En el contexto de crisis permanente, el proceso de acumulación de capitales se confunde con la rentabilización del negocio bancario de la deuda. Esto no habría sido posible si en la base no existiera en el pasado un conjunto de compensaciones adicionales al sector privado producto de transferencias adicionales de la renta, entre los cuales se mencionan gastos excesivos en comercialización, márgenes no explicados en la comercialización campo-ciudad, a lo cual se agrega el gasto tributario y la defraudación de impuestos. Elementos que generan un efecto ingreso… pero, además, explican un factor de endeudamiento, más potente que nunca en el desarrollo del sistema capitalista, base de la actividad productiva y la demanda agregada.

Este es un escenario conocido en los trastornos de la economía global. En su origen se encuentra una interposición bancaria-financiera entre vendedores y compradores de activos reales. Para ello existe una batería de instrumentos monetarios a nuestra disposición que hacen posible este velo monetario –la expresión es de Keynes. La tasa de interés real (aun en su nivel negativo) es un instrumento variable central de asignación de recursos y flujos de inversiones. A ello se suma la depreciación del tipo de cambio en la búsqueda de un superávit en cuenta corriente, balance determinante para asegurar un nivel de crédito interno sustentable en procesos recesivos. No obstante, el nivel de oferta y demanda y el empleo en la economía real no se resuelven con inyecciones monetarias. La liquidez, como instrumento de estabilidad y equilibrio en el mercado, tiene un alcance restringido, pues existe un factor que no se ha tomado en cuenta.

Al no asumir la ecuación real de costos, es decir la incorporación de los Bienes Públicos, se habrá vuelto al punto de partida donde las soluciones de oferta y demanda quedan en manos de la titularización de la Deuda. El sistema capitalista es expedito a su manera. Asume que la Deuda debe ser compartida a través de títulos de deuda destinados a realizarse en el futuro, lo cual permite transmutar la Deuda Social –por exceso de capacidad productiva o simplemente por ausencia de esta– en Deuda Social Financiera titularizada; o, incluso, por medio de la creación de Deuda Soberana.

En circunstancias de crisis el mecanismo de la deuda permite acoplar metas productivas y sociales. Aún en recesión se popularizó la política de flexibilidad monetaria cuantitativa y cualitativa. Es el llamado dinero-helicóptero o financiamiento directo de los déficits fiscales por el banco central.

Inquietudes desde el Poder

La complejidad de los problemas planteados por la crisis es tema rutinario en el Foro Económico Mundial de Davos. En el informe del Panorama de la Agenda Global, se ha insistido en la inequidad de los ingresos y el persistente crecimiento del desempleo. Se ha recurrido a una encuesta dirigida a 1.800 expertos acerca de cuáles son las principales preocupaciones de los dirigentes mundiales en los próximos 12 a 18 meses. A la preocupación sobre el círculo vicioso de inequidad en los ingresos y perspectivas disminuidas de crecimiento y empleo, se mencionó la situación geopolítica en el Medio Oriente, el cambio climático… y la falta de liderazgo a nivel mundial.

Es evidente que el establishment financiero no puede hacer oídos sordos a dos millones de refugiados que buscan una solución en Europa y Norteamérica. Las guerras regionalizadas, aquellas que eufemísticamente caen en la clasificación de LIC (low intensity conflicts: conflictos de baja intensidad) pero que no por eso dejan de ser una realidad letal en términos de vidas humanas y financiamiento de armas de destrucción masiva, plantean conflictos para los cuales no existe respuesta. Hasta se habla de una nueva guerra fría…

La transición hacia una nueva economía

No veo una transición hacia una nueva economía que se haga cargo de los problemas hasta aquí mencionados si esta no es social y solidaria. Incorporar Bienes Públicos en la ecuación de costos exige necesariamente un cambio de sistema. La ciudadanía incide como actor relevante en los mecanismos de mercado: asociaciones de consumidores, cooperativas, sindicatos… lo que, en alguna ocasión, Gunnar Myrdal llamara, en los años 50 del siglo pasado, el poder compensador.

Los temas a continuación indican algunos puntos de la ruta hacia una nueva economía. Veo esto como un ejercicio que en su avance genera nuevos desarrollos. Es más, los temas así expuestos pueden superponerse unos a otros:

  • Primero, deberemos entender a cabalidad lo que implica una macroeconomía ciudadana.

Tarea difícil, sobre todo cuando existe un historial de principios y prácticas que parece ignorarla. No es antecedente baladí las tremendas desigualdades sociales de un mundo global concebido bajo el signo del poder económico. Por eso, ahondar en el tema de los Bienes Públicos significa un apoyo ciudadano destinado a sentar las bases de una nueva economía. Emprender tareas transformadoras implica concebir el punto desde el que partimos y sus alcances políticos. Es un paso político donde no se trata simplemente de echar mano al presupuesto público e idear nuevas estructuras de impuestos y subsidios. No pocos reducen los desafíos de la nueva economía a calcular el monto al que debe hacer frente la nueva caja fiscal y desde allí resolver el problema social. Tal reducción equivale a confundir las responsabilidades de un ministro de Hacienda con la tarea de un cajero –no se trata de menoscabar las funciones de este último, pero tampoco se pueden asemejar sus competencias con las exigidas al responsable de las finanzas del país.

En Chile se ha adoptado la metodología del balance estructural según la cual el presupuesto fiscal se adapta al producto según el ciclo, factor exógeno, y el precio del cobre de mediano plazo. Todo eso va sin decir que el ingrediente político tiene un peso fundamental en el gasto social1.

  • Una segunda instancia en este programa de transición es el cálculo y la programación de los verdaderos costos de la actividad productiva.

Me refiero a los programas de transición hacia la nueva economía o ambiente en el que deberán resolverse dos puntos centrales ya mencionados: la proporcionalidad en las relaciones de productividad y remuneraciones y la integración de los costos de formación del trabajador o la gradual incorporación de los Bienes Públicos en sus remuneraciones. Ambos temas centrales de la transición hacia una sociedad social-solidaria deberán ser regulados por el Estado y deben gozar del apoyo de la ciudadanía.

En esa etapa se derivarán acuerdos sobre los impuestos a la renta, subsidios sociales y el programa de un eventual déficit fiscal. Recordemos la magnitud de la tarea que significa la reivindicación de agrupaciones sociales que, junto a la lucha por remuneraciones justas y empleo, exigen nuevas infraestructuras sociales urbanas y rurales, educación de calidad, salud, vivienda, pensiones, manejo de las emisiones de carbón provenientes de la cultura industrialista de la Revolución Industrial del siglo XIX, etcétera.

  • Tercero. Asumir Bienes Públicos en la construcción de la nueva economía requiere la desmitificación del proceso.

No es posible entender los procesos de cambio climático y envejecimiento de la población mundial sin explicar sus alcances y efectos en la humanidad así como la Deuda Social que en algún momento tendremos que asumir. Proceso social y generacional que deberá concretarse en nuevas instituciones y regulaciones. Asumir los Bienes Públicos como colectividad es el gran reto ético de nuestro tiempo.

  • Cuarto. Deberá entenderse la gradualidad de los procesos, pues estos exigen soluciones sustentables al nivel de las economías locales y los procesos globales que hoy enfrenta la humanidad.

Los entendimientos sobre los grandes principios y las instituciones que vendrán se construyen con la población que en definitiva los resiente y cuyo apoyo es vital.

Recapitulación de los puntos centrales de nuestra propuesta

La transición y construcción de una nueva economía social-solidaria es un proceso social y político con implicaciones fundamentales en la economía y vida de la nación. Esto implica detectar momentos políticos transicionales en la sociedad; asumir una exigencia ética fundamental y liderazgos para reformas que la autoridad pública y el conjunto de la población deben respaldar. Es lo que debiera llevarnos a una nueva era de la humanidad y a una nueva relación con el planeta donde vivimos.

El déficit en la valorización del trabajo y la Deuda Social Financiera constituyen el núcleo central del capitalismo financiero del siglo XXI. El papel de los Bienes Públicos en la valorización del trabajo nos alerta sobre la lógica de hierro del modelo en la que solo es posible obtener dichos bienes al precio de la deuda.

Las carencias fundamentales que vive la humanidad se centran en los efectos del cambio climático y el mercado laboral que se organiza según los parámetros del envejecimiento de la población y el desempleo. Respecto a este último, en las economías avanzadas, los avances tecnológicos juegan un papel fundamental.

No es posible apreciar los cambios que se imponen sin asumir la crisis permanente que vive la economía global a partir de la Gran Recesión.

Tampoco es posible justificar la Cuasi-renta capitalista sin los montos financieros que hicieron posible el rescate del sistema financiero. Con la recuperación de la Cuasi-renta, acto esencialmente político, se habrá dado un paso central en asegurar el crecimiento a partir de la lucha contra la desigualdad.

Nuestra percepción de la crisis y sus secuelas tiene por objeto entender las externalidades negativas presentes en la economía global, el potencial económico no realizado y las carencias con efectos directos sobre la reproducción social del trabajo.

Nuestra interpretación concluye con la definición de la ética social que funda las bases de una nueva economía social-solidaria a través de la legitimación del dominio de lo social.

Temo terminar este artículo con una nota de escepticismo. Algunos quizás querrán calificarlo de realismo.

Si las empresas asumen parte de los costos asociados a los cambios –supuesto difícil de admitir en las circunstancias actuales de la humanidad–, corresponde a un Estado, sin nepotismo ni corrupción, asegurar la dirección y regulaciones de una actividad que nos lleve a una economía social y solidaria. Lo que deberá resolverse es si acaso el Estado está o no en situación de asumir tal responsabilidad. Los hechos del presente revelan el escepticismo de la población frente a Estados incapaces de dar las seguridades éticas que un proceso de tal envergadura impone. Frente a ello no cabe sino pensar que serán tales los cambios en la habitabilidad del planeta por causa de la explotación irresponsable de sus recursos, que la humanidad deberá plantearse las condiciones materiales de su propia supervivencia. Frente a la dramática posibilidad de la extinción de la especie humana esperemos que se creen las verdaderas condiciones del cambio.

Nota

1 Metodología aplicada por la OCDE y el FMI. En la cual se busca cuadrar gastos e ingresos del presupuesto fiscal, lo que en definitiva significa tener en cuenta los ingresos tributarios vis-à-vis los factores exógenos que actúan sobre el presupuesto. De esta manera se calcula un balance presupuestario en base al potencial del producto y el precio del cobre de mediano plazo. Esta comparativa entre el producto de la actividad económica, considerando el efecto del ciclo sobre ella, y el precio del cobre, es la que se traduce en el balance estructural del sector público. (Cf. Mario Marcel 2003, enero 27,* Balance Estructural: la base de la Nueva Política Fiscal Chilena*).