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BYE-BYE, FUKUYAMA!

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por Luis Cifuentes Seves*

 En tiempos de encierro pandémico, miles de personas que pueden adscribir a algo llamado intelectualidad, han intentado una reflexión enfrentados a una realidad que constituye un récord de complejidad histórica. Luego, pensé, mi propio y modesto ejercicio podría ser merecedor de un par de años de perdón.

Lo primero que constato es que ya no basta con mis viejos amigos Marx, Toynbee y Spengler para salir jugando del área chica como el Fifo Eyzaguirre. ¡Caramba! Como abnegado hombre de izquierda que opina en público con frecuencia, estoy dentro de mi propio arco y pataleando desde el suelo.

La única sutil ventaja de mi incómoda posición es que, en las circunstancias actuales las reglas parecen haberse esfumado y ya no se sabe de quién fue el gol… o si los goles importan en lo absoluto.

Bueno, un nombre que puede venir en mi auxilio es Thomas Piketty y, en particular su libro más reciente, Capital et Idéologie, caracterizado por algunos como un manual para abolir a los multimillonarios.

Entre las osadas afirmaciones del autor francés están:

  • La propiedad ya no es sagrada
  • Es posible superar al capitalismo
  • Es necesario reinstalar los impuestos progresivos
  • Reinstalar también la propiedad social
  • Un nuevo socialismo debe ser participativo en la gestión y toma de decisiones tanto a nivel de empresa como de otras instituciones trascendentes
  • Los trabajadores deben ser copropietarios
  • La riqueza debe circular entre los grupos sociales.

En otras palabras, Piketty rechaza la noción de un fin de la historia asociado al neoliberalismo y señala el posible renacimiento de los postulados socialistas.

Francis Fukuyama ganó gran notoriedad anunciando el fin de la historia en 1989, poco después de que las teorías de Friedman y von Hayek habían sido puestas en práctica por la fuerza en un laboratorio sangriento (Chile) y por medios democráticos en el Reino Unido de Thatcher y los EE. UU. de Reagan. Se extenderían a casi todo el planeta.

Por cierto, el autor de ascendencia japonesa no quiso decir que la historia tangible, aquella de gobiernos, coaliciones, acuerdos internacionales, guerras de mediana intensidad, invasiones imperialistas y ocasionales explosiones de descontento, hubiera terminado. Como buen hegeliano, a él sólo importaba la historia de las ideas, y era en esa esfera donde se había llegado a un resultado definitivo: el liberalismo había derrotado al socialismo para siempre.

Karl Marx

140 años antes, Marx había predicho algo parecido al proclamar el advenimiento de una sociedad sin clases. Pero la revolución no ocurrió en un país capitalista desarrollado, sino en la atrasada Rusia zarista, donde en buena parte de su territorio imperaba aún el modo de producción feudal.

El nuevo régimen no fue un nacimiento digno de celebración, sino un aborto de la historia, condenado a desaparecer en un periodo breve. Además, los horrores del estalinismo asestaron un golpe mortal al socialismo en cuanto utopía. Fukuyama parecía tener toda la razón.

Creo necesario afirmar en este punto que Marx no fue ni es culpable de nada. Caracterizó magistralmente el modo de producción capitalista y por ello nuestro eterno agradecimiento. “El Moro” nunca fue ni quiso ser un oráculo. El trabajo de analizar lo nuevo fue y sigue siendo responsabilidad de quienes se proclaman sus seguidores.

Pero algo había ocurrido en paralelo al desarrollo del socialismo soviético: el keynesianismo social demócrata (1930–1980) había dado origen, especialmente en Europa, a sociedades más igualitarias basándose en la acción niveladora del Estado, imponiendo altos impuestos progresivos sobre los ingresos, las herencias y la propiedad, y creando masivos sistemas públicos de salud, educación, previsión y vivienda (el denominado Estado de Bienestar).

En los EE. UU. el impuesto sobre el tramo superior de ingreso había llegado a un 92% en 1941; en el Reino Unido, a la misma cifra en 1974-1979. El ministro de Hacienda laborista Dennis Healey dijo, en un momento de entusiasmo, “we’ll squeeze the rich until the pips squeak” (estrujaremos a los ricos hasta que las pepas rechinen).

Empero, la marea social demócrata debía terminar, ya que los afectados (las oligarquías) controlaban las riendas de demasiados caballos, y lo consiguieron justificándose en una supuesta meritocracia, con el agregado bíblico de adjudicarse virtudes especiales: la extrema riqueza era un premio a su devoción religiosa y a su exquisita bondad de crear riqueza y trabajo.

Para auto embellecerse aún más, en diversos países se declararon contrarios al divorcio, al aborto y al sexo premarital, mientras apoyaban bajo cuerda al terrorismo de Estado, la tortura, la violación y la desaparición de personas.

Entre sus mentiras más abominables, los monetaristas plantearon su teoría del goteo o chorreo (trickle down), que nunca fue tal. Siempre fue un trickle up, transfiriendo gigantescos recursos de los pobres a los muy ricos.

Si Marx no tuvo culpas, sus seguidores sí las tuvieron: ante la reacción neoliberal al Estado de Bienestar, parecieron quedarse esperando que operara por sí sola la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (Tomo III de El Capital) para liquidar al capitalismo. Esto fue ingenuo e incompetente.

El paradigma dominante entre aproximadamente 1980 y 2010 consistió en suponer que las personas son agentes abstractos que procuran maximizar sus ingresos (“la sociedad no existe”, Thatcher). Los partidos de centro izquierda, que solían convocar al proletariado y a la clase media baja, se desplazaron a convocar a la clase media alta educada y acomodada, sin experiencia directa de la extrema pobreza ni de los peores abusos.

Tales partidos fueron mucho más afines a practicar una “política de consenso” con la derecha, donde esta última siempre ganaba. A cambio, las cúpulas centro izquierdistas (aunque no sus ilusionadas bases) se hicieron acreedoras a una tajada de los privilegios controlados por la oligarquía e hicieron grandes esfuerzos por distinguirse de y condenar a la “ultraizquierda”. Llegó a asomar su cabeza una bestezuela hasta entonces ignota: el extremismo de centro.

Por su parte, los partidos que se mantuvieron fieles a los viejos principios izquierdistas, se vieron empequeñecidos, marginados y fuertemente discriminados en el contexto de regímenes supuestamente democráticos.

Prosperó así el neoliberalismo, también conocido como capitalismo hiper liberal o salvaje, caracterizado por un aumento sostenido de la desigualdad, de los abusos, de la injusticia y de la corrupción desembozada.

Luego surgió un tsunami en el horizonte: el del descontento masivo. El billonario norteamericano Nick Heunauer advirtió en 2014: “Beware, fellow plutocrats: the pitchforks are coming” (cuidado, colegas plutócratas: ya vienen las horcas).

Heunauer afirmó que el 0,01% de la población, al que reconoció pertenecer, era demasiado pequeño como para mover la economía. Se necesitaba de una clase media muy numerosa y consumidora para generar una sociedad más igualitaria. Si esto no ocurría, el descontento de las mayorías iba a crecer hasta que las turbas llegaran a colgar por el pescuezo a los más privilegiados. Y el resultado no sería bueno para nadie.

El mecanismo para crear esa clase media salvadora del capitalismo -ya que Heunauer afirma que el capitalismo es lo único que hay-, sería mediante grandes impuestos a los muy ricos. Pareciera tratarse de un retorno a Keynes, pero… hay un problema, Nick.

Esa gran clase consumista, de masificarse para reducir la desigualdad en el mundo entero, liquidaría los recursos materiales del planeta en un plazo muy breve. No habría prosperidad para todos, sino, tal vez, hambruna, barbarie, peste, extinción.

En la actualidad, el hiper capitalismo está en profundos problemas y la superación de Fukuyama se ve como una posibilidad. Las ideas de Piketty comienzan a instalarse en el sentido común. Una noción de socialismo a la altura de su época pareciera emerger de las crisis del presente, incluido el coronavirus. Resurge entonces el tema de la hegemonía cultural, intelectual y moral de un grupo social, que permea la sociedad como pre requisito para alcanzar el poder. En mi opinión está sucediendo, pero no ligado a una orgánica.

Antonio Gramsci

Estimo necesario señalar que hay una diferencia grande entre hegemonía (Gramsci) y liderazgo. El primero es un concepto histórico-cultural-ético-político. El segundo tiene que ver con la habilidad poco común de algunos individuos para interpretar tácticamente la contingencia y guiar a grandes números de personas a la acción política inmediata.

La burguesía, la clase más creativa y revolucionaria que ha existido, generó su hegemonía proponiéndose superar culturalmente a las cúpulas feudales. Esto no era trivial, puesto que la llamada Baja Edad Media y el Renacimiento (siglos XI-XVI) habían creado prodigios de pensamiento. Para conseguir su objetivo, la burguesía se dio un plan formidable: creó los gremios y las universidades y desde allí se hizo orgánica e intelectualmente capaz de realizar una revolución magna.

El proletariado, ni ningún otro grupo social (ver la “Nueva Clase” de Katz, formada esencialmente por jóvenes especialistas en informática, tecnologías modernas y comunicaciones) han sido capaces de hacer algo similar. Esto daría para reflexionar acerca del ¿Qué Hacer? para el siglo XXI. Menuda y apasionante tarea. 

Se trataría entonces de una hegemonía policéfala que no requiere ni admite meta relatos ni pirámides partidarias. Podría ser Lyotard de nuevo, sólo que su apacible condición post moderna se esfuma día a día con la crisis global de la desigualdad y la irreversible dislocación de todos los consensos provocada por el coronavirus. Y en medio de este incierto panorama, emergen los monstruos de Gramsci y la “espuma sucia” de Lenin (manifestaciones de la descomposición de una sociedad que muere), sin que se vea un camino claro que permita barrerlos ni de las calles ni de la esfera arquetípica.

Y no olvidemos que sigue sobre la mesa la nada despreciable crítica de Habermas: “el posmodernismo ignora la vida diaria y sus prácticas”, lo que casi constituye un desafío a volver a la Tesis Once sobre Feuerbach, que intentó sacar a los filósofos de su zona de comodidad hace un siglo y tres cuartos: no se trata de interpretar el mundo; hay que cambiarlo.

¿Qué duda cabe? Los de abajo no quieren y los de arriba no pueden seguir viviendo como lo han hecho hasta ahora. Se trata de una condición pseudo revolucionaria. ¿Por qué pseudo? Porque podría, en el mejor de los casos, generar una sociedad neokeynesiana capaz de eliminar la grosera desigualdad, los abusos y la corrupción impune, trayendo beneficios a las grandes mayorías, pero seguiría siendo una forma de capitalismo.

Esto deja pendiente el grandioso tema de la superación del modo de producción imperante desde las revoluciones de los siglos XVII-XVIII. ¿Hay tiempo para ello? Habría que preguntarles a quienes estudian seriamente la crisis medioambiental.

Sabemos que el Fuego de San Telmo puede ser capturado en la punta de un arpón (película “Moby Dick”, 1957), pero … ¿conocemos a las osadas u osados que se atrevan a alzar su lanza en un último abordaje a la inmortalidad? Es de esperar que algún día vuelvan a estar en las calles, avenidas y parques del mundo formando una ola gigantesca que acorrale a las oligarquías luchando por dar paso a un mundo más justo, igualitario y solidario.

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*(Dr.) Luis Cifuentes Seves

Profesor Titular

Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas

Universidad de Chile

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