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ENTREVISTA CON EL ECONOMISTA Y ANALISTA POLÍTICO GILBERT ACHCAR: «LAS GUERRAS EN ORIENTE MEDIO SIGUEN GIRANDO EN TORNO AL PETRÓLEO Y AL IMPERIO»

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Por Bashir Abu-Manneh  
 
[En esta entrevista con el editor colaborador de Jacobin, Bashir 
Abu-Manneh, el economista político Gilbert Achcar sostiene que la 
respuesta radica sobre todo en la importancia central de la región en 
la economía petrolera mundial y en las estrategias de las grandes 
potencias que buscan controlarla. Achcar analiza la lógica de la 
intervención estadounidense, los límites de la alianza entre Estados 
Unidos e Israel, la estrategia de Irán en el conflicto actual y las 
consecuencias regionales de la evolución de la doctrina imperial de 
Washington.]
 
Es imposible hablar de Oriente Medio sin hablar de guerra. 
Probablemente sea la región más devastada por la guerra en la era 
posterior a 1945. Solo en la última década y media, muchos 
levantamientos árabes degeneraron en guerras civiles prolongadas. Por 
no hablar de la guerra eterna de Israel contra los palestinos. ¿Por 
qué cree que la guerra es tan frecuente en la región?
 
No cabe duda de que la región de Medio Oriente y Norte de África 
(MO-NA) es, de todas las regiones del mundo, la que ha sido testigo 
del mayor número de conflictos armados desde 1945, con un número 
impresionante de guerras interestatales y expediciones extranjeras. 
Esta última categoría aumentó exponencialmente tras el colapso de la 
URSS, cuando Estados Unidos se sintió libre de intervenir en la región 
a partir de la guerra de 1991 contra Irak. Rusia siguió su ejemplo 
bajo el mandato de Vladimir Putin, a partir de su intervención para 
reforzar el régimen sirio en 2015.
 
La razón de esta prevalencia de la guerra es sencilla: es lo que en la 
región se conoce a menudo como la «maldición del petróleo», el hecho 
de que, desde la víspera de la Segunda Guerra Mundial, se sabe que el 
Golfo y los países limítrofes poseen las mayores reservas de petróleo 
del mundo, de un tipo especialmente rentable debido a su relativa 
facilidad de extracción.
 
El petróleo, o más precisamente los hidrocarburos, teniendo en cuenta 
el gas natural, han estado en el centro de la política de Oriente 
Medio y Norte de África desde el final de la guerra. El enorme interés 
del imperialismo estadounidense en la región, respaldado por las 
grandes petroleras estadounidenses, quedó patente en la famosa parada 
de Franklin Delano Roosevelt en el Mar Rojo en febrero de 1945, a su 
regreso de la crucial Conferencia de Yalta, donde los Aliados 
discutieron la configuración del mundo de la posguerra. A esa reunión 
a bordo del USS Quincy con el rey Abdul Aziz, fundador del reino 
saudí, le siguió la construcción de una base de la Fuerza Aérea 
estadounidense en Dhahran, en el corazón de los principales 
yacimientos petrolíferos saudíes explotados por, la entonces. Aramco 
(originalmente, la Arabian American Oil Company), dominada por Estados 
Unidos y estratégicamente situada para los fines de la Guerra Fría.
 
Una vez llamé al reino saudí el verdadero Estado número cincuenta y 
uno de la Unión Americana, un estatus de facto que ostentaba incluso 
antes de que naciera el Estado israelí. El reino y toda la región del 
Golfo han sido y siguen siendo el centro de la estrategia imperial 
estadounidense en el hemisferio oriental, a pesar de los innumerables 
intentos de burlar el sentido común explicando que «no se trata del 
petróleo» o «no se trata únicamente del petróleo». Al comentar la 
invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003, el expresidente 
de la Reserva Federal Alan Greenspan se preguntaba en sus memorias por 
qué «es políticamente inconveniente reconocer lo que todo el mundo 
sabe: que la guerra de Irak tiene que ver en gran medida con el petróleo».
 
Por supuesto, tratarse del petróleo no significa solo -ni siquiera 
principalmente para Washington- el acceso de Estados Unidos al 
petróleo iraquí o del Golfo. Se trata de controlar la enorme cantidad 
de dinero del petróleo que detienen los Estados del Golfo (sus fondos 
soberanos poseen más de 3 billones de dólares en activos, cerca del 40 
% del total mundial depositado en este tipo de fondos) y beneficiarse 
de su considerable poder adquisitivo, especialmente para financiar el 
complejo militar-industrial estadounidense. También se trata de 
controlar el acceso de otros Estados a los hidrocarburos del Golfo. 
Como acertadamente dijo una vez David Harvey, «quien controla Oriente 
Medio controla el grifo del petróleo mundial y quien controla el grifo 
del petróleo mundial puede controlar la economía mundial, al menos en 
un futuro próximo».
 
Esto también demuestra lo equivocados que estaban muchos de los que 
creían que el auge de la producción de hidrocarburos de esquisto en 
Estados Unidos, junto con el ascenso del poder de China, significaba 
que Oriente Medio había perdido su importancia para Washington. Gran 
parte de este tipo de comentarios engañosos se vertieron sobre el 
famoso «giro hacia Asia» de la administración Obama. Lo que estos 
comentarios pasaron por alto por completo es que controlar el «grifo 
del petróleo» del Golfo es crucial para la estrategia estadounidense 
hacia China, cuyas importaciones de petróleo proceden en 
aproximadamente un 50 % del Golfo. Las actuales empresas conjuntas 
entre las grandes empresas estadounidenses de inteligencia artificial 
y los Estados árabes del Golfo -que han llevado a la construcción en 
la zona de centros de datos de alto consumo energético, aprovechando 
la abundancia de dinero y la energía barata de esos Estados- añaden un 
elemento importante a la importancia general de la región para Estados Unidos.
 
Por último, pero no menos importante, en el caso específico de la 
administración Trump, los considerables intereses creados de las 
familias Trump, Kushner y Witkoff en los Estados árabes del Golfo 
llevan el interés de Washington en la región MO-NA en general y en el 
Golfo en particular a un máximo histórico, lo que se tradujo en una 
intervención militar de Donald Trump allí mayor que en cualquier otra 
parte del mundo.
 
De hecho, Trump forma parte de una larga lista de presidentes 
estadounidenses que utilizan la fuerza militar en Oriente Medio como 
parte fundamental de la estrategia estadounidense. ¿Cuáles son las 
causas inmediatas y los objetivos políticos a largo plazo del ataque 
estadounidense contra Irán? ¿Cómo se explica la política de la 
administración Trump respecto a Irán?
 
Desde que la revolución iraní de 1979 derrocó el régimen del sha, un 
Teherán importante aliado regional de Estados Unidos, se ha convertido 
en una molestosa espina clavada para los Estados Unidos. No obstante, 
las relaciones entre ambos países han pasado por fases contrastadas: 
por extraño que parezca, ha habido fases de cooperación entre 
Washington y Teherán después de 1979. En la década de 1980, Estados 
Unidos e Israel apoyaron el esfuerzo bélico de Irán contra Irak en lo 
que se conoció como el asunto Irán-Contras. En aquel momento, les 
convenía prolongar la guerra entre lo que consideraban dos Estados 
rebeldes que amenazaban sus intereses. Posteriormente, Irán respaldó 
la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 mediante la 
connivencia de sus representantes iraquíes con Washington.
 
Paradójicamente, el ejército estadounidense trajo consigo a esos 
representantes y los instaló en el poder. El resultado fue que Irán se 
convirtió en el principal beneficiario de la invasión, llegando a 
ejercer más influencia sobre Irak que Estados Unidos, una de las 
razones por las que Irak se considera un gran fiasco en la historia 
imperial de Estados Unidos, a la par con Vietnam.
 
El acuerdo nuclear que la administración Obama concluyó con Teherán en 
2015 no impidió que Irán siguiera ampliando su influencia regional, 
impulsada por su intervención en Siria del lado del régimen de Bashar 
al-Assad a partir de 2013 y por la toma del poder por parte de los 
hutíes en el norte de Yemen en 2014. En esta expansión regional, 
Teherán explotó tanto el resentimiento antiisraelí y 
antiestadounidense como la lealtad sectaria chií. Es la principal 
crítica que Trump, Benjamin Netanyahu y las principales monarquías del 
Golfo dirigen a Obama, a quien todos reprochan haber concluido el 
acuerdo nuclear en un momento en que la expansión del poder regional 
de Teherán estaba en pleno apogeo, sin prestar la debida atención a 
limitar dicha expansión. Por el contrario, el acuerdo mejoró la 
situación económica de Irán, lo que facilitó su política regional.
 
Si se tienen en cuenta todas las razones que hemos mencionado, se 
comprenderá el sólido fundamento que hay detrás de la política de 
Trump respecto a Irán. Con la actual ofensiva, espera lograr el 
dominio sobre ese país, lo que completaría y reforzaría enormemente el 
dominio de Estados Unidos sobre el Golfo, así como sobre toda la región MO-NA.
 
Esta guerra parece el sueño hecho realidad de Netanyahu. ¿Son los 
objetivos bélicos de Estados Unidos los mismos que los de Israel o hay 
divergencias significativas?
 
Sin duda, hay tanto convergencias como divergencias. Las convergencias 
son obvias: tanto Estados Unidos como Israel -no solo el Gobierno de 
Netanyahu, sino toda la élite sionista en el poder- quieren poner fin 
al programa nuclear de Irán. Israel considera esta cuestión como una 
amenaza existencial que pone en peligro su actual estatus como único 
Estado con armas nucleares en la región. Washington ve la posesión 
futura, no tan hipotética, de armas nucleares por parte de Irán como 
un importante elemento disuasorio, ya que Teherán podría amenazar con 
bombardear los yacimientos petrolíferos árabes vecinos, lo que 
provocaría un desastre para los intereses estadounidenses y la 
economía mundial. Y tanto Washington como Israel tienen un claro 
interés en reducir la influencia regional de Irán.
 
Ahora bien, también hay divergencias, aunque no sean tan evidentes 
como las convergencias. En términos más generales, casi nunca ha 
habido una coincidencia total entre los objetivos de Israel y los de 
Estados Unidos. Tomemos como ejemplo la primera gran guerra israelí 
que sirvió a los intereses estadounidenses: la Guerra de los Seis Días 
de junio de 1967, en la que Israel asestó un duro golpe a los dos 
Estados árabes que entonces se oponían radicalmente al imperialismo 
estadounidense: Egipto, bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser, y 
Siria, bajo el liderazgo del ala izquierda del partido nacionalista 
árabe Baaz. Israel aprovechó la oportunidad de la guerra de 1967 para 
completar su conquista de toda la Palestina bajo mandato británico, 
desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, principalmente a 
expensas de la monarquía jordana, un fiel aliado de Estados Unidos que 
había estado gobernando Cisjordania tras anexionarla en 1949. Sin 
duda, esto no era algo que Washington deseara.
 
En la actual ofensiva contra Irán, la divergencia se hace más visible 
cada vez que Netanyahu pide un «cambio de régimen» y apoya la 
restauración de la monarquía bajo Reza Pahlavi, el hijo del sha 
derrocado en 1979, mientras que Trump descarta esta última opción, al 
igual que descartó a la líder de la oposición de derecha venezolana, 
María Corina Machado, tras secuestrar a Nicolás Maduro. Compárese la 
postura de Netanyahu con la sincera declaración de Trump a Fox News el 
6 de marzo: «Va a funcionar muy fácilmente. Va a funcionar como lo 
hizo [sic] en Venezuela. Tenemos una líder maravillosa allí. Está 
haciendo un trabajo fantástico. Y va a funcionar como en Venezuela», 
dijo, refiriéndose a la presidenta en funciones Delcy Rodríguez.
 
Trump también dijo que estaba abierto a tener un líder religioso en 
Irán. «Bueno, puede que sí, quiero decir, depende de quién sea la 
persona. No me importan los líderes religiosos. Trato con muchos 
líderes religiosos y son fantásticos», dijo. Y cuando se le presionó 
para que aclarara si insistía en que debía haber un Estado 
democrático, Trump respondió a la CNN: «No, lo que digo es que tiene 
que haber un líder que sea justo [sic] y equitativo. Que haga un gran 
trabajo. Que trate bien a Estados Unidos e Israel, y que trate bien a 
los demás países de Oriente Medio, que son todos nuestros socios».
 
El quid de la cuestión es que, mientras que Netanyahu y toda la élite 
del poder sionista verían con muy buenos ojos el colapso del Estado 
iraní, lo que encajaría perfectamente con su proyecto a largo plazo de 
fragmentar su entorno regional, el colapso y la fragmentación del 
Estado iraní, cuya población está compuesta en casi la mitad por 
minorías étnicas, sería un desastre para los intereses regionales de 
Estados Unidos. Esto se debe a que desestabilizaría enormemente toda 
la región, empezando por los aliados más cercanos de Washington. Estos 
últimos apoyan sin duda el objetivo de Estados Unidos en la ofensiva 
contra Irán, pero, con toda seguridad, rechazan el objetivo de Israel, 
por no mencionar que, como estados despóticos que son, solo pueden 
resentir la hipócrita defensa de Netanyahu de la «democracia» en Irán.
 
Para comprender lo que yo llamé la «vieja-nueva doctrina imperial» de 
Trump, hay que tener en cuenta las lecciones de Irak, que Trump 
observó de cerca. El desmantelamiento del Estado iraquí por parte de 
Washington tras ocupar ese país en 2003 condujo a un caos que facilitó 
el dominio de Irán sobre la mayoría chií árabe del país y la 
propagación de la insurgencia antiamericana entre los suníes árabes, 
que más tarde se transformó en el Estado Islámico de Irak y Siria. La 
conclusión fue que, en lugar del «cambio de régimen» -defendido por 
los neoconservadores que dominaban el Departamento de Defensa durante 
el primer mandato de George W. Bush y que contaban con el respaldo de 
Donald Rumsfeld y Dick Cheney-, Estados Unidos debía imponer su 
voluntad a los regímenes existentes tal y como eran, 
independientemente de su carácter.
 
Se podría decir que, en su segundo mandato, Estados Unidos ha pasado a 
aplicar una versión modernizada de la «diplomacia de las cañoneras» 
del siglo XIX, cuando las grandes potencias imponían su voluntad a los 
Estados más débiles amenazándolos con bombardearlos o, si se mostraban 
recalcitrantes, bombardeándolos realmente. Entonces no se tenía en 
cuenta la naturaleza de los gobiernos, solo la voluntad descarada de 
imponer de forma brutal los intereses imperialistas a los países más débiles.
 
Muchos opositores estadounidenses al ataque conjunto de Estados Unidos 
e Israel contra Irán, en la izquierda, así como la derecha y la 
extrema derecha, lo consideran injustificado, sobre todo porque Irán 
no representa una amenaza inminente para Estados Unidos, y, para 
explicarlo, recurren a la idea de que Estados Unidos está haciendo el 
juego a Israel. La guerra vuelve a poner de relieve la cuestión de si 
Israel y su lobby determinan y distorsionan la política exterior 
estadounidense en Oriente Medio. ¿Cuál es su opinión sobre la alianza 
entre Estados Unidos e Israel y sus causas subyacentes, tanto 
históricas como actuales?
 
Bueno, por lo que he explicado sobre las divergencias entre Washington 
e Israel, debería quedar claro que la cola israelí no mueve al pitbull 
estadounidense. Los dos Estados tienen intereses convergentes en 
golpear a Irán, como están haciendo conjuntamente en la actualidad, 
pero no comparten los mismos objetivos. En cuanto a la tan comentada 
declaración de Marco Rubio diciendo que «Sabíamos que Israel iba a 
actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas 
estadounidenses y sabíamos que, si no les adelantábamos antes de que 
lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas». La verdad es que se ha 
malinterpretado ampliamente.
 
Para entender esa afirmación, hay que tener en cuenta que un elemento 
central de la nueva doctrina de Trump de «cambio de comportamiento de 
un régimen» en lugar de «cambio de régimen» -en las acertadas palabras 
del presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, al 
comentar el acto de piratería de Estados Unidos en Venezuela- es la 
eliminación de los líderes del régimen considerados un obstáculo para 
el cambio de comportamiento. Dado que no era posible ni útil 
secuestrar al líder supremo de Irán, Alí Jamenei, la única opción que 
quedaba era asesinarlo, un arte en el que Israel y su Mossad, el 
equivalente israelí de la CIA, se han convertido en especialistas de renombre.
 
Washington confió entonces en su socio menor para llevar a cabo esa 
tarea. Sabemos, gracias a una investigación realizada por el Financial 
Times, que Israel detectó un momento especialmente propicio el sábado.
 
Cuando la CIA e Israel determinaron que Jamenei celebraría una reunión 
el sábado por la mañana en sus oficinas cerca de la calle Pasteur, la 
oportunidad de matarlo junto con gran parte de los altos mandos de 
Irán era especialmente oportuna….
 
El ejército estadounidense allanó el camino para que los aviones de 
combate israelíes bombardearan el complejo de Jamenei lanzando 
ciberataques que «interrumpieron, degradaron y cegaron la capacidad de 
Irán para ver, comunicarse y responder», según el general Dan Caine, 
presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos.
 
Ahora bien, al afirmar que Israel mueve los hilos de Estados Unidos, 
conservadores como John Mearsheimer, Stephen Walt y el ala del 
movimiento MAGA representada por Tucker Carlson intentan ocultar la 
realidad del imperialismo estadounidense y atribuir sus fracasos al 
lobby israelí, si no a «los judíos», como en el caso de Carlson.
 
El famoso best seller de 2007 de Mearsheimer y Walt señalaba que la 
fallida invasión estadounidense de Irak, como si la administración de 
George W. Bush, muy interesada en el petróleo y plagada de miembros 
del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano que habían presionado a 
Bill Clinton para que llevara a cabo esa invasión, necesitara al lobby 
israelí para aprovechar la oportunidad que le brindaban los atentados 
del 11 de septiembre de 2001 e invadir Irak. Esto en un momento en que 
Irak estaba completamente agotado tras ocho años de guerra con Irán, 
seguidos de doce años de un embargo debilitante y criminal impuesto 
por Estados Unidos. De hecho, Israel habría preferido que Estados 
Unidos atacara a Irán ya en ese momento. Sin duda, le molestó que 
Washington trajera a los representantes de Teherán sobre sus tanques y 
los instalara en el poder en Bagdad.
 
La «relación especial» de Washington con el Estado sionista se debe a 
que considera a este último como un guardián de los intereses 
regionales de Estados Unidos, un aliado militar muy eficaz, capaz de 
suplirlo cuando factores internos le impiden intervenir, o de 
complementarlo eficazmente, como se ve ahora en su ofensiva conjunta 
contra Irán, así como en la anterior ofensiva del pasado mes de junio. 
Cualquier ayuda militar que Washington conceda a Israel no es más que 
una pequeña cantidad en comparación con el gigantesco presupuesto 
militar estadounidense, y sin duda es una inversión muy rentable si se 
compara con el efecto marginal que tendría la misma suma si se 
añadiera a los gastos del Pentágono. En ocasiones, un factor 
ideológico puede reforzar el apoyo de Washington a Israel, como fue el 
caso de Joe Biden, sin duda el más genuino y acérrimo sionista de 
todos los presidentes estadounidenses, y orgulloso de serlo.
 
En respuesta a la agresión estadounidense-israelí, Irán está haciendo 
lo que siempre ha dicho que haría: atacar los intereses 
estadounidenses en la región, incluidos los países del Golfo. ¿Cuáles 
son los objetivos de Irán en esta guerra? ¿Sobrevivirá el régimen 
iraní, tan impopular en su propio país?
 
Los objetivos de Irán al extender la guerra a toda la región son muy 
claros y, de hecho, se han expresado en forma de amenaza mucho antes 
de que comenzara la ofensiva. De hecho, esa es la única baza militar 
de Irán para hacer frente a la ofensiva: además de bombardear a Israel 
y a las fuerzas estadounidenses a su alcance, pretende crear tal 
perturbación en los Estados del Golfo y en sus exportaciones de 
petróleo que ejerza una presión importante sobre la economía mundial y 
sobre estos Estados, lo que a su vez les llevaría a presionar a 
Washington para que detuviera la ofensiva lo antes posible.
 
Es muy posible que el levantamiento popular contra el Gobierno se 
reanude tras el fin de la guerra, pero es difícil imaginar que la 
gente salga a las calles de Teherán bajo las bombas.
 
En cuanto a la supervivencia del Gobierno iraní, no veo actualmente 
ninguna perspectiva creíble de que caiga. Es muy posible que el 
levantamiento popular contra el Gobierno se reanude tras el fin de la 
guerra, pero es difícil imaginar que la gente salga a las calles de 
Teherán bajo las bombas. E incluso si lo hicieran, no existe en Irán 
ninguna fuerza de oposición organizada capaz de derrocar a la 
República Islámica. Ante el levantamiento que comenzó a finales del 
año pasado y se convirtió en el mayor que ha vivido Irán desde el 
levantamiento que derrocó al sha en 1979, el régimen teocrático ha 
demostrado que no dudará en matar a miles y miles de personas para 
asegurar su supervivencia. La única alternativa sería una división de 
las fuerzas armadas iraníes -por ejemplo, entre el ejército regular y 
la Guardia Revolucionaria, el brazo armado específico del Gobierno- 
que condujera a una guerra civil similar a la de Siria. Pero eso es 
precisamente la pesadilla de Washington, aunque sea el sueño dorado de Israel.
 
Esto explica la insistencia de Trump en desear un cambio desde dentro 
del Estado, incluso esperando cooperar con «líderes religiosos» que 
sean receptivos a los intereses estadounidenses. Por ahora, el régimen 
iraní parece haber optado por continuar la confrontación al elegir al 
hijo de Jamenei, Mojtaba, como nuevo líder supremo. Si Trump acabará 
consiguiendo lo que desea o si el régimen iraní se mantendrá firme en 
su postura es algo que nadie sabe por el momento, aunque los indicios 
iniciales apuntan a lo segundo.
 
¿Qué hay de su propio país, el Líbano? Israel no ha dejado de 
bombardearlo desde el 7 de octubre y Hezbolá es una fuerza muy 
debilitada tanto militar como políticamente y ha perdido gran parte 
del apoyo popular que tenía cuando luchó contra Israel en 2006, 
especialmente después de intervenir del lado del brutal régimen de 
Assad. ¿Hacia dónde se dirige Hezbolá?
 
Israel ve a Hezbolá exclusivamente como un representante de Teherán. 
Pero Hezbolá es también un partido de masas que defiende la misma 
mezcla ideológica que Teherán: antisionismo, antihegemonía 
estadounidense, sectarismo chií y fundamentalismo islámico. Esto 
significa que, al igual que en su ofensiva para destruir Hamás, Israel 
está tratando de acabar con Hezbolá mediante una combinación de 
ataques directos, incluida la decapitación del movimiento en otoño de 
2024, con la estrategia de contrainsurgencia probada y comprobada 
llamada «drenar el mar», que consiste en atacar a la base popular que 
apoya al enemigo para que se desprenda de él y, finalmente, se vuelva 
en su contra.
 
La versión israelí de esta estrategia se conoce como la doctrina 
Dahiya, por los suburbios del sur de Beirut (dahiya significa suburbio 
en árabe), densamente poblados por una mayoría chií, que fueron 
fuertemente atacados y en gran parte destruidos durante la ofensiva 
israelí de 2006 contra Hezbolá, junto con otras zonas libanesas de 
mayoría chií y pro-Hezbolá. Esto es lo que Israel está infligiendo 
ahora de nuevo al Líbano, de forma aún más brutal que en 2006 o 2024, 
con la intención de obligar a las fuerzas gubernamentales libanesas a 
coaccionar a Hezbolá para que se desarme. Es difícil predecir cómo 
terminará todo esto, ya que depende en gran medida del resultado de la 
actual ofensiva contra Irán.
 
Permítanme un último comentario al respecto. En su guerra genocida 
contra Gaza, presentada como un ataque contra Hamás, así como en su 
sangriento ataque contra el Líbano dirigido contra Hezbolá, Israel, 
por una de las amargas ironías de su historia, está actuando de una 
manera muy similar a lo que se suele considerar un ejemplo temprano de 
la estrategia de «drenar el mar»: la terrible y brutal represión del 
Imperio Romano o, en el siglo II d. C., de la revuelta judía contra él 
liderada por Simón bar Kokhba.
 
Es como si el Estado sionista estuviera empeñado en imitar a todos los 
opresores históricos de los judíos, desde la antigüedad hasta el siglo 
XX, infligiendo un trato similar a los pueblos de Oriente Medio. La 
«imitación darwiniana» de los que odian a los judíos por parte de los 
sionistas, prevista por el fundador del sionismo político, Theodor 
Herzl, es realmente completa.
 
Bashir Abu-Manneh enseña en la Escuela de Clásicos, Inglés e Historia 
de la Universidad de Kent y es un editor contribuyente de Jacobin.
Traducción, Cesar Ayala
 

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