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ESCALADA DE LA VIOLENCIA COLONIAL MIENTRAS SE RESQUEBRAJA LA CONTENCIÓN PALESTINA

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Por Amira Hass
 
Haaretz, Israel
 
La población palestina de Cisjordania ha hecho gala y sigue 
practicando una impresionante contención frente al creciente número de 
ataques y paseos provocadores de colonos por sus pueblos. Está claro 
que una parte de esta contención se debe al puro miedo: ¿Quién no se 
asustaría ante la presencia de bandas de hombres armados con bates y 
armas de fuego, que no solo no temen a la policía, al ejército, a los 
tribunales y a la opinión pública, sino que saben que de hecho podrán 
contar con su apoyo?
 
Un efecto de esta situación es el hecho de que muchas casas situadas a 
las afueras de las aldeas palestinas se han convertido en fortalezas. 
Sus residentes las rodean de cercas de alambre de espino o muros, 
instalan puertas de hierro con control remoto y protegen las ventanas 
con malla metálica para que los atacantes no rompan los cristales a 
pedradas. Cada una de estas casas cuenta con cámaras de vigilancia que 
documentan lo que sucede en el exterior: del olivar o del huerto 
emergen figuras con el atuendo habitual (sudadera y tzitzit, kipá y 
tirabuzones), merodean por los alrededores o simplemente pasean en 
torno a la casa, si es que no intentan prenderle fuego. Las familias 
residentes prohíben a los niños y niñas jugar fuera de la casa o salir 
a las colinas del vecindario. Después de todo, en cualquier momento 
puede aparecer un grupo de judíos armados de paseo por la zona y quién 
sabe qué podría suceder entonces.
 
El viernes, esta contención se resquebrajó en la aldea de Tell, 
después de que un grupo de residentes tratara de cerrar el paso a una 
banda de judíos armados e impedirles entrar en el poblado. Las 
grabaciones del incidente muestran que durante el enfrentamiento 
subsiguiente, uno de los palestinos agarró el arma de Benayahu Melet, 
un miembro de la brigada de seguridad del puesto avanzado de Havat 
Gilad, quien acompañaba a la banda. Más tarde, Melet murió por los 
disparos recibidos. En uno de los eulogios que se le dedicaron se dijo 
que había «actuado sin cesar para conquistar la zona» y que era el 
«espíritu propulsor del foro, ‘luchando hasta por el último metro cuadrado'».
 
Durante el enfrentamiento, soldados o colonos mataron a cuatro hombres 
de la familia Ramadan, que habían salido a proteger sus casas y a sus 
familias. Lo sorprendente no es la grieta abierta en la contención, 
sino el hecho de que haya durado tanto tiempo y por parte de tanta 
gente. Un componente importante de la contención palestina es la 
comprensión política de que los colonos y sus fieles representantes en 
el gobierno están esperando exactamente eso: otra ronda de desenfreno 
y disturbios incontrolados por parte de los colonos en tantas aldeas 
como sea posible.
 
Y eso en un periodo en que el propio ejército se dedica a atacar y 
menoscabar a tantos civiles palestinos como puede, mientras que los 
políticos responden legalizando más asentamientos judíos y 
explotaciones agrícolas. La población palestina sabe muy bien que el 
gobierno les ha provisto de armas de fuego y vehículos todoterreno, no 
para su seguridad, sino para impulsar una escalada.
 
Las provocaciones calculadas de los colonos, incluso en vísperas de un 
nuevo ciclo electoral, buscan resultados mucho más allá de las urnas. 
Cada incursión planeada entre los poblados y cada asentamiento masivo 
que se apodera de pastizales palestinos empujan a Israel a poner en 
práctica el llamado Plan Decisivo del ministro de Finanzas, Bezalel 
Smotrich. Este plan aspira a imponer la rendición de la población 
palestina, su emigración masiva, más asesinatos y la erosión de toda 
cohesión social.
 
El ejercito israelí y el servicio de seguridad interna Shin Bet se 
apresuraron a calificar la muerte no planeada de Melet de ataque 
terrorista. Con ello dan a entender que se proponen aprovechar la 
oportunidad que les ofrecen los colonos y, siguiendo la tradición de 
Israel, castigar a los agredidos. En efecto, esto es lo que ha 
ocurrido desde el mediodía del viernes. El ejército ha intervenido en 
aldeas y ciudades, irrumpido en casas particulares, arrancado olivos, 
sitiado Nablus, aislado distritos cisjordanos, cortado carreteras 
entre poblados y detenido a gente.
 
El ejército está preocupado con los 70 grupos de autodefensa que se 
han formado en aldeas de Cisjordania. A falta de una palabra mejor 
para escribir esta inquietud, la llamamos chutzpa1. Como fuerza 
ocupante, se supone que el ejército, que es globalmente responsable de 
la seguridad en toda Cisjordania, debería impedir desde hace décadas 
que los judíos ataquen a civiles palestinos. Sin embargo, no solo no 
lo ha hecho en el pasado ni lo hace ahora, sino que ayuda activamente 
a los asaltantes judíos y después detiene a gente que defiende sus 
casas y familias.
 
No hace falta mucha imaginación para adivinar que sucedería si jóvenes 
palestinos, con kufiyas alrededor del cuello, aparecieran en el 
asentamiento de Ariel, por ejemplo, o simplemente fueran a pasear al 
oeste de la barrera de separación en tierras vedadas para sus 
propietarios palestinos. Si un judío disparara y matara a estos 
palestinos, no lo calificarían de acto terrorista. Es más, si tan solo 
uno de esos palestinos estuviera armado, cualquier judío que se 
lanzara a matar a los paseantes habría sido proclamado un héroe. Una 
ocupación militar que ya dura 60 años implica la fabricación de dobles 
o triples raseros al tiempo que niega totalmente su existencia.
 
También en este aspecto hace falta una gran contención constante por 
parte de la población palestina ocupada, a fin de no estallar de rabia 
y odio todos los días. Imponen el castigo a las víctimas sobre una 
población civil que ya se ha visto significativamente debilitada por 
las políticas asfixiantes del gobierno israelí. La mayor parte de la 
población palestina ha caído en la pobreza debido a la confiscación de 
los ingresos de la Autoridad Palestina por el ministerio de Finanzas y 
la prohibición de trabajar en Israel.
 
La expansión de puestos avanzados y zonas militares cerradas eliminan 
fuentes de subsistencia como pastos y campos de cultivo. El sistema 
sanitario palestino está prácticamente fuera de servicio y la 
situación de las personas con enfermedades crónicas se deteriora 
debido a la falta de medicamentos. Además, el paso fronterizo de 
Karameh (Allenby), el único paso internacional disponible para la 
población palestina, solo abre en horario limitado y los sábados está 
cerrado. Esta realidad no solo permite que florezca una industria de 
la extorsión, sino que hace que toda entrada o salida de Cisjordania 
se convierta en una saga de agonía.
 
Ninguna persona palestina espera una catástrofe inminente, pues ya la 
está viviendo plenamente y sabe que la Franja de Gaza destruida es el 
último modelo ideado por el régimen israelí. La dirección de la  
Autoridad Palestina aparece más patética y desfasada que nunca. 
Condena, previene y llama al mundo a intervenir, como si fuera una 
organización no gubernamental y no un organismo que se declara única 
representante del pueblo palestino. No emprende ni planea políticas 
contundentes que la liberen del punto muerto impuesto por los Acuerdos 
de Oslo, que Israel viola desde hace mucho tiempo.
 
La Autoridad Palestina no despliega miles de sus fuerzas de seguridad 
para proteger a la gente atacada, debido a que el acuerdo le prohíbe 
hacerlo. Ni siquiera en los hogares de seguidores veteranos de Al 
Fatáh la gente oculta la rabia e indignación que siente hacia la 
Autoridad Palestina. No por su debilidad, sino por utilizar su 
debilidad como excusa para la inacción e inconsciencia. El público 
está convencido de que los altos cargos están preocupados por la 
pérdida de sus pequeños privilegios concedidos por Israel y las 
ventajas económicas derivadas de su posición.
 
La gente se muestra contenida también en este aspecto, tanto por temor 
a las fuerzas de seguridad de la propia autoridad como por la certeza 
de que la derecha israelí dominante recibe con agrado cualquier 
tensión interna entre palestinos y espera que se estalle una lucha fratricida.
 
 
 
Amira Hass, nacida en una familia judía disidente en Jerusalem, es una periodista y escritora afincada en Ramala, Palestina.
 
 
 
Traducción: viento sur.
 
Fuente: 
esquebraja-la-contencion-palestina/

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