por Franco Machiavelo
Hay épocas en que la política parece un debate de ideas.
Y hay otras —como ésta— donde parece una convención internacional de egos descontrolados, fanatismo mediático y líderes que gobiernan como si el planeta fuera una mezcla entre casino financiero y programa de televisión.
La ultraderecha contemporánea descubrió algo simple:
el miedo vende más que la esperanza.
Por eso necesita enemigos permanentes.
Comunistas imaginarios. Feministas convertidas en “amenaza civilizatoria”. Personas diversas tratadas como si fueran responsables de la decadencia del mundo. Migrantes usados como chivos expiatorios. Estudiantes convertidos en sospechosos. Intelectuales tratados como enemigos públicos.
Y mientras la población se distrae odiándose entre sí, detrás del escenario ocurre el verdadero negocio: privatizar recursos naturales, debilitar derechos laborales, reducir derechos sociales y convertir países completos en vitrinas para grandes corporaciones.
Qué coincidencia más conveniente.
Estos gobiernos hablan de “libertad” con una obsesión casi religiosa, pero reaccionan con furia cuando alguien exige igualdad, derechos sociales o límites al poder económico.
La libertad, para ellos, parece consistir en que los grandes grupos financieros puedan comprar montañas, ríos, litio, salud, educación y pensiones… mientras el ciudadano común debe agradecer la posibilidad de endeudarse en cuotas.
Y entonces aparecen estos personajes mesiánicos, gritones y delirantes, convertidos en celebridades políticas gracias a maquinaria mediática que transforma agresividad en liderazgo y paranoia en “carácter fuerte”.
Millonarios disfrazados de antisistema.
Defensores del mercado absoluto financiados por las mismas élites que llevan décadas acumulando riqueza.
Predicadores del odio que hablan de patriotismo mientras entregan soberanía económica al mejor postor internacional.
Lo más inquietante no es sólo la brutalidad del discurso.
Es la forma enfermiza en que convierten el resentimiento en herramienta política.
Necesitan una sociedad permanentemente alterada, furiosa y dividida. Porque un pueblo agotado por peleas culturales deja de mirar quién controla realmente la riqueza, los medios y el poder.
Entonces el truco funciona perfecto:
si colapsa la salud pública, culpan al “gasto social”;
si aumentan los salarios, anuncian catástrofes económicas;
si los ricos pagan impuestos, hablan de persecución;
pero cuando se rescata bancos, grandes empresas o grupos financieros con dinero público… milagrosamente eso ya no es “intervención estatal”.
La propaganda hace el resto.
Convierte crueldad en valentía.
Convierte ignorancia en autenticidad.
Convierte fanatismo en patriotismo.
Y así terminan apareciendo líderes que gobiernan con un discurso obsesivo contra mujeres, sindicatos, diversidad sexual, organizaciones sociales y cualquier forma de pensamiento crítico. Porque el autoritarismo moderno ya no necesita uniformes militares: ahora usa trajes caros, redes sociales, algoritmos y canales de televisión.
El problema nunca fue una ideología económica distinta.
El verdadero problema para estas élites siempre fue la posibilidad de que las mayorías comprendan algo peligrosísimo:
que un país no existe para enriquecer a un pequeño grupo de empresarios, fondos de inversión y políticos convertidos en gerentes del mercado.
Por eso necesitan ciudadanos asustados, confundidos y peleando entre sí.
Porque cuando la sociedad deja de odiarse un momento y empieza a pensar colectivamente, el espectáculo se derrumba.
Y hay otras —como ésta— donde parece una convención internacional de egos descontrolados, fanatismo mediático y líderes que gobiernan como si el planeta fuera una mezcla entre casino financiero y programa de televisión.
La ultraderecha contemporánea descubrió algo simple:
el miedo vende más que la esperanza.
Por eso necesita enemigos permanentes.
Comunistas imaginarios. Feministas convertidas en “amenaza civilizatoria”. Personas diversas tratadas como si fueran responsables de la decadencia del mundo. Migrantes usados como chivos expiatorios. Estudiantes convertidos en sospechosos. Intelectuales tratados como enemigos públicos.
Y mientras la población se distrae odiándose entre sí, detrás del escenario ocurre el verdadero negocio: privatizar recursos naturales, debilitar derechos laborales, reducir derechos sociales y convertir países completos en vitrinas para grandes corporaciones.
Qué coincidencia más conveniente.
Estos gobiernos hablan de “libertad” con una obsesión casi religiosa, pero reaccionan con furia cuando alguien exige igualdad, derechos sociales o límites al poder económico.
La libertad, para ellos, parece consistir en que los grandes grupos financieros puedan comprar montañas, ríos, litio, salud, educación y pensiones… mientras el ciudadano común debe agradecer la posibilidad de endeudarse en cuotas.
Y entonces aparecen estos personajes mesiánicos, gritones y delirantes, convertidos en celebridades políticas gracias a maquinaria mediática que transforma agresividad en liderazgo y paranoia en “carácter fuerte”.
Millonarios disfrazados de antisistema.
Defensores del mercado absoluto financiados por las mismas élites que llevan décadas acumulando riqueza.
Predicadores del odio que hablan de patriotismo mientras entregan soberanía económica al mejor postor internacional.
Lo más inquietante no es sólo la brutalidad del discurso.
Es la forma enfermiza en que convierten el resentimiento en herramienta política.
Necesitan una sociedad permanentemente alterada, furiosa y dividida. Porque un pueblo agotado por peleas culturales deja de mirar quién controla realmente la riqueza, los medios y el poder.
Entonces el truco funciona perfecto:
si colapsa la salud pública, culpan al “gasto social”;
si aumentan los salarios, anuncian catástrofes económicas;
si los ricos pagan impuestos, hablan de persecución;
pero cuando se rescata bancos, grandes empresas o grupos financieros con dinero público… milagrosamente eso ya no es “intervención estatal”.
La propaganda hace el resto.
Convierte crueldad en valentía.
Convierte ignorancia en autenticidad.
Convierte fanatismo en patriotismo.
Y así terminan apareciendo líderes que gobiernan con un discurso obsesivo contra mujeres, sindicatos, diversidad sexual, organizaciones sociales y cualquier forma de pensamiento crítico. Porque el autoritarismo moderno ya no necesita uniformes militares: ahora usa trajes caros, redes sociales, algoritmos y canales de televisión.
El problema nunca fue una ideología económica distinta.
El verdadero problema para estas élites siempre fue la posibilidad de que las mayorías comprendan algo peligrosísimo:
que un país no existe para enriquecer a un pequeño grupo de empresarios, fondos de inversión y políticos convertidos en gerentes del mercado.
Por eso necesitan ciudadanos asustados, confundidos y peleando entre sí.
Porque cuando la sociedad deja de odiarse un momento y empieza a pensar colectivamente, el espectáculo se derrumba.











