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El hoy frente al ayer, ‘carrete’ versus bohemia

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Cada generación recuerda su ‘bohemia’,  o su ‘carrete’. La mía recuerda esta, y sigue añorándola. Cosas de viejo, dirá usted. Sí, es verdad, cosas de viejo

Óscar Valdés, ‘Chaflán’ Valdés, Premio Municipal de Periodismo mención Deportes (Valparaíso, año 2004),  no sólo es un viejo y querido amigo, sino también un excelso profesional de las comunicaciones… uno de aquellos insobornables redactores de la verdad sin tapujos ni fronteras. Además, porteño flor y flor, demócrata hasta el último poro y wanderino a morir.

Pero, lo que interesa en esta nota es que también posee una vasta experiencia en la noche porteña del pasado reciente, como yo la poseo en la noche santiaguina de la misma época. Por eso, nuestras charlas, allá en Olmué y Valparaíso, o acá en Coltauco, han sido enjundiosas, sabrosas y nostálgicas. A veces con lágrimas. Leyendo estas líneas, usted se enterará por qué.

Para quienes sobrepasaron el medio siglo de vida, ir hoy al cine dista mucho de lo que significaba ese hecho hace cuatro o más décadas. Actualmente una velada en un cine de las grandes cadenas como Cinemark y CineHoyts –a pesar de los innegables avances tecnológicos- se difumina en la compra de voluminosos ‘tarros’ de palomitas de maíz y bebidas cola, sonido potente y tercera dimensión. Quienes vivimos el cine de antes, no sentimos hoy el mismo cosquilleo que experimentábamos ayer. Antes había una especie de ansiedad no muy sana por lograr ver artistas y películas de enorme calidad.

Convengamos que hace algún tiempo los filmes que llegaban a nuestro lejano país no eran muchos cada año, hoy en cambio, las productoras cinematográficas se cuentan por cientos y las películas por miles. Además, usted puede ver filmes sin moverse de su casa a través de su ordenador e internet. Se perdió esa gracia inigualable de obligarse cada domingo a asistir a la matiné de su cine de pueblo o de barrio, para no perderse el siguiente capítulo de la serial que se exhibía luego de la película correspondiente. “Los tambores de Fu-Manchú” era, sin duda, una de las favoritas, junto a “Dick Tracy”, cómo olvidarlas.

Lo anterior tiene mucho que ver también con la calidad de los actuales ídolos de la canción. En el pasado reciente un ídolo era exactamente eso, “ídolo”, y su figura atravesaba las clases sociales y las generaciones. Piense usted en personajes como Elvis Presley, los Beatles, Raphael, Sandro, Leo Dan, Rafaela Carrá, Favio, etcétera.

Hoy, en cambio, la tecnología –y la posibilidad de acceder ella- permite la existencia de pequeños triunfadores que lo son gracias a que un contingente menor del público les sigue y les aplaude.  Lo que ocurre, por ejemplo, en el Festival de la Canción de Viña del Mar ilustra lo dicho. Allí, cada artista cuenta con público cautivo, aunque para la mayoría de los chilenos resulte ser un perfecto desconocido. Ese específico grupo de  seguidores es el que adquiere los boletos para asistir a la presentación de “su” ídolo, asegurándole un evidente éxito en tal evento. Y tal como sucede con ese artista, ocurre con otras decenas de cantantes y grupos. 

La oferta actual de ‘astros’ es enorme, difícil incluso de cuantificar sin equivocarse. Respecto de la calidad de algunos (o tal vez de la mayoría) es mejor no hablar, pero cada cual cuenta con público propio –numéricamente menor en relación al universo del país- pero suficiente para ganar dinero y lograr cámara. Hay excepciones, como en todo orden de cosas, pero la mayoría obedece al cuadro ya descrito.

Óscar Valdés recuerda que hace algunos años a los periodistas acreditados en el Festival les resultaba fácil conversar y entrevistar a aquellos ídolos que abrazaban a todas las generaciones, con quienes –a pesar de la fama continental que les acompañaba- armaban incluso equipos para jugar inolvidables partidos de baby-fútbol. José Luis Rodríguez, Sandro, Buddy Richard, Serrat y Julio Iglesias, versus Valdés, Moyano, Fuenzalida, Henríquez y Jorquera. Artistas contra periodistas (y fotógrafos). Partidazos.

Eso ocurría cuando a Viña llegaban astros de total renombre internacional. Hoy, en cambio –salvo honrosas excepciones-  pequeños idolillos seguidos y homenajeados por grupos menores de chilenos muestran actitudes de divos mundiales que, protegidos por guardaespaldas violentones, desdeñan el contacto directo –directo de verdad- con la gente, incluyendo en ese desdén a la prensa de espectáculos y a sus propios fans.

Hoy es otra época, claro está, en la que las drogas, narcotráfico, secuestros, asesinatos, lujuria, locura, irrespeto, desquiciamiento, violencia… resultan ser habituales integrantes del caleidoscopio de este siglo veintiuno, donde la bonhomía y cultura que antes caracterizaba a la sociedad chilena ha sido derrotada por la ambición de participar en una fiesta sin fin, sea cual sea el costo y la forma.

Otro ejemplo al que podemos echar mano para acreditar las diferenciase del ayer respecto al hoy, se encuentra en la distancia existente entre la “bohemia” y el “carrete”.

Reconozco que el Santiago de mi juventud era algo provinciano y muy poco –o nada- internacional. Sin embargo, sus noches eran espectaculares ya que en ellas -los fines de semana- se desataba sin ambages la vida bohemia… pero aquella bohemia de verdad, con mayúscula. Hoy, lo que existe es “carrete”, no ‘bohemia’, pues para que esta lograra tomarse nuevamente la noche santiaguina y porteña se requeriría, como condición primera,  estructurar una base cultural de la que se desglosen los talentos artísticos y políticos que dan cuerpo a la bohemia misma. Ello ya no existe, feneció cuando la educación pública y privada fue transformada en boliche, en negocio.

Sin cultura y sin arte, no hay bohemia. Eso es indiscutible. Sólo queda el ‘carrete’, ergo, la búsqueda desenfrenada del goce sin fin y de la ansiedad orgásmica por el simple motivo de poder ser ella misma. En el presente, se procura la persecución de la alegría para adormecer la menguada realidad, mas, no para completar la realidad de un grato  presente y esperanzador futuro.

¿Cómo era nuestra bohemia santiaguina en aquellos inolvidables fines de semana de los años 60? Vea usted lo que al respecto escribí en otra nota hace ya algún tiempo. .

23:00 horas; Bim-Bam-Bum o ‘Picaresque’(dependía del monto de dinero disponible, por cierto). Allí nos esperaban Guillermo Bruce, Daniel Viilches, la Pitica Ubilla, Paco Mairena (inigualable artista  de la coreografía), Beatriz Alegret,  Fresia Soto, Elisa Montes, Los Caporales, y uno que otro artista argentino o argentina de campanillas. Nuestro interés estaba siempre centrado en los “cuerpos de baile”, unas chicas espléndidamente emplumadas y a medio vestir que dejaban semi incendiadas nuestras libidos.

01:00 de la madrugada; la cita en era en el inicio de la avenida Diez de Julio, en Boite “La Sirena”, donde nos esperaba, también impajaritablemente, el mismísimo ‘padrino’ Aravena). Para nosotros –que éramos algo así como “los chicos del barrio” (vivíamos en Argomedo, Vicuña Mackenna, Virreynato, Santa Isabel) – hubo siempre dos mesas dispuestas en primera fila, pisco ‘Huallilén’ con cuatro bebidas ‘blancas’, maní salado y papitas fritas. Pagábamos, por supuesto (nada era gratis).   Brenda y los Harmonics, nuestro  compadre y sociate Marco Aurelio, la bella  Bambi, y el inolvidable futbolista argentino  ‘Mandrake’, así se le conocía al colocolino Walter Jiménez, quien junto al inigualable Humberto ‘Chita’ Cruz, formaban parte del escenario de algunos fines de semana capitalinos en esa querida boite.

¿Me estoy yendo de lengua? No… han pasado muchas décadas y para ustedes todo esto es simple anécdota… para mi es nostalgia y emoción. Mi primo Elías Pizarro enamoró –me acuerdo como si hubiese ocurrido ayer- a  la bella seudo cantante brasileña “A Pantera”… y una noche de sábado, desapareció  del grupo, después supimos que él y la cantante siguieron la juerga en otros lugares cercanos, como “Las Cachás Grandes” y el “Tequila”, para terminar durmiendo en el famoso Hotel ‘Valdivia” (¿quién pagó?, eso no importa).  A callar, hermano,… a callar.

02:30 de la madrugada: adiós al “Sirena”, Bienvenido “Zepellin”, en calle Bandera casi al llegar a Mapocho. Barrio bravo.  Tanto o más ‘peludo’ que el nuestro, el de  Diez de Julio. “Llegaron los chiquillos del Pedagógico”…  era el habitual  grito de ’Marito’, encargado de la puerta que avisaba informando   la ‘calidad’ de los recién llegados. En el ‘Zepellin’ había un viejo piano, trasto casi inservible desde la  perspectiva musical académica, pero muy útil a para los juerguistas de las madrugadas dominicales como nosotros.   Tonko Tomicic (papá  de la hoy afamada modelo y presentadora de televisión Tonka Tomicic), miembro emérito de nuestro lote juvenil  e irresponsable de solteros sin  compromisos, puñeteaba las teclas blancas y negras animándonos a engalanar la jarana con canciones de la época.    Más pisco, más maní salado, más papas fritas… más pisco…

Y si no era el ’Zerpellin’, entonces eran los Pooles “Alonso” (en Diez de Julio casi al llegar a Lira), o los ‘Ahumada’ en los bajos de los antiguos cines City y York, en la calle de ese mismo paseo. ¿Y si no queríamos presentarnos en los pooles ni en el ‘Zepellin’, a dónde íbamos (dependiendo del dinero que aún tuviésemos, claro está)? Ah, ya recuerdo dónde….

04:30 de la madrugada: todos, sin excepción, acudíamos ipso facto al restaurante < Il Bosco>,  en la Alameda. Allí compartíamos, debatíamos, conversábamos y aprendíamos de las enseñanzas lenguajeadas por periodistas, escritores (famosos  y decepcionados), artistas (buenos, mediocres y fracasados), deportistas (de todo tipo) y otros pelafustanes, quienes se reunían en ese sitio poco antes que el sol despuntara sobre los Andes. Allí se concentraba  cada madrugada de domingo la poesía  cantada por Serrat en su “Gloria a Dios en las alturas” ….increíble,  pero cierto.

Julito Martínez, Tito Mundt (ambos ya fallecidos), Pepe Henríquez (Radio del Pacífico), guatón Ravani, Fernando Alarcón, Pepe Moscoso (QEPD), Pedrito  Lemebel, Glorita Jiménez (QEPD), Alfredo Lamadrid, Elías Pizarro, Marco Aurelio, Buddy Richard, Karl Martin, ‘Pollo’ Fuentes,  Pitica Ubilla, Mónica Val, Silvia Piñeiro, Jorge Gallardo, Bambi, Sussy Vecky, Eugenio Lira Massi, Daniel Galleguillos, Raúl Prado, Augusto ‘Perro’ Olivares, Óscar ‘Chuflinga’ Valdés y Luis Osvaldo Ramírez. Los mantengo a todos en mi mente  y en mi corazón de hombre viejo, pero agradecido de sus enseñanzas y vivencias.

¿Peleas? Sí, de vez en cuando… pero a mano limpia y siempre en defensa de alguna dama o amigo en problemas. ¿Robos, asaltos? Nunca presenciamos algo así. Nunca. . Óscar ‘Chaflán’ Valdés me asegura que en las noches de Valparaíso sucedía algo similar. No puedo dar fe de ello porque participé poco de esas noches, aunque creo a pie juntillas en lo que Chaflán me cuenta.

Otra época, otros tiempos… pero el molino ya dejó de girar para nosotros, los de antes… que no somos los mismos, como aseguró Neruda.

 

 

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