Inicio Análisis y Perspectivas ¡¡Más sabe un diablo por ser viejo que por diablo!!

¡¡Más sabe un diablo por ser viejo que por diablo!!

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por Franco Machiavelo

En los momentos de mayor confusión política, cuando la propaganda dominante intenta presentar cada retroceso como una victoria y cada claudicación como una forma de “realismo”, aparece una verdad sencilla que las luchas sociales han aprendido a golpes de historia: la experiencia acumulada de los militantes que han atravesado décadas de combate político es un patrimonio estratégico de la lucha popular.
Quienes han sobrevivido a la represión, a la cárcel, al exilio, a la persecución mediática y a la demonización permanente, no solo cargan cicatrices; cargan también una memoria política que el poder teme profundamente. Porque esa memoria reconoce patrones. Reconoce los mismos discursos reciclados, las mismas maniobras de división, las mismas infiltraciones cuidadosamente camufladas bajo discursos aparentemente radicales pero funcionales al orden dominante.
El poder nunca combate solamente con policías o tribunales. Combate también infiltrando, fragmentando, sembrando desconfianza y promoviendo liderazgos dóciles que transformen la rebeldía en espectáculo inofensivo. La historia de los movimientos populares está llena de estos intentos: agentes abiertos, operadores encubiertos, oportunistas profesionales y pequeños burócratas que buscan domesticar la energía colectiva.
Por eso la experiencia revolucionaria no es simple nostalgia del pasado; es una herramienta crítica. Los militantes que han visto caer gobiernos populares, que han observado cómo se construyen y también cómo se desmantelan los proyectos emancipadores, desarrollan una capacidad casi instintiva para detectar cuándo un discurso pretende vaciar de contenido la lucha social.
Saben que las traiciones raramente se anuncian con claridad. Se presentan como pragmatismo, como moderación responsable, como “madurez política”. Pero en el fondo cumplen la misma función histórica: desarmar ideológicamente a los pueblos y neutralizar su capacidad de transformación.
Quien ha vivido largos ciclos de lucha comprende también otra verdad incómoda: el enemigo no siempre se presenta con uniforme ni con discursos abiertamente reaccionarios. Muchas veces aparece disfrazado dentro del propio campo popular, utilizando su lenguaje, apropiándose de sus símbolos y repitiendo consignas que en la práctica vacía de contenido.
Ahí es donde la experiencia se vuelve una forma de conciencia histórica. No se trata de venerar a los viejos militantes por su edad, sino de comprender que la lucha prolongada genera un tipo de conocimiento que ningún manual puede enseñar: la lectura de las correlaciones de fuerza, la identificación de las operaciones ideológicas y la comprensión profunda de cómo el poder intenta domesticar cada intento de emancipación.
Porque la historia demuestra algo con una claridad brutal: cada vez que un movimiento popular olvida su memoria, el poder avanza. Y cada vez que esa memoria colectiva se mantiene viva, incluso en las condiciones más adversas, la posibilidad de transformación vuelve a abrirse.
Por eso el viejo refrán sigue teniendo una fuerza política enorme.
No porque el “diablo viejo” sea infalible, sino porque ha visto demasiadas veces las mismas trampas como para no reconocerlas cuando vuelven a aparecer.
Y en tiempos donde la confusión es promovida como método de gobierno, esa lucidez acumulada puede ser una de las armas más peligrosas para cualquier sistema que pretenda perpetuar la dominación. 

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