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BASILIO MARTÍN PATINO – El cineasta más representativo del documental en España

BASILIO MARTÍN PATINO – El cineasta más representativo del documental en España

Pepe Gutiérrez-Álvarez

BASILIO MARTÍN PATINO UNO DE LOS NUESTROS. Hace unos día hice amistad con una joven muchacha que resultó era una apasionada al cine, universitaria y sin embargo, cuando le mencioné Canciones para después de una guerra (1971), puso cara de extrañeza: la desconocía totalmente. Algo no funciona en este país cuando alguien así desconoce al cineasta más representativo del documental en este país, a Basilio Martín Patino, Nómbrales, Salamanca, 1930-2017) cuya trayectoria abarca desde las “conversaciones de Salamanca hasta el 15-m, y es autor de alguna que otra obra maestra.

Licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Salamanca, en 1953 crea el cine-club universitario de dicha ciudad y poco después la revista especializada Cinema Universitario. Diplomado en dirección en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas en 1960, más tarde es profesor de montaje en la Escuela Oficial de Cinematografía. Mientras realiza una amplia labor en el terreno del cine publicitario, debuta como director con Nueve cartas a Berta (1965), uno de los títulos más representativos del llamado “nueve cine español”, de los que llegaron más lejos. El fracaso de Del amor y otras soledades (1969), intento de análisis crítico de la vida matrimonial, le conduce a desarrollar su interés por el montaje en Canciones para después de una guerra* (1971), donde a través de una hábil mezcla de documentos gráficos y canciones de moda en la época inmediata de la postguerra, que reconstruye los duros años que van de 1939 a 1953, pero es prohibida por la censura franquista hasta su desaparición.

Dentro de esta línea de atractivos documentales también rueda Queridísimos verdugos* (1973), sobre las peculiaridades españolas del arte de matar, un documento “goyesco” que supuso una experiencia única en la historia del cine, así como Caudillo* (1975), película de montaje sobre la guerra española que incluye una crítica demasiado leve de la figura del dictador, todas ellas rodadas en la clandestinidad en la que Basilio, de familia ultraconservadora pasó de contar como “simpatizante” del PCE ha acabar militando en la CNT.

Perdido en el terreno del vídeo, la llamada ley Miró le devuelve al cine con Los paraísos perdidos* (1985), una especie de continuación veinte años después de su primera película, y Madrid* (1987), intento de síntesis de su interés por el documental, la ficción, el cine y el vídeo, pero su mala acogida por parte del público le hace. Pero ni esta ni otras películas de ficción quedaran para la historia, lo cual sí hará seguramente su documental sobre el 15-M. Sería estupendo que su fallecimiento animara al personal a trabajar sobre sus películas documentales, lo que les garantizó sería una experiencia cultural y militante de primer orden

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