Inicio Análisis y Perspectivas El Autoritarismo: La Pandemia Silenciosa que Mata Democracias

El Autoritarismo: La Pandemia Silenciosa que Mata Democracias

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por Carlos Pichuante

Mientras el mundo lidia con crisis climáticas, guerras y pandemias biológicas, hay otra enfermedad que se expande sin vacuna ni confinamiento posible: el autoritarismo. Se contagia por redes sociales, discursos encendidos, nostalgias mal digeridas y un profundo desprecio por la democracia. Avanza disfrazado de “sentido común”, de “restauración del orden”, de “mano dura”, pero su verdadero rostro es el de la censura, la persecución, el miedo. Y sus portadores, aunque se presenten como salvadores, suelen actuar más como jefes de circo que como estadistas.

En Europa, figuras como Viktor Orbán en Hungría o el partido Ley y Justicia en Polonia han convertido la democracia en una fachada: se vota, sí, pero dentro de un corral donde la prensa está domesticada, los jueces amordazados y la disidencia perseguida. La receta es siempre la misma: nacionalismo rancio, enemigos internos, y una buena dosis de revisionismo histórico. ¿Resultado? Una democracia con bozal.

En Estados Unidos, el país que alguna vez se jactó de ser “la luz del mundo libre”, el autoritarismo ya no es amenaza futura, sino presente descarado: Donald Trump es nuevamente presidente, y sigue con sus brutalidades. El negacionismo, la xenofobia, la persecución a periodistas y su guerra constante contra las instituciones no solo siguen vivos, sino que ahora están en la Casa Blanca con despacho propio. La democracia estadounidense no solo no se curó del virus trumpista: lo ha reincorporado con entusiasmo, como quien vuelve con su ex tóxico por nostalgia. El asalto al Capitolio ya no es advertencia: es antesala.

En China, el modelo autoritario viene con manual de eficiencia tecnocrática y vigilancia total. Allá no se andan con rodeos: cámaras en cada esquina, censura total y represión con IA incluida. En Rusia, Putin ya ni disimula. Se sacó la careta hace rato y se lanzó a una guerra que no solo intenta borrar fronteras, sino también libertades. Y en el Medio Oriente, en muchos países la represión es ley no escrita: crítica equivale a cárcel o peor.

Pero hablemos de lo nuestro, de esta región donde el autoritarismo se viste de populismo, de antipolítica y últimamente también de meme.

En Argentina, el presidente Javier Milei, entre insultos, gritos y guiños a dictadores, parece más ocupado en pelear con periodistas y perseguir opositores que en gobernar. Su plan de seguridad incluye, nada menos, que espiar a periodistas y líderes políticos, como si estuviéramos en una remake distópica de los peores años del Proceso, pero con menos eficiencia y más Twitter. Todo bajo el disfraz de “libertad”, claro, aunque más bien se trata de libertinaje autoritario con peluca de economista.

En Chile, la ultraderecha ha encontrado su filón en el miedo: migrantes, delincuencia, narcotráfico. Todo mal, todo peligroso, todo culpa del otro. ¿Soluciones? Cero. ¿Propuestas reales? Ninguna. Solo promesas vacías, gestos grandilocuentes y una buena dosis de show. En vez de políticas públicas, tenemos performances. En vez de ideas, tenemos memes. Y mientras tanto, los problemas reales siguen creciendo sin que nadie se haga cargo.

Y qué decir de Brasil, donde Jair Bolsonaro y familia demostraron ser más bandidos que mesías, y más golpista que presidente. Durante su mandato despreció la ciencia, alentó la destrucción de la Amazonía, promovió el armamentismo civil y terminó sus días de poder alentando un intento de golpe de Estado. Eso sí, siempre con la Biblia en una mano y el revólver en la otra. Un Robin Hood invertido: le robó al pueblo para dárselo a las élites, y luego quiso incendiar el castillo.

El autoritarismo no es una idea política: es una degradación moral. No necesita tanques, le basta con redes sociales, medios comprados, una ciudadanía apática y una crisis que explotar. Divide a las sociedades, alimenta el odio, niega la historia y convierte la democracia en un reality show peligroso. Su mayor arma no es la violencia, sino la mentira repetida hasta el cansancio.

Por eso, estar alertas no es una consigna, es un imperativo ético. No podemos permitir que nos sigan vendiendo “libertad” cuando lo que ofrecen es sumisión, ni aceptar que el debate público se transforme en un circo de insultos y desinformación. La democracia necesita ciudadanos despiertos, críticos y valientes. No fans ni súbditos.

El autoritarismo, como toda plaga, se combate con conciencia, organización y memoria. Porque si dejamos que el payaso tome el poder, no nos quejemos cuando el acto final sea una tragedia.

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