Inicio Nacional BORIC: El Funeral del Progresismo. Crónica de una derrota anunciada

BORIC: El Funeral del Progresismo. Crónica de una derrota anunciada

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Por Marco Gonzalez Pizarro. Abogado, Dr. Cs. Sociales.

Chile no necesita un ex Presidente arrepentido. Necesita Dirección Histórica.

La reciente irrupción pública del ex Presidente Gabriel Boric llamando a la izquierda a “asumir sus errores” no constituye un acto de valentía política. Constituye exactamente lo contrario: la aparición timorata y tardía -como su gobierno-, de una conducción que, habiendo tenido el poder histórico para transformar el país, eligió administrar sus límites, temerle al conflicto y retroceder frente a los poderes neoliberales.

Por ello su llamado a un Mea Culpa, se revela como una coartada del fracaso, una lógica de arrepentimiento tardío, disfrazado de autocrítica.

Boric pretende darle una estética a la derrota y a la cobardía del centro progresista, que entregó el poder pretendiendo domesticar moralmente la lógica del Estallido Social.

 

  1. La aparición del derrotado

 

El Pueblo Trabajador No Puede Seguir Pagando la Cobardía Política de sus Dirigentes.

 

La política no se mide por balances retrospectivos. Se mide por la capacidad de actuar cuando el momento histórico lo exige. Y el momento histórico de Boric ya pasó. Lo que no hizo, ya no fue.

El problema no es solamente que el gobierno del Frente Amplio fracasara en transformar estructuralmente Chile. El problema más grave es que desperdició una oportunidad histórica abierta por el estallido social de 2019, desmovilizando expectativas populares, enfriando el conflicto social y entregando finalmente el escenario político a la restauración conservadora encabezada por José Antonio Kast.

Hoy, cuando el país enfrenta una profundización brutal del modelo neoliberal, la aparición de Boric solicitando autocrítica no representa orientación política. Representa evasión histórica.

El intento de Boric por reinstalarse como voz orientadora de la izquierda revela además un problema más profundo: el reemplazo de los proyectos colectivos por figuras personalistas y endogámicas. Es un torpe personalismo político que conlleva una clausura del futuro

Pretende atrapar de nuevo las expectativas políticas futuras, en una generación que confundió representación mediática con conducción histórica, que reemplazó la convicción por el marketing político.

El resultado fue una izquierda excesivamente concentrada en su propia identidad cultural, pero incapaz de construir poder material duradero en los territorios populares.

Ese territorio en donde el pueblo trabajador no vive de mea culpas, sino que vive —o intenta sobrevivir— llegando a fin de mes.

Un pueblo que necesita conducción política seria, para reconstruir un horizonte frente a la restauración neoliberal.

Porque mientras la ex centroizquierda y el progresismo continúan mirando el ombligo de su pasado, el pueblo trabajador enfrenta un presente brutal: salarios insuficientes, endeudamiento estructural y deterioro previsional, bajo un clima de inseguridad laboral que ha llegado con la restauración conservadora que utiliza el miedo como lenguaje político.

La tarea histórica entonces no consiste en rehabilitar liderazgos agotados.

Consiste en construir una nueva vanguardia política capaz de interpretar el presente sin temor, sin ambigüedad y sin oportunismo.

 

  1. El progresismo del miedo

 

El rasgo central del gobierno de Boric no fue su radicalismo, como repite obsesivamente la derecha. Fue su temor. Temor al conflicto económico, a la confrontación con el empresariado, a romper los límites heredados de la transición. Temor incluso a su propia base social.

Ese miedo terminó convirtiéndose en doctrina de gobierno.

Mientras el pueblo exigía transformaciones estructurales —pensiones dignas, derechos sociales efectivos, redistribución real de la riqueza, democratización económica— el Frente Amplio optó por administrar el orden existente con lenguaje generacional y simbolismo moral.

Karl Marx advirtió tempranamente que las clases dominantes jamás entregan voluntariamente sus privilegios históricos. Pero el progresismo chileno, que se llenó la boca con los autores clásicos del Socialismo, hizo todo lo contrario, negoció permanentemente con los mismos poderes económicos responsables de décadas de desigualdad estructural.

El resultado fue devastador. Frustración popular, desmovilización, que inevitablemente llevó a una pérdida de horizonte político, que finalmente garantizó el ascenso de la ultraderecha como falsa promesa de orden.

 

III. La autocrítica como operación de supervivencia

 

El problema de la intervención actual de Boric no es solamente su insuficiencia. Es su funcionalidad política.

Porque toda autocrítica tardía de quien ya administró el fracaso corre el riesgo de transformarse en una operación de reposicionamiento personal antes que en una verdadera lectura histórica.

El ex Presidente le habla a un legado inexistente, mirándose el ombligo, sin entender – de nuevo-, el momento y el futuro del país.

Se lo decimos fuerte y claro, Chile no necesita líderes preocupados de reinterpretar su pasado, con una generación narcisista que de una falsa izquierda que gobernó sin mirar el pueblo trabajador, sino su propio interés egocentrico de pretendida “generación moralizante”, que ahora pretende convertir la política en biografía.

Lejos de ello, hoy se necesita conducción política capaz de enfrentar el presente.

La inflación no espera balances generacionales. La precariedad laboral no espera seminarios de autocrítica. El endeudamiento popular no se resuelve con nostalgia progresista.

Mientras sectores enteros de la izquierda institucional continúan procesando psicológicamente su derrota, el gobierno de Kast avanza en la restauración doctrinaria del modelo neoliberal, utilizando la seguridad pública como dispositivo emocional para profundizar disciplinamiento social y concentración económica.

El país real sigue viviendo la violencia estructural del modelo.

 

 

 

 

  1. El tiempo político no perdona

 

El ciclo abierto en octubre de 2019 fue un momento excepcional para reorganizar el país en base a las necesidades sociales y siminuir los privilegios de quienes abusaron por 30 años en democracia y 17 años en Dictadura.

La voz de quienes “no lo vieron venir fue clara”. Se trata de nuestros privilegios, decían.

Pero el gobierno de Boric respondió a esa apertura histórica con moderación defensiva, negociación permanente y miedo a romper con los límites del neoliberalismo.

La consecuencia no fue estabilidad. Fue una derrota histórica de restauración neoconservadora y neoliberal.

La historia política rara vez perdona a quienes retroceden cuando las condiciones exigen decisión.

Y hoy, cuando el ex mandatario reaparece llamando a la reflexión colectiva, lo que emerge es precisamente la imagen de una conducción que llegó tarde incluso a comprender la magnitud del momento que tuvo entre sus manos.

Su atraso ayer permitió la restauración actual.

Y su atraso hoy desvía la discusión desde las tareas urgentes del futuro hacia la administración emocional de un fracaso ya consumado.

 

  1. El futuro no puede construirse desde la nostalgia del fracaso

 

La izquierda chilena enfrenta hoy una tarea infinitamente más compleja que la autocrítica sentimental de una generación política agotada.

Debe reconstruir organización popular bajo una capacidad doctrinaria muy diluida por una pseudo izquierda vacilante y entreguista, que ahora pretende – esta vez si-, darse cuenta de qué significa ser gobierno en un momento de oportunidad histórica. Ello es imposiboe ya con quienes no tuvieron voluntad histórica de transformación.

Por ello el momento actual no se trata de volver al pasado reciente del Frente Amplio.

Se trata precisamente de superarlo. Porque el problema de Boric no fue solamente haber gobernado mal. Fue haber reducido una crisis histórica del neoliberalismo a una administración negociada del mismo modelo que prometió transformar.

La izquierda no necesita más dirigentes que aparezcan después de la derrota a explicar lo que ya todos saben. Necesita dirigentes capaces de impedir nuevas derrotas.

 

  1. Lo que no hizo, ya no fue

 

Con todo, el problema del boricismo no es solamente el pasado. Es la insistencia en seguir ocupando espacio político después de haber desperdiciado una oportunidad histórica excepcional.

Pero la respuesta de quienes no participamos de su circo mediático y entreguista es una sola: el país no necesita guardianes melancólicos de un gobierno fracasado.

Necesita una nueva dirección política capaz de enfrentar sin miedo la restauración pinochetista, que, lejos de una preocupación genuina por la seguridad social, esencialmente conlleva una captura empresarial del Estado, una precarización estructural de los derechos sociales, utilizando el miedo como herramienta de control social.

La historia no avanza mirando el espejo retrovisor. Avanza cuando los pueblos deciden dejar atrás a quienes ya demostraron no estar a la altura de su tiempo histórico.

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