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EL TOMÁS MORO SOCIAL-UTÓPICO.

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Pepe Gutierrez Alvarez

En un artículo reciente aparecido en VIENTO SUR, Thierry Paquot. se preguntaba sobre en qué medida la lectura de la Utopía de Tomás Moro puede enseñarnos algo sobre las problemáticas a que se enfrenta hoy la humanidad?

Como usted sabe, el relato utópico combina dos momentos, el primero pretende ser una crítica radical de la injusta sociedad en que vive el autor y el segundo describe una sociedad excepcional descubierta por casualidad, como por ejemplo una isla que no se encuentra en ninguna parte.

La primera parte sigue siendo de actualidad. En efecto, Tomás Moro denuncia tres preocupaciones que siguen siendo las nuestras. La primera es la guerra. El mundo sigue estando en guerra, no lo olvidemos: una ONG con base en Estocolmo ha contabilizado 259 conflictos armados entre 1946 y 2014.

La segunda es el crecimiento de las desigualdades entre la minoría de los más ricos y la mayoría de los pobres, que Tomás Moro denunció preconizando la supresión de la propiedad privada y la moneda. La tercera se refiere a la intolerancia religiosa, que sigue estando viva.

Recordémoslo en unas líneas: Thomas More o Moro, (Londres, 1478-Id.1535). Célebre autor de Utopía. Hombre docto como pocos de su tiempo, amigo personal de Erasmo (cuya intervención fue decisiva en la edición de Utopía que recomendó «no sólo por los eruditos, sino también por los hombres públicos más conocidos», aunque se encontraba en una posición muy lejana a la de More), tuvo grandes cargos oficiales en Inglaterra (miembro del Consejo privado del rey, tesorero de la corona y, finalmente, canciller de Inglaterra), iba a dimitir de sus funciones cuando Enrique VIII abrogó el catolicismo. Humanista y católico, More se negó a reconocer el poder espiritual del rey y fue decapitado, convirtiéndose en un Santo y un mártir para la Iglesia católica.

Utopía, considerada por el autor como «una bagatela literaria escrita casi a vuelo de pluma», está inspirada en Platón en el contenido y en las constituciones de los incas en la referencia literaria.

La obra tiene dos vertientes, en la primera se trata de una crítica profunda a las instituciones inglesas de su tiempo, hecha de una forma velada, pero evidente. «Hace un largo análisis buscando el origen de la pobreza, por un lado, en la organización feudal y clerical, poco adecuadas para el mundo moderno y que permiten subsistir a demasiados ociosos, y, por otro, en el desarrollo del capitalismo manufacturero que crea la propiedad agrícola, determina los vallados o deslindes (enclosures) y deja una masa de agricultores reducidos a la mendicidad, deshumanizando en cierto modo las riquezas acumuladas por el trabajo» (Jacque Droz).

La segunda trata de la alternativa que presenta con la palabra utopía (ninguna parte), en Amaurote (ciudad fantasma), etc., pero que se parece a Inglaterra. Utopía es resumida así por Tytlodus, su principal protagonista: «…Es una República de veras. En todos los demás países se habla del bien público, cuando no se preocupa cada cual sino de sus propios intereses, con menosprecio del interés ajeno. Algo muy distinto ocurre en Utopía, donde no hay nada privado. Cada cual se ocupa de los intereses comunes. En los demás países, donde nadie está asegurado contra indigencia y el hambre, cualquiera que sea la riqueza nacional, se ve obligado a cada uno ocuparse de sí únicamente ya descuidar por ello los intereses generales. Pero donde esté en común todo, nadie habrá de temer sufrir hambre en tanto que los almacenes se hallen llenos de géneros alimenticios. Por eso va en provecho de todos ocuparse del bien de la comunidad.

En semejante República es rico todo el mundo, aunque no exista pro. piedad privada. Se mantendrá siempre este régimen social, porque la supresión del orgullo y el dinero ha eliminado para los utopianos las causas de la ambición, del espíritu rebelde y de cuantos vicios provocan en otros países luchas intestinas y guerras civiles, llevando finalmente a la decadencia ya la ruina de naciones e imperios».

La alternativa de More concilia el comunismo con una democracia patriarcal y jerarquizada, donde los cabeza de familia agrupados en un Senado eligen un príncipe vitalicio. El poder espiritual está representado por un clero elegido y escogido entre los letrados, admite «esclavos» escogidos entre los prisioneros y los utopianos culpables de grandes crímenes, pero los concibe de una forma transitoria.

More concede una gran importancia al ocio: «La finalidad de las instituciones de Utopía, escribe, es satisfacer en primer lugar las necesidades del consumo público e individual, después dejar a cada uno el máximo tiempo libre para sacudirse la esclavitud del cuerpo, cultivar libremente su persona y desarrollar las facultades intelectuales para el estudio de las ciencias y las letras. En este desarrollo integral es en lo que se basa la verdadera felicidad». No hace más que raras alusiones al Evangelio (lo que pone en un compromiso a sus exégetas papistas, así para el jesuita Pedro de Ribadeneyra, More «quiso manifestar la perfección de gobierno a que podía llegar una República conduciéndose por las luces de la razón natural y prescindiendo de la divina Revelación. Por ello no es de extrañar que la presente con los extravíos propios de la razón humana cuando camina sin el auxilio de la divina luz» ), e insta al internacionalismo, porque el ejemplo de Utopía necesita ser propagado por el mundo.

Su influencia fue enorme en todos los utopistas ulteriores. No faltó un intento de establecer Utopías. En México se reunieron varios administradores y prelados españoles comandados por Vasco de Quiroga, en Santa Fe «se estableció la comunidad de bienes, el relevo alternativo entre la población rural y la urbana, el trabajo de las mujeres, la jornada de seis horas, la distribución liberal de los frutos de la tierra según las necesidades de los habitantes, el abandono del lujo y de los oficios inútiles y la magistratura familiar electiva» (J. Droz).

La primera edición castellana de Utopía, fue traducida por Francisco de Quevedo, epílogo del P. Pedro de Ribadeneyra (reedición en ZYX, Madrid, 1971; la de Ed. Humanistas, Barcelona, 1983, cuenta con introducción, traducción, notas y ejercicios a cargo de Llátzer Bría Perau).

El cine ha tratado su conflicto con la Monarquía absoluta de manera bastante digna en “Un hombre para la eternidad” (A Man for All Seasons), basada en la obra teatral de Robert Bolt, dirigida por Fred Zinneman e interpretada en los papeles principales por Paul Scofield, Susanna York, Robert Shaw, Orson Welles y Wendy Hiller, una visión que rechaza las interpretaciones reaccionarias que podían corresponderse a su juventud como “martillo de herejes” (así es presentado en la serie “Los Tudor”), y que sitúa a Moro en lúcida madurez “comunista”.

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