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César y la República

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Politika

Los demócratas, los revolucionarios, suelen encontrar inspiración en la Revolución Francesa, la de 1792 digo, no la de 1789. Los demócratas y los revolucionarios de los siglos XVII y XVIII… miraban hacia la Roma Antigua. Robespierre inundaba sus escritos y sus discursos con la noción romana de “virtud”. Arturo A. Muñoz nos cuenta una magnífica historia que revela a qué punto la Historia universal nos ha permeado. En fin, hasta antes del apagón cultural…
cesar-mortAsesinato de Julio César…
César y la República

Un inolvidable incidente y discusión de un estudiante con la comisión examinadora, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile

Por Arturo Alejandro Muñoz

El calendario señalaba el año: 1965. Esos eran tiempos de libertad absoluta y creatividad desatada. Quizás por ello algunas personas del entonces mundo adulto industrioso nos motejaban de revolucionarios sin destino.

Cuestionábamos todo, incluso nuestras propias actuaciones. Con mayor dureza y razón criticábamos la estructura sociopolítica de la época, a la que no trepidábamos de acusar como feble, clasista e injusta, amén de impuesta por medios coercitivos a través de la rendición y entrega histórica de nuestros productos realizadas por autoridades nacionales en beneficio de intereses foráneos. Norteamericanos, para mayor abundamiento. “Yanquis”, para mejor comprensión.

La sociedad chilena, en verdad, no esperaba mucho de nosotros. Pero al interior de los planteles universitarios circulaba un rezo que se transformó en un compromiso tomado unilateralmente por sólo uno de los estamentos participantes.“Somos la generación de recambio –decíamos- Transformaremos el país dándole al factor Trabajo el sitial que nunca se le ha reconocido”.Para ello nos preparábamos… discutíamos y luchábamos.

Ya lo dije. Eran los tiempos de plena complacencia y la vida se mecía al vaivén de los cánticos protestatarios de decenas de grupos musicales mal llamados folclóricos y de las consabidas peñas sabatinas, así como del síndrome asambleístico que inundaba las mañanas de todas las jornadas lectivas.

Fuera de las aulas, el mundo nacional se sacudía alelado los estragos derivados de las propuestas estudiantiles e insertaba a disgusto (“los porfiados hechos”) en su actividad rutinaria las proclamas y declaraciones de principios, cuál de ellas más ultra y por lo tanto más real, de grupos políticos formados y cobijados en las universidades, los que nacían, se transformaban, morían y revivían de acuerdo a los últimos acontecimientos suscitados en territorios lejanos como Cuba, China, Vietnam y Unión Soviética.

Eran años de rebeldía argumentada y respuestas sólidamente construidas, que las autoridades de entonces reconocían justas pero difícil de satisfacer.
Nosotros declinábamos aceptar las explicaciones oficiales y optábamos por continuar nuestra solitaria brega.

Al interior del Pedagógico las ideas se combatían, no se exponían.

Tampoco se discutía argumentadamente como única razón discursiva, sino más bien se defendía a ultranza cada postura política, aunque ello desembocara –como era de común ocurrencia– en grescas fenomenales que dejaban decenas de lesionados y un voluminoso catastro de bienes universitarios estragados.

Después de todo, poco y nada importaba aquello ya que íbamos a ser los próximos líderes de la nación, y para construir la sociedad libre que soñábamos requeríamos quemar lo que la sociedad chilena hasta ese instante había adorado y adorar lo que precisamente esa misma sociedad había estado quemando (si se me permite parafrasear a San Remigio, Obispo de Reims, cuando convirtió al cristianismo al bárbaro Clodoveo, Rey de Francia).Si Fidel, el “Ché” y Camilo Cienfuegos dijeron que Cuba era “el primer territorio libre de América”, nosotros afirmábamos que “el Pedagógico era el primer lugar libre en Chile”.

Con todo lo señalado se entenderá cuán dificultoso resultaba sostener una posición política alejada del marxismo en esa magnífica Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile. Algunos estudiantes lo intentaron, pero desistieron de continuar la tarea luego de sufrir el rechazo sin ambages del resto del estudiantado, decidiendo entonces asistir solamente a las clases y, de vez en cuando, a las actividades deportivas (digo “de vez en cuando”, porque en tales eventos también se producían fuertes y movidas discusiones político-partidistas).

Incluso el propio Gobierno de Frei Montalva consideraba punto menos que imposible esperar que sus huestes juveniles demócrata-cristianas lograsen, algún día no lejano, acceder a la dirección política del estudiantado merced a votación popular que colocase a sus dirigentes a la cabeza del díscolo y poderoso Centro de Alumnos.


Sin embargo, había un hombre –un genio, diría yo– que realizó lo anterior sin perder un milímetro del paño de respeto que todos, sin excepción, sentían por su capacidad académica y por su innegable fuerza que insuflaba a la defensa de sus ideas, aún aceptando conscientemente que ellas diferían de las mayoritarias y, más todavía, combatía sin pausas ni cansancio el modelo socializante que pretendíamos imponer al país.Se llamaba Genaro Godoy (¡Salve Genarus!) y era el propietario de la importantísima cátedra de Historia Antigua, desde la cual nos trasladaba a través del tiempo y del espacio a la isla de Creta, a la Península del Peloponeso, al Antiguo Egipto, a Babilonia , a Persia y… a Roma.

Dueño de un capacidad mnémica inigualable y de un genio insoportable, Genaro hacía sus clases sentado tras una gruesa mesa de encino sin moverse jamás de ese sitio, observando –creo yo– con oculta complacencia el grueso número de alumnos proveniente de distintas Carreras (incluso del pragmático M.F.Q: Matemáticas, Física y Química), que se disputaban los dinteles de puertas y ventanas para escuchar sus exposiciones de absoluta brillantez.

A nivel de sus pares –y qué pares, ya que en aquellos días había verdaderos “monstruos” académicos, como César de León, Guillermo Feliú Cruz, Olga Poblete, Eugenio Pereira Salas, Armando Cassigoli, Ariel Dorfmann, Ricardo Krebbs, Luis Rivano, Claudio Orrego, Julio Retamal y otros de similar capacidad– Genaro contaba con el respeto inclaudicable de toda la comunidad universitaria en aquella mítica Facultad.

Pero, ¿quién era realmente ese hombre que a juicio del suscrito poseía tan nobles cualidades?
¿Cuáles podían ser sus virtudes para que grupos como el MIR y el movimiento “Camilo Torres” declinaran no sólo atacarle sino, también, trenzarse en discusiones profundas con él?

La leyenda indicaba que Genaro había ingresado a la Universidad como estudiante de Pedagogía en Francés, destacándose su capacidad en el estudio del Latín, lo que le llevó a obtener una Beca para estudiar Historia de Roma en la… Universidad de Roma. Continuaba la leyenda afirmando que Genaro se convirtió en cortos tres años en Profesor de Historia de Roma en esa misma Universidad europea. Todo un éxito.

Al regresar a Chile, estaba ya casado nada menos que con una condesa italiana (venida a menos debido a los devastadores efectos económicos y sociales provocados por la Segunda Guerra Mundial, los que restaron a su familia las extensas propiedades que habían arengado sus peticiones por títulos nobiliarios). Ella poseía un apellido llamativo, Pirzoviroli, y años más tarde, por decisión del gobierno militar que tomara el poder en Chile un día de septiembre el año 1973, sería nombrada Alcaldesa de Puerto Cisnes, en la Undécima Región.

Ya en la patria, Genaro se integró no solamente al Instituto Pedagógico como académico de fuste, sino además fue aceptado por el Teatro Municipal de Santiago donde actuó como barítono destacado en varias obras operáticas.

Con esfuerzo, capacidad, estudio y perfeccionamiento, llegó a ser el principal académico del Departamento de Historia y, por cierto, dueño de la Cátedra más temida, más aplaudida y más idealizada de aquel sitio de sabiduría y conocimiento. Historia Antigua. El terror de los alumnos. El “colador” fantasmagórico del Primer Año de la Carrera de Pedagogía en Historia y Geografía.

Pero no se detiene allí el cúmulo de cualidades de ese hombre.Por decisión unánime de los catedráticos y autoridades de la Facultad, fue privilegiado con la Dirección del Internado de Alumnos, ocupando un amplio departamento como domicilio en el edificio de los internos.Genaro Godoy trabajaba, vivía, amaba y respiraba en la Facultad. Él era la Facultad. Sólo dejaba su “coto de estudios” cuando asistía a una de estas cuatro actividades, a saber: vacaciones (amaba asistir a las feraces tierras cercanas a Coyhaique), elecciones parlamentarias y presidenciales, funciones de ópera en el Teatro Municipal o… al Estadio Nacional cuando jugaba el equipo de sus amores: la “U”.

La leyenda termina con la aseveración nunca confirmada que señala –en mil formas y cien diálogos distintos– cómo este hombre declinó el ofrecimiento del Presidente Frei Montalva por integrar su Gabinete en calidad de Ministro de Educación, aduciendo que el único y verdadero gobierno digno de su corazón había dejado de existir hacía mucho.

Hasta ahí el mito.

Pero lo que transcribo a continuación cuenta con la esencial certeza de la realidad, pues fui testigo y partícipe de ello.

Creo que ya dije cómo realizaba sus clases este profesor. Sentado tras su mesa de encino, sin abandonar nunca su silla, mirándonos (¡pobres entes ignorantes!) a través de los cristales de sus gafas de monturas oscuras, penetrándonos con el fulgor de sus ojos, remeciendo la sala con la potencia de su voz.Sus exposiciones eran un cántico a la sabiduría. Informadas, alegres, llenas de vida y pasión, indesmentibles, atractivas pero serias, muy serias y exigentes. ¿Pedagógicas? ¡No, para nada! Su administración de la sala y de la clase distaba mucho de lo que años después nos exigirían los profesores de Metodología.

“Yo no estoy aquí para enseñarles cómo deben hacer una clase –insistía él– ese recetario de cocina lo conocerán en Cuarto Año con los “Chefs” que hay en la Facultad. Yo estoy aquí para mostrarles el pasado portentoso de la Humanidad y la estupidez del Hombre actual, que ha renunciado por ignorancia a sus propias raíces”.

Sentado en esa bendita silla Genaro nos trasladaba magistralmente a la época de las antiguas culturas. No requería de diaporamas, papelógrafos, diapositivas ni transparencias. Sólo él, su voz y su conocimiento.Ni siquiera utilizaba el pizarrón. Apenas uno que otro mapa, como para alegrar la decoración de esa adusta sala.En el mes de agosto, al comenzar el segundo semestre lectivo del año, iniciábamos el tránsito por la Historia de la Roma Clásica y nuestro profesor cambiaba la severidad de su actitud por una alegría que inundaba su rostro y le era inevitable mostrar.

Pese a su explícito amor por la capital italiana que él conocía tan perfectamente, mantenía su posición de siempre en cada una de las clases. Sentado tras la mesa de encino. Así nos guiaba en el recorrido de la atrayente Historia de la ciudad ubicada en las riberas del Tiber y escondida entre siete colinas.Desde Rómulo y Remo, la leyenda de la loba que los amamantó, el levantamiento de las primeras construcciones en la región del Lazio, el inexplicable retiro de los etruscos, los intentos por construir una República, hasta el accionar de Cayo y Tiberio Graco, Mario y Sila, Escipión y Aníbal el cartaginés, le escuchábamos embobados, mirándole siempre las gafas oscuras que rompían la monotonía de la decoración espartana de la sala.

De pronto, un día cualquiera (creo que hacía frío aquella mañana en Santiago), Genaro Godoy inició un verdadero discurso cuyo tenor se alejaba de lo que se suponía debía ser una clase más. Quedamos sorprendidos por el tono utilizado, por los golpes de puño dados contra la cubierta de la mesa y por la fiereza de la exposición.

Pensamos, inevitablemente, que nuestro profesor estaba dirigiéndose a un inexistente Senado Romano, al cual parecía acusar de ineptitud y torpeza.

“Roma desfallecía inexorable en la saga de asesinatos y corrupción que se desglosaba de las amplias salas del Emperador y del hemiciclo del Senado. Ni los Tribunos de la Plebe, ni los propios Senadores ni los Generales, y menos aún los Cónsules, Pretores y Cuestores, tenían una respuesta para solucionar la situación de debacle que fagocitaba al Imperio, cual monstruo insaciable que tragaba y tragaba todo aquello que poseía movimiento y vida. Roma moría…¡¡moría, jóvenes!! Y moría producto de sus propias contradicciones internas. El caos, la desconfianza y la anomia se habían instalado en el Aventino y en el Quirinal, luego de haber agostado las pocas ideas que podían haber sobrevivido en el Palatino. Si ello ocurría, el mundo futuro jamás podría disfrutar de la grandeza literaria, arquitectónica y jurídica que la ciudad eterna deseaba heredarle.

”Genaro hizo un alto ganando la atención y el silencio de todos. Teatralmente, golpeó la mesa y nos provocó un pequeño infarto al romper el mutismo y la quietud sobrecogedora de esa mañana.

“Pero entonces, en el mismo Senado, un Tribuno tomó la palabra y recordó a los presentes que aún existía una salida a la situación de anarquía. Tomando posición cerca de una de las sillas curules que se situaban en el pasillo de entrada al hemiciclo, este Tribuno extendió su brazo derecho para indicar un punto invisible hacia el noroeste. Desgraciadamente, la Historia no rescató la identificación de este hombre –un iluminado sin duda– que fue quien en verdad salvó al Imperio. Con voz segura y firme recordó a los Senadores que a muchas leguas del Tiber, en los territorios bárbaros de las Galias, había un General exitoso, inteligente, romano hasta la médula de los huesos, dispuesto a tomar en sus manos la insigne tarea de devolver a Roma su grandeza de antaño y la paz al interior de sus fronteras, aunque para ello tuviese que ordenar a sus victoriosas legiones baldear con sangre las calles de la ciudad. ¡Y el Senado, en el único minuto de inteligencia y racionalidad de aquellos meses, aceptó la proposición! ¡Roma se había salvado!”.

Entonces, impensadamente para nosotros, Genaro abandonó su silla y se puso de pie. El rostro del profesor parecía iluminado por una estrella que rielaba su luz cósmica en su frente despejada. Guardó silencio breves segundos antes de explotar en una cascada de voz estremecida por la emoción.“¡De pié jóvenes! ¡De pie todos!

Y todos nos levantamos, extrañados y divertidos.

“Roma se había salvado… la Historia de Occidente sería posible gracias a esa divina decisión del Senado. Desde las Galias llegaría el único hombre con capacidad suficiente para tomar al Imperio en sus manos y llevarlo hasta la gloria imposible”.

Nadie respiraba en esa sala. Sentíamos temblar nuestras venas con el discurso de Genaro Godoy. Algo indescifrable recorría las vértebras de todos los alumnos. Nadie sentía ya el frío de la mañana. Obvio, Roma se había salvado.

“Desde las indómitas Galias volvería su conquistador… regresarían las legiones invictas al mando del glorioso general, del victorioso militar, del hábil político y mejor conductor de pueblos. Señoras y señores… aplaudan sin condiciones ni remilgos… den la bienvenida al mejor de todos… miren hacia esta puerta porque por ella entrará la Historia pura, la leyenda hecha carne, los haces lictóricos y las coronas de laureles que se pasearon triunfantes por el centro de Europa. Jóvenes estudiantes, les presento al gran, al inmortal, al magnífico… JULIO CÉSAR”.

Luego, el profesor tomaba nuevamente asiento y mirándonos beatíficamente (por primera y única vez en el año), juntando sus manos a la altura de su mentón, con los ojos humedecidos por lágrimas furtivas nacidas honestamente en su alma de incuestionable ciudadanía romana, temblándole de emoción la voz a punto de quebrarse en llanto quedo, nos endilgó la última proclama estentórea que desnudaba su lealtad al héroe que hubiese gustado servir.

“¡Viva Roma! ¡Viva César!”

Guardaba silencio durante un par de minutos, con su cara escondida entre las manos regordetas y, bruscamente, abandonaba la sala dando por terminada la clase de esa jornada. Al día siguiente, era de nuevo el Genaro Godoy de siempre. Sentado tras la mesa y recobrando su actitud habitual. Así, hasta el final del año. Habíamos descubierto –¡cómo no!– cuál era el “único y verdadero gobierno, ya inexistente, al que él hubiera servido gozosamente”.

Corría el mes de diciembre del año 1965 y nos encontrábamos rindiendo los exámenes de fin de año, asorochados por la ansiedad de pasar luego –y ojalá con éxito– el difícil enfrentamiento con Genaro Godoy y su comisión de Ayudantes que nos dirían cuán capaces e informados éramos en las materias de Historia Antigua.

Yo me presentaba a ese evento infausto con un débil promedio de calificaciones (creo que era un 4,5) lo que me auguraba una experiencia irrepetible como alumno de la Carrera toda vez que quisiéralo o no debería pasar por una o más preguntas sobre Roma. Genaro sabía que mi fuerte era Grecia, así como estaba endemoniadamente enterado de las materias que dominaban y/o rechazaban todos y cada uno de sus alumnos.

Pero frente a la mesa de la Comisión Examinadora, sobre la cubierta de una especie de tablero, descansaban apocalípticos treinta sobres conteniendo tres preguntas cada uno. Los sobres se encontraban numerados con tinta negra en el borde superior derecho. Debíamos sacar dos sobres (al azar, por supuesto), pero respetando las reglas del juego impuestas por Genaro. Un sobre cuyo número no superara el guarismo quince, y otro sobre entre el dieciséis y el treinta. En estos últimos se encontraban las preguntas respecto de la Historia de Roma.

El alumno que habla ingresó solitario a esa celda de torturas. Se sentó frente a la Comisión que le observaba como carnero con futuro cierto de degüello. El Ayudante Márquez leyó las calificaciones de la víctima. Un 4,5 en Egipto Antiguo. Un 5,2 en Grecia. Un 4,1 en Roma. Promedio final de presentación a examen: un 4,6.Le ofrezco dar el examen en marzo –me dijo Genaro.¿Por qué, señor? Tengo un 4,6 y me he preparado bien para este momento –creo que retruqué nervioso.

Odio aniquilar esperanzas fútiles. Como usted quiera, joven. Saque dos cédulas y léanos la pregunta número tres del primer sobre.Dicho eso, la Comisión permitía al alumno disponer exactamente de dos minutos para preparar la respuesta. Pasado ese lapso… comenzaba la rendición del examen.Genaro Godoy se echaba prácticamente sobre la mesa y escondía su cabeza entre los brazos, en actitud de sueño y descanso. Mientras tanto, el examinado comenzaba su exposición que debía contar con una hilvanada seguidilla de datos, fechas, situaciones, nombres y hechos, amén de usar adecuadamente la riqueza de vocabulario que se esperaba de él dada su calidad de estudiante universitario.

De pronto, tan teatralmente como hacía sus clases, el profesor levantaba con brusquedad su cabeza e interrumpía al estudiante con un estentóreo y seco:¡Falso! ¡Falso de falsedad absoluta! ¡No mienta, no invente, no yerre! ¡Horemheb no nació Faraón!

Si el error del alumno se producía durante su exposición sobre Roma, la reacción de Genaro era aún más burlesca.¡Dios mío! ¡Perdónalo porque no sabe lo que hace…ni lo que dice! Usted no va a ser jamás Profesor de Historia, señor. Será novelista de ciencia ficción. Lucius Cornelius Sila jamás hizo una reforma agraria… Quien sí la realizó fue uno de los Graco. ¿Cayo o Tiberio? ¡Ni siquiera sabe eso! ¡El colmo! Vamos a escribir al Instituto Avellino en El Vaticano para informarle a los académicos romanos de historiografía que aquí, en el lejano Chile, luego de un exhaustivo trabajo de investigación bibliográfica, un alumno acaba de realizar un descubrimiento magnífico que trastoca y cambia todo lo conocido. ¡Es usted un ignorante señor, y me hace perder miserablemente el tiempo! Dedíquese a otra cosa. Le sugiero que siga la carrera política. Ahí reciben especímenes variados. Desde incultos y analfabetos, hasta flojos, vagos y mongólicos.

Afortunadamente salí vivo de aquella experiencia. Algo chamuscado tal vez, pero vivito y coleando, con nota final 4,2. En los jardines colindantes con las murallas de ladrillos rojos del Departamento de Historia, setenta y tres estudiantes esperaban la salida del alumno que terminaba su sesión de “interrogatorio” con la Comisión. Ora abrazos, ora solidarios gestos de condolencia, acompañaban de inmediato a la última víctima.

Quienes no habían ingresado aún al examen, solicitaban con urgencia y ansiedad los números de sobres que contenían tal o cual materia, la que era releída y repasada inútilmente antes de ser llamado al juicio final de Genaro y sus ayudantes.

El nerviosismo se sentía incluso en los escaños de piedra que adornaban el paisaje. Nadie estaba ajeno al dolor de estómago y a la sensación de constituir un ser mínimo en el paisaje del inefable profesor.

Sin embargo, como siempre ocurre en cualquier actividad, había un estudiante que no manifestaba preocupación alguna sobre su próximo devenir. Por el contrario, este personaje había estado toda la tarde disfrutando de la lectura de un periódico y del crucigrama respectivo, recostado sobre el pasto del jardín, fumando desaprensivamente un cigarrillo tras otro, como si estuviese en el patio de su propia casa.

¿Con qué promedio te presentas? –recuerdo que le pregunté a Carolo.
Un 3,5, creo –me respondió indiferente.

Estás muerto. Genaro te va a reventar. Mejor acepta su oferta de volver en marzo.Ni loco que estuviera –respondió sonriendo- Voy a aprobar este examen, ya verás. Sólo confírmame una duda.

Tú dirás –respondí.

¿El sobre número veintidós es el que contiene una pregunta respecto de la crisis romana que llevó a Julio César al primer triunvirato?

Así es. Pero si eliges esa cédula te estarás ahorcando con propia mano. Es el tema favorito de Genaro Godoy, amén que la bibliografía existente al respecto es voluminosa. Por ese camino vas a la repetición de la asignatura. Además, que yo sepa, has estado durante los últimos tres días perdiendo el tiempo en El Quisco junto a tu polola. No tienes ninguna posibilidad de salir vivo de esa sala.

Hombre de poca fe –me respondió a la par con una carcajada que me hizo pensar en una posible enfermedad mental afectándole el cerebro.A las siete de la tarde, siendo ya el último alumno en enfrentar a una cansada comisión, Carolo ingresó a la sala y se presentó con actitud seria a la vista de Genaro y los suyos. Obviamente, el profesor le ofreció regresar en marzo y no perder miserablemente el tiempo, como acostumbraba decirle a todos.

Además, Carolo llegaba al final de la asignatura con calificación inferior a 4,0. Pero era un tipo porfiado, perseverante y confiado en sus habilidades.Argumentó que reglamentariamente le asistía el derecho a ser examinado y que haría uso de tal prerrogativa, independientemente que el señor profesor y sus ayudantes estuviesen cansados luego de diez horas de arduo trabajo. Por otra parte, para ello la sociedad chilena les cancelaba un sueldo nada despreciable.

Genaro sintió que sus mejillas se encendían de ira y vergüenza, pero no explotó ni perdió los estribos. Miró a Carolo con los ojos inundados por la sorpresa y terminó sonriendo irónicamente. Le habían aguijoneado y estaba dispuesto a entrar al ruedo. Se acomodó en la silla y frotó sus manos aparatosamente. Iba a disfrutar destrozando a ese insolente.

Póngase cómodo joven. Esto va a durar muy poco. Elija dos cédulas, por favor y…Perdón, profesor –interrumpió Carolo- Si usted lo permite, me gustaría jugarme el todo por el todo con un solo sobre. Quisiera abrir el que tiene el número veintidós.

Godoy abrió desmesuradamente sus ojos y la sonrisa se transformó en una risita nerviosa que indicaba cuán a gusto aceptaba la solicitud de ese bellaco. Sin miramientos, inclinó la cabeza señalando su aprobación.

Que sea el veintidós –dijo en un hilo de voz, ya que le resultaba difícil sofocar su alegría. Puede leer cualquiera de las tres preguntas. Tendrá dos minutos para preparar su respuesta.

Gracias señor, pero no requiero ese tiempo para contestar –afirmó Carolo, dueño de sí– Aún más, ni siquiera necesito abrir el sobre, ya que conozco los temas que incluye. Usted sabe, profesor… mis compañeros allá afuera han estado informando qué materias hay en cada cédula.

Entiendo. Que sea como usted quiere. Soy todo oídos.

Dicho esto, Genaro se echó sobre la cubierta de la mesa y escondió la cabeza entre los brazos. Estaba seguro que en menos de un minuto mandaría a ese alumno a freír monos al Congo y el año entrante lo tendría de nuevo en sus manos.

Carolo tomó aire, infló su tórax y comenzó a exponer la situación de una Roma sumida en el caos, la corrupción y los asesinatos diarios. Habló de las legiones repartidas en territorios lejanos, cerca de las fronteras últimas del Imperio. Mencionó las Galias, Hispania, el norte africano, Germania, Judea…

Al punto, señor, al punto. No merodee por cuestiones secundarias –apuró Genaro sin levantar la cabeza– Ya sabemos cómo estaba la capital del Imperio en esa época…Oh, claro… Roma se encontraba asfixiada por malas y corruptas administraciones, especialmente por la torpeza de los Cónsules que no eran capaces de recabar los suficientes impuestos para alimentar una plebe parasitaria que exigía todo sin otorgar nada.

¡Al punto, hombre, al punto! –vociferó el profesor, ya molesto.El Senado contaba con la capacidad militar, económica e intelectual suficiente para sacar al Imperio del marasmo que lo consumía. Tenía entre sus filas a hombres probos aún, dispuestos a tomar el gobierno colegiadamente y revivir la antigua República…

¿Qué está diciendo? –Genaro se entaquilló sobre la silla- ¿Una República en las condiciones que la ciudad…?¡Sí señor! ¡Una República! –gritó Carolo acercando su cara a la del profesor, desafiándolo abiertamente- Las condiciones, como usted dice, estaban dadas y el terreno era fértil.

Sólo tenían que llamar a los Tribunos de la Plebe que se hallaban minimizados por el ostentoso y pueril poder omnímodo de los mismos patricios que ahora rogaban por una mano diferente.

¿Y usted cree que esos patricios iban a aceptar ser gobernados por representantes de la chusma? ¿Eso es lo que está sugiriendo?

Roma ya había conocido las bondades de una República, así como sabía por propia experiencia de las terribles consecuencias de una dictadura de clases –la voz de Carolo era profunda y seria– El caos era tan agudo que el Senado aceptaría cualquier propuesta, y la de los Tribunos era no sólo la menos dañina sino la de mejor pronóstico para el mundo occidental futuro. República romana y democracia ateniense, juntas y mezcladas en el mismo jarro. ¡Perfecto! Lo dijo después el mismísimo Cicerón. Y Cicerón fue, a no dudar, el hombre más probo, inteligente y serio de toda esa malhadada época.

¡República, profesor, República y no Dictadura!

¡Imperio, joven, Imperio! Usted confunde perversamente los conceptos.

No profesor, yo no confundo nada ni me extravío en caminos torcidos que usted mañosamente construyó para nuestra desubicación. Pero, para su desgracia, soy de los pocos que ha pasado el año leyendo a Cicerón… ¡A Cicerón, señor, Cicerón… que sí estuvo presente en el Senado, en Roma, en Parma, en Liguria y en Sicilia cuando esos hechos ocurrieron, y no como usted que pasó simplemente por una biblioteca romana para tragarse infantilmente lo que le dijeron unos fanáticos fascistas salvados de la debacle de Mussolini y ahora, supuestamente convertidos en investigadores historiográficos, se dedican en exclusiva a levantar un ídolo de barro como Julio César, quien es el paradigma de los nuevos ultras de derecha, amantes de las tiranías monárquicas, que pululan por una Italia democrática complotando a diario para propiciar un golpe de Estado!

Genaro se había levantado de la silla y con las manos apoyadas sobre la mesa encaraba furioso la destemplada diatriba que lanzaba el alumno. La barbilla le temblaba como gelatina y sus mejillas se habían arrebolado. Aquel muchacho desafiaba no sólo la verdad histórica y la figura señera del magnífico emperador romano… Le estaba aguijoneando a él y a todo aquello en lo que había basado su modo de vida. El orden, la disciplina, la autoridad, el conocimiento y el respeto a las instituciones.

Consideraba que la situación había alcanzado niveles preocupantes pero, a pesar de los pesares, ese alumno estaba recitando a Cicerón y obligaba a un intercambio de opiniones fundamentadas, válidas y concretas.

Si César no hubiese regresado a Roma desde las Galias, el Imperio nunca habría alcanzado el esplendor y gloria que hoy conocemos –respondió con el mejor tono discursivo que halló a mano– Usted nada sabe de lo que en realidad es y significa una nación envuelta en la anarquía, el caos y la corrupción. La República bien puede constituir un noble propósito y una esperanzadora visión, mas para llegar a ella es indispensable a veces atravesar por períodos autoritarios. Tales momentos, en los que se aherroja las libertades individuales, si son conducidos por un hombre genial, probo y fuerte, se convierten por sí solos en la mejor expresión de la capacidad de un país. Julio César es el mejor exponente de lo dicho.

Discrepo absolutamente de su aseveración, profesor –retrucó Carolo impasible– Con César se instauró la tiranía y el culto a la personalidad, se conculcaron muchos derechos que los romanos habían ganado a punta de esfuerzos y creatividad en su camino hacia la República. Con César se borró de una plumada lo mejor del pasado magnífico de Roma. Por último, con César se regresó a la corrupción –él mismo era la insignia de los corruptos– y su propio gobierno terminó con sangre chorreando por las escalas del Senado. Tendría que ser Octavio –o Augusto en verdad– quien condujera a Roma hacia momentos de esplendor y paz. Octavio, señor. Octavio, que no era sino el protegido de César. ¿Cómo puede usted afirmar que el Senado tuvo un momento de inspirada iluminación al traerlo desde las Galias junto a sus legiones?

La Historia lo confirma, joven –bramó Genaro– Julio César recompuso la autoridad y amplió las fronteras del Imperio.

¿Acostándose con Cleopatra? ¿Un hombre enfermo, acosado por la epilepsia y por las ansias de ser considerado un dios? Otros procesos históricos, más cercanos a los nuestros, responden a mis inquietudes. Mussolini, Hitler, Stalin, por nombrar algunos, hicieron un recorrido similar al del emperador romano, y sus finales fueron también parecidos.

¿Está comparando a César con Mussolini y con Hitler? ¡Esto es el colmo! ¡Absténgase de decir estupideces sin fundamento!

Las tropas de asalto de Hitler, así como los “Camisas Negras” de Mussolini, portaban en sus banderas y estandartes muchos de los símbolos que Julio César utilizó en sus legiones. Haces lictóricos, laureles, swásticas (que César obtuvo de ciertas sectas hindúes), desfiles militares impresionantes en los que Roma mostraba su grandeza, un pueblo arrastrado a la Vía Apia y al Circo para aplaudir a sus héroes… en fin, la Historia se repitió y seguirá haciéndolo.




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