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No hay mejor manera de iniciar este año que leer un texto de Daniel Pizarro. Una historia acaecida en nuestros pagos. En nuestro quehacer diario, de gente que labura, ama, e intenta sobrevivir en este valle de lágrimas. Pos eso.
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un relato de Daniel Pizarro

Dos veces antes había estado en la zona de Lota y Coronel y las dos veces había sido por trabajo. Esta vez, que sería la tercera, iba con mi mujer y lo hacía por placer, aunque debo decir que siempre me ha llamado la atención la idea de los viajes de placer, pues por una parte el placer nunca está asegurado, y por otra el solo hecho de imprimirle ese rótulo genera, a mi modo de ver, una presión que de por sí reduce, ya se verá en qué medida, las posibilidades de vivir una experiencia placentera. Dicho de otro modo: el placer no se puede anticipar, toda anticipación del placer viene a girar a cuenta del placer real.

Digo que había visitado dos veces antes la zona de Lota y Coronel y ninguna de las dos había sido una visita plácida, sin presiones, y no solo porque fueron viajes de trabajo en los que las actividades en pauta comprimen a tal punto la jornada que apenas hay tiempo de, digamos, asomarse por la ventana para saber lo que existe más allá, sino sobre todo porque en cada uno de esos viajes me ocurrió algo imprevisto, no un contratiempo que pusiera en riesgo los propósitos de la visita sino un incidente, uno por cada viaje, que vino desde el olvido a recordarme el desquiciamiento del mundo en que vivía a la vez que mi propio desquiciamiento. Si se toma como referencia de un orden la posición en que uno se encuentra respecto del mundo, me encontraba en una posición desquiciada en el mismo sentido en que le sucede a una puerta respecto de su sitio: fuera de quicio.

La primera vez, unos diez años atrás, tomamos un vuelo hasta Concepción y en el aeropuerto de Carriel Sur arrendamos un auto en el que seguimos por tierra hacia la zona de Lota y Coronel. Hablo en plural pues viajábamos en grupo, cuatro empleados de la compañía que debíamos sentir una suerte de solidaridad o adhesión espontánea entre nosotros por el hecho de viajar juntos, hombro con hombro, en esa misión. Tanto en aquel como en otros viajes en que debía compartir con empleados de la compañía mi, digamos, impulso natural en cuanto dejábamos atrás las oficinas con destino a las provincias era desprenderme del traje del empleado, de mi cargo y mis funciones, para conversar desde la posición del individuo que yo era o creía ser aprovechando los tiempos muertos o los tiempos de traslados, que no eran pocos, para conversar, digo, acerca de todo lo que se nos iba presentando a los sentidos, la novedad que nos ofrecían los lugares y las situaciones, esos perfiles de la realidad por donde despuntaba lo interesante de la vida, aquello que no era ni lo consabido ni lo sujeto a programación. En otras palabras, buscaba ventilarme, respirar un poco de aire puro.

Pero era difícil conseguirlo, por no decir imposible. En cada viaje por las provincias —y ya contaba bastantes a mi haber— mi actitud se oponía a la actitud de los otros empleados, nunca de frente, jamás de forma directa, sino como si un cuerpo con una masa muy superior a la mía fuera conduciéndome con leves empujones hacia la vía recta y sensata, que era la suya. Si yo introducía algún tema personal, un comentario de orden político, una observación sobre el carácter de la gente del lugar, un apunte de cultura, siempre caía en el vacío o no recibía por respuesta más que una interjección o un asentimiento de cabeza.

Ninguno quería hablar de nada que no fuera el trabajo, la misión impostergable que nos traía a la provincia. Sobre todo lo demás habían hecho un pacto de silencio que nunca terminé de entender, pero que con toda probabilidad tenía que ver en última instancia con el miedo a caer en desgracia por un comentario indiscreto que fuera a parar a oídos de alguna jefatura o, lo que es lo mismo, para demostrar ante los demás el alto nivel de compromiso con la compañía, nadie fuera a pensar que estos viajes se hacían solo por cumplir o salir del paso.

*

Para esa primera vez en la zona llevábamos el dato de un hostal ubicado sobre los cerros de Coronel, en unos acantilados boscosos frente al mar. Nos informaron que el hostal estaba emplazado en la parte más alta de toda la región, ningún otro cerro cortado a pique sobre las rocas del borde costero lo superaba en altura, su vista sobre el golfo de Arauco era excepcional. Lo cual era cierto, lo pude comprobar en cuanto recorrí la amplia terraza fascinado por el panorama que se abría desde ahí y desde donde se dominaban las aguas azul verdosas, la isla Santa María hacia el sur, más acá las diminutas embarcaciones pesqueras que oscilaban en el oleaje tranquilo, al fondo las nubes anaranjadas que se habían apelotonado en el horizonte como si tramaran un complot contra el cielo del atardecer, y detrás, a mis espaldas, la masa de pinos como una ola negra sobre nuestras cabezas. Pinos por todos lados, la invasión del negocio forestal que el viento diseminaba hasta el borde de los acantilados. Asomé la mitad del cuerpo por encima de la balaustrada de concreto carcomida por el tiempo y el vértigo me anudó el estómago. Eran por lo menos cien metros de precipicio en línea recta hasta las rocas lavadas por la espuma a las que se podía bajar por unas escaleras en zigzag ubicadas hacia el norte del hostal, allí donde la pendiente de los cerros era más suave. Evidentemente no era un lugar para visitar con niños pequeños, me dije, y en la noche pude comprobarlo al ver que las habitaciones estaban ocupadas por hombres solos, hombres de trabajo como nosotros, que pernoctaban una o dos noches, cenaban temprano y se guardaban a ver televisión, hablaban por teléfono con sus mujeres y a la mañana siguiente estaban desayunando a primera hora para luego desaparecer el día entero. En ese y otros hostales los había oído mil veces a través de los tabiques, parecía una regla de esos alojamientos el que las paredes estuvieran hechas de material ligero y sin aislación. Esa promiscuidad sonora que a nadie excepto a mí parecía molestar me permitió ir haciéndome una idea de las vidas de esos hombres que viajaban por las provincias, era una imagen triste, opaca, predecible y con un vago aroma funerario que se correspondía punto por punto con la idea que yo me hacía de los empleados con quienes cada tanto salía de viaje.

Estaba intentando dormir, lo recuerdo, cuando a través de la ventana vi por primera vez a la mujer en la terraza. Las piezas se encontraban en el segundo piso formando una herradura orientada hacia el mar, por lo que tenía una perspectiva de cierta altura con respecto a ella, lo que me pareció que incluso no me permitía apreciarla bien, en sus justas proporciones. Había salido con una manguera larga a regar las jardineras y los arriates de flores violetas y malvas que cercaban la terraza entre los segmentos de la balaustrada como una seductora y peligrosa invitación, me dije, a acercarse al precipicio. Lo hacía con un aire distraído, quizás de rutina, pero al mismo tiempo de delicada ternura por el lugar. Un perro negro de porte mediano la seguía de un lado a otro con absoluta devoción. Llevaba puesto un camisón de dormir claro anudado en la cintura con un lazo de la misma prenda que en parte me permitió discernir su figura esbelta, y bajo el camisón alguna ropa informal, holgada, un buzo deportivo o quizás un piyama.Con la luz apagada, no podía quitarle los ojos de encima. Me había convertido en un fisgón. No sé qué esperaba de ella, quizás un gesto repentino hacia mí, una invitación lujuriosa para seguirla a algún sitio escondido. Mis fantasías se interrumpieron con la aparición del hombre que nos había recibido al llegar, el administrador o dueño del hostal, aún no lo sabía. Se le acercó con un cigarrillo en los labios, algo se dijeron que la distancia no me reveló, y de pronto la mujer le pasó los dedos por la frente peinando sus cabellos blancos con una naturalidad que me esclareció de inmediato su relación. Ella se veía más joven, pero ninguno de los dos era ya joven, y ninguno de los dos una persona de edad. Se quedaron unos instantes mirando hacia el mar, que esa noche, al menos desde mi perspectiva, no era más que indiferencia oscura, y tomados de la mano se dirigieron hacia el extremo sur de la larga construcción seguidos del perro, que se echó bajo el amplio alero. Subieron por una escalera exterior de varios tramos hacia una habitación elevada un poco por encima de las piezas de los pasajeros, una especie de torreón chato y extendido. Vi iluminarse las ventanas y unos diez minutos después las vi apagarse. Recién entonces la noche me dio permiso para dormir.

*

Aquello que de manera violenta y hasta con tintes cómicos me trajo desde el olvido el desquiciamiento del mundo sucedió a la vuelta de ese primer viaje, cuando en el boletín interno de la compañía, que se distribuía por correo electrónico y donde era habitual que los empleados dejaran sus comentarios insulsos sobre una visita a las provincias, comentarios del mismo tenor que las conversaciones que oía durante los viajes, en un arrebato lírico de cuarta y con toques de denuncia social se me ocurrió ensalzar la zona de Lota y Coronel comenzando así: “Lota es pobre”. Había puesto por las nubes la generosidad de los empleados de la zona, había extremado las apreciaciones sobre el trabajo que hacían, su importancia fuera de toda duda, etc. Pero el aserto inicial lo malograba todo, y sin remedio. Había metido el dedo en la llaga. Y la había removido por dentro. ¡Lota no es pobre!, me escribieron de vuelta. Arrogante. Soberbio. Desubicado. Ofensivo. ¡Viva Lota! ¡Viva Chile!

Desperté odios y chovinismos rabiosos. Fueron entre cien y doscientas respuestas a mi bienintencionada nota. La mayoría de las colaboraciones del boletín interno eran acogidas en silencio, las que tenían alguna repercusión alcanzaban dos o tres respuestas, éxito total era recibir diez comentarios. Mi jefe me miraba con las cejas en alto sin saber qué decir; también a él se le había colado mi frase maldita. Sobra decir que mi jefe no vivía en una zona pobre sino en una de las más acomodadas de Santiago. Bueno, parece que ya nadie es pobre, le dije sin intenciones de defenderme, asumiendo el desatino. O nadie quiere que se lo recuerden. Vamos a bajar la nota, me avisó con algo de culpa, real o fingida. Durante algunas semanas en la compañía me apodaron Baldomero Lillo, hasta que el tiempo hizo polvo la burla.

La segunda noche que pasé en el hostal pude observar con más detención a la pareja. Estábamos cenando junto al ventanal, abajo se cimbraban las lucecitas de los barcos y el cielo parecía un poco menos cerrado que la noche anterior; al menos podía distinguir algunas estrellas. Como si no quisiera convencerme de que esos viajes a la provincia no dejaban tiempo a nada había preguntado si a la jornada siguiente a alguno le interesaría visitar el Chiflón del Diablo, que hasta donde sabía era el único pique abierto al turismo tras el cierre de las minas de carbón. La idea de internarse varios cientos de metros por un túnel bajo el fondo marino en la oscuridad absoluta, para experimentar al menos en la piel lo que para los mineros había sido su vida, su forma de ganarse el sustento, y también la explotación más brutal, la miseria y la muerte, era algo que me atraía con la fuerza de un llamado, literalmente, desde las profundidades de la tierra. Era hasta entonces lo que más me atraía de toda la zona de Lota y Coronel.

Pero debo decir que también había empezado a atraerme la pareja administradora y dueña del hostal, como pude averiguar pronto. Y como la propuesta de visitar el Chiflón del Diablo también cayó en el vacío y los empleados de la compañía mantuvieron sus pactos de silencio, me dediqué a observar al dueño del hostal, quien desde antes de nuestra entrada al comedor estaba jugando ajedrez en una mesita esquinada. No lo hacía contra el mismo contrincante, durante la cena lo vi derrotar a tres adversarios más o menos con la misma rapidez. Era un masacrador de rivales. Tuve la impresión de que los jugadores ya conocían este rito vespertino, seguramente lo habían desafiado en visitas anteriores. Se levantaban de sus mesas para ir a sentarse frente al dueño del hostal, daban un rato la pelea y volvían vencidos y sonrientes a su sitio. En el intertanto el maestro de ajedrez sobrevolaba el comedor con la vista invitando en silencio a jugar una partida.

Cuando se presentó la oportunidad me puse de pie y fui hasta la mesa del rincón. Advertí que su mujer, que se hallaba a la entrada de la cocina en labores de supervisión, me siguió con la mirada. Ahora la había visto bien, cuidando ser discreto. Su atractivo cortaba el aire, seccionaba un cubo de aire y la envolvía como en ámbar. No era hermosa, era muy especial o muy de mi gusto. El pelo ondulado y oscuro, la piel pálida… Pero no, no eran sus rasgos en particular, era su aire, su ámbar…

Ahora estaba frente a frente con el dueño del hostal, que me tendió la mano y se presentó: Horacio. Era unos cuantos años mayor que yo, ni cerca aún de rozar la vejez; el pelo blanco peinado hacia atrás quizás lo avejentaba más de la cuenta. Antes de empezar me disculpé diciendo que no jugaba al ajedrez desde hacía años, de niño me había interesado bastante y al parecer tenía cierto talento… pero no lo había cultivado. Comprendí que Horacio oía disculpas como la mía cada vez que un contendiente se sentaba frente a él. De seguro los campeones mundiales no se desviaban hacia el hostal para jugar una partida. Mi repertorio era limitado, clásico, previsible, y además no estaba dispuesto a arriesgar nada. A cada movimiento de mi parte respondía con uno que iba reduciendo mis posibilidades de ataque, blindando cualquier flanco. Hasta aquí, me esperaba a la defensiva. Me pregunté si lo hacía por cortesía, porque era mi primera vez y no se vería muy educado pasarme por encima.Entonces se acercó su mujer, que se llamaba Eva. De niño me había atraído mucho una Eva del colegio, un curso más abajo que yo. La miraba obsesivamente durante los recreos sin valor para acercarme. Por un instante pensé que podía ser la misma mujer, tenían un aire, pero al pensarlo mejor me dije que era muy improbable, en realidad un desvarío. No abuses de tus huéspedes, le advirtió en un tono suave que me recordó el gesto con que había domesticado su mechón de pelo rebelde. Y luego a mí, descansando una mano en el hombro de Horacio: compitió en escalafón nacional, siempre espera que aparezca por aquí algún jugador profesional. Yo le digo: Horacio, busca afuera, sal de aquí, inscríbete en campeonatos. Pero dice que no puede dejar el hostal ni un solo día. Horacio me miró a los ojos y posó sonriendo una mano sobre la de su mujer, que seguía en su hombro: ¿Dejarías sola a esta belleza? Por nada del mundo, le habría contestado en el acto, pero me encogí de hombros en un gesto anodino.

Ella se apartó y Horacio desplegó su ofensiva. En pocas movidas ya me tenía acorralado y mi único objetivo a esa altura de la partida era leer con anticipación el jaque mate que me venía preparando, de modo de no parecer un aficionado incapaz de advertir su derrota antes de la última jugada. El juego tomó el aspecto de una lucha contra una enfermedad incurable. Horacio era la muerte que me cercaba poco a poco, casi con fruición. Un gusto que me negué a concederle y unas cinco o seis movidas antes del inevitable final puse mi rey de costado. No estoy a tu nivel, le dije. Eso no tiene ninguna importancia, me respondió, cada partida es diferente y la fortaleza o debilidad de tu rival te impone un desafío distinto. A mayor debilidad, mayor apremio por vencerlo lo antes posible. No quise saber qué grado de debilidad me había atribuido.

*

Regresé a Santiago agitado por las impresiones del viaje. Todas las experiencias y pensamientos que no había compartido con los empleados de la compañía los volqué sobre mi mujer. El entusiasmo me ponía enfático. Tenemos que hacer un viaje a la zona de Lota y Coronel. Tenemos que visitar el Chiflón del Diablo. Tienes que ver las antiguas casas de los mineros, el modo en que vivían. Te va a encantar el hostal, la vista es impresionante. Le hablé de Horacio y el ajedrez, pero de su mujer omití decir que se trataba de un ser envuelto en ámbar. Ella me miraba con buena voluntad, tratando de empaparse de mi entusiasmo hasta donde era posible. Entremedio se interponía la vida, nuestra vida, el ajetreo constante, las responsabilidades familiares. Esa terraza no es para ir con niños chicos, me dijo. La había visto a través de mis ojos. Era cierto, los niños no nos darían tregua. Había que esperar a que los hijos crecieran. “Cuando los hijos sean grandes”, era la llave con que introducíamos en el congelador cualquier plan de hacer un viaje en pareja. Esa llave era una aleación de cansancio, falta de dinero y falta de tiempo, pero también de cordura, pues todo aquello ponderaba en la realidad y no estábamos dispuestos a caer en las eternas recriminaciones de las parejas que se culpan uno al otro de haber destruido el amor por desatención y luego acaban separadas, y odiándose. Simplemente no se podía y era mejor aceptarlo, no sin perder de vista, por supuesto, que entretanto se nos pasaba la vida. Pero la vida es así, hasta donde entiendo: pasajera.

Los niños no habían crecido demasiado cuando hice el segundo viaje por trabajo a la zona de Lota y Coronel y volvimos a hospedarnos en el mismo hostal. Me parece que Horacio me reconoció y hasta estoy seguro de que Eva, su mujer, se acordaba muy bien de mí, lo que me despertó un orgullo masculino bastante elemental pero quizás excusable. Los años no habían pasado por ellos. Los vi ejecutar las mismas tareas, lo que no tendría por qué extrañar pues atender a las labores de un hostal debe ser un asunto de rutina. Por la noche la mujer salió a regar las plantas de los arriates y jardineras y yo la observé desde la misma ventana del viaje anterior diciéndome que ahora sí, puesto que me había reconocido y sabía cuál era la pieza donde me alojaba —y que a propósito mantenía iluminada—, que ahora sí, digo, quizás se volvería hacia la ventana para mirarme. Si no me equivoco, vestía el mismo camisón claro, y diría que bajo esa prenda iba en ropa interior negra, lo que me parece plausible pues ese segundo viaje lo hicimos a las puertas del verano.

Había tomado una silla y estaba sentado de cara a la noche como un extraño espectador de la oscuridad, un espectro o un sonámbulo, no lo sé, alguien perturbado o fuera de quicio tal vez. Así permanecí esperando un gesto suyo hacia mí, que no pude reconocer con certeza. Quizás hubo un guiño, quizás. Un leve giro de su cabeza por encima del hombro, una mirada de reojo infinitesimal, un tiempo tan mínimo como para fichar su acto en un limbo entre lo real y lo imaginado. Un gesto muy propio de ella, me dije, como si la conociera a fondo. Estaba sola y sin el perro, que quizás había muerto. Tiró la manguera sobre el piso de ladrillos, se sacudió un pie como si se le hubiera mojado mientras regaba y se alejó hacia el torreón iluminado donde, me dije con certeza absoluta, estaba esperándola Horacio. Nada más que cinco minutos pasaron y vi que las luces de su habitación se apagaban. Ahora están haciendo el amor, me dije, como si pudiera atravesar los muros con la vista. Hacer el amor: de esa forma me lo dije, una expresión ajena a mis registros lingüísticos y de hecho, así me sonaba, bastante cursi. Pero esas palabras me vinieron a la mente mientras me deslizaba entre las sábanas sintiendo un vértigo parecido al que me cogió al asomar el cuerpo al precipicio, un vértigo cálido como una vaharada, un nudo bajo el estómago que me hizo resoplar.

Un poco antes, a la hora de la cena, había vuelto a jugar ajedrez con Horacio. Y había ocurrido un hecho inesperado: lo vi equivocarse, cometer un error de principiante. Fue tan grosero que lo tomé por una celada y traté de descifrar por todo el tablero dónde se encontraría la trampa. Pero no fui capaz de descubrirla y levanté la mirada para observar su expresión. Intentaba disimularlo, pero se había descompuesto. Era bastante pálido; ahora estaba mudando al verde macilento. Se peinaba con los dedos. Yo tendía a ser competitivo, pero me dije que este hombre no podía tolerar una derrota bajo ninguna circunstancia. No había perdido una sola partida en toda la existencia del hostal. Eso me dije. Y fui más allá: este hombre no aventuraba un solo paso hacia ningún lugar donde existiera el peligro de perder. No sé por qué me lo decía, pero hasta esos bordes crepusculares me llevó el pensamiento como un relámpago. Intenté aprovechar la ventaja que me había regalado. Cualquier jugador un poco mejor entrenado lo habría vencido; yo todavía no estaba en forma. Poco a poco fue recuperando terreno con la maestría de su juego hasta tomar ventaja y dejarme en una posición en la que otra vez me forzó a poner mi rey de costado. Ahora me miró de un modo diferente. ¿Qué va a decirme?, pensé. Su mujer no se había asomado en toda la partida.

El ajedrez es una representación concentrada de la experiencia humana, me dijo. Y por eso me gusta. Aquí, ante el tablero, soy capaz de digerirla… Puede ser un signo de debilidad, pero el ser humano necesita representar lo que vive. Para vivir, el hombre despliega la muerte a su alrededor.

Como en el ajedrez, donde vamos destruyendo poco a poco al adversario hasta ganar la partida y quedarnos sin nada, en una tierra baldía. Así entiendo yo la pulsión de muerte.

Retengo sus palabras como si lo que vino después, de lo que pude enterarme en el tercer viaje a la zona de Lota y Coronel, actuara como un fijador tardío de la memoria. Es que la memoria funciona de ese modo, me digo, con un efecto retardado y que te asalta por sorpresa. Cuando terminó de hablar no esperaba una respuesta o un comentario de mi parte; su declaración se parecía a un bloque de granito labrado por generaciones durante miles de años. Había que atacarlo con las artes de un arqueólogo y yo estaba lejos de serlo. Mañana los esperamos en la fiesta anual, me dijo para terminar. No habría imaginado que en el hostal se celebraran fiestas.

*

En la jornada siguiente tuvo lugar el segundo episodio que me hizo sentir fuera de quicio o como si estuviera viviendo la comedia permanente de mi vida. Aunque habían pasado unos siete años desde mi primera visita a la zona de Lota y Coronel, aún temía que los empleados locales se acordaran de mí y me pidieran explicaciones en la cara por mi comentario sobre la pobreza de la ciudad. Pero sucedió que todos los rostros habían cambiado, y pronto comprendí que eso se debía a una política de la compañía, que iba renovando el personal con contratos a plazo fijo, de modo que la empresa era una máquina de fabricar empleos y al mismo tiempo de liquidarlos. Me dije que a ese ritmo no solo la ciudad sino toda la región pronto iba a pasar por el tracto digestivo de la compañía en un proceso de asimilación y excreción de desechos.
Digo que las caras de la zona, todas las caras, eran distintas y me miraban con un respeto que rozaba la admiración, algo totalmente desproporcionado y absurdo para quien no cree ser el rey de nada. Habían conseguido el teatro municipal de la ciudad, recientemente refaccionado siguiendo las líneas del estilo original, de otra época, de unos ochenta o cien años atrás, de los tiempos en que tal vez hasta los propios mineros del carbón podían disfrutar de unos momentos de distracción junto con sus mujeres, o tal vez no, lo ignoro, tal vez las butacas del teatro estaban reservadas solo a la oligarquía de las minas, a los Cousiño, los Goyenechea y otras familias enriquecidas con el trabajo de los demás. Había venido desde Santiago para dar una charla a la comunidad, había volado unos quinientos kilómetros para decir cosas importantes, nadie se sienta en un avión que atraviesa un manto de nubes para llegar a otra zona del país a decir disparates. Cuando subía por las escaleras laterales del escenario oí que por parlantes se mencionaba mi nombre acompañándolo del título “experto”. Un experto sobre el escenario. Un experto que venía de Santiago a la zona de Lota y Coronel. Nadie cometería la insensatez ni el derroche de meter en un avión a un ignorante, a alguien que por momentos dudaba de todo, de sí mismo antes que nada, uno que se quedaba perplejo ante la comparación de la vida con una partida de ajedrez, para empezar. Ahí estaba yo frente a un teatro repleto, una masa de rostros anónimos aguardando expectantes mis palabras. El título de experto me había dejado en blanco por unos segundos. Parecía una cuchara que había vaciado hasta el último resto de mis capacidades intelectuales. ¿A todos los expertos les sucederá lo mismo?, me pregunté sobre el escenario. Las luces sobre la cara me encandilaban produciendo un efecto de distanciamiento con el público. En cierto modo me aislaban y me protegían en vez de exponerme. En el telón de fondo una transmisión de video me duplicaba en vivo y en directo. Podía verme sin reconocerme. Sentí la distancia entre mi personaje y lo que fuese que existiera detrás de él: ¿un yo real? Y a la vez me vi varado a medio camino, en el espejismo de la identidad. El individuo es una ficción, es la ficción medular del mundo moderno, de la vida burguesa. Un mundo futuro —si tenemos la fortuna de vivirlo— vendrá a desintegrar este concepto mágico y salvaje. Los hombres del futuro apenas podrán comprendernos. Nos tomarán por unos desquiciados. Y nosotros apenas podemos concebir a esos hombres del futuro. Ignoro cuánto de todo aquello alcancé a pensar arriba del escenario, pero sé que de pie sobre esa plataforma larga sembré las semillas de estas ideas. Y entonces me largué a hablar como un experto, que era lo que todos esperaban de mí, con toda la locuaz indiferencia de un experto. Y al final me aplaudieron y me entregaron un reconocimiento por mi visita a la zona, una piedra lunar que todavía guardo dentro del cajón de las cosas inútiles que uno va acumulando a lo largo de la vida.

*

En la noche, la fiesta. La inolvidable fiesta del hostal. Yo seguía poseído —cómo explicarlo— por el espíritu de un experto. La actuación arriba del escenario me había cargado de combustible para cientos de kilómetros con autonomía de vuelo experto. Estaba fuera de mí, indudablemente. Habían acondicionado la terraza para la celebración distribuyendo decenas de sillas como la formación de un teatro, las que se fueron ocupando rápido no solo por las visitas del hostal, que en su gran mayoría eran hombres grises como los que he descrito, sino también por gente de la zona, amistades de los propietarios, gente de pueblo, matrimonios con hijos, grupos de mujeres, parejas de jóvenes que llegaban tomados de la mano. El público era muy diverso, heterogéneo, y me pareció que estaban familiarizados con la fiesta y ya sabían a lo que venían.

Cuando los grupos hubieron tomado asiento Horacio pasó al frente para darnos la bienvenida, nos agradeció la presencia en nombre de él, de su mujer y los trabajadores del hostal y anunció que, como era la tradición, darían inicio a la fiesta anual con una pieza de baile que ellos dos, Eva y él, nos habían preparado. Despareció por una puerta de servicio y unos cinco minutos después regresó tomado del brazo de su mujer bajo los primeros acordes de un tango. Vestían trajes de gala como es común ver en ese baile, Horacio un ambo oscuro, camisa blanca, pañuelo al cuello y un sombrero de ala corta; su mujer de vestido largo ceñido al cuerpo, abierto por un lado hasta el inicio de la pierna. Reconocí de inmediato la melodía porque mi padre la cantaba al volver de la oficina a casa, lo que me produjo un leve temblor:

Era para mí la vida entera
como un sol de primavera, mi esperanza y mi pasión…

Las fintas, trenzas y bordados de sus piernas alrededor de la terraza me desprendieron las lágrimas como un embalse rebalsado de nostalgia y emoción. Las luces delataban mis mejillas lustrosas. No pueden verme llorando, me dije. Estaba pensando en los empleados de la compañía, sentados muy cerca de mí, en sus religiosos pactos de silencio. Antes del final me levanté al baño para enjugarme la cara, frotármela y secarla bien, y al volver me encontré con un espectáculo de otro tenor: un hombre estaba imitando a Zalo Reyes de un modo algo patético, en parte porque el cantante original tendía al patetismo en sus presentaciones y en parte también, me dije, porque toda imitación es de por sí patética.

En vez de volver a la silla me quedé de pie tras la última fila de asientos. A Zalo Reyes lo siguieron un grupo folclórico, una imitación de Yuri y otra de Luis Miguel, cual más penosa que la anterior. Aunque tal vez no haya sido en ese orden, ya no recuerdo bien; todo se había vuelto algo confuso y agitado por el entusiasmo del público. Me estaba preguntando qué vendría ahora cuando empezaron a oírse unos gritos y aplausos: ¡Elvis, Elvis! Mis compañeros de trabajo se levantaron para rastrearme con la vista sin dejar de aplaudir. Cuando dieron con mi ubicación me apuntaron con los dedos como si enterraran sus anzuelos en mi pecho. Habían contagiado al resto del público: ¡Elvis, Elvis, Elvis! En la primera fila Eva y Horacio también se pusieron de pie para saber dónde se encontraba el imitador aclamado. La mujer vino hacia mí sonriéndome encantada. ¿Nos harías el honor? Estoy fuera de forma, respondí tratando de disculparme, pero ya adivinaba que me sería imposible decirle que no. Me habían atrapado y sería la delicia para los empleados de la compañía, ellos conocían mi rutina, la venía repitiendo cada año en la celebración de la gerencia, cuando se entregaban premios y reconocimientos a los trabajadores más destacados. Jamás había recibido premio alguno, pero siempre me comprometían con la imitación de Elvis Presley y yo lo consentía porque, debo admitirlo, a una parte de mí le gustaba sentirse en la piel del llamado Rey del Rock, quizás porque me encontraba fuera de quicio o girando como un trompo cucarro.

Acompáñame, me dijo Eva. Entramos por la puerta de servicio y la seguí hasta un cuarto en penumbras. Al encenderse la luz vi que se trataba de una sala bastante grande de techo alto, y que por todas las paredes había decenas de colgadores de ropa con los disfraces y trajes más diversos e insólitos. Reyes y reinas, animales salvajes, superhéroes, astronautas, uno de Condorito, otro, al parecer, de Cleopatra, y por supuesto el infaltable de Elvis Presley. Uno de sus trajes más chillones, tal vez, una prenda elástica con brillos y lentejuelas, de escote profundo, mangas largas que terminaban en unos vuelos plumosos. Además un cinturón ancho y una peluca con jopo y gruesas patillas. Iba a desatar una carcajada general, lo tenía por seguro. Pero ya lo sabía, ya había pasado por esto antes: de la ridiculez hilarante, a través de ella, hacia la fascinación. Y una parte de mí quería fascinar al mundo. Me avisas cuando estés listo, dijo la mujer cerrando la puerta por fuera.En el pasillo me acomodó la peluca, me preguntó cuáles eran mis canciones y, por decirlo de algún modo, el combustible del experto, su estanque de reserva, vino a electrificar mis nervios y a prepararme para la imitación.

We’re caught in a trap
I can’t walk out
Because I love you too much, baby…

Mi mujer se doblaba de la risa al oír mi relato de la imitación. Diría que a su pesar le gustaba esa parte de mí totalmente disonante de la otra parte, la corriente, la anodina, la seria, la más rígida, e incluso, diría yo, creo que pensaba sin decírmelo que esa parte dormida pero disponible para asomar a la superficie cuando fuese necesario hacía posible que todavía estuviéramos juntos. O por decirlo de una manera tal vez menos ingenua, más rigurosa: eran los disfraces del mundo los que permitían sostener nuestra relación, y no solo eso: eran los disfraces de toda índole los que hacían posible el funcionamiento de la corte, la bufonesca corte de un mundo feroz.

*
Cuando los niños crecieron, o tal vez no tanto, no lo suficiente todavía (¿cuándo se hacen lo suficientemente grandes los hijos?), o cuando, más bien, juzgamos de manera arbitraria, al final la única que teníamos a mano, que había llegado el momento de hacer nuestro viaje en pareja a la zona de Lota y Coronel, cuando mi mujer se allanó a mis razones, cuando permitió que mi entusiasmo por visitar el Chiflón del Diablo la traspasara entera, y también, hay que decirlo, mis deseos de encontrarme de nuevo con Horacio y su mujer, sobre todo con ella, con quien había bailado una vez tras el desfile de imitadores, una vez que ella, por decirlo así, liberó el arsenal de disfraces para el uso público y, como era la costumbre —entendí entonces—, todos los invitados de la fiesta corrieron a desvalijar la sala y cada cual salió a la terraza del hostal con el traje o disfraz que más le convenía o con aquel que alcanzó a tomar, cuando esa noche ya estaba sepultada bajo el sedimento de los años transcurridos, entonces hice en compañía de mi mujer, como digo, el tercer viaje a la zona de Lota y Coronel.

Pero entonces todo había cambiado en el hostal.

Horacio había muerto un par de años antes y su ausencia, tal vez por la sugestión que me indujo la noticia, susurraba como un rumor desde cada detalle: los muros de pintura descascarada, las grietas en los balaustres de la terraza, el color apagado de los servicios del comedor; y también se oía en el conjunto, en un aire que recorría los lugares reclamando como un eco su presencia. Pero sobre todo la vi reflejarse en el aspecto de Eva. Su pelo estaba completamente blanco. Se había dejado una melena corta que a lo lejos daba la impresión de un alga o una planta albina, algo antinatural, violento. La muerte de Horacio le había crecido desde las raíces. Eso me dije. Mi mujer sintonizó de inmediato con ella. Eva nos ofreció alojar en el que había sido su dormitorio, la pieza del torreón. Desde la muerte de Horacio se había mudado a una pieza interior más pequeña que miraba hacia los bosques de pinos, a espaldas del mar. Nos anunció que estaba pensando en vender el hostal dentro de uno o dos años, según como anduvieran las cosas. A todo le decíamos que sí o asentíamos con la cabeza como si la ausencia de Horacio justificara cualquier decisión o ahorrara explicaciones. Digo que mi mujer, Clarisa, había intimado con Eva de una forma sorprendente o al menos inesperada para mí, y creo que su amistad repentina también respondía a la idea de que el placer se puede anticipar, pero solo a cuenta del placer real. Clarisa estaba distante. Me sentaba con un libro en la terraza y las veía pasar de un lado a otro a paso lento atrapadas en una conversación en voz baja. Eva le enseñaba una parte del jardín, tocaba los pétalos de una flor al borde del acantilado y yo creía entender que quería impregnarla del hostal, de su esencia, de lo que significaba para ella este lugar, de todo lo que había vivido aquí y también de lo que había perdido. A la distancia uno es capaz de suponer esas cosas o imaginarlas. Mi mujer ponía sus dedos sobre los mismos pétalos y los acariciaba. Yo volvía sobre el libro y diez minutos más tarde las oía conversar sobre el corredor abierto del segundo piso. ¿Qué habrá sido de la sala de los disfraces?, me pregunté. ¿Se la habrá enseñado a Clarisa? ¿Le habrá contado de la fiesta anual, le habrá descrito mi imitación? ¿Se habrán reído juntas de mí, con simpatía o benevolencia? Iba a terminar nuestro segundo día en el hostal y Clarisa no manifestaba ningún interés por planificar una visita al Chiflón del Diablo.

Esa noche cenamos en silencio en un comedor semivacío. Quizás la ausencia de Horacio también había incidido en la baja de pasajeros del hostal. O quizás un hostal de mejor calidad se había instalado en las cercanías y los viajeros grises de las provincias lo preferían a este. Hacía esas reflexiones inconducentes mirando cada tanto a mi mujer, que seguía con la vista perdida a mis espaldas. En esa esquina estaba la mesa donde jugamos ajedrez, dos veces, le dije apuntando hacia el rincón donde ahora se veía una estufa de parafina de las antiguas. Ella siguió mis dedos con la vista tratando quizás de imaginarnos disputando una partida, pero no comentó nada.
*
Subimos en fila hacia la pieza del torreón, ella delante, yo detrás viendo cómo sus piernas, al remontar cada peldaño, hacían un sutil juego de péndulo que siempre me sedujo. Daba por sentado que tanto los muebles de la habitación —cama, veladores, el armario, etc.—, así como la decoración, habían sido renovados por completo. Todo lo que había allí dentro ya no debía recordar la vida pasada de Eva. Es lo que uno hace al sufrir una pérdida, me dije. Solo consentimos los indicios tolerables de la persona que ya no está, pues una ausencia demasiado elocuente nos abruma y nos acongoja hasta lo insoportable. Esta pieza ya no es la misma, me repetí en voz alta como si necesitara reafirmarlo.

Clarisa se había sentado en la cama con las manos en el regazo y los ojos posados en sus palmas abiertas. De pronto levantó la mirada y me preguntó: ¿Sabías que Horacio se quitó la vida? Me hizo retroceder unos pasos hasta apoyar la espalda en el armario. ¿Cómo iba a saberlo? Me sentía observándola desde una posición incómoda, antinatural, y probé a sentarme en la silla del pequeño escritorio. La giré hacia ella y seguí escuchando: le habían diagnosticado un cáncer de próstata en etapa avanzada. Requería de una cirugía urgente para evitar que el tumor se diseminara. Horacio sabía muy bien cuáles serían las consecuencias de la extirpación de su glándula prostática. Y Eva también, por supuesto. Lo habían estado conversando, aunque a él se le hacía muy difícil hablar del tema, y su mujer lo entendía. La noche previa a la cirugía en una clínica de Concepción subieron como siempre juntos al torreón, a esta pieza donde Clarisa me hacía el relato. Ella le propuso que hicieran el amor. Con esas palabras se lo había dicho: hacer el amor. Y yo me recordé de lo que había pensado en mi segunda visita a la zona de Lota y Coronel. Eva lo propuso, no Horacio. No había dicho que lo hicieran por última vez, pero sabían que sería la última y la mujer le dijo a Clarisa que no podía perdonarse por habérselo propuesto; de algún modo se sentía responsable por la decisión de Horacio, si no lo hubiera dicho habrían pasado la noche en vela, angustiados, oyendo el tictac de un reloj inmenso, cósmico, sin duda, pero a la mañana siguiente habrían partido a la clínica y unos días después habrían vuelto al hostal y todo seguiría igual, igual que siempre, le dijo Eva. ¿Todo igual?, le pregunté a Clarisa. Pero en realidad era una pregunta para Eva.

Horacio se puso la bata de dormir sobre el cuerpo desnudo y le dijo que necesitaba salir un rato a fumar, aunque en pocas horas estuviera entrando en un quirófano. Ella se quedó esperándolo en la cama. Le dijo a Clarisa que había esperado quizás una hora, pensando que Horacio necesitaría estar solo, respirar hondo, ir aceptando los hechos. Hasta que le pareció que era mucha su tardanza y se levantó a buscarlo. Lo buscó por dentro y por fuera del hostal, por las piezas vacías, en el comedor, en los baños, en la parte que miraba hacia el bosque. Se internó incluso por los senderos entre los pinos llamándolo a gritos, volvió al hostal y recorrió los jardines y, por último, fue a la terraza. Había bastante claridad esa noche. Una jardinera en el borde estaba de costado, parte de la tierra se había derramado sobre los ladrillos. Apoyó el vientre sobre la baranda y miró hacia abajo, a los pies del acantilado. Algo le pareció distinguir al fondo, una mancha blancuzca entre las rocas de la marea baja. Se precipitó hacia las escaleras que descendían en zigzag por las paredes del cerro hasta orillas del mar y allí se encontró con el cuerpo incrustado entre las piedras, inerte, descuajado.

Clarisa tenía que decírmelo. No era el momento ni el lugar. Era el final irremediable de mi tercer viaje a la zona de Lota y Coronel. Pero ella tenía que contármelo y yo tenía que saberlo. Era el fin. Los niños habían crecido y nunca más haríamos un viaje a la zona. ¿Qué relación tenía lo primero con lo segundo? No lo sé, pero esa noche me parecían hechos siameses, adheridos por algún órgano vital. Inseparables. Clarisa se desvistió para ponerse su camisón de tela sedosa y brillante y se acostó a mi lado dándome la cara. Un mechón de su pelo castaño le cubría la mitad del rostro y con ello eclipsaba toda su expresión. La mitad puede ocultar el todo. Sin decirme nada me pasó los dedos por el pelo con ternura y tristeza, y también con distancia a modo de una incierta despedida. Por el escote del camisón se asomaba el camino hacia sus pechos, el amplio pliegue o la hendidura que me llamaba como a un animal primitivo desde las profundidades de la tierra o de la carne, que siempre han sido lo mismo. Sin embargo, ya lo sabía, era una invitación sorda que esa noche no podría ser ninguna invitación. Era la evidencia anonadante de lo que está ahí y que, al mismo tiempo, nunca está ahí.

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