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EL NARCOTRÁFICO COMO NUEVO ESPANTAPÁJAROS GEOPOLÍTICO

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por Franco Machiavelo

Nadie puede negar la existencia del narcotráfico.
Nadie puede negar el poder del crimen organizado.
Nadie puede negar el sufrimiento de las víctimas.
Pero precisamente por eso hay que rechazar la manipulación simplista del problema.
Porque una cosa es combatir organizaciones criminales y otra muy diferente es utilizar la existencia del crimen organizado para construir una arquitectura militar continental.
El narcotráfico tiene una dimensión económica.
Tiene bancos.
Tiene lavado de dinero.
Tiene empresas pantalla.
Tiene corrupción.
Tiene puertos.
Tiene rutas comerciales.
Tiene consumidores.
Tiene mercados.
Tiene abogados.
Tiene intermediarios.
Tiene estructuras financieras.
Y, sin embargo, resulta mucho más cinematográfico mostrar soldados con fusiles que investigadores siguiendo el dinero.
La cámara ama el uniforme; la corrupción financiera ocurre fuera de cuadro.
Qué coincidencia tan conveniente.

¿POR QUÉ EL SUR DEBE PONER LOS MUERTOS Y EL NORTE LAS REGLAS?
Existe una pregunta incómoda que el continente no debería dejar de formular:
¿Por qué los países latinoamericanos deben cargar fundamentalmente con la militarización de un fenómeno cuya dimensión económica atraviesa todo el hemisferio?
Si existe un mercado consumidor gigantesco en el Norte, ¿por qué la solución aparece tantas veces diseñada desde el Sur?
Si existe lavado de dinero internacional, ¿por qué la discusión se concentra tanto en las fronteras?
Si existen redes financieras transnacionales, ¿por qué la respuesta se presenta fundamentalmente como una cuestión militar?
La pregunta no pretende absolver a los gobiernos latinoamericanos ni negar sus responsabilidades.
Pretende algo más elemental: 

EL IMPERIO NO SIEMPRE ORDENA: A VECES INVITA
Esta es quizá la parte más sofisticada del problema.
El imperialismo contemporáneo puede funcionar mejor cuando no parece imperialismo.
Cuando invita.
Cuando ofrece cooperación.
Cuando proporciona tecnología.
Cuando organiza reuniones.
Cuando habla de socios.
Cuando promete seguridad.
Cuando utiliza la palabra “alianza”.
Porque el dominio más estable no es aquel que obliga constantemente.
Es aquel que consigue que los subordinados perciban su subordinación como una oportunidad.
El látigo es primitivo; la dependencia voluntariamente aceptada es políticamente mucho más eficiente.
Y aquí aparece la vieja pregunta materialista:
¿Quién posee los recursos, quién controla la tecnología, quién produce la inteligencia, quién dispone de la superioridad militar y quién establece las reglas del juego?
Porque entre Estados formalmente iguales pueden existir relaciones materialmente desiguales.
Y cuando existe una desigualdad gigantesca de poder, la palabra “alianza” merece ser examinada con microscopio.

LA HEGEMONÍA ES TAMBIÉN UNA BATALLA POR EL SENTIDO COMÚN
La dominación no se mantiene solamente mediante la fuerza.
También necesita construir sentido común.
Necesita convencer al ciudadano de que determinada relación internacional es inevitable.
De que determinada potencia debe dirigir.
De que determinadas amenazas son universales.
De que determinadas respuestas son técnicamente necesarias.
De que no existe alternativa.
Entonces aparece la frase más peligrosa de toda política:
“No hay otra opción”.
Porque cuando un pueblo deja de imaginar alternativas, la hegemonía ya ha ganado una parte fundamental de la batalla.
La verdadera independencia comienza precisamente cuando una sociedad recupera la capacidad de decir:
“Podemos cooperar sin someternos.”

CONTRA EL IMPERIALISMO, NO CONTRA LA COOPERACIÓN
Criticar el Escudo de las Américas no significa defender el narcotráfico.
No significa defender a las organizaciones criminales.
No significa rechazar toda cooperación internacional.
No significa aislar a América Latina.
Significa formular una exigencia mucho más radical:
que América Latina coopere desde la dignidad y no desde la subordinación.
Que la lucha contra el crimen organizado no sea utilizada para construir nuevas dependencias.
Que la seguridad no sea una puerta trasera para ampliar tutelas geopolíticas.
Que la cooperación militar tenga límites democráticos.
Que los acuerdos sean transparentes.
Que exista control parlamentario.
Que se protejan los derechos humanos.
Que la inteligencia compartida esté sometida a reglas claras.
Que ninguna potencia extranjera pueda convertirse en árbitro permanente de las amenazas latinoamericanas.

EL CONTINENTE NO NECESITA UN PADRE
América Latina no es un adolescente geopolítico esperando que Washington le explique cómo comportarse.
Tiene Estados.
Tiene pueblos.
Tiene instituciones.
Tiene recursos.
Tiene historia.
Tiene inteligencia.
Tiene Fuerzas Armadas.
Tiene universidades.
Tiene científicos.
Tiene policías.
Tiene jueces.
Tiene diplomáticos.
Tiene una experiencia histórica extraordinariamente rica.
Lo que muchas veces ha faltado no es capacidad.
Ha faltado autonomía coordinada.
Y esa es precisamente la posibilidad que el continente debería recuperar.
No una América Latina aislada.
Una América Latina capaz de relacionarse con Estados Unidos, China, Europa, África y Asia sin convertir ninguna relación en dependencia absoluta.
Porque la independencia verdadera no consiste en cambiar un amo por otro.
Consiste en dejar de necesitar amos. 
 
 
 

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