por Franco Machiavelo
En el circo político nacional, la candidata Jara parece haber perfeccionado un arte que no figura en ningún programa de gobierno: el salto mortal sin red, acompañado de un discurso que gira según la dirección del viento. Ayer juraba lealtad a causas sociales, hoy sus prioridades se acomodan a las mesas del poder económico, y mañana quién sabe… quizá descubra nuevas alianzas con aquellos que antes llamaba “enemigos del pueblo”.
Su posición sobre Venezuela es un ejemplo de estas volteretas: de condenar las sanciones y reconocer la soberanía de los pueblos, pasó a repetir el guion diplomático de las potencias que intervienen y presionan. Durante el estallido social, en lugar de mantener una línea firme contra la represión, suavizó sus críticas y terminó justificando medidas que criminalizaron la protesta.
El episodio del “perro mata Paco” también retrata su inconsistencia. En un principio lo reivindicó como símbolo de resistencia popular, pero luego, bajo la presión mediática y política, lo redujo a un “hecho anecdótico” que prefería olvidar, borrando así un ícono que encarnaba la lucha contra el abuso policial.
En materia económica, su discurso inicial abrazaba la nacionalización del cobre y el litio, prometiendo recuperar las riquezas para el desarrollo social. Sin embargo, sus últimas intervenciones dejan entrever un giro hacia “modelos mixtos” y “asociaciones estratégicas” que no son otra cosa que abrir la puerta al saqueo corporativo bajo un lenguaje técnico que pretende sonar moderno y responsable.
Este constante juego de malabares no es inocente; es una estrategia que, bajo el disfraz de pragmatismo, desarma las luchas sociales, confunde a las bases y abre la puerta a una política hueca donde la coherencia es un lujo descartable. Las consecuencias para el pueblo son graves: se debilita la confianza en la participación ciudadana, se desmoviliza a las comunidades organizadas y se allana el terreno para que las élites continúen dictando el rumbo del país.
En este escenario, cada voltereta no solo es un espectáculo bochornoso, sino también un recordatorio de que las falsas promesas y los cambios de rumbo no salen gratis: los paga, como siempre, la gente común











