Inicio Historia y Teoria DOÑA HORTENSIA BUSSI, VIUDA DE SALVADOR ALLENDE (I)

DOÑA HORTENSIA BUSSI, VIUDA DE SALVADOR ALLENDE (I)

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por Margarita Labarca Goddard
 
Lo primero que les quiero decir es que era una mujer bellísima, preciosa. Morena, de rasgos finos y unos ojos verdes maravillosos, y se conservó hermosa hasta el fin de su vida. Era profesora de Historia y Geografía titulada en la Universidad de Chile y además había realizado estudios de estadística y trabajó como bibliotecaria en la Dirección de Estadísticas, que era un organismo público encargado de levantar, recopilar y publicar las estadísticas oficiales de Chile.
El primer recuerdo que tengo de doña Tencha es cuando se estaba decidiendo quien iba a ser el candidato  presidencial en la campaña de 1958. Estábamos de observadoras en una reunión y a ella le tocó sentarse a mi lado. Me preguntó ¿Crees que el candidato puede ser Salvador? Y yo: Claro, por supuesto, es lo mejor y lo más justo, etc., etc. Pero ella me contestó “A mí no me gusta, es mucho trabajo, muchos ataques y luchas, mucho dinero que no tenemos…”. Se levantó y se fue. Al parecer, le dejó un recado a su marido diciéndole que se iba con las niñitas a Algarrobo, pues ella manejaba muy bien.
A consecuencia de esto, Allende, ya nombrado candidato, tuvo que ir a almorzar a la casa de mi familia, donde sólo había un plato de lentejas, que se comió gustoso y contento porque era un hombre optimista.
Doña Tencha era una mujer inteligente, instruida y de izquierda. Siempre acompañó a Allende en todas sus campañas pero no le gustaba desempeñar el papel de Primera Dama, en lo cual fue precursora de lo que piensan muchas mujeres de ahora. Su actuación durante la presidencia del Chicho fue discreta, porque no le interesaba lucirse.
El día del golpe militar ella estaba en la casa familiar de Tomás Moro. Allende les dijo a sus hijas que se fueran para allá con la mamá, porque ese era un lugar seguro. Pero por suerte Isabel y Beatriz se encontraron en La Moneda y luego se fueron a otros lugares. Carmen Paz no estaba allí, al parecer. Porque lo primero que bombardearon los aviones militares fue la casa de Tomás Moro. Es que Allende, como hombre de honor que era, no se pudo imaginar semejante vileza. Felizmente a doña Tencha, sus guardias la sacaron de inmediato y ella se salvó por un pelo. Se fue a refugiar a la casa de Felipe Herrera, en esa época presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.
El día 12 de septiembre la encontraron, la detuvieron y la llevaron a Viña del Mar a enterrar el cuerpo de Salvador Allende, muerto durante el asalto al Palacio de La Moneda ordenado por Augusto Pinochet. Asistió al funeral acompañada solo por un sobrino y, aunque vigilada por fuerzas militares, Hortensia Bussi, demostrando su gran valentía, gritó “aquí enterramos a Salvador Allende, presidente de Chile”.
Posteriormente, en 1990, ya terminada la dictadura, se realizó un funeral apropiado para los restos de Salvador Allende. Allí, la señora Tencha pronunció el siguiente discurso:
Hace 20 años el pueblo de Chile elegía, como lo había hecho muchas veces a lo largo de nuestra historia democrática, un nuevo presidente. La voluntad popular se expresó en favor de cambios profundos en lo económico, político y social y Salvador Allende fue electo para llevarlos adelante. Culminaba así una ilustre carrera al servicio de la democracia chilena y de sus trabajadores.
Tres años más tarde, Salvador Allende moría en La Moneda, fiel a su promesa de defender con la vida el cargo que su pueblo le había confiado. Poco después, sería enterrado en una tumba que no podía llevar su nombre y luego, por muchos años, en su propia patria nombrarlo estuvo vedado, salvo para quienes usaban su poder absoluto para difamarlo.
Pero Salvador Allende no murió para su pueblo, ni para el mundo. Su recuerdo pasó a ser sinónimo de consecuencia democrática y valentía moral. Actualmente, en muchos países llevan su nombre calles, plazas, escuelas, bibliotecas. En su patria, los trabajadores, los pobres, los oprimidos, los perseguidos, hicieron de Salvador su bandera. Él es un sentimiento, un ejemplo para la lucha por la justicia, la igualdad y la libertad.
Hoy hemos venido a enterrar a Salvador Allende como presidente constitucional de Chile. Sus restos ya nos son incógnitos y reciben de su pueblo el homenaje que merecen. Por eso, este acto tiene un sentido de reparación y de justicia histórica, pero también de reencuentro y reconciliación. Están aquí sus compañeros, junto a su familia y a huéspedes ilustres venidos de otros países y muchos, que habiendo sido adversarios políticos, le reconocen los valores democráticos a los que dedicó su vida. Así debe ser nuestra democracia, la que aspiramos a reconstruir tras tantos años de sufrimiento.
Pero el reencuentro entre chilenos no se cumplirá mientras muchos de nuestros compatriotas y compañeros sigan en fosas perdidas, sin recibir cristiana sepultura. Los muertos en estos años aciagos, tienen derecho a una tumba con nombre que pueda ser visitada por sus seres queridos.
Chile le debe a todos la mínima reparación que hoy entrega a Salvador Allende.
La verdad y la justicia son los únicos medios para alcanzar la reconciliación. Salvador Allende ya está junto a su pueblo. Nadie podrá impedir ahora que el pueblo venga a este mausoleo en busca de consuelo, de inspiración o simplemente de compañía, en esta tumba no hay restos, sino semillas.
A los jóvenes de Chile que no lo conocieron, pero para los cuales su nombre y su ejemplo tiene aún tanto significado, les digo: aquí está la herencia de un patriota que murió y vivió pensando en Chile y en ustedes.
Agradezco al gobierno democrático de Chile encabezado por su presidente Patricio Aylwin, que nos ha dado tanto apoyo para realizar esta ceremonia y que se ha sumado a ella con generosidad respeto y afecto. El gobierno elegido por todo el pueblo hace algunos meses, es presencia fundamental en un acto como este, que honra a un presidente constitucional a quien este pueblo también eligió y amó. Chile recupera una continuidad democrática perdida y se afirman las bases de una convivencia verdadera.
Agradezco en nombre mío y de mi familia, la actitud de profundo humanismo de la iglesia católica y del señor arzobispo don Carlos Oviedo, que la encabeza. Ella refleja la pasión permanente de la iglesia por hacer renacer el respeto que nunca debió perderse entre hermanos, entre los chilenos.
Agradezco la presencia de tantos queridos amigos que de diversos países han venido a rendir homenaje a Salvador Allende. Ellos son el símbolo de la solidaridad, el estímulo y el apoyo que el mundo nos brindó a todos los chilenos demócratas durante estos difíciles años de dictadura y exilio.
Al darle mis reconocimientos, me excuso de no nombrar a cada uno como lo merecen, pero quiero sintetizar mi afecto saludando a tres ilustres mujeres, que una vez más hoy me acompañan: Danielle Mitterrand, Lisbet Palme y María Esther de Echeverría.
Quiero, finalmente, agradecer a quienes han sido los protagonistas fundamentales en este día, de estos años y de la vida toda de Salvador Allende: los trabajadores y el pueblo de Chile. Gracias, gracias por haberlo mantenido vivo en sus corazones, gracias a ustedes estamos hoy aquí enterrado a Salvador Allende en democracia. El murió pensando en ustedes. Sus últimas palabras fueron de aliento para ustedes: “Trabajadores de mi patria –dijo- tengo fe en Chile y en su destino”. Ese destino lo estamos construyendo hoy en paz y democracia. Salvador Allende estaría feliz de observar cómo al fin, se van abriendo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Muchas gracias.

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