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El femi-geno-cidio y el trabajo de maquilas en México

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El feminicidio es el hecho de dar muerte a una mujer por ser mujer. Pero existe un tipo de feminicidio no tan fácil de reconocer: el feminicidio social o encubierto, que incluye formas no explícitas de asesinato de mujeres y se produce cuando se permite su muerte a causa de actitudes o instituciones sociales misóginas.

Cintia Martínez Velasco *

Jacobin, 29-12-2021

https://jacobinlat.com/

La violencia mundial contra las mujeres es ya otro holocausto.

Ayaan Hirsi Ali

Rita Laura Segato ha hablado de la «juarización de México» en muchas ocasiones. En esta breve intervención me propongo discutir un momento cercano pero distinto al feminicidio como lo conocemos y hemos tipificado en el Código Penal desde el año 2012. Por ello, y por qué aquí nos interesan enfoques marxistas, hablaré del trabajo en la maquila. Sostendré que la organización de ese tipo de trabajo es un ejemplo de la forma patriarcal de gestión del valor producido por las mujeres que participan ahí.

Apelando a la noción de Diana Russell «feminicidio encubierto o social», diré que, en estas formas de trabajo, las expresiones materiales del patriarcado y las formas de explotación colocan a esas actoras como ciudadanas/trabajadoras desechables, y no es de sorprender que de ahí en adelante sus muertes puedan muy bien ser ignoradas de manera sistemática por un Estado que desde hace décadas reconoce al problema como asunto menor. Con ello me acercaré a la noción de «femi-geno-cidio» para aventurarme a decir que la maquila contribuye indirectamente con un tipo de femi-geno-cidio encubierto.

El feminicidio en México

En México, el feminicidio comenzó a reconocerse como tal a finales de los 80. Ciudad Juárez es conocida por ser aquella ciudad frontera con Estados Unidos en donde, poco a poco, empezó la desaparición impune de mujeres y, de manera más general, proliferó la cobertura internacional que relacionaba los crímenes con las trabajadoras de maquila. Sin embargo, el problema creció de manera exponencial a partir del Tratado de Libre Comercio en 1994.

Muchas han sido las cifras dadas sobre la cantidad de mujeres asesinadas; concuerdo con la analista de datos Carolina Torreblanca, quien en su artículo «¿Qué contamos cuando contamos feminicidios?» sostiene que no hay manera de saber si el delito ha aumentado en años recientes o si la presión de activistas/familiares de víctimas ha servido para que cada vez más Ministerios Públicos tengan presente al feminicidio como agravante de homicidio. O quizá estén teniendo lugar ambas cosas. A pesar de esto, no está de más agregar que según el Sistema Nacional de Seguridad Pública, en los primeros 8 meses de 2015 se registraron 263 feminicidios y en 2020, 645. Lo anterior sugiere un aumento considerable, pero —insisto— no dice mucho del problema debido a la cantidad de cabos sueltos a la hora de contar.

Tatiana Clouthier, Secretaria de Economía, dijo el 12 de agosto de este año en el periódico Universal que la brecha salarial en la maquila es la más alta: los hombres ganan 23% más que las mujeres, a pesar de que el sector de la maquila emplea 3,3 millones de mujeres entre 24 y 35 años. Según OXFAM, en la pandemia muchas maquilas no cerraron a pesar de que no se dedicaran a actividades esenciales. Por otro lado, un reporte de la Fundación Friedrich Ebert en México realizado en noviembre de 2020 por Blanca Velázquez realizó entrevistas a trabajadoras de maquila en el sector textil en Morelos. Los testimonios arrojan que varias fueron mandadas a descansar sin salario, y otras reciben un sueldo que oscila entre los 280 pesos y los 833 pesos a la semana (14 y 41 dólares, respectivamente). 

Un trabajo precario y feminizado

La maquila comienza a implementarse como parte del Programa de Industrialización de la frontera a mediados de 1960. Es sabido que las mujeres han dominado el empleo por los últimos 30 años. Durante los primeros 30 años fueron mayoría (80%) y ahora representan un 70% en el trabajo de ensamblaje. El número de maquilas ha aumentado desde 1994. Desde los años 70, la mujer en la maquila fue asociada a la prostitución; este estigma derivó del papel subversivo que significaba que dichas mujeres pudieran ser independientes de sus esposos por ganar un sueldo (aunque bajo) o simplemente por ser madres solteras. Es conocido que, al menos en Ciudad Juárez, mucha gente las llama «maquilocas».

En A Manifesto Against Femicide, Melissa Wright hace un seguimiento muy relevante del activismo en el proyecto Casa Amiga (Ciudad Juárez), una casa fundada por activistas cuyo propósito, en palabras de Esther Chávez Cano (su directora), era «perturbar la reproducción de una fuente muy valiosa para las empresas maquiladoras capitalistas: la mujer desechable». Hay varios elementos que sirven para describir la configuración de este tipo de empleo. Menciona Wright, entre otras cosas, el esfuerzo por un discurso gerencial por «justificar» la «incapacidad de las mujeres para recibir entrenamiento» o para desarrollar habilidades que les permitirían, a largo plazo, obtener asensos.

Las trabajadoras no pueden adquirir experiencia laboral significativa con el tiempo. Muy al contrario, sus cuerpos sufren desgaste y se vuelven, con el tiempo, obsoletos para desempeñar el trabajo específico que demanda la maquila. Las trabajadoras suelen cambiar de empresa frecuentemente, pero su rotación borra la experiencia acumulada y las hace empezar siempre de cero. La autora reconoce un ciclo de «desperdicio justificado» cuyas razones exceden la lógica del trabajo.

Desde un análisis marxista (que parta de fórmula DMD’), la inversión en tecnología reduce la proporción de dinero que se emplea en fuerza de trabajo. Según Wright, la maquila es un espacio en donde se produce una desvalorización de la fuerza de trabajo por la tecnología implementada que se suma a una súperexplotación, en tanto a las trabajadoras se les paga por debajo de los valores estipulados. A esto cabe agregar que, entre más acelerada sea la rotación de las trabajadoras, más intensa es la explotación, y esto encaja perfectamente con el interés gerencial por privar a las mujeres de su derecho a la capacitación.

Wright encuentra en el posestructuralismo de Judith Butler un recurso para ampliar la comprensión del abaratamiento del trabajo estas actoras: «Su trabajo en la producción discursiva de lo material provee la dimensión teorética para una consideración de cómo las tecnologías contribuyen a la producción de la mujer como desperdicio». En ese sentido, enfatiza, toda esta red discursiva material desvaloriza la fuerza de trabajo en un clima social que performa y reproduce estereotipos de género. Los performa al ver en el destino de las mujeres: la maternidad y la supuesta pérdida de ambiciones a lo largo de esas experiencias. También se les adjudica un adecuado lugar en el ensamblaje, por ejemplo, al reconocerlas habilidosas, detallistas y, sobre todo, dóciles. Esto sirve para que Wright pueda desentrañar que de los designios de género están favoreciendo que sean las mujeres (a esto deberíamos agregar que son mujeres racializadas, migrantes, etc.) quienes desempeñan esos cargos. Y más allá de eso, nos permite comprender el por qué de la proliferación de sus muertes en total impunidad, en tanto que esos estereotipos no se reproducen aislados en las fábricas y son parte de la vida social, política y común.

Hasta aquí sigo a totalmente a Wright en su incorporación de Butler. Pero deseo dar un paso más en la misma línea argumentativa con ayuda del texto Tráfico de Mujeres, de Gayle Rubin. Creo que Rubin nos brinda herramientas para reconocer la lógica de intercambio de mujeres, en tanto presenciamos hoy una gestión patriarcal del valor producido por las mujeres. Me atrevo a decir esto por la asociación entre una administración del valor que, si analizamos los géneros involucrados, reproduce la jerarquía de género —esto tomando en cuenta la brecha salarial y el porcentaje de mujeres en el eslabón más bajo del trabajo—.

Rubin analizó una constante en la mayoría de las civilizaciones humanas: el intercambio de mujeres mediante el matrimonio como don y la fundación del parentesco en ese intercambio,  en donde los beneficiarios de dicho intercambio han sido los hombres. No me parece tan distinto pensar que esta relación se re-articula en escenarios en donde el trabajo toma las formas descritas arriba. A fin de cuentas, las diferencias de género perviven y el valor producido por las trabajadoras de maquila es extraído en simultáneo con una «basurización» tanto de las trabajadoras vivas como de los cuerpos que aparecen después de haber sido asesinadas.

Otro aspecto que nos puede ayudar a entender lo que ocurre en estos terrenos es la precisión que hace Saskia Sassen en «The repositioning of citizenship: Emergent subjects and spaces for politics» respecto a la desnacionalización. Arendt definió «desnacionalización» como un «arma de la política totalitaria» que, en su momento, «involucraba el despojo de los derechos garantizados nacionalmente»: se desnacionalizaba a los indeseables (judíos, trotskistas, gitanos, etc.). Sassen actualiza el término «desnacionalización» y lo acerca un poco más a lo que nos interesa pensar aquí. La transformación de Ciudad Juárez en un espacio desnacionalizado comparte características con las megaciudades en vías de desarrollo sobre las que escribe Sassen, sobre todo por la concentración de actores globales y amplias poblaciones en desventaja. Ella entiende la desnacionalización como la «introducción y filtraje de lo global en lo nacional», lo que fomenta relaciones peculiares entre el Estado y sus ciudadanos. Sobre todo, por la concesión otorgada por la nación de un amplio rango de «derechos» para actores extranjeros (firmas, inversionistas, mercados internacionales).

Para ilustrar lo anterior, podemos recordar las palabras de Asma Jahangir en 1999, relatora de ejecuciones sumarias, transitorias y extrajudiciales de la ONU, quien dijo en su informe sobre la situación en México que «para el gobierno eran solo muchachas corrientes, por tanto, no eran consideradas una gran pérdida». Esto deja ver, desde otra perspectiva, por qué el TLC exacerbó la indiferencia con la que el gobierno ha tratado el problema. Como sostiene Sassen, estas ciudadanas no ostentan los mismos derechos que otros ciudadanos.

Femi-geno-cidio

Por último, quisiera traer la reflexión de Diana Russell sobre «feminicidio social encubierto» y la de «femi-geno-cidio» de Rita Laura Segato y aventurar una hipótesis: el trabajo de la maquila nos acerca al tema del femi-geno-cidio encubierto.

Pero vayamos por partes. En «Definición de Feminicidios y conceptos relacionados», Rusell define al feminicidio como «el hecho de dar muerte a una mujer por ser mujer». Posteriormente, habla de un tipo de feminicidio no tan fácil de reconocer: el feminicidio social o encubierto: «El concepto de feminicidio encubierto incluye formas no explícitas de asesinato a las mujeres, como que se permita su muerte a causa de actitudes o instituciones sociales misóginas». El ejemplo paradigmático de este tipo de feminicidio es el no reconocimiento del derecho a elegir la maternidad, lo que produce muertes por abortos mal practicados. Otros ejemplos de feminicidios encubiertos son las muertes por cirugías innecesarias (como las histerectomías), la mutilación de genitales o la experimentación por métodos de control natal.

Marcela Lagarde, activista, teórica y política mexicana, ha afirmado varias veces que el feminicidio es un crimen de Estado. En otras palabras, debe ser pensado como un delito que, debido a la impunidad sistemática, no compete solamente a ciudadanos individuales: también es responsabilidad de un Estado que es cómplice. En ese sentido, el feminicidio deja de ser pensado en el marco de lo privado o lo psciológico; abandona el plano de lo individual y toca lo estructural. Reconocer el problema en términos macropolíticos nos acerca así a la posibilidad de pensar en el feminicidio también como femi-geno-cidio.

Antes de eso, quiero mencionar unas cifras que ayudan a ilustrar la idea. Ana Carcedo nos dice que en el Salvador, entre 2000 y 2006, en plena pacificación, los homicidios de mujeres aumentaron un 100%. En Guatemala, entre 1995 y 2004, un 144%. En Honduras entre 2003 y 2007 el aumento fue de 166%. En esas épocas, los feminicidios abandonaron progresivamente el espacio doméstico al punto que, en Honduras, en la época señalada, 1 de cada 4 feminicidios no fueron cometidos por parejas, exparejas ni familiares.

A lo que queremos apuntar con esto es a la aparición progresiva de un tipo de feminicidio que se asocia con las formas actuales de la configuración de la guerra. También creemos que la situación amerita que el feminicidio empiece a ser llevado al terreno del genocidio. Me refiero, también a la necesidad de volverlo competencia de tribunales internacionales. De manera muy general (a pesar de que el tema ameritaría muchísimo más detalle), con respecto al derecho internacional, el derecho positivo no ha reconocido al feminicidio ni como genocidio, ni como crimen de lesa humanidad, ni como crimen de guerra. La razón la resume la abogada Patsilí Toledo: «los intentos dentro de fueros internacionales encuentran imprecisión en la indefinición de feminicidio, por tanto, en su indeterminación normativa».

En otras palabras, las mujeres no son reconocidas por el estatuto de Roma como grupos nacionales, étnicos, religiosos ni raciales. Y, por otro lado, es difícil demostrar la «intención de destruir total o parcialmente a determinado grupo» y, por tanto, es difícil el reconocimiento del femi-geno-cidio. Según la evaluación de Toledo, para ser llevado al fuero internacional de los derechos humanos esta propuesta presenta una indeterminación normativa con el riesgo de impugnación e inaplicabilidad de estas disposiciones en la práctica.

Sin embargo, que no haya existido algo no significa que eso sea justificación para que no busquemos que exista. Podemos sospechar de una insensibilidad patriarcal para reconocer que en muchos de estos crímenes hay una agresión con dimensión genérica. Que los propósitos de las agresiones sexuales no se agotan en sí mismas y, en sus actos, está implícita la búsqueda de la eliminación del genus, la persona. Creo que las resistencias por reconocer al feminicidio como femi-geno-cidio son los asuntos por disputar para lograr frenar la generalización del problema a nivel internacional.

Reflexiones finales

La actitud de «instituciones sociales misóginas» para tomar la definición de feminicidio encubierto de Russell —que puede ser el Estado, la Policía, firmas extranjeras, inversionistas, etc.— con su acción o su silencio se acercan, o por lo menos alimentan, una lógica muy cercana a la femi-geno-cida y en ese sentido creo que tocan el plano de lo «encubierto». Es sabida la indiferencia que los empresarios han expresado al reconocer que muchas de desapariciones de trabajadoras se dieron en el transporte de la empresa, así como la complicidad que hay en diferentes instancias que conocen el problema (jefes, colegas de trabajo, policías, familias, y un largo etcétera).

Una aproximación feminista al tema del trabajo en la maquila ayuda a reconocer el lugar que dichas mujeres tienen en la explotación. El tema del trabajo de cuidados y la doble y triple jornada son cuestiones muy discutidas. A esto quise agregar cómo los estereotipos de género —fuera y dentro de la fábrica— colocan a la mujer en un sitio en donde su vida no puede reproducirse. Pensamos en el feminicidio cuando este aparece ante nuestros ojos, con toda su espectacularidad, pero la distribución del trabajo encubre una lógica en donde ciertas actoras no gozan de los derechos ciudadanos básicos (por ejemplo, la no capacitación en el trabajo es una violación a los derechos humanos según la OIT).

* Cintia Martínez Velasco, profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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