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Chile – El interés de que no surjamos

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escribe Esteban Gonzalez – Abogado


   

Escribo desde la izquierda y desde la población, que para muchos de nosotros es lo mismo, y no hablo en nombre propio sino de algo que en mi barrio se vive en plural, casa por casa, con pequeñas variaciones de la misma historia.

Marchamos el 2011 con la garganta seca gritando que la educación no era un bien de consumo, organizamos asambleas frías donde a veces éramos cuatro convencidos de que valía la pena, pusimos el voto y pusimos el cuerpo, y por eso lo que voy a contar no nos da rabia nomás, nos duele, y duele distinto cuando el golpe viene de los nuestros.

En la población la historia se repite en cada cuadra, con un cabro que fue el primero de su familia en pisar una universidad, una madre que firmó papeles que no entendía porque le dijeron que esa firma era el pasaporte de su hijo, y un crédito que parecía la única puerta porque la otra opción era no entrar.

Muchos firmamos esa historia, la pagamos y la seguimos pagando, porque estudiamos con el Crédito con Aval del Estado convencidos de que la deuda era una inversión, de que después vendría el trabajo y la posibilidad de devolverle algo a los nuestros, y vino, pero tarde, después de años de pegas inestables, de honorarios y de cuadrar la plata al peso hasta que por fin mejoró el sueldo de alguno, una mejora que nunca fue mérito individual sino el resultado de una familia que se apretó el cinturón y de una población entera que cría profesionales casi a pulso.

Lo que nadie nos explicó con todas sus letras es cómo funciona el crédito por dentro, porque uno paga y paga y la deuda no baja, y al mirar la cartola descubre que buena parte de lo que entrega cada mes no toca el capital sino que se lo come el interés, algo que para cualquier persona honesta tiene un solo nombre y es usura.

El Estado que debía avalar para protegernos terminó garantizando el negocio de la banca, nos vendieron movilidad social y nos entregaron un mecanismo diseñado para que la deuda nos acompañe hasta la vejez, y conviene recordar que esto no lo denunciaba la derecha sino que lo denunciamos nosotros, porque era nuestra bandera.

Por eso la promesa de la condonación no fue una propuesta más, sino la sensación de que por fin los nuestros llegaban a La Moneda a hacer justicia con una herida que veníamos nombrando hacía años, y la defendimos en las casas, en las esquinas y en las mesas de la familia donde había vecinos desconfiados, diciéndoles que esta vez sí, que eran de los nuestros, que entendían lo que era endeudarse para estudiar siendo pobre.

Pero la promesa se discutió, se fue achicando y al final quedó en el camino, y entendemos que gobernar es difícil y que hubo acuerdos que no se alcanzaron, aunque eso no quita la decepción de quienes confiamos, porque cuando uno convence a los propios de creer queda después con la responsabilidad de mirarlos a la cara.

La diferencia es de fondo, porque a la derecha nunca le dolió esta herida y a nosotros sí, y precisamente por eso le pedimos más a los nuestros, no porque fallen más, sino porque de ellos esperábamos otra cosa.

Y ahora, desde la vereda de enfrente, el gobierno de Kast viene a cobrar, y su ministro de Hacienda lo dijo sin pudor, que van a perseguir a los morosos y que las gestiones podrían llegar al embargo, presentándose como orden y responsabilidad fiscal, como que al fin alguien pone la casa en regla y empieza por los que ganan más.

Suena razonable hasta que uno entiende la lógica completa, porque el que siempre ganó bien tuvo cómo pagar, mientras que el que recién logró mejorar su sueldo después de años de pobreza es justamente al que la cobranza encuentra primero, en el momento exacto en que asomaba la cabeza, de manera que el embargo no amenaza a una abstracción sino al primer mes en que un cabro de la población respira un poco más tranquilo.

Detrás de los números y de los discursos de eficiencia hay una decisión ideológica que no se atreve a decir su nombre, porque les incomoda que los hijos de la población surjan, que estudien, que mejoren, que dejen de pedir y empiecen a tener, ya que mientras fuimos pobres y obedientes fuimos parte del paisaje y el problema aparece recién cuando uno de los nuestros progresa y se convierte en un deudor al que hay que ir a cobrar con todo el peso del Estado.

A los grandes evasores se les negocia y a nosotros se nos persigue, de modo que la deuda dejó de ser un compromiso financiero para volverse una forma de recordarnos cuál es nuestro lugar.

Y aquí está lo más difícil de decir para quienes somos de izquierda, porque no basta con refugiarnos en que la derecha es el adversario de siempre, eso ya lo sabemos, y lo honesto es reconocer también que los nuestros tuvieron la oportunidad de cumplir y todavía nos la deben.

No es lo mismo una deuda pendiente que un castigo deliberado, porque la izquierda nos quedó debiendo una promesa mientras la derecha nos usa de ejemplo para disciplinar al resto, y aun así ninguna de las dos terminó tratándonos como ciudadanos con derecho a estudiar sin hipotecar la vida entera.

Por eso esto no es la culpa de cada deudor a solas sino una decisión política tomada lejos de nuestras casas, y lo político se cambia con organización y no con resignación, ni tampoco con fe ciega en los que prometen, de manera que la izquierda, que es la que dice representarnos, tiene todavía la posibilidad de cumplir esa palabra, y ojalá lo haga, porque la esperamos de pie y no de rodillas.

El CAE no nos hizo libres sino deudores, pero seguimos siendo, antes que cualquier cartola, una población entera que decidió que sus hijos no repitieran la historia, y esa decisión no la embarga nadie ni la condona nadie por nosotros, porque la sostenemos solos, como siempre.

 

POLITIKA

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