidos, anulación de la autonomía catalana y encarcelamiento de su gobierno, llevó el enfrentamiento político y social hasta el límite. La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 fue un nuevo eslabón. Las masas trabajadoras empezaron a exigir los cambios que necesitaban en una oleada de huelgas y ocupaciones de tierras.
La reacción se preparó a conciencia para no perder su poder y sus privilegios. Desde mayo de 1936 era conocida la preparación de un golpe militar. Al gobierno se le dio una lista de 500 militares implicados en la conspiración. Nada se hizo. Cuando llegan las primeras noticias del golpe en el norte de África, el gobierno sigue negando la realidad. Casares Quiroga, presidente del Consejo de ministros, se negó a dar armas al pueblo y declaró la noche del 17 de julio “la acción del gobierno será suficiente para restablecer la normalidad”. Al día siguiente tuvo que dimitir. Quien lo sustituyó, Martínez Barrio, intentó formar gobierno con uno de los golpistas, el general Mola, quien rechazó la oferta. El gobierno de Frente Popular, formado solo con representantes de la pequeña burguesía republicana, temía a los golpistas, pero no menos temía a la revolución. No se puede estar en medio cuando se está jugando el futuro de la democracia y la república. En un primer momento hasta los partidos socialista y comunista se pusieron detrás de esa política, en un comunicado declaran: “el gobierno manda y el Frente Popular obedece”. Mientras en las calles se luchaba contra los militares, el gobierno siguió manteniendo la censura e impidiendo informar sobre el golpe. Durante 40 horas decisivas el gobierno evitó la movilización y el armamento del pueblo. Era una lucha a vida o muerte. El golpista Mola lo dijo sin reservas: “El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares […] Hay que sembrar el terror”.
Tuvo que ser el pueblo trabajador y las organizaciones obreras, con pocas armas, con las que fueron reuniendo en los combates callejeros, poniendo el cuerpo por delante, al margen de las autoridades, ya fuera el gobierno central, la Generalitat o los gobernadores civiles, quienes lograron derrotar al enemigo. En Barcelona, tras duros combates callejeros se logró tomar la Telefónica, allí el dirigente anarquista Durruti arengó a los presentes: “Los trabajadores han conquistado la Telefónica con su sangre y es a ellos a quien pertenece”. Si la república había decepcionado, si el gobierno del Frente Popular ni siquiera les había dado armas, si las clases trabajadoras habían vencido ¿por qué volver atrás? ¿no había llegado el momento de la revolución, de ejercer, de una manera u otra, el poder de la clase trabajadora?
El mundo va a cambiar de base
Y ahí se puso en marcha la inmensa capacidad de iniciativa de la clase trabajadora. Muchos patronos habían huido, sus fábricas pasaron a ser gestionadas por comités obreros o comités sindicales, y no pocas transformadas para las necesidades de la guerra; en las numerosas empresas extranjeras se implantó el control obrero; se colectivizó el transporte público y numerosos gremios se organizaron colectivamente para mejorar el servicio y las condiciones de trabajo; se redujeron los alquileres (un 50% en Madrid y un 25% en Catalunya); se ocuparon las tierras de los latifundistas y se organizó el trabajo colectivo; en Catalunya se despenalizó el aborto. El triunfo de la revolución era quien podía satisfacer las necesidades de las masas y abrir una nueva etapa en el desarrollo de la humanidad.
En su Homenaje a Catalunya, Orwell escribe: “Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. […] Por encima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro, un sentimiento de haber entrado de pronto en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos trataban de comportarse como seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista”.
Estos hechos animaron la movilización antifascista en Europa y en otras partes del mundo, después de la derrota en Italia y Alemania. Las manifestaciones de solidaridad reunieron a centenares de miles de personas, se formaron comités de apoyo y se organizaron las brigadas internacionales para combatir al fascismo en territorio español. Era evidente la repercusión internacional, si se vencía al fascismo en España, esa oleada podría extenderse por Europa y quizás evitar la guerra mundial que ya se anunciaba.
Nunca ha sido fácil el triunfo de una revolución. La de 1936 tenía que derrotar a los militares y fascistas, que era vencer a los latifundistas, a los banqueros y grandes industriales, al ejército y a la iglesia reaccionaria, que contaban con el apoyo de Hitler y Mussolini. Además, entre las fuerzas obreras y revolucionarias no estaba claro el plan para vencer.
La tradición del movimiento obrero y de izquierdas del Estado español nunca fue fuerte en la teoría. Ante el proceso revolucionario aparecieron dos posiciones troncales, quienes apostaron por el mantenimiento de la república con ciertos avances sociales, sin poner en cuestión la propiedad burguesa, representados por el Partido Comunista y el Socialista; y quienes apoyándose en la revolución defendían continuarla para derrotar al fascismo y dejar atrás el capitalismo, representados por el anarquismo, el POUM y sectores de la izquierda socialista. Esas dos posiciones estuvieron enfrentadas y determinaron el porvenir de la revolución y la guerra. La primera, sostenida también por Stalin, apostó por mantener las prerrogativas del estado burgués y enfrentarse a los revolucionarios, incluso con el encarcelamiento y el asesinato, como el de Andreu Nin. La idea de que era posible ganar la guerra sin continuar la revolución, imaginando un apoyo de las democracias a la república, se mostró errónea y sólo causó división y desmoralización.
Los anarquistas, que en mayo de 1936 habían reunido su congreso en Zaragoza, y habían aprobado su plan para la implantación del comunismo libertario, la idea de que podía pasarse inmediatamente del capitalismo al comunismo, sin etapas o procesos intermedios. Sin embargo, mientras la revolución avanzaba en la colectivización de la tierra y de las empresas, la CNT se incorporaba a los gobiernos de Madrid y Barcelona y colaboraba, con grandes contradicciones y resistencia de sus bases, con las políticas de mantener el estado burgués.
El POUM, especialmente a través de sus dirigentes Maurín y Nin, es quien tenía una idea más elaborada de plan revolucionario. Después de la insurrección de Asturias de 1934, Maurín escribió un libro titulado Hacia la segunda revolución en el que analiza las lecciones de esa experiencia y las presenta como un ensayo general hacia un nuevo intento revolucionario. Un texto que en muchas de sus reflexiones sigue siendo de enorme interés para la política actual. En él se define los objetivos de un gobierno obrero y campesino: una unión ibérica de repúblicas socialista; la nacionalización de la tierra, así como de los ferrocarriles, la gran industria, las minas y la banca; el monopolio del Estado sobre el comercio exterior; la municipalización de transportes y servicios urbanos; la jornada de seis horas y la democracia obrera en todos los aspectos de la gestión de las instituciones.
No sólo es historia, es aprendizaje
Una conmemoración no es sólo recordar, y menos aún cuando se trata de un proceso revolucionario, sino una ocasión para debatir sobre sus lecciones, para compartir experiencias y utilizarlas como una escuela de táctica y estrategia para la lucha actual y futura.
Noventa años después muchas cosas han cambiado, pero hay otras que siguen siendo fundamentales. El capitalismo sigue gobernando nuestras vidas, la concentración de poder económico es mucho mayor, seguimos soportando una monarquía, el derecho a la libertad de las naciones sigue sin ser reconocido, la desigualdad social sigue creciendo, el crecimiento de las opciones de extrema derecha y profascistas es una amenaza real para las libertades, como el rearme es una amenaza de guerras actuales y futuras, y por el contrario, la organización y el peso de las organizaciones obreras y revolucionarias es mucho menor que en los años 30.
Vale la pena echar la vista atrás para mirar hacia el futuro. Algunas preguntas a las que hay que encontrar respuestas: ¿Cómo unir fuerzas para combatir a las derechas y extremas derechas? No se trata de mantener lo actual, que no responde a las necesidades de las clases trabajadoras, sino ir a la raíz de los problemas, el capitalismo y su sistema opresor y depredador. A pesar de las dificultades, de la división y de los poderosos enemigos que tenemos enfrente, hay que prepararse, organizarse y pensar en la revolución como el medio para transformar radicalmente la sociedad. Eso no significa pasar al margen de lo realmente existente, elecciones o instituciones, sino utilizarlas para agrupar fuerzas para el objetivo final. Si la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia, la clase trabajadora es quien puede encabezar un movimiento de ruptura con el capitalismo. Para vencer se necesita una teoría y una práctica basada en la experiencia y la conciencia de las clases trabajadoras y, finalmente, una organización abierta, democrática y revolucionaria dedicada a tales tareas.
Como lo demuestran los diversos actos convocados, el interés por la revolución de 1936 es una expresión de la continua búsqueda de cuáles son los medios y herramientas para mejor combatir a la oleada reaccionaria, de las posibilidades de confluencia política y social y de alternativa al sistema capitalista. Noventa años después queremos revivir uno de los lemas de aquella época: UHP (Uníos Hermanos Proletarios… y Proletarias).











