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Violencia y terrorismo en el Chile de la post dictadura: un “problema invertido”.

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Ivan Godoy C

Un “problema invertido” antes que nada es un “problema cabrón”, “endiablado”, de difícil solución. Esencialmente un “problema invertido”, es aquel que pone su foco en su opuesto, en su revés, invirtiendo las coordenadas de los elementos que lo constituyen, con el claro propósito de ocultar la procedencia, precisamente del “problema”.

La violencia y el terrorismo en Chile, claramente es un “problema invertido”, legado por cierto, por la dictadura de Pinochet. Para desentrañar el “ardid de la inversión” – desarrollado y mantenido exprofeso por los gobiernos del duopolio-, habrá que reparar no solo en que es o no es terrorismo y violencia, sino que en su origen.

Se suele, majaderamente visualizar y difundir una imagen de la violencia y otra del terrorismo, ligadas entre si, pero sobretodo, relacionada al desorden, y  los atentados sobre la propiedad privada. En el Chile neoliberal, la violencia es de rotos malnacidos, y el terrorismo, la acción de indios contra abnegados emprendedores del desarrollo nacional. Violencia y Terrorismo serán por tanto etiquetados y encapsulados, interesadamente en sus efectos, mas que en sus causas primeras,  a través del “ardid de la inversión”.

La delincuencia, epitome de la violencia en el fatuo Chile OCDE, no es vista por las autoridades y la clase política de turno, más que como un problema de recursos económicos, técnicos y humanos. La solución al problema esencialmente es la represión y el castigo, ignorando vilmente las causas originarias del “delito”. Por cierto, la “desigualdad” –en todas sus acepciones-, brilla por su ausencia cuando de hablar de violencia y terrorismo se trata.

El poder en el Chile neoliberal, es pura violencia y terrorismo. Focalizar la violencia y el terrorismo, preferentemente en el ciudadano, el roto y el indio, no solo es discriminatorio, clasista, racista, sino que es un “ardid de inversión”, operado por quienes detentan y administran el poder. El poder en el Chile neoliberal “duele”, es privado, reprime y castiga, cooptando precisamente el aparato público, sobre todo el militar.

La violencia y el terror, pueden ser físicos como sicológicos, explícitos o implícitos, y que como común denominador tienen, el miedo que provocan. El miedo –desde larguísima data-, es tributario del poder y el sometimiento, que suele administrarse hábilmente y con espurios propósitos.

Slavoj Žižek divide la violencia en tres: “la violencia subjetiva es simplemente la parte más visible de un triunvirato que incluye también dos tipos de violencia: simbólica y sistémica”, destacando con ello causas y efectos en la emergencia del fenómeno de la violencia. Para Zizek, como para la gran mayoría de pensadores sobre el tema, la violencia es jerárquica y prescriptiva, y emana verticalmente, de precisas fuentes de poder, ya sean religiosas, económicas o políticas.

Por cierto que hay una violencia legitima, ética y políticamente de la cual poco se habla y que dice relación con la defensa de derechos, y la defensa contra el abuso, El tiranicidio como las luchas de liberación de comunidades oprimidas, no solo son solo justas, sino imprescindibles, por un asunto de sobrevivencia. La violencia de los oprimidos precisamente adquiere legitimidad, cuando precisamente, el estado pierde legitimidad al privilegiar el beneficio de unos pocos a costa del “bien común”.

La violencia sistémica –la que aterroriza-, desde sus primeros enunciados, se oculta tras la “anónima prescripción”, para echarse al aire a través de la palabra. La violencia simbólica en el verbo, es “palabra armada” que se encarna en el maldecir: en la ofensa, en la insidia, en la injuria, en la mentira. Por cierto, la mas espectacular y rentable política y económicamente de las violencias, es la que aparece en la tele, la subjetiva, donde encarna la prescripción y el verbo, la explicita, la de la carne, el hueso y la sangre.

La violencia, en la post-dictadura, hay que entenderla como “sistémica”, como “arbitraria prescripción” (constitución, leyes, normas, etc.) elaborada por unos pocos en desmedro de muchos, y que determina y asigna; derechos deberes y responsabilidades. La esencia de la violencia en el Chile neoliberal –sin lugar a dudas-, es la “injusticia” de estas prescripciones.

Sin embargo, lo más violento, reside precisamente en aquellas estructuras, fríamente planificadas, que permiten al violento hacer de las suyas. Los creadores, planificadores e implementador del entramado del poder, los que construyen los dispositivos para el abuso son los violentos por antonomasia. No es difícil saber quienes son, solo basta mirar hacia arriba en Chile, como así mismo en el continente.

El neocolonialismo es violento y terrorífico. No solo aterrorizan sus principios, sino que los procedimientos para la realización de sus fines. Aterrorizan también sus ejecutores y esbirros. Lo militar – a pesar de su renuencia en transparentar intereses y filiaciones-, siempre hallará su correlato en lo institucional, entendido este, como aquel sistema cooptado por los intereses privados, que legitima el abuso y financia el uso de la violencia en beneficio de unos pocos.

Violento es recorrer por años, una y mil veces el desierto en busca de un huesito del ser amado desaparecido en dictadura. Violento es que nos violen con perros y nos apliquen electricidad impunemente.

Violento es que nos roben nuestro futuro privatizando nuestras riquezas naturales. Violento es que nos pretendan pasar “gato por liebre” y nos quieran convencer que privatizar no es expoliar. Violento es el “vende patria”. Violenta es la traición y el engaño. Violenta es la subsidiaridad, en vez de la solidaridad. Violento es mendigar ridículos impuestos y miserables participaciones en lo nuestro. Violento es el cobarde.

Aterroriza quien invierte causas y responsabilidades para cautelar las tasas de ganancia del privado. Aterroriza la impunidad y la hipocresía. Aterroriza el criminal de lesa humanidad caminando libre por las calles de nuestro país (ver: “Prófugos Andrés Flores, Ricardo Lawrence, Patricio Montesinos, Mario Pizarro y José Avelino Yévenes”) . Aterroriza el cinismo de la clase política ante los instigadores del golpe militar.

No aterroriza un par de camiones quemados en la Araucanía. Si aterroriza que te militaricen tu hogar. Aterroriza saber que va a ser de uno cuando viejo, con la pensión miserable otorgada por las AFP. Aterroriza saber que te podrás morir esperando a que te atienda un medico en un hospital. Aterroriza saber que niños mueren como moscas en el SENAME. Terrorífico y Violento es que el esclavo le saque brillo a la cadena del esclavista. Terrorífico y Violento es vivir postrado ante el poderoso, que lucra con el sufrimiento ajeno.

Si hay una violencia particularmente infame e indignante hoy en el Chile neoliberal, sin duda, es aquella “del mirar para el lado” ante el problema y dolor del otro. Emmanuel Lévinas , filosofo judío que paso largo tiempo confinado en un campo de concentración nazi, señalaba que el hombre que no despierta al otro cae indefectiblemente en el Mal, entendido este, como irracionalidad e ininteligibilidad. El rostro (visage), subraya Lévinas, es condición humana de alteridad, que me descubre  y me da sentido también a mí mismo, es irreductible, y en la medida que se niegue esa realidad, todo acontecer político ocurre indefectiblemente violento, en cuanto somete la alteridad al deseo autoritario del que ejerce el poder, negando la condición ética, legal, y filosófica del existir.

El “ardid de la inversión” es violento desde un comienzo,  por cuanto es arbitrario y emerge espurio desde su génesis autoritaria, por mas que se travista de democrático. El “ardid de la inversión” niega la empatía y el respeto por los derechos del otro y se hace infame, invirtiendo las causas y responsabilidades en los actos de violencia, convirtiendo a las victimas en victimarios y viceversa. “Invertir el problema” es literalmente “echarle la culpa al empedrado”, fundamento y fin del “$hileanway: modelito modelado neoliberal, voraz y descarado”. Publicitar la “paja en el ojo ajeno”, precisamente es, lo que permite realizar la labor de “esquilma” de la “clase empresarial chilena” sobre el “perraje”.

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