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Los Fascistas ya no usan uniformes

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por José A. Amesty Rivera

Durante décadas, cuando se habla de Fascismo, la imagen era bastante clara, Hitler en Alemania, Mussolini
en Italia, uniformes militares, propaganda del Estado abierta, censura directa y persecución sistemática de
quienes se oponían.

Sin embargo, en el debate político actual ha surgido una pregunta cada vez más común en sectores críticos de
la academia y la comunicación, ¿y si las formas de autoritarismo del siglo XXI ya no necesitan ese rostro
clásico? ¿Y si hoy funcionan de maneras más difíciles de ver, más integradas en la vida cotidiana y, por eso
mismo, más complicadas de identificar? ¿Y si su principal herramienta ya no es el ejército, sino la
comunicación global?

No se trata de afirmar que exista un nuevo fascismo completamente definido o planificado, sino de una
hipótesis de análisis, los sistemas de poder cambian de forma, pero no desaparecen.

En las últimas dos décadas se ha consolidado un fenómeno sin precedentes, la concentración de la
comunicación global en manos de un pequeño grupo de empresas tecnológicas; plataformas como Facebook,
Instagram, X, TikTok, YouTube, WhatsApp, Telegram, entre otras menos conocidas, se han convertido en la
principal forma de acceso a la información para miles de millones de personas.

Desde una mirada crítica latinoamericana, esto no es solo un cambio tecnológico, sino una nueva etapa del
capitalismo, conocida como capitalismo de plataformas o capitalismo de la atención. Su idea central es
simple, la atención humana se convierte en un recurso económico, y este recurso se obtiene mejor a través de
emociones intensas que mediante información compleja o reflexión profunda.

El resultado es que los contenidos que más se difunden no son necesariamente los más verdaderos o
importantes, sino los que provocan más reacción. El miedo se expande, la indignación circula, la rabia se
multiplica y la polarización crece; así, la esfera pública deja de ser un espacio de debate democrático y se
transforma en un mercado de emociones. Veamos algunos autores que ya planteaban el problema en
cuestión.

Antonio Gramsci explicó que el poder no se sostiene solo por la fuerza, sino por la construcción del
consenso cultural, a lo que llamó hegemonía. Desde esta perspectiva, los medios de comunicación y hoy
también las plataformas digitales no son neutrales, son espacios donde se disputa el sentido común de la
sociedad.

Actualmente, esta disputa está atravesada por la concentración económica; no se trata solo de quién produce
información, sino de quién controla los canales por los que circula.

Hannah Arendt, política y filosofa, judeo-alemana, advirtió que los regímenes autoritarios se fortalecen
cuando se destruye la idea de una realidad compartida; la propaganda no solo busca imponer mentiras, sino
debilitar la noción misma de verdad común.

En el mundo digital, este fraccionamiento es aún más profundo. Distintos grupos pueden vivir en universos
informativos separados, donde los mismos hechos se interpretan de maneras completamente opuestas. Esto
debilita la base mínima para el diálogo democrático.

Noam Chomsky y Edward Herman, con su modelo de propaganda, mostraron que los medios tienden a
reproducir los intereses de las estructuras económicas que los sostienen.

Desde una mirada latinoamericana, esto es clave, la concentración mediática no es un accidente, sino una
expresión del poder económico sobre la producción de ideas.

No hace falta un control directo, basta con la dependencia de la publicidad, la propiedad cruzada de medios y
la lógica de la rentabilidad, el resultado es una agenda pública donde algunas voces se amplifican y otras
quedan al margen.

Umberto Eco propuso la idea de un “fascismo eterno”, entendido como un conjunto de rasgos que pueden
reaparecer en distintos momentos históricos, como el miedo a lo diferente, el culto a la tradición, el rechazo
al pensamiento crítico, la obsesión con conspiraciones y creación constante de enemigos internos.
Desde esta idea, el fascismo no es solo un fenómeno del pasado, sino una posibilidad que puede reaparecer
en distintos contextos sociales y tecnológicos.

Jason Stanley, filósofo estadounidense, sostiene que las democracias no suelen caer de golpe, sino de forma
gradual, ante debilitamiento de la prensa, pérdida de legitimidad de la oposición, normalización del discurso
de odio y creación de enemigos internos.

En América Latina, este proceso puede entenderse en continuidad con formas históricas de exclusión social,
donde muchos sectores han sido incluidos formalmente en la democracia, pero excluidos en la práctica.
Boaventura de Sousa Santos señala algo similar, muchas democracias son formales, pero limitadas en lo
social, es decir, la ciudadanía existe en teoría, pero el poder real está concentrado.

Una diferencia importante con el siglo XX es el papel de las grandes empresas tecnológicas. Estas
corporaciones concentran poder económico, tecnológico y comunicacional al mismo tiempo, esto les permite
influir en la política, la cultura y las elecciones a nivel global.

Desde una mirada crítica, esto representa una nueva fase de concentración del capital, ahora también sobre la
información y la forma en que percibimos el mundo.

Además de Gramsci, Arendt, Chomsky o Eco, en América Latina contamos con pensadores que han ayudado
a comprender cómo opera el poder en nuestras sociedades.

Paulo Freire, advertía que toda educación puede convertirse en una herramienta de liberación o de
dominación, dependiendo de quién controla el conocimiento y para qué fines. Hoy esa reflexión cobra nueva
vigencia cuando buena parte de la información que consumimos, llega filtrada por cifras que deciden qué
vemos, qué ignoramos y hasta qué temas terminamos discutiendo.

Por su parte, el argentino Ernesto Laclau analizó cómo se construyen los discursos políticos capaces de
articular demandas sociales diversas, mientras que el peruano Aníbal Quijano explicó cómo muchas formas
de dominación nacidas durante la colonia, continúan presentes bajo nuevas apariencias. Desde esta mirada, la
concentración mediática y tecnológica, no puede separarse de las relaciones históricas de dependencia que
han marcado a América Latina durante siglos.

También el venezolano Ludovico Silva insistía en que la dominación ideológica no funciona únicamente
mediante la fuerza, sino a través de mecanismos culturales que llevan a los pueblos a aceptar como naturales
situaciones que en realidad responden a intereses de grupos de poder. Hoy, en la era digital, esta reflexión
adquiere una actualidad sorprendente.

Si observamos nuestra región, encontramos ejemplos que ayudan a entender estas dinámicas. En Argentina,
Brasil, México, Colombia, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela, los debates políticos aparecen cada vez más
atravesados por campañas digitales, noticias falsas, operaciones mediáticas y una creciente polarización que
dificulta el diálogo. Cada país tiene sus particularidades, por supuesto, pero existe un fenómeno común, la
lucha por controlar el relato público. Por ejemplo…

En Brasil, las redes sociales jugaron un papel determinante en la expansión de discursos radicalizados
durante los últimos años. En Argentina, la confrontación mediática se ha convertido en parte cotidiana de la
vida política. En México, el debate sobre el papel de los grandes medios y las plataformas digitales continúa
siendo un tema central. En Colombia, las redes han sido escenario de fuertes disputas narrativas sobre la
paz, la seguridad y los movimientos sociales. Mientras tanto, en Chile, Perú y Ecuador se observa una
creciente fragmentación informativa donde amplios sectores de la población reciben versiones
completamente distintas de una misma realidad.

En Venezuela, esta situación adquiere características particulares debido al peso simultáneo de las sanciones
económicas, la confrontación política interna, la presión mediática internacional y la intensa batalla
comunicacional que se desarrolla dentro y fuera de las plataformas digitales. Allí puede observarse con
claridad cómo la información se ha convertido en un terreno estratégico de disputa política.

Como diría cualquier persona de nuestro pueblo, ya no se trata solamente de quién tiene el micrófono, sino
de quién controla el escenario completo, las luces, el sonido y hasta la entrada al lugar. Esa es quizás una de
las transformaciones más profundas de nuestro tiempo.

El sociólogo brasileño Emir Sader ha señalado reiteradamente que las disputas contemporáneas no ocurren
únicamente en el terreno económico, sino también en el campo de las ideas. Del mismo modo, el argentino
Atilio Borón ha advertido sobre la enorme capacidad de los poderes económicos para moldear percepciones
colectivas, a través de sistemas de comunicación altamente concentrados.

Por eso la discusión de fondo no es tecnológica, el problema no son las redes sociales en sí mismas; la
cuestión es quién las controla, bajo qué intereses operan y qué consecuencias tienen para la democracia, que
una parte tan importante de la conversación pública mundial dependa de corporaciones privadas que no
rinden cuentas ante los ciudadanos/as.

Dicho en palabras sencillas, cuando unas pocas empresas pueden influir sobre lo que millones de personas
ven, piensan, temen o desean, estamos frente a una concentración de poder que merece ser debatida con la
misma seriedad, con la que antes se discutía el poder financiero, militar o industrial.

Tal vez por eso la pregunta sigue siendo tan vigente como incómoda, ¿estamos frente a nuevas formas de
autoritarismo adaptadas al siglo XXI o simplemente ante viejos mecanismos de dominación vestidos con
ropajes tecnológicos? La respuesta todavía está en construcción, pero lo que parece claro es que los pueblos
de América Latina, no pueden darse el lujo de mirar para otro lado mientras esta transformación ocurre
delante de sus propios ojos.

Asi mismo, un elemento común en muchos discursos políticos actuales es la construcción de “enemigos”,
como los migrantes, feminismos, pueblos indígenas, movimientos sociales, intelectuales críticos, minorías
sexuales o políticas, entre otros.

No importa tanto el grupo específico, sino la función, canalizar el malestar social hacia un “culpable
externo”; el miedo cumple aquí un papel central, organiza apoyos, simplifica problemas complejos y debilita
el análisis de las causas reales. Veamos estas ideas en otros paises y regiones concretas hoy:
En EEUU, diversos análisis han mostrado una fuerte polarización mediática y política, donde parte de los
medios contribuye a una narrativa de confrontación constante, esto refuerza la idea de que la política es una
batalla permanente más que un espacio de acuerdos.

En Europa, casos como Hungría muestran procesos de concentración mediática y cambios institucionales que
varios organismos han descrito como retrocesos democráticos, aunque manteniendo elecciones formales.
En países como Francia y Alemania, el crecimiento de la extrema derecha ha ido acompañado por un
aumento del enfoque en inmigración y seguridad, dejando en segundo plano temas como desigualdad o
redistribución.

En América Latina, la concentración de medios ha sido históricamente una barrera importante para una
democracia más profunda. Grandes grupos empresariales han tenido un rol clave en la formación de
opiniones públicas y agendas políticas.

Hoy, además, las sociedades dependen cada vez más de plataformas digitales controladas por empresas
globales. Esto crea una nueva forma de dependencia, no solo económica, sino también informativa y
conocedora. La disputa por el poder ya no es solo territorial o productiva, sino también sobre la
infraestructura de la comunicación.

No es necesario pensar en conspiraciones para entender este escenario, basta observar cómo coinciden ciertos
intereses, como, plataformas que ganan dinero con la atención, actores políticos que se benefician de la
polarización y estructuras económicas que se reproducen en contextos de desigualdad. El resultado no
siempre es planificado, pero sí coherente en sus efectos.

Finalmente, tal vez estemos ante una nueva etapa de la crisis del capitalismo, donde la tecnología amplifica
viejas formas de dominación, o tal vez estemos viendo el surgimiento de nuevas formas de autoritarismo que
aún no sabemos nombrar.

En cualquier caso, la pregunta sigue abierta, ¿qué tipo de gobernanza es posible cuando la información, la
atención y hasta la forma en que percibimos la realidad están mediadas por estructuras muy concentradas de
poder económico y tecnológico?

Porque quizá el cambio más profundo no es que alguien nos obligue a pensar de cierta manera, sino algo más
sutil, que las condiciones mismas de lo que creemos pensar libremente están siendo moldeadas, día a día, por
fuerzas que operan más allá del control de nuestros gobiernos.

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